Continuamos con el repaso del pensamiento de este
intelectual peruano y presentamos a continuación el segundo capítulo dedicado
al repaso de su obra. Su cercanía a la metodología concientizadora de Paulo
Freire, así como el diálogo abierto con teóricos de la desescolarización como
Ivan Illich centrarán el trabajo.

La lectura de la realidad de Bondy coincidió, a
grandes rasgos, con la de Paulo Freire. El autor peruano planteó que
para explicar el fenómeno propio de la filosofía hispanoamericana (ver Cap. 1)
resultaba indispensable retomar conceptos como los de subdesarrollo,
dependencia o dominación. La filosofía latinoamericana, según Bondy, fue
impuesta en primer lugar por el conquistador español de acuerdo con los
intereses de la corona y la Iglesia. Más adelante fue un pensamiento subsidiado
por la clase dirigente de las élites oligárquicas refinadas de influencia
económico-político extranjeras.
En suma, la superación de la filosofía impuesta
fruto de la dominación estaba relacionada con la posibilidad de un cambio
histórico trascendental que permitiera construir una filosofía auténtica. El
problema estaba en esperar pasivamente que este cambio histórico llegara a la
región, en lugar de actuar a favor de un movimiento de asunción y superación de
la negatividad histórica. La filosofía que había que construir no podía ser una
variante más de las concepciones del mundo que correspondían a los centros de
poder, que, a su vez, permanecían ligados a los intereses y metas de estas
potencias. Más bien (¿Existe una
filosofía de nuestra América Latina?1968
p. 126):
Una buena parte de la tarea que tiene por delante
nuestra filosofía es destructiva. Porque debe ser una conciencia canceladora de
perjuicios, mitos, ídolos, una conciencia apta para desarrollar nuestra
sujeción como pueblos y nuestra depresión como seres humanos; en consecuencia,
una conciencia liberadora de las trabas que impiden la expansión antropológica
del hispanoamericano que es también la expansión antropológica de la especie.
Así, este empeño por derribar perjuicios, mitos e
ídolos que habitaban en el pensamiento de América Latina, llevó a Bondy a un
acercamiento a los movimientos más trasgresores de la segunda mitad del siglo
XX. No es de extrañar que en los años sesenta y setenta entrara en contacto con
la comunidad de pensadores asentados en el Centro Intercultural de
Documentación de Cuernavaca. Como consecuencia de este encuentro posicionó su
concepción de la pedagogía en relación con la corriente teórica de la
desescolarización.
En el caso de Bondy, su postura al respecto quedó
presentada tras su paso por México en su trabajo La educación del hombre nuevo: la reforma educativa peruana (1975).
Coincidió con los teóricos de la desescolarización en su reclamo del uso
público de todos los instrumentos educativos como elemento importante para
liberar los medios de comunicación colectivos. Además, entendió que la
desescolarización combatía de forma acertada el monopolio institucional de la
enseñanza que poseía la escuela. En la medida que desescolarizar significaba
extender el derecho a enseñar y a aprender a todas las instituciones, grupos,
asociaciones y esfuerzos individuales y colectivos, Bondy concluyó que las
desescolarización realizaba aportaciones significativas a los procesos de
liberación y concientización en América Latina.
No obstante, este autor detectó tres obstáculos no
resueltos por los teóricos de la desescolarización. En primer lugar veía
dificultades en la desescolarización cuando ésta se aplicaba con educandos que
pertenecían a grupos de edad cercanos a la primera infancia. Asimismo, planteó
un claro interrogante sobre las consecuencias que dentro de los procesos de
transformación social podría conllevar una abolición total de las escuelas. Lo
cual enlazó directamente con el tercer punto de su crítica, esto es, que la
desaparición de las instituciones escolares podría devenir en un importante
obstáculo para el inicio de una lucha de transformación de la comunidad.
En definitiva, la propuesta educativa de Augusto
Salazar Bondy era más cercana a una pedagogía transformadora. La educación era
un medio básico para la construcción de un pensamiento filosófico propio de la
región iberoamericana que contribuyera definitivamente a la transformación
social. La concientización del pueblo era el objetivo prioritario para la
desmitificación de la realidad. Las estructuras escolares no sólo eran viables,
sino que su reforma era necesaria dentro de una sociedad en proceso de cambio.