Aunque lo habitual es interpretar
en función de la actualidad política la educación, a continuación se presenta
un intento por hacer lo contrario, esto es, utilizar una vivencia educativa
para, desde ahí, buscar interpretar esta realidad política tan enfrascada en la
campaña electoral. Con esta intención se presenta a continuación un pequeño
relato del pedagogo estadounidense John Holt , sacado
de su libro El porqué del fracaso escolar (Buenos Aires; Troquel, 1967,
p. 155-156-157)

John Holt (1923-1985)
La cosas que los niños dicen en clase, cuando se les
permite hablar, rara vez salen de sus corazones. Sólo una vez sentí, con gran
satisfacción, que me había acercado a la verdadera vida de ellos, en una
discusión sostenida al final de la clase. Una de esas disputas fue sobre los
escondites; otra, hace pocos días, sobre los insultos.
Esta última sobrevino por la Historia de Roma. Llegó un
momento que en Roma la chusma ganó poder político, de modo que la habilidad es
despertar e inflamar a la plebe era una llave segura para el poderío. Los niños
quisieron saber cómo se conseguía eso. Les dije que se conseguía principalmente
por medio de los insultos. La manera de malquistar a la chusma con el oponente
político era prodigarle insultos, la clase de insultos que aquella odiaba más,
o que podía moverla más al odio. Pero el espíritu chusma era todavía débil en
estos niños, y eran escépticos; querían saber qué clase de insultos podían
despertar a la plebe.
Para explicárselo, les pregunté: “Bien, ¿qué clase de
insultos odian ustedes que les dirijan?” Llegamos lejos. Antes de terminar la
hora, el pizarrón estaba cubierto de insultos. Cerca de la mitad eran los que
yo esperaba, los acostumbrados a los diez años de edad –idiota, estúpido, loco,
gordo, fofo, gallina, tarado, gato sarnoso, etc.-. El resto me sorprendió. Eran
todos términos de cariño.

Fue toda una escena. Estos niños, con cara de pícaros,
muy animados, los ojos bailando de excitación y entusiasmo, rivalizando en
expresar más contundentemente su desprecio y disgusto colectivo por todos los
términos que los adultos suponen que a ellos les gustas más. Alguien dijo:
“¡Queridito, ricurita!” Coro de asentimiento. Alguien más dijo: “bomboncito
mío” Más asentimiento. Todo término imaginable de afecto y cariño se hizo
presente. Ninguno fue legitimado, o aceptado. Nadie dijo: “Bueno, ése no está
tan feo”. Hasta cierto punto los niños podrían haberse dejado llevar por la
excitación del juego, pero por su aspecto y por su manera de hablar, estaba
seguro, y lo estoy ahora, de que sentían un genuino y profundo disgusto
por los términos cariñosos. ¿Por qué? Por supuesto que los diez años son una
edad heroica para la mayoría de los niños. Me recuerdan en muchos aspectos a
los Griegos Homéricos. Son camorreros y combativos, tienen un fuerte y
conmovedor sentido del honor; creen que toda afrenta debe ser reparada, y con
creces; son leales a sus amigos, aunque cambien de amistad muy a menudo; tienen
poco sentido de los que es jugar limpio y gran admiración por la astucia y las
tretas; son a la vez altamente posesivos y muy generosos: no se les puede sacar
ni la más pequeña bagatela, pero están listos a dar cualquier cosa, si se
sientes dispuestos. La mayor parte del tiempo no se sienten niños pequeños, y
no les gusta que se les hable como tales.
Pero todavía hay más. Sospechan y se resienten por estos
términos de cariño, porque a menudo los han oído de gente que no los aprecia.
Todos los que en nuestros días tratan con niños conocen la sentencia de que los
niños necesitan ser amados, deben ser amados. Pero aun para aquellos que más
gustan de ellas, los niños no son siempre alegría y placer. A menudo son muy
parecidos a la gente mayor, y con frecuencia exasperantes e irritantes. No
sorprende que a muchos adultos no les gusten demasiado. Pero piensan que les
tienen que gustar, que tienen el deber de gustar de ellos, y tratan de
descargar este deber actuando, particularmente por medio de la conversación,
como si les gustaran. De aquí el uso continuo y sin sentido de palabras como
dulce, querido, etc. Y de aquí la horrible y melosa voz que muchos adultos
emplean al hablar a los niños. Cuando llegan a los diez años, ya están hartos
de esta farsa de afecto, y dispuestos a pensar que, la mayor parte del tiempo,
los adultos creen y sienten muy poco lo que dicen.