Algo que sorprendente cuando uno se
acerca a la comunidad científica de la pedagogía latinoamericana, es la
tendencia que en esta región se tiene de buscar referentes teóricos españoles o
europeos para fundamentar la práctica educativa organizada. No es sencillo
encontrar las razones de este fenómeno, y mal encaminados estamos si nos
atenemos a la comparativa de lo estudiado a ambos lados del charco.
Por tanto, abrir un espacio para la reflexión en torno a la
trayectoria y el pensamiento de uno de los intelectuales más destacados para la
pedagogía de América Latina quizá sea un ejercicio de remar, otra vez más,
contra la dirección de la corriente predominante. Siendo un placer, entonces,
repasar brevemente la vida y la obra del peruano Augusto Salazar Bondy.

La presencia de la teoría educativa
latinoamericana de la Pedagogía de la Liberación en el panorama internacional
ha sido significativa. Si bien, con frecuencia, se relaciona esta corriente
pedagógica con el nombre de Paulo Freire, no está demás recordar la labor del
peruano Augusto Salazar Bondy.
Así, en cuanto a su la trayectoria cabe mencionar que nació en Lima en
1925 y que tras cursar sus primeros estudios de filosofía todavía en Perú,
entre 1948 y 1950, continuó su formación universitaria en la Universidad
Nacional Autónoma de México y el Colegio de México. Luego llegaron sus años en
Francia y la estancia en la Universidad de la Sorbona en 1951 y 1952. A partir
de 1956, al tiempo que participó en la fundación del partido político
Movimiento Social Progresista de Perú, viajó con asiduidad a universidades de
Alemania, EE.UU., México, Francia, Noruega y Argentina.
En estos años inició la publicación de sus obras más destacadas. En 1968
terminó dos de sus trabajos más reconocidos: ¿Existe una filosofía en
nuestra América? y La cultura de la dominación. Como consecuencia de
estos estudios no tardó en convertirse en un claro referente de los emergentes
movimientos sociales e intelectuales latinoamericanos de los años sesenta y
setenta. Un impacto destacado tuvo también su último libro editado en 1973 y
titulado Filosofía de la dominación y filosofía de la liberación.
La obra de Bondy tuvo, además, una repercusión importante en los
seminarios de carácter pedagógico proyectados desde el mítico Cidoc de
Cuernavaca, México, de Ivan Illich. También sus trabajos fueron retomados para
el fundamento filosófico de la naciente Teología de la Liberación
latinoamericana. No en vano, este reconocido intelectual y educador peruano
dedicó buena parte de sus investigaciones al intento de transformar la
filosofía de América Latina. Su propuesta tomó el fundamento filosófico de la
cultura de la liberación como eje vertebrador en contraposición con la
filosofía de la dominación característica de la región.

Comenzando con en análisis de las aportaciones
realizadas por Augusto Salazar Bondy cabe destacar que su contribución para la
teorización de la Pedagogía de la Liberación fue notable. No en vano, en el
título de uno de sus trabajos más destacados presentó la pregunta sobre la que,
en cierto sentido, terminó por fundamentase buena parte de la teoría educativa
liberadora, esto es: ¿Existe una filosofía de nuestra América? (1968)
En este texto Bondy plateó una revisión de las
distintas corrientes filosóficas que se fueron asentando en América Latina
desde su colonización. Partiendo de este objetivo llegó a algunas conclusiones
interesantes. Primero, que sólo era posible hablar de un pensamiento hispanoamericano
como tal a partir del siglo XVI, ya que únicamente desde entonces se podían
encontrar productos culturales definidamente filosóficos. Segundo, que en
distintos países como Perú, Chile, México o Argentina, se daban los mismos
periodos de desenvolvimiento filosófico, lo que hacía posible concebir todo un
movimiento de pensamiento con unos patrones compartidos. Tercero, que la
filosofía en Hispanoamérica corría en paralelo del pensamiento europeo y
estadounidense y que los cambios que se produjeron coincidían estrechamente con
las transformaciones de la filosofía occidental al estar determinadas en lo
fundamental por éstas. Y cuarto, que la filosofía en América Latina había
comenzado desde cero, esto es, sin apoyo de una tradición intelectual vernácula,
pues el pensar indígena no fue incorporado al proceso de la filosofía de la
región.
Con todo, lo destacable es que Bondy, más allá del
estudio de los referentes teóricos del pensamiento desarrollado en los
distintos países, concluyó que en América Latina, sin negar que pueda existir
en un futuro, “no hay un pensamiento riguroso, auténtico y capaz de nutrirse de
su propia savia doctrinaria” (Ibíd. p. 108). Razón por la que, en
comparación con el pensamiento occidental, la filosofía hispanoamericana no
había alcanzado a desarrollar un carácter que pudiera presentarse como un
instrumento eficaz de reflexión. En cierto sentido, dirá Bondy, los
hispanoamericanos estaban ante una existencia inauténtica, donde se tenía la
pretensión de ser algo distinto a lo que se era y se podía ser.