
Resulta que con demasiada frecuencia, quienes comenzamos a meternos en las tripas de estos leviatanes modernos que hoy son las universidades, terminamos por enfrentarnos a la pregunta por excelencia: ¿Por donde empezar a cambiar las cosas? ¿Desde dentro o desde fuera?
Que las dinámicas de trabajo –así como la forma en que se establecen las relaciones humanas- tienen que cambiar dentro del ámbito universitario pocos se atreven a discutirlo. Especialmente en los Departamentos de humanidades (estoy generalizando, pero según mis referencias creo detectar una tendencia) queda patente que las viejas rencillas, los celos, la lucha por prestigio y la arrogancia académica vacía de originalidad, continuarán parapetando el ritmo académico más allá de las reformas europeas y los nuevos planes de estudios de los espacios europeos de educación superior. Poco importa que entren nuevos modelos universitarios basados en competencias y en tutorías personales (no seré yo el que defienda este modelo, tiempo tendremos de hablar de todo esto otro día…) si el personal docente no cambia su actitud de forma drástica.
Ahora bien, incluso quienes desconfiamos por principio de las grandes instituciones modernas y quienes hacemos del escepticismo bandera para la lucha contra el mundo estructurado, en la ilusión por participar de la vida universitaria dedicamos nuestros esfuerzo e hipotecamos el tiempo en el intento de levantar iniciativas académicas que encajen dentro del marco institucional. Y los obstáculos son inmensos. Cierto es que a veces los muros que aparecen en el camino son de cartón piedra y casi con tocarlos quedan derribados; pero no expongo novedad alguna si digo que también hay muros de cemento armado imposibles de echar abajo.
Por eso cuando uno sale de la universidad para encontrarse con compañeros jóvenes investigadores que se organizan y que tiran adelante sin complejos, se sitúa ante un espejo que devuelve una imagen conocida. Los problemas se repiten en contextos distintos. Si bien, uno siente que la respuesta a la pregunta eterna -¿desde dentro o desde fuera?- cambia en relación con el tiempo que uno lleva luchando. El espejo entonces nos grita: ¡Desde fuera!
Otro día contaremos como fue este encuentro y con quienes, de momento en la universidad conviene no mencionar las acciones académicas que nacen desde abajo, pues también hoy puede haber represalias. Será por eso de la libertad que disfrutamos en nuestras queridas democracias…