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jueves, 26 de junio de 2008

Ayer se celebró en el Aula Magna de la Facultad de Educación de la UCM un encuentro con el rector Carlos Berzosa. El tema a tratar era realmente polémico: el nuevo postgrado para la formación de los maestros de secundaria.




En verdad el tema se las traía. Sucedía que tras un convulso claustro celebrado el pasado 26 de mayo, la UCM se convertía en la única Universidad de España que pretendía hacer de este nuevo postgrado un espacio del que participaran por igual las distintas Facultades supuestamente afectadas. Con esta decisión, el claustro de la UCM, según se declaró por parte del Decanato de la Facultad de Educación (documento del 3 de junio), estaba impidiendo el desarrollo de la Orden Ministerial de septiembre de 2007 y, al tiempo, la Facultad de Educación veía como uno de los postgrados más fuertes (y suculentos) del nuevo EEES se alejaba de su control.

En este sentido parece ser que desde las autoridades de la UCM, se ha intentado liderar (desde la soledad) una nueva corriente que apuesta por una configuración interdisciplinar del postgrado en cuestión, sin otorgar a la Facultad de Educación un rol vertebrador del mismo. Como consecuencia, la Facultad de Educación es la única de toda España que todavía en el día de hoy no sabe cuál será su función dentro de la nueva reestructuración de los estudios necesarios para ejercer como profesor de secundaria en el futuro.

Por todas estas razones el debate en el Aula Magna tuvo momentos de cierta tensión. Las críticas lanzadas contra al Rector fueron contundentes, algunas de ellas apelaron incluso al deshonor que desde la rectoría se ha realizado al área científica de la pedagogía y la psicopedagogía. Hubo reproches notables en relación a la escasa consideración que por parte de la rectoría se ha tenido en los últimos años respecto a la labor científica que se viene realizando en la Facultad de Educación. Ahora bien, también la voz de algunos docentes hizo hincapié en que los propios profesores de la Facultad, durante los últimos años, han sido incapaces de anticipar muchos de los problemas que directamente iban a afectar a su centro de estudios con la configuración del EEES (en fin, la vieja costumbre española de no estudiar hasta el día antes del examen…).

No obstante, desde mi perspectiva, el debate tuvo un trasfondo de cierto contenido que merece ser rescatado. En el fondo considero que lo que se discutía era realmente interesante no sólo para la nueva estructura de la Universidad en los próximos cursos, sino también para alguno de los fundamentos propios de la pedagogía. Así, la pregunta que flotaba en el ambiente era: a un profesor de secundaria, para enseñar una materia ¿le vale con tener conocimientos de la materia o además debe saber enseñar esa materia? O como señaló uno de los docentes presentes en el encuentro de ayer: para enseñar a Juan Latín… ¿Hay que saber laltín o hay que conocer a Juan?


A nadie se le escapa que optar de forma tajante por una u otra opción es, sin duda, un error. Los conocimientos respecto de una materia por parte del docente son necesarios, al igual que los conocimientos pedagógicos son imprescinsibles para la síntesis, transmisión y evaluación de los contenidos de una materia. Por eso, cualquier opción pasa por una formación interdisciplinar del futuro profesor de secundaria. Si bien, en este caso son los matices  de grises los que están haciendo que la balanza vaya de un lado a otro.

Desde algunas Facultades (la Facultad de Filosofía a la cabeza) se señala que el postgrado no debe ser impartido por pedagogos que nada saben de filosofía y que mejor sería si este periodo de formación se centrara más en reforzar los contenidos que han de impartirse por parte del profesorado de secundaria. En este sentido la labor de los pedagogos no parecen ser bien vista por los filósofos (curioso ¿no?). Más allá de cuestiones corporativistas, desde las distintas asambleas de estudiantes de filosofía se viene defendiendo la necesidad que tiene el futuro profesor de secundaria de continuar sus estudios en filosofía sin tener que indigestarse con una dosis de dos años de pedagogía (no seré yo quien lo recomiende…).

 
Y mientras, desde la Facultad de Educación, se intenta defender que si la labor de la Facultad de Derecho en formar abogados, la de Medicina médicos y la de Veterinaria veterinarios, la Facultad de Educación debe formar maestros. Se acepta la participación interdisciplinar (aunque la Facultad de Educación, de por sí, ya es interdisciplinar), pero se precisa que corresponde a esta Facultad y no a otra hacer de eje sobre la que se sostenga la propia interdisciplinariedad. Cierto es que también aquí sale a flote el corporativismo docente que ve como un buen trozo de la tarta del EEES puede ir para otra fiesta de cumpleaños.

 
Y en medio de todo este jaleo aparece el señor Rector, quien durante las tres horas que duró el acto introdujo de una forma poco precisa la cuestión. De hecho, su participación, así como su entrada al debate, bien pudo asemejarse a la de un elefante en una cacharrería. Lo mismo justificaba sus escarceos pedagógicos en lo que su hija le comentaba desde que había comenzado a trabajar en una escuelita, que hacía alusión a su experiencia en el estudio del fracaso escolar con una asociación madrileña preocupada por la causa o hablaba de su experiencia como profesor de COU hace no sé cuanto años. Poco rigor el que mostró Carlos Berzosa y poca seriedad. Una pena.

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domingo, 22 de junio de 2008

Texto de la novela de Roberto Bolaño Los detectives salvajes;


Pablo del Valle, Feria del Libro, Madrid, julio de 1994.Voy a contarles algo acerca del honor de los poetas. Hubo una época en que yo no tenía dinero ni tenía el nombre que ahora tengo; estaba en el paro y me llamaba Pedro García Fernández. Pero tenía talento y era amable. Conocí a una mujer. Conocí a muchas mujeres, pero sobre todo conocí una mujer. Esta mujer, cuyo nombre es preferible dejar en el anonimato, se enamoró de mí. Ella trabajaba en Correos. Era funcionaria de Correos, decía yo cuando los amigos me preguntaban qué hacía mi mujer. En realidad eso era un eufemismo para no decir que ella era cartera. Vivimos juntos durante un tiempo. Por las mañanas mi mujer salía a trabajar y yo no regresaba hasta las cinco de la tarde. Yo me levantaba cuando oía el leve ruido que hacía la puerta al cerrarse (ella era delicada con mi descanso) y me ponía a escribir. Escribía sobre cosas elevadas. Jardines, castillos perdido, cosas así. Después cuando me cansaba, leía. Pío Baroja, Unamuno, Antonio y Manuel Machado, Azorín. A la hora de comer, salía a la calle, a un restaurante donde me conocían. Por la tarde, corregía. Cuando ella regresaba del trabajo solíamos hablar durante un rato, ¿pero de qué podía hablar un literato con una cartera? Yo hablaba de los que había escrito, de lo que planeaba escribir: una glosa sobre Manuel Machado, un poema sobre el Espíritu Santo, un ensayo cuya primera frase era: a mí también me duela España. Ella hablaba de las calles que había recorrido y de las cartas que había repartido. Hablaba de los sellos, algunos rarísimos, y de las caras que había entrevisto en su larga mañana de repartidora de cartas. Después cuando ya no aguantaba más, le decía adiós y me iba a vagabundear por los bares de Madrid. A veces acudía a presentaciones de libros. Más que nada por las copas gratis y por los canapés. Iba a la Casa de América y escuchaba a los orondos escritores hispanoamericanos. Iba al Ateneo y escuchaba a los satisfechos escritores españoles. Más tarde me reunía con amigos y hablábamos de nuestras obras o nos íbamos todos juntos a visitar al Maestro. Pero los zapatos sin tacones de mi mujer que recorría su zona de reparto una y otra vez, silenciosa, arrastrando su bolsón amarillo o su carrito amarillo, eso dependía del grueso de la correspondencia a entregar, y entonces me desconcentraba, mi lengua, segundos antes ingeniosa, punzante, se volvía de trapo y me asumía en un hosco e involuntario silencio que los demás, incluido nuestro Maestro, solían interpretar, por suerte para mí, como una muestra de mi talante reflexivo, reconcentrado, filosófico. A veces, cuando volvía a casa a las tantas de la madrugada, me detenía en el barrio en el que ella solía trabajar y remedaba, simulaba, imitaba con gestos entre militares y fantasmales, su rutina diaria. Al final terminaba vomitando y llorando apoyado en un árbol, preguntándome a mí mismo cómo era posible que yo pudiera convivir con esa mujer. Nunca encontré respuestas  o las que encontré  no resultaban plausibles, pero lo cierto es que no la dejé. Vivimos juntos durante mucho tiempo. A veces, en un alto en la escritura y para consolarme, me decía que peor hubiera sido que fuera carnicera. Yo hubiera preferido, más que nada por seguir de moda, que fuera policía. Policía era mejor que cartera. Cartera, sin embargo, era mejor que carnicera. Después seguía escribiendo y escribiendo, enrabietado o al borde del desmayo, y cada vez dominaba más los rudimentos del oficio. Así fueron pasando los años y durante todo ese tiempo yo chuleé a mi mujer. Finalmente me gané el premio Nuevas Voces del Ayuntamiento de Madrid y de la noche a la mañana me vi en posesión de tres millones de pesetas y de una oferta para trabajar en uno de los más conspicuos periódicos de la capital. Hernando García León escribió una reseña elogiosísima de mi libro. La primera y la segunda edición se agotaron en menos de tres meses. He aparecido en dos programas de televisión, si bien en uno de ellos tengo la impresión de que me llevaron para que hiciera el payaso. Estoy escribiendo mi segunda novela. Y dejé a mi mujer. Le dije que nuestros caracteres eran incompatibles y que no le quería hacer daño y que esperaba que todo le fuera bien y que ella sabía que podía contar conmigo en cualquier momento, para lo que fuera. Después metí mis libros en cajas de cartón, mi ropa en una maleta y me marché. El amor, no recuerdo que clásico lo dijo, sonríe a los que triunfan. No tarde en ponerme a vivir con otra mujer. He alquilado un piso en Lavapiés, un piso que pago yo, y en donde soy feliz y productivo. Mi actual mujer estudia filología inglesa y escribe poesía. Solemos hablar de libros. Y a veces se me ocurren idead muy buenas. Creo que hacemos una estupenda pareja: la gente nos mira y asiente, de alguna manera personificamos el futuro y el optimismo no reñido con la sensatez y la reflexión. Algunas noches, sin embargo, cuando estoy en mi estudio dando los últimos toques a mi crónica semanal o revisando algunas páginas de mi novela, escucho pasos en la calle y tengo la impresión, casi la certeza, de que se trata de la cartera que ha salido a repartir la correspondencia a una hora inoportuna. Me asomo al balcón y no veo a nadie o tal vez veo al borrachín de turno de vuelta a casa, perdiéndose por una esquina. No pasa nada. No hay nadie. Cuando vuelvo a mi escritorio, no obstante, los pasos se repiten y entonces sé que la cartera está trabajando, que aunque no la vea la cartera está recorriendo su zona en la peor hora para mí. Y entonces dejo mi crónica semanal y dejo el capítulo de mi novela y trato de escribir un poema o dedicarle el resto de la noche a mi dietario, pero no puedo. El ruido de sus zapatos sin tacones resuenan en mi interior de mi cabeza. Un sonido apenas perceptible y que yo sé como exorcizar: me levanto, camino hasta el dormitorio, me desnudo, me meto en la cama en donde encuentro el cuerpo perfumado de mi mujer, le hago el amor, a veces con mucha dulzura, a veces de forma violenta, y después me duermo y sueño que ingreso en la Academia. O no. Es un decir. A veces, en realidad, sueño que ingreso en el Infierno. O no sueño nada. O sueño que me han castrado y que con el paso del tiempo unos testículos muy pequeñitos, como dos olivas incoloras, me vuelvan a brotar de la entrepierna, y que yo los acaricio con una mezcla de amor y temor y que los mantengo en secreto. El día ahuyenta a los fantasmas. Por supuesto, de esto no hablo con nadie. Hay que mostrarse fuerte. El mundo de la literatura es una jungla. Yo pago mi relación con la cartera con unas cuantas pesadillas, con unos cuantos fenómenos auditivos. No está mal, lo acepto. Si tuviera menos sensibilidad, seguramente ya ni siquiera me acordaría de ella. A veces incluso tengo ganas de llamarla por teléfono, de seguirla en su reparto diario y verla, por primera vez, trabajar. A veces tengo ganas de quedar con ella en algún bar de su barrio que ya no es el mío y preguntarle por su vida: si ya tiene un nuevo amante, si ha repartido alguna carta proveniente de Malasia o Tanzania, si aún recibe, por Navidad, al aguinaldo del cartero. Pero no lo hago. Me conformo con oír sus pasos, cada vez más débiles. Me conformo con pensar en la inmensidad del Universo. Todo lo que empieza como comedia termina como película de terror.

 

 

(Roberto Bolaño, Los detectives Salvajes, 1998, Anagrama, pp. 487, 488, 489, 490)

 

 

 

(Generación de poetas infrarreslitas a la que perteneció Roberto Bolaño)

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lunes, 16 de junio de 2008

Entre los días 3, 4 y 5 de julio, en la Facultad de Ciencias de la Educación de Santiago de Compostela se celebra por tercer año consecutivo el Encuentro Edublog. Serán tres jornadas de reflexión y de aprendizaje en relación a las nuevas herramientas y perspectivas educativas que ofrece el entorno de los Blogs y las nuevas tecnologías.


Tal y como exponen los organizadores en la página del encuentro: “La temática central en torno a la que se articula el III Encuentro de Edublogs, (…) es la creación de redes sociales educativas a través de la utilización de las  herramientas que nos lo permiten. Conferencias, experiencias, talleres (redes sociales, blogs, wikis, herramientas de autor, gestores de contenidos, entornos virtuales de enseñanza - aprendizaje, multimedia,..) y convivencia son parte de la oferta recogida en el programa de este Encuentro.”

A continuación se presenta el programa de las actividades:

Jueves 3 de julio

16:30 - 17:00        Recepción participantes. Acogida y entrega de materiales.
17:00 - 17:30         Inauguración oficial del encuentro. 
17:30 - 18:00        Vídeoconferencia con Mario Núñez.

18:00 - 18:40         Comunicaciones.
18:40 - 19:00         Descanso.
19:00 - 20:00         Comunicaciones.
20:00 en adelante   Cena, risas, canciones....

Viernes 4 de julio


10:00 - 12:00         Talleres:
                               
- Iniciación a los blogs I.
                                - LIM . Programa de autor.
                                - Multimedia en el blog.
                                - Podcast en el aula.
                                - Cmaps. Mapas Conceptuales.
                                - Pizarra digital.
12:00 - 12:30        Descanso.
12.30 - 14:00        Comunicaciones.
14:30 - 16:00        Comida. Residencia de estudiantes Monte de la Condesa.
16:30 - 18:30         Talleres.
                               
- Iniciación a los blogs II (Cont.).
                                - eXe Learning.
                                - Google Docs
                                - Iniciación a Moodle
                                - Wikispaces
                                - Iniciación a Joomla    
18:30 - 19:00          Descanso.
19:00 - 20:30          Mesa redonda .
21:00  en adelante   Cena y jolgorío.

Sábado 5 de julio

09:30 - 11:00         Conferencia: Juan Freire.
11:00 - 11:30         Descanso.
11:30 - 12: 00        Presentación Asociación Aulablog y líneas de trabajo.  
12:00 - 12:30         Evaluación del Encuentro.
12:30 - 13:30         Clausura.

 

 

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sábado, 14 de junio de 2008

Texto aparecido hace unas semanas en el suplemento Babelia del diario El País.

 
La historia que me dispongo a contar es algo triste y, la verdad, no sé por qué voy a contarla ahora y no, por decir algo, dentro de un mes o dentro de un año, o nunca. Supongo que lo hago por nostalgia de mi amigo el poeta portugués Ivo Machado, que es uno de los dos protagonistas, o tal vez porque acabo de comprar una pequeña avioneta de metal que ahora tengo en mi escritorio. Disculpen el tono personal. Esta historia será excesivamente personal.

El protagonista número Uno es, como ya dije, el poeta Ivo Machado, nacido en las islas Azores, pero lo que nos importa es que en su identidad civil, la de todos los días, es controlador aéreo, una de esas personas que están en las torres de control de los aeropuertos y guían a los aviones a través de las rutas del cielo.

La historia es la siguiente: cuando Ivo era un joven de 25 años (a mediados de los ochenta) controlaba vuelos en el aeropuerto de la isla de Santa María, la más grande del archipiélago de las Azores, en mitad del Atlántico, equidistante de Europa y América del Norte.

Una noche, al llegar a su trabajo, el jefe le dijo:

-Hoy dirigirás un solo avión.

Ivo se extrañó, pues lo normal era llevar una docena de aeronaves. Entonces el jefe le explicó:

-Es un caso especial, un piloto inglés que lleva un bombardero británico de la Segunda Guerra Mundial hacia Florida para un coleccionista de aviones que lo compró en una subasta en Londres. Hizo escala aquí y continuó hacia Canadá, pues tiene poca autonomía, pero lo sorprendió una tormenta, debió volar en zigzag y ahora le queda poca gasolina. No le alcanza para llegar a Canadá y tampoco para regresar. Caerá al mar.

Al decir esto le pasó los audífonos a Ivo.

-Debes tranquilizarlo, está muy nervioso. Dile que un destacamento de socorristas canadienses ya partió en lanchas y helicópteros hacia el lugar estimado de caída.

Ivo se puso los audífonos y empezó a hablar con el piloto, que en verdad estaba muy nervioso. Lo primero que éste quiso saber fue la temperatura del agua y si había tiburones, pero Ivo lo tranquilizó al respecto. No había. Luego empezaron a hablar en tono personal, algo infrecuente entre una torre de control y un aviador. El inglés le preguntó a Ivo qué hacía en la vida, le pidió que le hablara de sus gustos y de sus sentimientos. Ivo dijo que era poeta y el inglés pidió que recitara algo de memoria. Por suerte mi amigo recordaba algunos poemas de Walt Whitman y de Coleridge y de Emily Dickinson. Se los dijo y así pasaron un buen rato, comentando los sonetos de la vida y de la muerte y algunos pasajes de la Balada del viejo marinero, que Ivo recordaba, donde también un hombre batallaba contra la furia del mundo.

Pasó el tiempo y el aviador, ya más tranquilo, le pidió que recitara los suyos propios, y entonces Ivo, haciendo un esfuerzo, tradujo sus poemas al inglés para decírselos sólo a él, un piloto que luchaba en un viejo bombardero contra una violenta tempestad, en medio de la noche y sobre el océano, la imagen más nítida y aterradora de la soledad. "Noto una tristeza profunda, un cierto descreimiento", le dijo el aviador, y hablaron de la vida y de los sueños y de la fragilidad de las cosas, y por supuesto del futuro, que no será de la poesía, hasta que llegó el temido momento en que la aguja de la gasolina sobrepasó el rojo y el bombardero cayó al mar.

Cuando esto sucedió el jefe de la torre de control le dijo a Ivo que se marchara a su casa. Después de una experiencia tan dura no era bueno que dirigiera a otras aeronaves.

Al día siguiente mi amigo supo el desenlace. Los socorristas encontraron el avión intacto, flotando sobre el oleaje, pero el piloto había muerto. Al chocar contra el agua una parte de la cabina se desprendió y lo golpeó en la nuca. "Ese hombre murió tranquilo", me dice hoy Ivo, "y es por eso que sigo escribiendo poesía". Meses después la IATA investigó el accidente e Ivo debió escuchar, ante un jurado, la grabación de su charla con el piloto. Lo felicitaron. Fue la única vez en la historia de la aviación en que las frecuencias de una torre de control estuvieron saturadas de versos. El hecho causó buena impresión y poco después Ivo fue trasladado al aeropuerto de Porto.

"Aún sueño con su voz", me dice Ivo, y yo lo comprendo, y pienso que siempre se debería escribir de ese modo: como si todas nuestras palabras fueran para un piloto que lucha solo, en medio de la noche, contra una violenta tempestad.

Santiago Gamboa

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jueves, 12 de junio de 2008

Algo que atrae de la obra de Oscar Wilde es esa cierta habilidad para crear imágenes desde las que reflejar la realidad decadente en la que acertó a escribir. Los personajes de sus historias anuncian que algo está terminando y que las últimas gotas de lo que parecía una exótica fruta están siendo exprimidas. Las escenas que se suceden en sus relatos llevan, a quien se acerca a la obra, a la interpretación constante de la realidad. Se podría señalar, de hecho, que Wilde acierta dejando en manos del lector la discusión última, para que éste, y no otro, sea el protagonista final de la obra. Por eso, en libros como El cuadro de Dorian Gray, nos encontramos quizá ante el único fin que humildemente puede alcanzar la literatura en estos tiempos revueltos (¿cuáles tiempos no los son?), esto es, ofrecer pequeños relatos desde los cuáles seguir buscando la perspectiva para interpretar y repensar los acontecimientos que se suceden. Pequeños ángulos de la realidad que poco tienen que ver con los grandes relatos que en su pretensión de abarcar la verdad han terminado diluidos en la nada.


(Oscar Wilde, 1854-1900)




Con todo, El Cuadro de Dorian Gray introduce al lector en un laberinto de espejos que proyecta una cantidad considerable de imágenes. Los personajes y los espacios que transitan, los diálogos que se entablan, el contexto social, el simbolismo de los objetos… cada uno de ellos nos remite a un ángulo desde el cual interpretar el pensamiento latente en la obra de Wilde. Tal es la capacidad de sugerencia de la novela, que una primera interpretación nos podría llevar a ver en Dorian Gray, su protagonista, a uno de esos personajes que la factoría Disney lleva a las grandes pantallas por Navidad. Ese muchacho guapo, carismático, rico y ejemplar que se dedica a posar para un pintor en uno de los barrios más elitista del Londres de finales del siglo XIX, pero que un día conoce a un cínico Lord que le contagia el desprecio por los valores más elevados de la sociedad y que corrompe su alma desencadenando un dramático final cargado de moralidad. Igualmente, Dorian Gray puede ser estudiado como un personaje de carácter profético atrapado entre dos campos magnéticos de la moral, donde su trágico final no es más que una representación de los acontecimientos que desgarrarán al ser humano en el siglo XX. El joven culto, bello y ávido de conocimientos destruyendo el mundo que le rodea como consecuencia de su falta de escrúpulos y de un hedonismo insultante. Incluso la obra de Wilde nos remite a ciertos personajes antológicos del cine; me refiero al magnate estadounidense que Orson Wells retrató en Ciudadano Kane (1941). Cierto paralelismo recorre ambas narraciones, por una parte el recuerdo perdido de la belleza de la infancia (¿no recuerda el retrato de Dorian escondido en el ático a la misteriosa palabra Rousebud pronunciada por Charles Foster Kane en su lecho de muerte?) y por otra, la ubicación de la historia en un contexto social decadente. Pareciera que tanto Oscar Wilde como Orson Wells (¿serán las iniciales de ambos, O.W. otro paralelismo?) intuyen la tragedia humana que engendran la aristocracia victoriana y el capitalismo americano.

Pero es también ésta una obra con un carácter educativo demoledor. Cierto pesimismo pedagógico recorre las páginas y se inserta en las relaciones que los diferentes personajes establecen entre sí. Mucho se podría decir sobre quien es quien en la novela, sobre los diálogos donde Wilde esconde su juego de máscaras, sobre las relaciones homosexuales, sobre ese pacto fáustico posmoderno y la búsqueda de la eterna juventud, sobre la moral del relato… Pero: ¿qué ocurre con los espacios? ¿Qué ocurre en esos grandes estudios y mansiones donde la aristocracia campa a sus anchas? ¿Y qué decir del teatro, las bibliotecas personales o las grandes avenidas londinenses? O más concretamente, ¿qué sucede con ese espacio principal de la novela, esto es, ese ático de la casa de Lord Kelso donde Dorian guarda su retrato y donde la tragedia verá su final? ¿Qué imagen nos devuelve ese lugar que permanecía cerrado hasta que Dorian lo utiliza para guardar su retrato pactado?

 Dorian Gray y su pacto fáustico son los protagonistas de la novela de Wilde. Ese joven atrapado entre dos filosofías de la moral que va camino del precipicio de forma acelerada, abocado al trágico final. La belleza, el arte, la seducción, el exceso, el pensamiento escéptico, la moralidad victoriana, la persuasión, la instrucción, la formación. Dorian Gray y sus paseos por Londres, sus cenas aristocráticas, su fetichismo, su no pegar ni brote, su maestro escéptico, su inocencia, su afán de conocimientos y su capacidad para el engaño. Seduce e irrita por igual, y también evoluciona como personaje que se desagarra en el asesinato y el suicidio. La destrucción que alcanza el personaje en su entorno conmueve por el dramatismo romántico, pero también nos introduce en ese trágico siglo XX donde habrán de deshacerse los grandes relatos que todo lo pretendían resolver. Todo gira en torno a un personaje cuyo retrato, su obra de arte en el lienzo, su yo anterior, permanece encerrado entre las cuatro paredes del caserón de Lord Kelso.

 

Basta recordar a Dorian subiendo las escaleras de su casa de forma precipitada camino del ático. Delante suyo el señor Hubbard y su ayudante cargando con el pesado cuadro cubierto con una manta, y al entrar en la gran habitación, entonces, por un instante, aparecen en la mente de Dorian muchos de los momentos vividos entre aquellas cuatro paredes. Es un instante fugaz, pero lo suficientemente profundo como para que su infancia se haga presente a su alrededor. Detenidos en esa escena vemos como Dorian, con el cuadro ya en el desván, siente que se está quitado un problema de encima, y como considera que a partir de ese momento no tendrá jamás que preocuparse de las transformaciones que veía en su propio retrato. La habitación oscura, piensa, es el lugar perfecto para guardar algo tan íntimo; y Wilde los describe a la perfección (1992, p. 227 Catedra-Letras Universales. Madrid): “no había ningún otro lugar en la casa más a cubierto de ojos escrutadores que éste. El tenía la llave, y nadie más podría entrar allí”.

El sentido de la metáfora nos devuelve algunas preguntas: ¿Quién es ese Dorian Gray que sube corriendo las escaleras? ¿Quién es ese joven que no duda en esconder su retrato en esas cuatro paredes casi olvidadas? ¿Dónde está el ático de la vieja casa de Lord Kelso donde Dorian se crió? ¿Dónde hemos dejado nuestro cuadro de Dorian Gray?

Al presentar el mito faústico encarnado en el joven Dorian, Wilde divide, como buen admirador de la Grecia Clásica, a su personaje en cuerpo y alma, para luego voltear la lógica existencial occidental platónica que nos dice que es el cuerpo el que se estropea y marchita mientras el alma camina hacia su perfección y pureza. Entonces, Dorian se convierte en un ser invertido, faústicamente abducido, capaz de permanecer bello según su propio deseo. “Tengo celos de aquello cuya belleza no muere. Tengo celos del retrato que me has pintado. ¿Por qué ha de conservar él lo que yo he de perder? Cada momento que pasa me va quitando algo a mí, y le da algo a él. ¡Ay, ojalá fuera al revés! ¡Ojalá el cuadro pudiera cambiar, y yo pudiera ser siempre como soy ahora!”(Ibíd. P. 117)

De tal forma, la escena de Dorian depositando su retrato en el ático, ya con los primeros síntomas de destrucción en el lienzo, es sumamente evocativa. Se presenta como una excelente metáfora de ese aparato social que se maquina en el siglo XVIII a la sombra de las Luces y queda consolidado en el siglo XIX. Aparato que tan bien conocía Wilde. El cuerpo y su belleza, a modo de carta de presentación, conquistando la inmortalidad, mientras que el alma queda encerrada entre cuatro paredes en el momento que comienza a marchitarse. Aquí el alma se asemeja a ese alma que para Foucault (1979, p. 36, Siglo XXI. Madrid), en su obra Vigilar y Castigar, “existe, que tiene una realidad, que está producida permanentemente en torno, en la superficie y en el interior del cuerpo (…) El alma, efecto e instrumento de una anatomía política; el alma, prisión del cuerpo”. Dando como resultado un juego de símbolos de gran calado: el cuerpo intacto y bello, el alma que comienza a mostrar síntomas de destrucción, el alma convertida en prisión del cuerpo y la belleza del alma desgraciada.

Conviene centrarnos entonces para la reflexión en ese siglo XVIII donde todo un aparato panóptico se construye para el alma, a modo de una gran red de áticos donde guardar retratos. Un mismo aparato que se expande en el XIX con una naturalidad impactante y que Foucault(Ibíd. p.148) describió con brillantez como: “un espacio administrativo y político (que) se articula en espacio terapéutico, tiende a individualizar los cuerpos, las enfermedades, los síntomas, las vidas y las muertes; constituye un cuadro real de singularidades yuxtapuestas y cuidadosamente distintivas”. Un espacio para cada uno y cada uno en un espacio, consolidándose, de tal forma, una estructuración social que inicia su tragedia wildeiana, con su propio pacto faústico de la belleza eterna e inmortal; esa belleza que de forma inmejorable ha representado el progreso sin fin. Mismo progreso idílico que ha arrinconado los primeros síntomas de la destrucción del alma de la parte imperfecta que nos corresponde como humanos, llevándola a la clausura entre cuatro paredes asfixiantes. Y aquí posiblemente la escuela, la institución por antonomasia para la infancia, juega su papel a la hora de esconder y ocultar esos primeros rasgos de nuestro retrato que están desfigurándose, que nos molestan, que nos hacen pensar.

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martes, 10 de junio de 2008

Recientemente en el periódico Público (14 de Mayo) aparecía un reportaje titulado: “Los padres que educan en casa piden una regulación”. Azucena Caballero, vicepresidenta de la ALE (Asociación para la Libre Educación), explicaba que los padres que optan por educar a sus hijos fuera de las instituciones escolares lo hacen por muchos motivos: “unos huyen del método pedagógico de la escuela tradicional, otros eligen esta vía ante el fracaso de uno de sus hijos, alegan que quiere evitar situaciones de acoso o incluso motivos ideológicos.” Merece la pena profundizar un poco más en este aspecto, ya que dentro de la diversidad de motivos y razones que utilizan quienes se deciden por educar a sus hijos en el hogar hay matices que conviene analizar. De igual forma resulta interesante observar el modo en que desde ciertos posicionamientos políticos e ideológicos se está intentando influenciar sobre este movimiento pedagógico.


Así, se podría diferenciar dos movimientos dentro del Homeschooling en España. Por un lado, estaría aquellos padres y madres de familia que rechazan radicalmente toda la parafernalia escolar, con sus títulos, sus maestros, sus grados que ir superando, sus libros de texto, etc. Y por el otro están aquellas familias que rechazan únicamente el recinto escolar, y que luego hacen todo lo posible por convalidad los estudios de sus hijos o por conseguir matricularlos en escuelas en Internet.

 

Quienes optan por la primera opción son minoría. Además, dentro de este grupo los argumentos que ponen sobre la mesa son de carácter pedagógico e ideológico. De hecho, si hubiera que buscar algún referente teórico de quienes muestran tal rechazo a las instituciones escolares este sería el de autores como Ivan Illich o Everett Reimer. Estas familiar que no sólo rechazan la escuela, sino también sus métodos, sus títulos o sus jerarquías, vienen experimentando con una educación en el hogar desde hace décadas. Y en todo este tiempo no se ha preocupado excesivamente por buscar convalidaciones, ni ayudas por parte del estado. Quizá su única reivindicación haya sido a nivel legal, ya que en más de una ocasión se han visto envueltas en denuncias o pleitos legales.

 

Como consecuencias de algunos de sus contundentes argumentos contra los sistemas escolares, y también contra el sistema en general, quienes han optado por la práctica del homeschooling desde este posicionamiento decidido no han tenido apenas trato con partidos políticos o grupos de poder. Su independencia en este sentido ha sido un rasgo significativo.

 

Pero como se ha señalado, también dentro de los homeschoolers españoles existe una vertiente que en los últimos años ha ido creciendo en número. Se trata de quienes rechazan la opción de escolarizar a sus hijos, es decir, de que asistan a la escuela, pero buscan que la administración les permita optar a algunos de los beneficios del sistema escolar. En escuelas como Clonlara se puede observar un claro ejemplo de todo esto.  Al analizar el discurso de estas escuelas nacidas a la sombra de las nuevas tecnologías (ver El homeschooling en España Cap III; el camino recorrido), resulta un tanto desconcertante asimilar el discurso encendido que llegan a proyectar contra las instituciones escolares.

 

En consecuencia, bien se puede observar cómo dentro de la práctica pedagógica de quienes optan por la Escuela en Casa, también se esconde la proyección de un modelo de educación caracterizado por la sobreprotección de los padres sobre sus hijos, donde con frecuencia los principales motivos que llevan a las familias a tomar esta decisión están más vinculados a motivos puntuales, o incluso confesionales o afectivos, que a planteamientos pedagógicos o sociales decididos.

 

Así, desde ciertos sectores conservadores, vinculados con la Iglesia Católica, se ha articulado un movimiento educativo de objeción de conciencia sin precedentes en el Estado español. Con este fin se ha lanzando una campaña que va desde la búsqueda de un sustento teórico de la propuesta de objeción – un ejemplo es la lectura que se está haciendo de la teoría de Milton Friedman (sobre la propuesta de Friedman también se pueda consultar en este blog dos post dedicados a lo expuesto por este afamado economista norteamericano: I y II) y su “cheque escolar”–, a la revisión de los vacíos legales que hoy en día existen dentro de la Constitución española.

 

En el primero de los frentes abiertos, el basado en el “cheque escolar” de Friedman, cabe destacar que en la actualidad existe una plataforma en Internet en la que muchos padres están publicando sus experiencias y sus luchas contra la administración. Esta iniciativa parte a su vez de una de las plataformas católicas con más peso dentro del Partido Popular (PP), se trata de “Hazte oir”. En el segundo de los frentes, la estrategia para fundamentar la objeción está encaminada a buscar los resquicios legales mediante los cuales la objeción para una materia obligatoria pase a ser una posibilidad legal real.

 

No obstante, desde diferentes organizaciones católicas se ha establecido un enlace con aquellas organizaciones como la ALE que desde hace años vienen reclamando el derecho de los padres a educar fuera de las escuelas a sus hijos. En este sentido la ALE ha participado en algunos congresos de inspiración cristiana (representantes de la ALE participaron en marzo de 2007 en la Conferencia sobre educación cristiana en Yébenes, Toledo) y ha presentado sus líneas de acción a representantes de organizaciones católicas decididos a no permitir que la nueva materia se ponga en funcionamiento.

 

El Homeschooling en España (Cap. I; un poco de historia)

 

El Homeschooling en España (Cap.II; sus origenes... en los EE.UU)

 

El Homeschooling en España (Cap.III; el camino recorrido)

 

 

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lunes, 09 de junio de 2008

Sin duda, ésta es una de las preguntas más importantes que subyace en el debate en torno al Plan Bolonia para las Universidades. De hecho, hoy, en un interesante artículo de opinión publicado en El País titulado "Sí a Bolonia, pero no así", el rector de la Universidad Complutense amaga con poner esta cuestión sobre la mesa.

 


Ante las últimas decisiones de la ANECA (Agencia Nacional de Evaluación, Calidad y Acreditación), y quizá en respuesta a los recientes roces de ésta con la CRUE (Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas), Carlos Berzosa señala hoy en El País que: “Hemos vuelto a caer en el vicio de este país, que es crear burocracia, solicitar datos absurdos, algunos de ellos incluso en contra de la autonomía universitaria, y no ir a la verdadera esencia de lo que debe ser un plan de estudios”.

 

Según el Rector,  ha sucedido que en este proceso han primado las cuestiones administrativo-burocráticas respecto de las académicas, o lo que es lo mismo, el sistema y sus tentáculos burocráticos han terminado por hacer de la universidad un aparato a su servicio.  Y eso es cierto, aunque en parte, ya que es preciso hacer algunas matizaciones. Pues sucede, creo yo, que eso no siempre ha sido así en estos casi diez años transcurridos desde que el proceso de Bolonia diera sus primeros pasos. Y mucho tiene que ver en todo esto la dejadez de los cargos de poder de las universidades y especialmente de los Rectores.

 

Así, al inicio del proceso parecía que el debate en torno a las cuestiones académicas que podían derivarse de la reforma académica iba ganando terreno sobre el resto de cuestiones. Es más, muchos docentes y estudiantes veían en el plan una oportunidad para dar un cambio definitivo a muchas de las dinámicas y vicios que seguían campando por las universidades españolas.

 

Si bien, en los últimos años, o más bien en los últimos meses, un vicio todavía más español se ha colado en el proceso: la improvisación. Y por parte de quienes controlan al capital (no excluyo a los partidos políticos) se ha visto la oportunidad de meter mano entre tanta confusión, lo que ha derivado en un intento de cambio que no cambie nada, pues son estas instancias de poder las primeras interesadas en que el proceso de Bolonia no pase de ser un ejercicio de maquillaje y simulación y no vaya más allá.

 

Y ante esta incapacidad de la comunidad universitaria, muy bien representada, en este sentido sí, por la CRUE, de defender un cambio necesario en el funcionamiento académico de las instituciones universitarias, el cambio ha derivado en lo que precisamente vienen denunciando las asambleas de agrupaciones y colectivos de estudiantes y que Carlos Berzosa recoge en su artículo: “Los detractores de este proceso lo acusan de querer privatizar la universidad pública, de mercantilizarla, de degradar los títulos universitarios y de querer supeditar la universidad a los intereses del mercado”.

 

Y más adelante añade: “Los peligros que señalan (los detractores) son reales, pero también creo que no deben ser imputables a Bolonia, sino que son el resultado de las actuales tendencias sociales y de la creciente globalización dominada por el mercado, que afectan negativamente a la universidad”. Para terminar concluyendo que se inclina “por no aceptar estoicamente designios divinos irrefutables”. Aunque, eso sí, lo dice ahora que prácticamente ya no queda tiempo para debatir (en septiembre todo debe quedar armado) la nueva configuración de las facultades y de los títulos de grado y postgrados que éstas impartan. Como si en los años anteriores no hubieran tenido tiempo para organizar un debate profundo donde las universidades elaboraran con detenimiento sus planes de estudio, así como el debate de los distintos métodos docentes que tuvieran cabida en esta nueva estructura.

 

De tal forma, parece que en este tiempo, y en cierta medida, como consecuencia de la dejadez de quienes fueron elegidos para dirigir las universidades, el sistema ha conseguido hacer de la universidad una institución a su servicio. Y con el rodillo burocrático ya girando a una velocidad considerable parece que será difícil que la voz de rectores como el de la Universidad Complutense puedan ser escuchadas precisamente ahora que ya nadie tiene tiempo para escuchar.

 

En suma, lo que también queda claro es que esa tradición tan española (casi deporte nacional) de los estudiantes de no pegar ni brote durante los primeros meses del semestre y meterse un atracón de apuntes (tomados por otro, por supuesto) en los días anteriores al examen, de alguien ha sido aprendida. El problema es que en el caso de los rectores y de las autoridades universitarias, todo apunta a que este atraco de debates y reflexiones de última hora va a suponer un suspenso histórico que ya veremos si tiene vuelta atrás (aunque algunos igual y piden un nuevo examen para la recuperación de septiembre, tiempo al tiempo).

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viernes, 06 de junio de 2008

En estos últimos días se han manifestados transportistas en distintos países del mundo para protestar por los altos precios del petróleo. Los últimos en subirse al carro de las protestas han sido los taxistas de Madrid que ayer colapsaron el centro de la ciudad. Ahora bien; ¿Contra qué protestan estos gremios? ¿A quien dirigen sus quejas? ¿Al gobierno? ¿A la administración? ¿Al sistema económico mundial? ¿A la madre tierra?

 


No entiendo muy bien todo esto. Creo que algo obvio, o que por lo menos debería serlo, es que las mayoría de las máquinas que utilizamos para transportarnos y para transportar las mercancías que utilizamos (y consumimos), no se pueden poner en funcionamiento sin los combustibles derivados del petróleo. Además, creo no desvelar ninguna novedad, si digo que el petróleo es una materia agotable, es decir, que a medida que se consumen sus reservas, éste se agota.

 

De tal forma, y teniendo en cuenta estas dos cuestiones, es igualmente indiscutible que tarde o temprano, y a medida que las reservas de petróleo vayan decreciendo, el precio del mismo ha de aumentar. ¿No es esa la máxima de un sistema capitalista? Es decir: una de las lecciones básicas para la convivencia capitalista reside en el hecho de aceptar que lo que es muy útil y a la vez escaso vale mucho y sólo es accesible para unos pocos, mientras que lo que no es útil y abundante tiene un precio asequible y una gran mayoría puede tener acceso a su consumo.

 

Y respecto a esta máxima no hay excepción. Más bien, sólo hay variaciones, y son precisamente las materias primas las que marcas estas variaciones. Y el caso del petróleo es el mejor ejemplo. Que poco a poco se va agotando, pues el precio subirá (de cajón). Que los transportistas, los pescadores y los taxistas protestan, pues el precio seguirá subiendo. Que los gobiernos bajan los impuestos sobre los combustibles, pues no se preocupen porque el precio seguirá al alza. Mientras se siga consumiendo seguirá subiendo el precio.

 

Quizá la única forma de hacer bajar los precios del petróleo pase por dejar de usarlo. Pero eso no tiene pinta de resultar sencillo. En un mundo donde en los últimos años se ha funcionado bajo la tutela del petróleo, y en el que se ha generado una dependencia brutal de los individuos sobre sus derivados, cualquier iniciativa pasa por un cambio de mentalidad en cada individuo. Repasar el modo en que nuestra propia alimentación depende del petróleo (no es que nos lo comamos entre pan y pan, me refiero a lo que supone en el transporte de los alimentos), o la forma en que nuestro quehacer diario depende de productos derivados del preciado líquido, puede ser un buen inicio para ver las alternativas que podemos usar para desprendernos de esta dependencia.

 

No obstante, las manifestaciones en contra de los precios de una materia prima que poco a poco se agota no llevan a ninguna parte. De hecho, ayer, mientras veía en el telediario las manifestaciones que había en distintos países como consecuencia de la subida de los precios del petróleo, me vino a la mente la idea de las tribus que se enfadaban con los dioses cuando estos no traían la lluvia o con la madre tierra cuando las cosechas no era buenas. Protestar contra el precio del petróleo tiene algo de todo eso, con la diferencia de que la culpa de que el preciado líquido se esté agotando no es de ningún dios o divinidad, sino del ser humano.    

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jueves, 05 de junio de 2008

Es curioso observar la forma en que algunas de las propuesta educativas que lanzara Friedman no sólo tuvieron muy buena acogida entre lo sectores más conservadores que veían en la liberalización de la educación un negocio atractivo, sino que también tuvieron una influencia destacada entre quienes, en la década de los años sesenta y setenta, pensaban la educación desde los posicionamiento más radicales. El propio Ivan Illich en su libro La sociedad desescolarizada de 1971 (2006, p. 195, Fondo de Cultura Económica), convenía en que “un sistema lógico de recortar el presupuesto (en educación) y, sería de esperar, de aumentar sus beneficios, consistiría en unos sistemas de becas escolares como el propuesto por Milton Friedman y otros.”




Si bien la crítica que con más fundamento que se le puede hacer a Friedman gira en torno al poco desarrollo que su estudio ofrecía de las consecuencias que se podrían derivar de su propuesta educativa. Al  situar su punto de partida en una economía de mercado en la que la competencia entre las distintas opciones educativas habría de mejorar su calidad,  no tuvo en cuenta que éste posiblemente sería el paso definitivo hacia la privatización no sólo de la acción educativa que él planteaba, sino también del derecho a la educación.

Situación que puede ser analizada desde lo ocurrido en el caso de las países que se han subido al carro del desarrollo y del liberalismo de mercado, y que ha visto como muchos de los servicios públicos han terminado siendo gestionados por empresas privadas que han demostrado, sobre todo en los últimos años, una indiferencia escalofriante ante las problemáticas y las prioridades sociales de cada región. Y todo sin que la calidad de los servicios, ni los precios de los mismos, haya mejorado notablemente, más bien todo lo contrario.

Podría decirse incluso que Friedman no distinguió entre el derecho a una educación pública que debe ser garantizado por el Estado y la sinrazón de un derecho que se convierte en obligación. Posiblemente esta dificultad para distinguir entre ambos conceptos fuera consecuencia del escaso conocimiento, que el reconoció, respecto a los hechos históricos que sostienen las instituciones escolares. Baste recordar que cuando en su texto The role of Gobernment in Education  desarrolló el argumento lógico por el cual el cheque escolar debería ser implementado por los gobiernos, él mismo lanzaba una pregunta al aire que no era capaz de responder: “¿Por qué los sistemas educativos no se han desarrollado bajo estos parámetros? Un respuesta completa requiere de un conocimiento más detallado de la historia de la educación del que poseo, y lo más que puedo hacer es ofrecer una conjetura”.


(Milton Friedman junto con su esposa Rosa y George W. Bush)


No obstante, resulta curioso observar como Friedman se labró un prestigio y un reconocimiento por sus trabajaos en el campo de la educación, cuando, en realidad, sus reflexiones educativas no van más allá de un artículo y unas cuantas entrevistas en medios de comunicación. Y tampoco es que su propuesta fuera ciertamente profunda, más bien todo lo contrario, ya que no pasaba de tener un fin económico y poco más. No en vano Friedman no era un pedagogo, ni quería serlo, lo más probable es que sólo viera en la educación un área más de la economía que podía ser liberalizada.

En este sentido no debe sorprende que en el contexto del Estado Español, entre los sectores más conservadores y reaccionarios de la derecha partidista, aparezca la figura de Friedman como la de un garante de las libertades individuales y de un carácter casi contestatario frente a las medidas proteccionistas de los aparatos del Estados. Así, como reacción a la nueva materia de Educación para la Ciudadanía desde los sectores más conservadores se ha comenzado a promover un movimiento de objeción de conciencia fundamentado en el “cheque escolar” propuesto por Friedman.

 Milton Friedman y el “cheque escolar” (Cap. I)

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sábado, 24 de mayo de 2008

La figura de Milton Friedman en la actualidad se presenta como un icono intelectual para quienes en el campo de la economía se afanan por defender el modelo de mercado libre y la no intervención de los Estados. Numerosos grupos políticos simpatizantes del modelo  neoliberal ven la figura de este Premio Nobel de economía de 1976 todo un referente donde justificar sus medidas en favor de una economía globalizada y sin regulación de las fuerzas de poder tradicionales. Para nuestro interés este afamado economista norteamericano lanzó algunas propuestas que tuvieron una notable repercusión en el campo de la educación y que merecen ser revisadas.

 

(Portada de la Revista Time con Milton Friedman en la portada)


Antes de entrar al estudio de sus propuestas para el campo de la educación, no está demás mencionar algunos datos de la trayectoria de este economista neoyorquino, que nació en 1912 y que falleció en noviembre de 2006. Friedman desarrolló una trayectoria académica dilatada ya que ejerció como profesor en la Universidad de Chicago desde 1946 hasta 1976, donde enseñó teoría económica y donde se convirtió en toda una leyenda gracias a su planteamiento –hoy verdadero quebradero de cabeza para los gobiernos de todo el mundo–, basado en que la única manera de generar estabilidad política es mediante la estabilidad económica.

 

Además Friedman en su trayectoria tuvo escarceos en el campo de la política americana, llegando a asesorar a los presidentes Richard Nixon y Ronald Reagan. Serían sonados también sus acercamientos estratégicos al otro lado del Atlántico en colaboración con la primera ministra británica Margaret Thacher. Quizá por la influencia que tuvo con los principales gobiernos aliados durante la Guerra Fría la revista The Economist lo proclamó como el economista con más influencia en la segunda mitad del siglo XX

 

Miton Friedman saluda al presidente Reagan

 

         Un ejemplo de la significación que alcanzó la obra de Friedman se encuentra en la obtención del Premio Nobel de Economía en 1976. Entre las razones para su galardón se mencionó: “sus logros en el campo del análisis del consumo, de la historia monetaria y de la teoría y por la demostración de la complejidad de las políticas de estabilización”

 

Pero Milton Friedman no sólo fue un personaje sumamente polémico a consecuencia de su declarado posicionamiento político cercano a los gobiernos conservadores de la segunda mitad del siglo XX y sus alegatos apasionados por la libertad en su más amplio y “personal” sentido de la palabra, además fue capaz de compaginar su colaboración y apoyo con gobiernos ilegítimos como el de Agusto Pinochet en Chile –participó en un ciclo de conferencias por el país en 1975–, con el apoyo a la legalización de la marihuana treinta años después. Todo lo cual ha provocado que en ocasiones su ideología sea un ejemplo del denominado como anarco-capitalismo.

 

Aunque para  nuestro interés es importante hacer especial mención al estudio que desarrolló en relación a la educación. Su preocupación se centró en el papel que las escuelas estatales debía jugar dentro del marco del derecho a la educación que tanto se preocuparon en garantizar (hasta hacer del derecho una obligación) todos los Estados del mundo y los organismos internacionales que los asesoraban.

 

En este ámbito Friedman escribió uno de su artículos más afamados y titulado: The role of Gobernment in Education, de 1955. Casi cincuenta años después, en una entrevista publicada en el periódico Wall Strett Journal, el propio Friedman declaró su sorpresa sobre el impacto que causó su trabajo: “no preví que me convertiría en un activista de la reforma escolar y que junto a mi esposa estableceríamos una fundación para promover la libertad de los padres a escoger la escuela para sus hijos”

 

Para Friedman la obligatoriedad de la asistencia a la escuela suponía una de las más graves intromisiones del Estado en la vida privada de los ciudadanos. Entendía que existía una cierta justificación de esta obligatoriedad, ya que correspondía a los poderes del Estado la legislación, la financiación y la administración de la educación, pero no compartía una justificación de la escolarización basada en la nacionalización de la enseñanza. La propuesta de Friedman quedaba fundamentada de la siguiente forma:

 

Los gobiernos podrían requerir un nivel mínimo de educación el cual podría financiarse por un abono reenbolsable (“cheque escolar”) por cada niño al año de una suma específica que podría gastarse en instituciones «aprobadas» para ser elegidas. Los servicios educativos podrían ser ofrecidos por empresas privadas que operasen para tal provecho, o para diversas instituciones sin ánimo de lucro. El rol del gobierno se limitaría a cerciorarse de que las escuelas poseen ciertos mínimos estandarizados, tales como la inclusión de unos contenidos mínimos en los programas, como ocurre hoy con las inspecciones en los restaurantes que aseguran unos estándares mínimos de salud.

 

    Milton Friedman y el “cheque escolar” (Cap. II)

 

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viernes, 23 de mayo de 2008

He aquí un suceso. No sé si da la talla para ser noticia, una de las "noticias que en el día de hoy se han producido" que os venden por televisión todos los días, para que estéis enterados de lo que ha pasado y, por tanto, seguros de que no ha pasado nada del otro mundo. A lo mejor esto ni siquiera lo ha producido nadie ni sirve para nada. Pero acaso por eso mismo.


El caso es que, al salir de la estación de Vigo, camino de vuelta hacia la Capital, después de que el tren fuera recorriendo la orilla de la larga ría y ofreciéndonos entre llovizna y nieblas a medio desgarrar con el turbio sol de la mañana alta, casitas desperdigadas, talleres ferruginosos, la red de minúsculas plataformas para la pesca de mejillones tendidas sobre las aguas apenas encrispadas, entonces, al volver adentro del vagón, me doy cuenta de que va el último y que no lleva detrás nada y que puede uno, por la puerta de la cola, atrancada con una barra, ir asomándose a lo que va quedando atrás ( que tiene su explicación: como esta sección del Talgo está destinada a acoplarse en Orense con la otra que viene de la Coruña, este final del tren o medio-tren lo dejan provisionalmente al aire, hasta que, acoplado con el otro, quede en mitad de la composición ), de manera que allá me planto al cristal de la puerta trasera ( no es nada fácil que a uno se le brinde una ocasión como ésta ) y me pongo a ver, no lo que pasa, sino lo que huye. Ya era un gran regalo, por la ventanilla normal y lateral, ver lo que pasa, que es lo que permanece; pero esto de poder asomarse a lo que huye…

Los regalos de esto son, desde luego, innumerables: vías que se pierden y se juntan allá derechas brillando apenas entre la niebla, que de vez en vez se curvan con la elegancia de una culebra entre peñas y bosquecillos y matorrales, el desfile de cerros vigilantes que se escurren a mi derecha, y a l a izquierda la compañía, a largos trechos, del río Miño que va, unas veces apretado y espumante, otras esplayándose en láminas plateadas, marchando allá a su destino en sentido inverso al de nuestro tren, y de cuando en cuando los túneles, o derechos, que te dejan ir haciéndosete el redondel del mundo entero más y más pequeño, como si ya lo vieras por microscopio, o enroscándose y alternándote a buen paso descansos de sombras con vueltas, siempre inesperadas, de los pálidos destellos del otoño, y tantas más sorpresas intercalándose serenamente, los oros de los robles por la derecha, por la izquierda los, de muy distinta moneda, de los chopos de los riachuelos, ahora algunas casuchas medio derruídas, pero manteniendo en alto los varales de sus parras de hojas enrojecidas, ahora un blanco balneario palaciego que montaran al pie del agua los ricos de antaño con su embarcadero para sus barquitas blancas de otro tiempo…

Y tantas las variedades y las ocurrencias del mundo que esta visión de atrás del tren me ofrecía, y hasta el comprobar la ley de la relatividad que antaño descubrí, una vez que en los viejos ferrocarriles se habían olvidado de ponerle al tren furgón de cola ( a saber, que, si se fija la vista en lo más cercano, el rápido escape de raíles y postes y cunetas, entonces, con el resto de los ojos, te parece que lo lejano, peñas, árboles, nubes, se te acerca, se te quiere venir encima: "la huida real de lo inmediato, señoras y señores, parece ser la condición de la ganancia aparente de la pérdida de las cosas" ), que, en fin, no había manera de quitarme de aquel turbio cristal, ni una hora, ni otra hora, hasta llegar a la estación de Orense.

Allí ya, ( ¡qué remedio! ) me metí para el vagón, donde estaban compañeros de viaje en sus asientos acaso disfrutando de la película de Vídeo que les servían, sin enterarse de todo lo que había sucedido, esto que trato de haceros pasar como noticia de actualidad y de recordároslo, de que reviva en vuestro recuerdo: pues ahí debía de haber, sin que lo supiérais, algo de este viaje.

AGUSTÍN GARCÍA CALVO

19:02 | gestionado por Jon Igelmo Zaldívar | Enviar comentario (0)

lunes, 19 de mayo de 2008

 


He decidido abrir un nuevo espacio en el Blog -en verdad, creo que ya iba siendo hora- donde tenga un peso más decidido la literatura. He pensado que ya que es mi voz  la que protagoniza (bueno, también la de quienes me van dejando comentarios) los post de esta bitácora, estaría bien si dejo un poco el micrófono y me acerco más al altavoz para escuchar la palabra de otros que merecen, sin duda, ser escuchados. Así que en esta ocasión traigo un texto de Julio Cortazar que ya he leído no se cuantas veces en esta semana y que no deja de pulular en mi pensamiento como esas músicas pegadizas con las que uno se despierta cantado un día sí y otro también sin saber muy bien la razón (sacado del libro Rayuela, cap. 143, pp.700-702):

Por la mañana, obstinados todavía en la duermevela que el chirrido horripilante del despertador no alcanzaba a cambiarles por la filosa vigilia, se contaban fielmente los sueños de la noche. Cabeza contra cabeza, acariciándose, confundiendo las piernas y las manos, se esforzaban por traducir con palabras del mundo de fuera todo lo que habían vivido en las horas de tiniebla. A Traveler, un amigo de juventud de Oliveira, lo fascinaban los sueños de Talita, su boca crispada o sonriente según el relato, los gestos y exclamaciones con que lo acentuaba, sus ingenuas conjeturas sobre la razón y el sentido de sus sueños. Después le tocaba a él contar los suyos, y a veces a mitad de un relato sus manos empezaban a acariciarse y pasaban de los sueños al amor, se dormían de nuevo, llegaban tarde a todas partes.
   Oyendo a Talita, su voz un poco pegajosa de sueño, mirando su pelo derramado en la almohada, Traveler se asombraba de que todo eso pudiera ser así. Estiraba un dedo, tocaba la sien, la frente de Talita. ("Y entonces mi hermana era mi tía Irene, pero no estoy segura"), comprobaba la barrera a tan pocos centímetros de su propia cabeza ("Y yo estaba desnudo en un pajonal y veía el río lívido que subía, una ola gigantesca..."). Habían dormido con las cabezas tocándose y ahí, en esa inmediatez física, en la coincidencia casi total de las actitudes, las posiciones, el aliento, la misma habitación, la misma almohada, la misma oscuridad, el mismo tictac, los mismos estímulos de la calle y la ciudad, las mismas radiaciones magnéticas, la misma marca de café, la misma conjunción estelar, la misma noche para los dos, ahí estrechamente abrazados, habían soñado sueños distintos, habían vivido aventuras disímiles, el uno había sonreído mientras la otra huía aterrada, el uno había vuelto a rendir un examen de álgebra mientras la otra llegaba a una ciudad de piedras blandas.
   En el recuento matinal Talita ponía placer o congoja, pero Traveler se obstinaba secretamente en buscar las correspondencias. ¿Cómo era posible que la compañía diurna desembocara inevitablemente en ese divorcio, esa soledad inadmisible del soñante ? A veces su imagen formaba parte de los sueños de Talita, o la imagen de Talita compartía el horror de una pesadilla de Traveler. Pero ellos no lo sabían, era necesario que el otro lo contara al despertar: "Entonces vos me agarrabas de la mano y me decías..." Y Traveler descubría que mientras en el sueño de Talita él le había agarrado la mano y le había hablado, en su propio sueño estaba acostado con la mejor amiga de Talita o hablando con el director del circo "Las Estrellas" o nadando en Mar del Plata. La presencia de su fantasma en el sueño ajeno lo rebajaba a un mero material de trabajo, sin prevalencia alguna sobre los maniquíes, las ciudades desconocidas, las estaciones de ferrocarril, las escalinatas, toda la utilería de los simulacros nocturnos. Unido a Talita, envolviéndole la cara y la cabeza con los dedos y los labios, Traveler sentía la barrera infranqueable, la distancia vertiginosa que ni el amor podía salvar. Durante mucho tiempo esperó un milagro, que el sueño que Talita iba a contarle por la mañana fuese también lo que él había soñado. Lo esperó, lo incitó, lo provocó apelando a todas las analogías posibles, buscando semejanzas que bruscamente lo llevaran a un reconocimiento. Sólo una vez, sin que Talita le diera la menor importancia, soñaron sueños análogos. Talita habló de un hotel al que iban ella y su madre y al que había que entrar llevando cada cual su silla. Traveler recordó entonces su sueño: un hotel sin baños, que lo obligaba a cruzar una estación de ferrocarril con una toalla para ir a bañarse a algún lugar impreciso. Se lo dijo: "Casi soñamos el mismo sueño, estábamos en un hotel sin sillas y sin baños." Talita se rió divertida, ya era hora de levantarse, una vergüenza ser tan haraganes.
   Traveler siguió confiando y esperando cada vez menos. Los sueños volvieron, cada uno por su lado. Las cabezas dormían tocándose y en cada una se alzaba el telón sobre un escenario diferente. Traveler pensó irónicamente que parecían los cines contiguos de la calle Lavalle, y alejó del todo su esperanza. No tenía ninguna fe en que ocurriera lo que deseaba, y sabía que sin fe no ocurriría. Sabía que sin fe no ocurre nada de lo que debería ocurrir, y con fe casi siempre tampoco.

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domingo, 18 de mayo de 2008

Hace unos días, en  la Feria del libro antiguo y de ocasión que cada año se celebra en Madrid, encontré un interesante relato en primera persona de un alumno que pasó unos cuantos años en la escuela de Summerhill. Uno de los capítulos está dedicado a Neill. Reproduzco a continuación parte del mismo con la intención de seguir dibujando un perfil de este pedagogo, pero esta vez desde la mirada de uno de sus alumnos: Joshua Popenoe. El libro en cuestión se titula: Sumerhill, una experiencia pedagógica revolucionaria (1975, Laia, pp. 77-80)


Cuando llegué a la escuela, Neill daba clases de inglés. Pero lo dejó porque se sentía demasiado viejo y tenía muchas quejas de los muchachos que deseaban aprender serio. Neill siempre se sentía inclinado a pasar el tiempo de clase de inglés haciendo chistes y juegos de palabras.

 

Actualmente, pasa la mayor parte de su tiempo contestando a la abrumadora cantidad de gente que le escribe. Le piden información, le solicitan una plaza o un permiso para visitar la escuela y, a menudo, le requieren para dar ciclos de conferencias. Semanalmente recibe cartas de muchachos americanos que se quejan de sus escuelas y de sus familias, y le piden que les deje entrar en Summerhill. Le desazona enormemente tener que rechazar a la mayoría de estos chiquillos, pero está firmemente decidido a no permitir que la escuela exceda de sesenta alumnos.

(…)

 

(A. S. Neill junto con Ena, su esposa, y Zoë, su hija.)