.
La
tesis del artículo es que la ciencia "tradicional" se basa (y no sólo
se basa, sino que está estructuralmente constituida por ella) en la
metáfora de la naturaleza como un libro (Bacon), que, por demás, está
escrito en caracteres matemáticos (Galileo). Merece la pena citar al
ilustre sociólogo extensamente:
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"Desde
entonces, el programa científico se dedicó a investigar el conocimiento
a partir de dicha metáfora, entendiendo la realidad natural y social
como si estuviera ordenada en forma de relato narrativo a descifrar:
planteamiento, nudo y desenlace. Es decir, continuidad lineal, lógica
causal consecutiva, regularidad legal, crecimiento acumulativo,
predicción de futuro y conocimiento último. Un programa científico,
pero en el fondo literario, cuyo paradigma es la teoría darwinista de
la evolución de las especies, que puede generalizarse para explicar las
distintas esferas de la realidad social: la filosofía de la historia
dominada por la idea del progreso, el poder político volcado en la
busca del control social, la sociología glosando los procesos de
racionalización y modernización, las vanguardias artísticas creadoras
de diseños cada vez más innovadores y autónomos...".
.
¡Ahí
es nada! ¡Lo que da de sí una metáfora! No sólo es que investigadores
con estrategias metodológicas y heurísiticas tan diferentes entre sí
como Galileo, Newton, Bernouilli, Lavoisier, Laplace, Carnot, Darwin,
Faraday, etc., estuvieran "en el fondo" haciendo poco más que "leer un
libro", y, además, no un libro cualquiera, sino una
narración
(con su planteamiento, su nudo y su desenlace). Además, es que el
agarrotamiento mental que supone someter la concepción de la naturaleza
(y de la sociedad) a un esquema de "planteamiento, nudo y desenlace"
implica necesariamente
el pretender descubrir una narración gobernada por la "continuidad
lineal, lógica causal consecutiva, regularidad legal, crecimiento
acumulativo, predicción de futuro y conocimiento último" (de eso
intenta convencernos Gil Calvo con su "es decir").
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Nótese que
la imaginación de este gran intérprete de la ciencia nos ha llevado
hasta el momento a dar dos saltos escalofriantes (que no serán los
últimos) a partir de una premisa anecdótica:
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PREMISA:
Dos grandes iniciadores de la ciencia moderna (y también muchos otros,
es cierto) usaron la metáfora de la investigación científica como
lectura (o, en realidad, desciframiento) del "libro de la naturaleza". [NOTA: téngase en cuenta que, más que una narración novelesca,
como parece traslucirse del artículo, aquellos autores estarían
pensando, o querrían que su audiencia pensara, en "el Libro", o sea, la
Biblia: si ésta era la palabra de Dios revelada, la Naturaleza era Su
obra, y podía llegarse a conocer a Dios tanto a través del estudio de
la Biblia como del estudio del mundo. Lo cual, en el fondo, es más una
estrategia comercial -o sea, publicidad- que otra cosa: los primeros
científicos estaban razonablemente muy preocupados por conseguir al
menos la misma credibilidad y honorabilidad social que los teólogos, y comparar la investigación científica con la exégesis bíblica
era un argumento poderoso en esta guerra. De hecho, los científicos
dejaron de usar la metáfora del "libro de la Naturaleza" cuando el
prestigio de las Escrituras como fuente de conocimiento fiable sobre la
realidad cayó en picado; entonces la metáfora ya no era rentable]..
PRIMERA
CONSECUENCIA INFUNDADA: Por lo tanto, para la ciencia moderna, la
investigación "consiste" en la lectura de una obra narrativa..
Hemos visto que esto es un
non sequitur: de hecho, la metáfora indica que la naturaleza debe ser "leída" en el sentido que
estudiada
(como hacían los teólogos con la Biblia), no "leída" en el sentido de
"disfrutar de una narración novelesca" (como el Quijote, pongamos; o,
en todo caso, la naturaleza debía ser "leída" como un
filólogo
lee el Quijote, no como un lector que intenta divertirse con las
aventuras del Caballero de la Triste Figura). Por supuesto, tampoco se
sigue que el contenido del libro de la Naturaleza tenga que estar
estructurado con el esquema de "planteamiento, nudo y desenlace", como,
por ejemplo,
¡sí que lo está el propio artículo de Gil Calvo!, pese a su disfraz de abanderado de la superación de la modernidad.
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SEGUNDA
CONSECUENCIA INFUNDADA: La estructura narrativa presupuesta en el libro
de la naturaleza (y de la sociedad) implica que éstas sólo puedan
entenderse mediante la "causalidad lineal y regular", y que el
desarrollo de la ciencia y de la sociedad sólo pueda interpretarse como
un "progreso acumulativo" hacia la "verdad absoluta"..
No
necesitamos negar la tesis de que los científicos de la Edad Moderna
presuponían que la naturaleza seguía leyes estrictas que, con esfuerzo,
podían ser descubiertas, para rascarnos la cabeza sin conseguir
averiguar de qué manera esa presuposición se puede fundamentar en la
supuesta creencia de que el libro de la naturaleza tiene la estructura
de una narración (por cierto, que no se me ocurre si algo así como el
descubrimiento newtoniano de que la luna y una piedra arrojada están
ambas cayendo hacia la tierra impulsadas por exactamente la misma
fuerza, forma parte del "planteamiento", del "nudo" o del "desenlace"
de no sé qué narración). Pero es que, además, la "historia lineal de
progreso acumulativo" a la que se referiría Gil Calvo en el caso de la
ciencia (no me refiero ahora a los otros ejemplos que cita), no sería
otra cosa sino la historia de la
investigación científica, de Galileo a Darwin, digamos, pero no la "historia" que los científicos estarían intentando leer
en el libro de la naturaleza.
En este sentido, el bueno de Darwin parece estar pésimamente traído a
colación, pues su gran descubrimiento fue, precisamente, el de que la
historia de la naturaleza (en este caso, la de los seres vivos) no era
una narración lineal en la que el ser humano fuese el protagonista,
sino un jardin de millones de senderos que se bifurcan y, en general,
acaban muriendo sin aportar ni un gramo de sentido narrativo al cosmos.
A pesar del papel de malo que el sociólogo le adjudica, hay mucho más
que une a Darwin con Stephen Gould que con un Comte o un Lamarck.
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Preso
en el esquema que él mismo critica, Gil Calvo proclama que en el
presente hemos logrado superar la ilusión de la metáfora del libro: los
héroes de la aventura han (hemos) conseguido romper el hechizo que nos
había lanzado la bruja Linealidad, y hemos descubierto por fin la
Verdad con mayúsculas, a saber, que el mundo está gobernado, no por
leyes regulares, sino por la "metamorfosis", por
"el cambio súbito e imprevisto de la realidad hacia formas irreconocibles por monstruosas, ilógicas, deformes o grotescas". Es sintomático que la mejor forma en que el sociólogo sea capaz de
relatarnos
el fin del paradigma de la ciencia como lectura de relatos, sea justo
sometiéndose al mismo esquema narrativo. Tal vez eso indique que el
paradigma en cuestión no está ni mucho menos tan agotado.
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Pero,
disquisiciones literarias aparte, la pena es que las intenciones de Gil
Calvo son buenas, y su mensaje final sobre el estado de nuestro
conocimiento no está excesivamente desencaminado, y ha sido sólo (o eso
creo) la tentación de erguirse como abanderado del cambio de paradigma,
o Buena Nueva, que predica, lo que le ha llevado a descuidar la
necesidad de comprender cabalmente aquello de lo que está hablando.
Porque el mensaje no es otro que la muy conocida (y aún más
malinterpretada)
teoría del caos:
la teoría matemática que describe de qué manera la evolución de ciertos
sistemas (no necesariamente muy complejos) se hace impredecible en
muchos casos. Gil Calvo tiene toda la razón al afirmar que muchísimas
cosas, en la naturaleza y en la sociedad, son "sistemas caóticos", lo
cual no quiere decir que sean "monstruosos" o "deformes", ni mucho
menos "ilógicos", sino algo tan sencillo de entender (y tan fácil de
olvidar) como lo siguiente:
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1)
El sistema sigue unas leyes absolutamente estrictas y deterministas,
leyes puede que muy sencillas matemáticamente, y en ocasiones bien
conocidas por los científicos (es decir, el sistema no es "misterioso",
ni está formado por "materia oscura" o algo así, sino que su
funcionamiento se comprende
perfectamente); pero
.
2) a partir de
aquellas leyes matemáticas se puede
demostrar que dos estados del sistema, diferentes entre sí, pero tan parecidos que no pudiéramos distinguirlos
empíricamente,
evolucionarán (obedeciendo esas mismas leyes) hasta dar lugar a dos
estados muy diferentes; eso quiere decir que la evolución del sistema,
aunque es determinista (o sea, sigue de hecho una causalidad lineal y
obedece una regularidad legal),
para nosotros es impredecible, pues cualquier
incertidumbre en la determinación del estado que el sistema tiene
hoy hace posible que haya muchos estados muy distintos en los que el sistema podría hallarse
mañana.
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Por lo tanto, en sistemas muy complejos, en los que hay
muchos
elementos que pueden tener influencias causales (cada una de ellas
totalmente lineal, a la antigua usanza) sobre los demás, el
desconocimiento de uno solo de esos factores puede fácilmente arruinar
nuestra capacidad de predicción. Así son, ciertamente,
muchos aspectos de la sociedad y de la naturaleza, pero, por suerte o por desgracia, no son así
todos
los aspectos relevantes, ni mucho menos. Queda una larga vida de éxitos
(ahora sí, por fortuna) para los proyectos de investigación que
pretendan descubrir los mecanismos causales que gobiernan los
fenómenos, en la esfera humana y la natural. Hay muchas regularidades
pendientes de ser halladas tras una búsqueda perspicaz, y otras muchas
pendientes de ser producidas tras una inteligente creación artificial
por nuestra parte. Hemos
descubierto,
claro, que no podremos conocerlo todo, y que el mundo y nuestros
semejantes siempre nos pueden sorprender, ¡menos mal! Pero también
sabemos que
los mecanismos mediante los que dichas sorpresas se llevan a efecto
son, en general, susceptibles de ser investigados al viejo modo de
Galileo, de Lavoisier o de Pasteur, o sea, según el más tradicional
"método científico", que lejos de caducar, está más vigoroso que nunca.