Anuncian
los ministerios de Educación y de Ciencia que se están poniendo a
trabajar sobre un nuevo decreto para el examen de Selectividad. Al
parecer, las principales "novedades" se quedarán en dos o tres pasitos
más en la misma dirección que los últimos cambios.
Estos cambios propuestos son, al parecer, los siguientes:
- reducción del
número de exámenes por la vía de hacer opcionales todas las asignaturas
de las que cada alumno se examina (se elegirán algunas entre las
obligatorias, y algunas entre las optativas -esto último ya se hace-);
-
introducción de una prueba oral de idioma extranjero (supongo que esto
quiere decir que habrá una parte oral en el examen ya existente),
-
posibilidad de examinarse de asignaturas no cursadas, para poder optar
a carreras no asociadas a la rama del bachillerato elegida (esta es
realmente la principal novedad).
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Lo que me parece más
criticable de este primer "globo sonda" del gobierno sobre la materia
es su altísimo grado de mogigatería. Se nos había anunciado
solemnemente, con la puesta en escena de la LOE y de la "reforma" del bachillerato,
que la selectividad llegaba a su fin, y ahora se constata que a lo
máximo a que se atreven las mentes bicéfalas que tienen que decidir
sobre la materia, es a dar un par de puntaditas en el tremendo siete
(tan notable él, aunque no sea una calificación) que lleva en la misma
pechera la prenda última de nuestro sistema educativo
pre-universitario. Nos vamos a perder, así, la mejor oportunidad en
cuatro décadas de acabar con un sistema que está desnaturalizando
nuestra enseñanza secundaria. Teniendo en cuenta, además, que los
decretos finalmente aprobados suelen ser, una vez que se negocia con
todas las partes implicadas, mucho menos innovadores que lo que se
proclama en los primeros anuncios.
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Puestos
a proponer ideas, vayan aquí las mías sobre lo que debería caracterizar
a una prueba de acceso a la universidad, una prueba que quisiéramos
útil:
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1) Como "prueba de madurez", sería más que suficiente que
los alumnos redactaran algunos textos sobre varios temas; p.ej., un
tema histórico o artísitico, uno científico o filosófico, y uno de
actualidad política, social o económica, con varias posibilidades a
elegir en cada caso, y con toda una mañana por delante. De cada examen
se juzgaría lo razonable del contenido y su corrección lingüística
(ortografía, redacción, riqueza y corrección léxicas, caligrafía,
etc.). No haría falta profesorado específico de ninguna asignatura para
esta corrección: cualquier profesor de bachillerato o de universidad se
supone que es capaz de hacerlo.
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2) Una prueba de idioma extranjero homologable al First Certificate británico o análogo, y convalidable automáticamente por esos títulos.
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Tan
importante o más que el contenido de estas dos pruebas sería el que
pudieran realizarse en los mismos centros en los que estudian los
alumnos (eso sí, siempre por profesorado externo),
y no estuvieran circunscritas al momento final del bachillerato, sino
que hubiera, en cada centro, un par de convocatorias al año (siempre
antes de final de curso), y los alumnos pudieran presentarse a cualquiera de ellas en cualquier momento a lo largo de los dos cursos del bachillerato
(si un alumno sabe expresarse bien en español y en inglés a los 16
años, no va a habérsele olvidado a los 18), sin límite de
convocatorias, y naturalmente, también en años posteriores a haber
terminado esos estudios.
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3) Por último, la "prueba de madurez"
se complementaría con una prueba específica que cada facultad
establecería libremente (si lo desea), sobre un programa anunciado con
antelación suficiente (y preferiblemente, estable a lo largo de muchos
años), y aprobado por el ministerio de Educación para que sea lo más
coherente posible (y razonable) con los contenidos del bachillerato.
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4)
Como un modo de significar a los alumnos y a sus familias la
importancia que para la sociedad tiene el que aquéllos terminen su
enseñanza secundaria con una preparación óptima, las pruebas deberían
complementarse con un sistema de premios generosos
(en forma de becas para estudiar en cualquier país, o en metálico, o
como se les ocurra a quienes tengan buenas ideas al respecto) para
quienes obtengan mejores resultados; quiero decir, no sólo para los
"cerebritos" que sacan un 9,5 de media, sino graduándolo para que
incluso el obtener un 7 tuviera una recompensa razonable, y también con
la posibilidad de que se diferenciasen los premios en función del
origen social de los alumnos.
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5) Por último, el sistema tendría
que tener en cuenta la incentivación de la formación profesional;
p.ej., la prueba de madurez y la de idioma podría ser necesaria también
para acceder a la FP superior, tal vez estableciendo algunas opciones
más entre los temas a elegir para redactar la prueba.
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Un
sistema como éste permitiría, por una parte, dejar a los profesores (y
a los alumnos) de bachillerato hacer su trabajo de manera más
tranquila, y sin interferencias académicas innecesarias. Fomentaría
realmente la apreciación de las "competencias" más básicas en la ESO
(leer y escribir) por parte de los alumnos (y de los profesores).
Garantizaría de manera efectiva el interés por los idiomas extranjeros
en los colegios e institutos (aunque, ¿cómo se concretaría esto
último?... eso es tema ya para otro post).