"Mercado" es una palabra que no deja a nadie indiferente. Personificación del mal radical para algunos, solución de todos los problemas para otros. Cuando hablamos de las relaciones de la ciencia con el mercado, la cosa se pone aún más caliente. Pues bien, ahora no sólo vamos a discutir si la ciencia está "demasiado contaminada" o "demasiado poco fertilizada" por el mercado, sino algo incluso más radical: ¿es la ciencia misma un mercado?
Naturalmente, la respuesta es “no”. La ciencia no es un mercado: si consideramos que el mercado es un sistema de interacción social cuyos elementos mínimos (sus “átomos”) son cada una
de las acciones de compraventa de bienes o servicios, resulta obvio que
los “átomos” principales del sistema de interacción social en el que
consiste la ciencia no consisten en “comprar” o “vender” nada. Desde
luego, hay que comprar muchas cosas para llegar a hacer buena ciencia:
hay que equipar laboratorios, contratar investigadores, pagar el recibo
del teléfono, satisfacer los royalties empleados, etcétera,
etcétera; de la misma manera, antes de poner un producto en el mercado
a disposición de los clientes, la empresa que lo produce ha tenido que
comprar materias primas, pagar salarios, instalar fábricas, transportar
bienes de un lado para otro, pagar impuestos, y mil cosas así. Pero la
diferencia esencial entre lo que hace una empresa con los
bienes y servicios que ha producido gracias a todos esos recursos, y lo
que hace un “agente científico” con lo que ha producido con los suyos,
es que la empresa pone en el mercado su producción, es decir, el producto final, un bien o un servicio, está destinado a ser vendido, mientras que el “productor científico” suele regalar
sus productos finales: no los vende, sino que los publica –en general
sin recibir ninguna compensación monetaria a cambio– en alguna revista
especializada, o en un congreso, para que otros “productores” lo
conozcan y lo puedan utilizar libremente.
Ya
veo delante de mí las numerosas manos que empiezan a protestar,
burlándose en muchos casos de la supuesta ingenuidad que transpira el
párrafo anterior. “¡Pero si la ciencia de hoy en día está dirigida
básicamente a conseguir resultados comercializables, o sea, a conseguir patentes!”,
se me dirá, y soy del todo consciente de que ello es así. Cualquiera
que haya echado un vistazo a la biografía de la recién nombrada
ministra de Ciencia e Innovación, Cristina Garmedia, tendrá esto en la
cabeza a estas alturas. Pero no hay que olvidar que, por cada patente
que se solicita (unos dos millones al año en todo el mundo) hay muchos
más artículos que se publican gratis et amore. Además, en la
mayoría de las disciplinas científicas, es rarísimo el que se produzcan
resultados patentables, lo que no quiere decir que algunos productos de
esas disciplinas no se puedan comercializar con provecho, aunque no el
“producto científico final” propiamente dicho, es decir, el artículo (“paper”)
y las ideas y datos nuevos que contiene. Otras manos insistirán en que
también los artículos, o las revistas que los incluyen, o (no digamos)
los libros, son mercancías que se compran y venden, y este mercado
editorial es, con toda seguridad, un auténtico mercado. Pero el producto como tal de la investigación científica no es tanto la revista o el libro (estos son más bien “envoltorios”), sino la información que hay en ellos: en el caso de una patente, hay que pagar por utilizar la información revelada por la patente, no por acceder
a ella (o no necesariamente), mientras que en el caso de una revista,
una vez que uno (o su biblioteca) ha pagado la suscripción, no hay
límites para el uso que puedas hacer del “contenido epistémico” de sus
artículos.
No es inimaginable un futuro en el que toda la nueva información científico-tecnológica que se p
rodujera
fuese “de pago”, es decir, patentables: lo único que haría falta sería
un sistema de control lo bastante efectivo como para averiguar quién ha
empleado cada “descubrimiento” en su propia actividad investigadora o
industrial. De hecho, a mí me han caído buenas broncas por imaginarme (¡que no proponer!) un sistema así (en mi libro Ciencia pública – ciencia privada). Pero el caso es que la ciencia actual, y no digamos la del pasado, aún está dominada cuantitativamente por la práctica de los descubrimientos regalados, si bien es cierto que la financiación
de la investigación científica procede, en cada vez mayor medida, de
los ingresos que las propias instituciones investigadoras (públicas o
privadas) obtienen gracias a las patentes de aquellos descubrimientos que no regalan.
Pero, dicho esto (que la ciencia no es
un mercado, aunque está relacionada intensa e intrínseca mente con
muchos de ellos), hay que decir también que, por supuesto, la ciencia sí que es un mercado. La paradoja es posible porque, como todo economista sabe bien, la verdad es que el propio mercado tampoco es un mercado. Me explico: el conjunto de realidades
sociales a las que nos referimos con la expresión “el mercado” están
muy lejos de formar un conjunto homogéneo, pues los procesos de
intercambio concretos son muy diferentes unos de otros. Además, lo que tenemos en la cabeza (nuestro “concepto” de mercado) son realmente diferentes modelos
específicos de mercado (el mercado de competencia perfecta, el
monopolio, y todos aquellos modelos abstractos que los economistas se
dedican a desarrollar), ninguno de los cuales suele encajar exactamente con ninguno de los merca
dos
“reales”. Es decir, para entender los mercados (reales) como mercados
(modelos abstractos), es necesario “forzar” en cierta medida los
primeros para que encajen en las categorías que definen a los segundos.
O sea, que la interpretación de una realidad social como “un mercado”
es siempre hastsa cierto punto metafórica. Entender la ciencia
como un mercado no implica tal vez, por lo tanto, nada más que extender
el alcance de la metáfora un poquito más: “vamos a ver qué cosas
interesantes podemos decir sobre la investigación científica si la
intentamos entender como si fuera un mercado”. Para ello, lo
que tendremos que hacer es lo que hacemos con el resto de los mercados
(desde el mercado de letras del tesoro, al mercado negro de armamentos,
pasando por el mercado de abastos de mi barrio): ajustar nuestras
categorías mentales para que encajen con los hechos que deseamos
analizar.
Este análisis nos permitirá hacer fundamentalmente dos cosas: por una parte, arrojará alguna luz (o barro) sobre las interacciones
en las que en el fondo consiste la actividad social que llamamos
“investigación científica” (sección 2), y por otra parte, nos ayudará a
enfrentarnos con armas conceptuales más poderosas a la creciente
realidad social de la “mercantilización” de la ciencia (sección 3).
(CONTINUARÁ)