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domingo, 18 de mayo de 2008

¡Si hasta el sexo y el matrimonio pueden analizarse (muy fructíferamente) como un mercado! ¿Cómo no vamos a poder hacer lo mismo con la ciencia?

2. EL CIENTÍFICO COMO UN HOMO OECONOMICUS.

Estoy leyendo en estos días (aunque no tan asiduamente como debería) el libro La lógica oculta de la vida, de Tim Harford (bueno, el título original es simplemente The logic of life; me revientan estos cambios sin ton ni son). Tras la apariencia de un mero best-seller de aeropuerto (que también lo es), se esconde un interesantísimo recorrido por el programa de explicación de fenómenos sociales basada en la teoría de la elección racional y de los juegos (bueno, el traductor -como ocurre demasiado a menudo- no se ha molestado en documentarse, y escribe siempre "la teoría del juego"). Ya lo iré comentando otros días. Ahora quiero tomar un ejemplito.
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El proyecto filosófico al que se refieren las entradas de esta serie consiste precisamente en utilizar la teoría de la elección racional y de los juegos (o sea, la teoría económica "estándar") para comprender aspectos "filosóficos" de la ciencia... y no hay ningún otra cuestión más "filosófica" en relación a la ciencia que la pregunta de si los conocimientos científicos son fiables, cómo son de fiables, y por qué. La hipótesis subyacente al proyecto, como decía en la primera entrada, es la de "vamos a analizar la ciencia como si fuera un mercado".
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Pues bien, el libro de Harford ofrece numerosos ejemplos de realidades sociales que NO son un mercado, pero que resulta interesante e iluminador considerar como si lo fueran. El capítulo en el que ando enfrascado ahora trata sobre el sexo y el matrimonio. Naturalmente, no se refiere a la compra de novias, literalmente hablando (como en el cuadro), sino que pretende mostrar cómo la ciertas condiciones producen ciertos efectos determinados en la conducta de la gente en relación a la búsqueda de pareja, no como consecuencia de "factores culturales", sino como consecuencia del intento racional de satisfacer de la manera más eficaz posible nuestros deseos teniendo en cuenta la "oferta" y la "demanda" de parejas potenciales en el entorno en el que nos movemos.
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El ejemplo consiste en un experimento muy simple: se reúne en una sala a 10 hombres y 10 mujeres, y se les promete 100 euros a cada pareja que acuda al experimentador, con la única condición de que lleven un acuerdo firmado por ambos miembros de la pareja acerca de cómo repartirse ese dinero (y sin ningún "compromiso" más para después...; os preguntaréis, ¿y esto qué tiene que ver con el sexo? Esperad y ved). El resultado, bastante predecible, es que las parejas se forman rápidamente y el reparto es muy equitativo.
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Lo interesante viene cuando se cambian ligeramente las condiciones del experimento. Por ejemplo, eliminando a un hombre (quiero decir, haciendo el experimento con sólo nueve hombres). ¿Qué pensáis que pasará? Pues que, tal como predice la teoría de juegos, las parejas se forman más despacio (indicando que hay un proceso de negociación mucho más largo), y, sobre todo, que el reparto del dinero se hace extraordinariamente favorable a los hombres.
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¿Por qué? La razón es que la mujer que constituye el "exceso de oferta" de mujeres puede ofrecer a un hombre "irse con ella" con un reparto de 70/30 a favor de él, digamos. Esto lo anticipan todas las mujeres, y automáticamente rebajan sus propias demandas en la negociación, lo que aprovechan los hombres para pedir una parte mayor. Harford muestra cómo el mismo mecanismo funciona cuando en una sociedad hay un exceso, aunque sea leve, de los miembros de un sexo: las condiciones del "toma y daca" (y aquí cada uno que recurra a su imaginación, o que se lea el libro) mejoran muchísimo para los del sexo que escasea. En cambio, ninguna explicación "sociológica" o "antropológica" (¿o "filosófica"?) habría podido predecir que la mejora fuese tan poco proporcional a la magnitud del exceso de oferta (de hecho, ese otro tipo de explicaciones difícilmente pueden hacer ninguna predicción sobre la magnitud del efecto). La moraleja del autor es que los motivos psicológicos (e incluso "culturales", tal vez) ciertamente pueden constituir las razones por las que ciertas relaciones se "demandan" más o menos, pero el mecanismo que lleva desde estos deseos hasta ciertas consecuencias sociales (tal vez muy alejadas, y a veces incluso contrarias a esos deseos) pasa sobre todo por la reacción racional de los individuos ante los cambios en las circunstancias.
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Desde el punto de vista filosófico (y mediático), dos situaciones son especialmente interesantes: aquellas en las que los engranajes de las decisiones racionales interconectadas llevan a consecuencias nefastas a pesar de los "buenos deseos", y aquellas en las que dichos mecanismos consiguen alcanzar consecuencias fantásticas a pesar de la "perversidad" de los individuos participantes. En particular, estos análisis son una especie de antídoto contra las "teorías conspirativas" de todo tipo, que pretenden explicar lo malo que hay en el mundo como efecto directo de la maldad de algunos, y también son un antídoto contra las "teorías bienintencionadas", que pretenden instaurar la solución definitiva de algún mal simplemente por decreto.
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¿Y en el caso de la ciencia? Un argumento muy habitual entre los relativistas es el de que el "conocimiento científico" no es "objetivo" porque los científicos no "buscan la verdad" sino "su propio interés", y lo que les interesa por encima de todo es "la fama" y "el control de los recursos disponibles para la investigación". Pues bien, puede mostrarse que un grupo de investigadores motivados de esa manera pueden ponerse de acuerdo (y realidad estarán mejor si lo hacen) en admitir como "ganador de una carrera por un descubrimiento" sólo a aquellos colegas que consigan proponer hipótesis que superen un número de pruebas más alto, y más duras, que aquellas con las que se daría por satisfecho alguien que "deseara encontrar la verdad". Es decir, la competencia entre los científicos por obtener la fama y el control de los recursos hace que se esfuercen más en "encontrar la verdad" que un grupo de "soñadores" que estuvieran "meramente" interesados por un "puro afán por el conocimiento desinteresado". (Ver, para los detalles, los dos últimos textos enlazados, además de éste).

15:38 | gestionado por Jesús Zamora Bonilla | Enviar comentario (2)

"Mercado" es una palabra que no deja a nadie indiferente. Personificación del mal radical para algunos, solución de todos los problemas para otros. Cuando hablamos de las relaciones de la ciencia con el mercado, la cosa se pone aún más caliente. Pues bien, ahora no sólo vamos a discutir si la ciencia está "demasiado contaminada" o "demasiado poco fertilizada" por el mercado, sino algo incluso más radical: ¿es la ciencia misma un mercado?

Naturalmente, la respuesta es “no”. La ciencia no es un mercado: si consideramos que el mercado es un sistema de interacción social cuyos elementos mínimos (sus “átomos”) son cada una de las acciones de compraventa de bienes o servicios, resulta obvio que los “átomos” principales del sistema de interacción social en el que consiste la ciencia no consisten en “comprar” o “vender” nada. Desde luego, hay que comprar muchas cosas para llegar a hacer buena ciencia: hay que equipar laboratorios, contratar investigadores, pagar el recibo del teléfono, satisfacer los royalties empleados, etcétera, etcétera; de la misma manera, antes de poner un producto en el mercado a disposición de los clientes, la empresa que lo produce ha tenido que comprar materias primas, pagar salarios, instalar fábricas, transportar bienes de un lado para otro, pagar impuestos, y mil cosas así. Pero la diferencia esencial entre lo que hace una empresa con los bienes y servicios que ha producido gracias a todos esos recursos, y lo que hace un “agente científico” con lo que ha producido con los suyos, es que la empresa pone en el mercado su producción, es decir, el producto final, un bien o un servicio, está destinado a ser vendido, mientras que el “productor científico” suele regalar sus productos finales: no los vende, sino que los publica –en general sin recibir ninguna compensación monetaria a cambio– en alguna revista especializada, o en un congreso, para que otros “productores” lo conozcan y lo puedan utilizar libremente.

Ya veo delante de mí las numerosas manos que empiezan a protestar, burlándose en muchos casos de la supuesta ingenuidad que transpira el párrafo anterior. “¡Pero si la ciencia de hoy en día está dirigida básicamente a conseguir resultados comercializables, o sea, a conseguir patentes!”, se me dirá, y soy del todo consciente de que ello es así. Cualquiera que haya echado un vistazo a la biografía de la recién nombrada ministra de Ciencia e Innovación, Cristina Garmedia, tendrá esto en la cabeza a estas alturas. Pero no hay que olvidar que, por cada patente que se solicita (unos dos millones al año en todo el mundo) hay muchos más artículos que se publican gratis et amore. Además, en la mayoría de las disciplinas científicas, es rarísimo el que se produzcan resultados patentables, lo que no quiere decir que algunos productos de esas disciplinas no se puedan comercializar con provecho, aunque no el “producto científico final” propiamente dicho, es decir, el artículo (“paper”) y las ideas y datos nuevos que contiene. Otras manos insistirán en que también los artículos, o las revistas que los incluyen, o (no digamos) los libros, son mercancías que se compran y venden, y este mercado editorial es, con toda seguridad, un auténtico mercado. Pero el producto como tal de la investigación científica no es tanto la revista o el libro (estos son más bien “envoltorios”), sino la información que hay en ellos: en el caso de una patente, hay que pagar por utilizar la información revelada por la patente, no por acceder a ella (o no necesariamente), mientras que en el caso de una revista, una vez que uno (o su biblioteca) ha pagado la suscripción, no hay límites para el uso que puedas hacer del “contenido epistémico” de sus artículos.

No es inimaginable un futuro en el que toda la nueva información científico-tecnológica que se produjera fuese “de pago”, es decir, patentables: lo único que haría falta sería un sistema de control lo bastante efectivo como para averiguar quién ha empleado cada “descubrimiento” en su propia actividad investigadora o industrial. De hecho, a mí me han caído buenas broncas por imaginarme (¡que no proponer!) un sistema así (en mi libro Ciencia pública – ciencia privada). Pero el caso es que la ciencia actual, y no digamos la del pasado, aún está dominada cuantitativamente por la práctica de los descubrimientos regalados, si bien es cierto que la financiación de la investigación científica procede, en cada vez mayor medida, de los ingresos que las propias instituciones investigadoras (públicas o privadas) obtienen gracias a las patentes de aquellos descubrimientos que no regalan.

Pero, dicho esto (que la ciencia no es un mercado, aunque está relacionada intensa e intrínseca mente con muchos de ellos), hay que decir también que, por supuesto, la ciencia sí que es un mercado. La paradoja es posible porque, como todo economista sabe bien, la verdad es que el propio mercado tampoco es un mercado. Me explico: el conjunto de realidades sociales a las que nos referimos con la expresión “el mercado” están muy lejos de formar un conjunto homogéneo, pues los procesos de intercambio concretos son muy diferentes unos de otros. Además, lo que tenemos en la cabeza (nuestro “concepto” de mercado) son realmente diferentes modelos específicos de mercado (el mercado de competencia perfecta, el monopolio, y todos aquellos modelos abstractos que los economistas se dedican a desarrollar), ninguno de los cuales suele encajar exactamente con ninguno de los mercados “reales”. Es decir, para entender los mercados (reales) como mercados (modelos abstractos), es necesario “forzar” en cierta medida los primeros para que encajen en las categorías que definen a los segundos. O sea, que la interpretación de una realidad social como “un mercado” es siempre hastsa cierto punto metafórica. Entender la ciencia como un mercado no implica tal vez, por lo tanto, nada más que extender el alcance de la metáfora un poquito más: “vamos a ver qué cosas interesantes podemos decir sobre la investigación científica si la intentamos entender como si fuera un mercado”. Para ello, lo que tendremos que hacer es lo que hacemos con el resto de los mercados (desde el mercado de letras del tesoro, al mercado negro de armamentos, pasando por el mercado de abastos de mi barrio): ajustar nuestras categorías mentales para que encajen con los hechos que deseamos analizar.

Este análisis nos permitirá hacer fundamentalmente dos cosas: por una parte, arrojará alguna luz (o barro) sobre las interacciones en las que en el fondo consiste la actividad social que llamamos “investigación científica” (sección 2), y por otra parte, nos ayudará a enfrentarnos con armas conceptuales más poderosas a la creciente realidad social de la “mercantilización” de la ciencia (sección 3).



(CONTINUARÁ)

15:35 | gestionado por Jesús Zamora Bonilla | Enviar comentario (2)