¡Si hasta el sexo y el matrimonio pueden analizarse (muy fructíferamente) como un mercado! ¿Cómo no vamos a poder hacer lo mismo con la ciencia?
2. EL CIENTÍFICO COMO UN
HOMO OECONOMICUS.
Estoy leyendo en estos días (aunque no tan asiduamente como debería) el libro
La lógica oculta de la vida, de
Tim Harford (bueno, el título original es simplemente
The logic of life;
me revientan estos cambios sin ton ni son). Tras la apariencia de un
mero best-seller de aeropuerto (que también lo es), se esconde un
interesantísimo recorrido por el programa de explicación de fenómenos
sociales basada en la teoría de la elección racional y de los juegos
(bueno, el traductor -como ocurre demasiado a menudo- no se ha
molestado en documentarse, y escribe siempre "la teoría del juego"). Ya
lo iré comentando otros días. Ahora quiero tomar un ejemplito.
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El
proyecto filosófico al que se refieren las entradas de esta serie
consiste precisamente en utilizar la teoría de la elección racional y
de los juegos (o sea, la teoría económica "estándar") para comprender
aspectos "filosóficos" de la ciencia... y no hay ningún otra cuestión
más "filosófica" en relación a la ciencia que la pregunta de si los
conocimientos científicos son
fiables,
cómo son de fiables, y
por qué.
La hipótesis subyacente al proyecto, como decía en la primera entrada,
es la de "vamos a analizar la ciencia como si fuera un mercado".

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Pues
bien, el libro de Harford ofrece numerosos ejemplos de realidades
sociales que NO son un mercado, pero que resulta interesante e
iluminador considerar como si lo fueran. El capítulo en el que ando
enfrascado ahora trata sobre el sexo y el matrimonio. Naturalmente, no
se refiere a la
compra de novias, literalmente hablando (como en el cuadro), sino que pretende mostrar cómo la ciertas
condiciones producen ciertos
efectos
determinados en la conducta de la gente en relación a la búsqueda de
pareja, no como consecuencia de "factores culturales", sino como
consecuencia del intento racional de satisfacer de la manera más eficaz
posible nuestros deseos
teniendo en cuenta la "oferta" y la "demanda" de parejas potenciales en el entorno en el que nos movemos.
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El
ejemplo consiste en un experimento muy simple: se reúne en una sala a
10 hombres y 10 mujeres, y se les promete 100 euros a cada pareja que
acuda al experimentador, con la única condición de que lleven un
acuerdo firmado por ambos miembros de la pareja acerca de cómo
repartirse ese dinero (y sin ningún "compromiso" más para después...;
os preguntaréis, ¿y esto qué tiene que ver con el sexo? Esperad y ved).
El resultado, bastante predecible, es que las parejas se forman
rápidamente y el reparto es muy equitativo.
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Lo interesante
viene cuando se cambian ligeramente las condiciones del experimento.
Por ejemplo, eliminando a un hombre (quiero decir, haciendo el
experimento con sólo nueve hombres). ¿Qué pensáis que pasará? Pues que,
tal como predice la teoría de juegos, las parejas se forman más despacio (indicando que hay un proceso de negociación mucho más largo), y, sobre todo, que
el reparto del dinero se hace extraordinariamente favorable a los hombres.
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¿Por
qué? La razón es que la mujer que constituye el "exceso de oferta" de
mujeres puede ofrecer a un hombre "irse con ella" con un reparto de
70/30 a favor de él, digamos. Esto lo anticipan todas las mujeres, y
automáticamente rebajan sus propias demandas en la negociación, lo que
aprovechan los hombres para pedir una parte mayor. Harford muestra cómo
el mismo mecanismo funciona cuando en una sociedad hay un exceso,
aunque sea leve, de los miembros de un sexo: las condiciones del "toma
y daca" (y aquí cada uno que recurra a su imaginación, o que se lea el
libro) mejoran muchísimo para los del sexo que escasea. En cambio,
ninguna explicación "sociológica" o "antropológica" (¿o "filosófica"?)
habría podido predecir que la mejora fuese
tan poco proporcional
a la magnitud del exceso de oferta (de hecho, ese otro tipo de
explicaciones difícilmente pueden hacer ninguna predicción sobre la
magnitud del efecto). La moraleja del autor es que los motivos
psicológicos (e
incluso "culturales", tal vez) ciertamente pueden constituir las
razones por las que ciertas relaciones se "demandan" más o menos, pero
el mecanismo que lleva desde estos deseos hasta ciertas consecuencias
sociales (tal vez muy alejadas, y a veces incluso contrarias a esos
deseos) pasa sobre todo por la
reacción racional de los individuos ante los cambios en las circunstancias.
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Desde el punto de vista filosófico (y mediático), dos situaciones son especialmente interesantes: aquellas en las que los
engranajes
de las decisiones racionales interconectadas llevan a consecuencias
nefastas a pesar de los "buenos deseos", y aquellas en las que dichos
mecanismos consiguen alcanzar consecuencias fantásticas a pesar de la
"perversidad" de los individuos participantes. En particular, estos
análisis son una especie de antídoto contra las "teorías conspirativas"
de todo tipo, que pretenden explicar lo malo que hay en el mundo como
efecto directo de la maldad de algunos, y también son un antídoto
contra las "teorías bienintencionadas", que pretenden instaurar la
solución definitiva de algún mal simplemente por decreto.
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¿Y en el caso de la ciencia? Un argumento muy habitual entre los
relativistas es el de que el "conocimiento científico" no es "objetivo"
porque los científicos
no "buscan la verdad"
sino "su propio interés", y lo que les interesa por encima de todo es
"la fama" y "el control de los recursos disponibles para la
investigación". Pues bien,
puede mostrarse que un grupo de investigadores
motivados de esa manera
pueden ponerse de acuerdo (y realidad estarán mejor si lo hacen) en
admitir como "ganador de una carrera por un descubrimiento" sólo a
aquellos colegas que consigan proponer hipótesis que superen
un número de pruebas más alto, y más duras, que
aquellas con las que se daría por satisfecho alguien que "deseara
encontrar la verdad". Es decir, la competencia entre los científicos
por obtener la fama y el control de los recursos hace que se esfuercen
más en "encontrar la verdad" que un grupo de "soñadores" que estuvieran
"meramente" interesados por un "puro afán por el conocimiento
desinteresado". (Ver, para los detalles, los dos últimos textos
enlazados, además de
éste).