Enviado el lunes, 26 de noviembre de 2007 6:24
Entre los valores que deben inspirar el sistema educativo de un estado
democrático, el de la libertad es, sin duda, el de más difícil encaje,
pues, como un ácido que corroe cuanto le rodea, tiene la peculiaridad
de entrar en conflicto con los demás valores a la menor ocasión. Al fin
y al cabo la enseñanza, e incluso el “enseñar a ser libres”, consiste
en buena parte en obligar a los niños y jóvenes a hacer una serie de
cosas que en general no les apetecen lo más mínimo, y, en nuestras
sociedades, consiste también en obligar a los padres a desprenderse de
sus hijos durante una gran parte del día, si bien es cierto que uno se
suele acostrumbrar a casi todo, y estos actos de fuerza los acabamos
aceptando como algo natural.

Entre los valores que deben inspirar el sistema educativo de un estado
democrático, el de la libertad es, sin duda, el de más difícil encaje,
pues, como un ácido que corroe cuanto le rodea, tiene la peculiaridad
de entrar en conflicto con los demás valores a la menor ocasión. Al fin
y al cabo la enseñanza, e incluso el “enseñar a ser libres”, consiste
en buena parte en obligar a los niños y jóvenes a hacer una serie de
cosas que en general no les apetecen lo más mínimo, y, en nuestras
sociedades, consiste también en obligar a los padres a desprenderse de
sus hijos durante una gran parte del día, si bien es cierto que uno se
suele acostrumbrar a casi todo, y estos actos de fuerza los acabamos
aceptando como algo natural. Esta naturaleza esencialmente problemática
del valor de la libertad tiene como lamentable consecuencia el que se
convierta muy fácilmente en un concepto comodín, que tendemos a utilizar sólo de manera retórica, cuando no puramente defensiva, es decir, exigiendo
libertad cuando vemos la nuestra amenazada, pero no promoviendo la de
los demás cuando tenemos la ocasión pero no nos va nada en ello.
. .
La polémica sobre la llamada “libertad educativa” es un ejemplo
paradigmático, pues a poco que nos molestemos en analizar lo que dicho
concepto significaría si lo aceptáramos con honradez, llegaremos a
conclusiones que nos enfrentarán, radicalmente y sin excepción, con las
posturas que defienden todas las formaciones políticas relevantes de
nuestro país.
.
. La
izquierda teme la libertad en la educación porque sospecha, con
fundamento, que un sistema de libre elección sin control del Estado
exacerbaría las diferencias sociales; la medicina recomendada
tradicionalmente para fomentar la igualdad de oportunidades es que
todos los niños reciban la misma educación, aunque, como se sabe, éste
camino conduce fácilmente a la mediocridad.
.
. Por su parte, la
derecha se refugia en el principio de la libertad de elección
prácticamente con el único fin de mantener los privilegios de ciertos
centros de enseñanza y de una cierta confesión religiosa; o,
dicho más claramente, para favorecer la libertad de los padres de
elegir con qué tipo de compañeros no quieren que sus hijos estudien, y
para respaldar a la Iglesia Católica (con cuantiosos fondos públicos)
en su intento de dar formación religiosa a quienes, si no la recibieran
en la escuela, muy probablemente decidirían con toda libertad no
recibirla en ningún otro sitio.
.
.
Una propuesta que realmente se tomara en serio la libertad de elección
por parte de las familias tendría que empezar fomentando, primero, la diversidad en el terreno educativo: ¿por
qué tienen que decidir las Administraciones Públicas el currículo que
obligatoriamente deben seguir todos los alumnos, e indirectamente los
métodos de enseñanza? La alimentación no es más necesaria que la
educación, y el Estado no nos impone (de momento) el menú de cada día,
ni obliga a los restaurantes a ofrecer exactamente los mismos platos.
.
. En segundo lugar, el sistema tendría que transmitir de forma transparente a las familias la información sobre las (verdaderas) cualidades y resultados de cada centro.
.
Y en tercer lugar, el Estado debería garantizar
que cualquier niño, con independencia de las condiciones sociales y
económicas de su familia, pueda asistir al tipo de escuela que sus
padres prefieran.
.
.
Esto no debe interpretarse como una defensa de la privatización de la
enseñanza: la diversidad también podría fomentarse, si se quisiera, en
los propios centros públicos, donde la autonomía de los profesores
suele ser mayor que en los privados. Tampoco afirmo que un sistema como
este sería el mejor de los posibles, pues, como dije al principio, la
libertad siempre tiene riesgos y costes. En este caso, el riesgo
principal no lo veo en la posible merma del valor de la equidad
(recuérdese el punto tercero), sino más bien en otro valor
importantísimo, que los autoproclamados defensores de la libertad
sistemáticamente ignoran: el derecho de los niños a recibir una
educación que no consista sólo en un “lavado de cerebro” según la
ideología de sus familias o de otros agentes. No hay que olvidar que una
de las razones principales por las que la enseñanza es obligatoria y
está controlada en mayor o menor medida por el Estado, es porque
algunos padres no querrían (si lo pudieran decidir libremente) que sus
hijos tuvieran una educación que, al común de la sociedad, le parece
mínimamente razonable. Solemos pensar en los marginados al
defender este argumento, pero es igual de válido referido a grupos
fundamentalistas de todo tipo, por ejemplo.
.
.
Ahora bien, decidir cuál puede ser esta educación “mínimamente
razonable” requiere una negociación abierta y profunda, en la que
participen todos los estamentos de la comunidad educativa y de la
sociedad, y que no se plantee como la búsqueda de una dieta ideal que
se prescriba obligatoriamente a todo el mundo. Más bien se
trata de ponerse de acuerdo en un catálogo de requisitos realmente
mínimos, que dejen amplia libertad a los centros de enseñanza para
ampliarlos en la medida y la dirección que consideren oportuna
(al revés que con el método administrativo al que estamos
acostrumbrados, en el que los currículos oficiales son tan
mastodónticos que la decisión práctica que tienen que tomar los
profesores es por dónde cortar).
.
. El principal reto de la
Administración sería, en tal caso, que sus aportaciones financieras,
sobre todo en el caso de la escuela pública, estuvieran verdaderamenete
a la altura de los proyectos que padres, estudiantes y profesores
fueran capaces de diseñar
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