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jueves, 12 de junio de 2008

"Si a tu ventana llega un diplodocus, trátalo con cariño, que quedan pocus", decía aquella habanera tan famosa (¿o recuerdo mal?).



"En realidad, no me preocupa mucho. Bueno, no me preocupa nada en absoluto" (ríe). "Pasé tres mil millones de años viendo sólo bacterias, con el envenenamiento masivo por oxígeno de la población de la Era Arcaica como único espectáculo digno de ver. ¡Aquello sí que fue un descojone!
Muchas veces he estado tentada de repetir algo parecido, pero en el último instante soy consciente de que en aquella movida se me fue un poco la mano, y casi me quedo sin juguetes. Pero, sobre todo a partir del final del Ediacarense, me di cuenta de que la verdadera juerga, las explosiones de diversidad, sólo surgen gracias a la destrucción masiva de la diversidad anterior".
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"Así que estoy disfrutando como loca con mi último invento destructor, esa plaga humana que poco a poco van dejando el terreno abierto para la próxima gran explosión de vida. Los resultados se verán dentro de unos cuantos millones de años, no menos de veinte, pero no tengo prisa".
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"Sólo me preocupan algunos santurrones que intentan frenar la sangría inevitable y rejuvenecedora... Espero que no me haya pasado otra vez, ahora con la dosis de inteligencia que les he dado a la plaga humana, y me vayan a dejar a medias. ¡No soportaría otros cincuenta millones de años de biodiversidad congelada! Aunque, hablando de congelación: tengo preparada otra temporadita de 'bola de nieve' en la recámara (pero de las de verdad, no como esas mariconadas de los últimos dos millones de años), por si estos imbéciles me fastidian el invento. En cuanto dejen de emitir CO2, el megainvierno llegará, y dejará helados a estos pseudogaianos de pacotilla" (Ríe a carcajadas).


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Para que no quepa ninguna duda (y ahora hablo yo, no Gaia), os aseguro estoy convencido de que DEBEMOS conservar la biodiversidad y frenar el deterioro del medio ambiente; lo único que discuto son las RAZONES por las que algunos afirman que debemos hacerlo, aunque el examen de estas razones puede afectar (lo admito) a los LÍMITES hasta los cuales puede ser razonable llevar el conservacionismo.
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En general, me parece que las consecuencias de un colapso ecológico serían tan nefastas para la humanidad (aun aceptando que puede haber "colapsos" de diferente intensidad y extensión), que ya sólo por eso es necesario que seamos más respetuosos con el medio ambiente. Por supuesto, como a mucha gente es difícil hacerle asumir los costes inmediatos que las medidas conservacionistas tendrían (reducción del consumo, menores ingresos, precios más altos...), es bueno inventarse otros argumentos y motivos que puedan hacerles tragar mejor esa píldora. Pero no hay que confundir la eficacia propagandística de muchas llamadas a la conservación de la naturaleza, con su racionalidad filosófica.
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Todos debemos tener claro que, ante una oferta fáustica en la que el Diablo nos ofreciera viajar por teletransportación a un planeta lejano en el que las condiciones fueran tales que el nivel de bienestar de la población humana fuese muchísimo mayor que en la Tierra (digamos, sin guerras, ni enfermedades, ni violencia, y con todas las demás cosas deseables, incluída una naturaleza exhuberante), pero el coste de llevar al género humano hasta el otro planeta consistiera en la destrucción total del sistema solar, ante esta oferta, decía, la inmensa mayoría de la gente aceptaría con pocas dudas el irnos a vivir a la Nueva Tierra. A los elefantes, ballenas, chimpancés, hormigas, bacterias, araucarias, etc., etc., que quedasen atrás hasta que el globo terráqueo explotara hecho pedazos, nos limitaríamos a recordarles con añoranza, con un "encantados de haberos conocido", y compensaríamos esa tristeza con la satisfacción de disfrutar del nuevo medio ambiente.
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Reconozco que la oferta es imposible, pero es sólo un experimento mental para poner a prueba nuestros valores: valoramos muchísimo más nuestro bienestar que la conservación de la naturaleza. Lo que ocurre es que, en el mundo en que vivimos, necesitamos dicha conservación para que nuestro bienestar permanezca, así que no hay necesidad de elegir: si la Tierra se destruyera, nosotros caeríamos con ella. Pero, como se sabe, a menudo el bienestar (el general, o el de algunos) se puede conseguir destruyendo una parte de la naturaleza, y en ese caso se comprueba qué valoramos más.
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Otro argumento falaz es el que se refiere a los supuestos "derechos" de las especies a existir. Ya mencioné en la entrada anterior sobre el tema el hecho de que, hagamos lo que hagamos, necesariamente cambiamos la distribución de especies existentes a largo plazo: si conservamos las de ahora, impedimos que aparezcan otras muchas que habrían aparecido si no hubiéramos conservado aquellas (aunque esas especies nuevas aparezcan muchos millones de años después, y sea imposible predecir cómo serán; pero a Gaia le dan lo mismo tres años que trescientos millones). Así que la protección de la biodiversidad actual es un atentado a las especies futuras que estamos impidiendo desarrollarse, exactamente en la misma medida en que es un atentado contra las especies actuales el propiciar su destrucción. Esta consecuencia es inevitable si adoptamos la premisa de que la biodiversidad es valiosa en sí misma.
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En cambio, lo que es totalmente cierto es que la biodiversidad actual es mucho más valiosa para nosotros que la biodiversidad futura. Así que no hay ninguna necesidad en argumentar que la biodiversidad actual es valiosa en sí misma por ser biodiversidad, en vez de limitarse a aceptar que es valiosa porque es la actual.
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Desde el punto de vista de Gaia, además, nosotros somos una especie como otra cualquiera. Cuando Ella diseñó las cianobacterias que lo dejaron todo perdido de oxígeno y acabaron con su "primera creación" como un diluvio universal sin arca, la diosa pudo pensar algo así como "se me ha ido la mano", pero no creo que estuviera arrepentida. Nosotros no somos tan dañinos: seguramente todos los phyla sobrevivirían (aunque mermados) a una eventual catástrofe antropogénica, incluso a un apocalipsis nuclear. Y somos tan creación (y responsabilidad) de Gaia como los mejillones. Si adoptamos su punto de vista (el de Gaia, no el de los simpáticos y exquisitos moluscos), seguramente ella estará ENCANTADA con lo listos y destructivos que le hemos salido. ¿Qué argumentos tenemos para pensar que la eficacia con la que destruimos el medio ambiente no es un proceso tan NATURAL como la fotosíntesis (aquel gran envenenamiento masivo)? De nuevo la conclusión es que adoptar el "punto de vista de la naturaleza" no nos lleva a ninguna parte: nosotros somos naturaleza, y por naturaleza somos exterminadores. Si queremos justificar la tesis de que "hay que ser conservacionista", necesitamos un punto de vista diferente, y ¿cuál mejor que el de nuestros propios intereses a largo plazo?
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Y acabo ya retomando al viejo diplodocus. Si hubiera que extinguir la especie de los chimpancés (no hace falta matarlos o hacerles sufrir: basta con lograr que no tengan crías durante unas décadas, y mientras tanto, que gocen de la vida a tope) para lograr que reaparecieran los diplodocus, ¿estaríamos dispuestos a pagar ese precio? (Los paleontólogos seguro que sí).
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¿Y si el precio fuera acabar con el lagarto del Hierro? (¿Tal vez eso los primatólogos lo empiecen a considerer razonable?).

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viernes, 23 de mayo de 2008

La vera storia.

17:41 | gestionado por Jesús Zamora Bonilla | Enviar comentario (0)

domingo, 18 de mayo de 2008

¡Si hasta el sexo y el matrimonio pueden analizarse (muy fructíferamente) como un mercado! ¿Cómo no vamos a poder hacer lo mismo con la ciencia?

2. EL CIENTÍFICO COMO UN HOMO OECONOMICUS.

Estoy leyendo en estos días (aunque no tan asiduamente como debería) el libro La lógica oculta de la vida, de Tim Harford (bueno, el título original es simplemente The logic of life; me revientan estos cambios sin ton ni son). Tras la apariencia de un mero best-seller de aeropuerto (que también lo es), se esconde un interesantísimo recorrido por el programa de explicación de fenómenos sociales basada en la teoría de la elección racional y de los juegos (bueno, el traductor -como ocurre demasiado a menudo- no se ha molestado en documentarse, y escribe siempre "la teoría del juego"). Ya lo iré comentando otros días. Ahora quiero tomar un ejemplito.
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El proyecto filosófico al que se refieren las entradas de esta serie consiste precisamente en utilizar la teoría de la elección racional y de los juegos (o sea, la teoría económica "estándar") para comprender aspectos "filosóficos" de la ciencia... y no hay ningún otra cuestión más "filosófica" en relación a la ciencia que la pregunta de si los conocimientos científicos son fiables, cómo son de fiables, y por qué. La hipótesis subyacente al proyecto, como decía en la primera entrada, es la de "vamos a analizar la ciencia como si fuera un mercado".
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Pues bien, el libro de Harford ofrece numerosos ejemplos de realidades sociales que NO son un mercado, pero que resulta interesante e iluminador considerar como si lo fueran. El capítulo en el que ando enfrascado ahora trata sobre el sexo y el matrimonio. Naturalmente, no se refiere a la compra de novias, literalmente hablando (como en el cuadro), sino que pretende mostrar cómo la ciertas condiciones producen ciertos efectos determinados en la conducta de la gente en relación a la búsqueda de pareja, no como consecuencia de "factores culturales", sino como consecuencia del intento racional de satisfacer de la manera más eficaz posible nuestros deseos teniendo en cuenta la "oferta" y la "demanda" de parejas potenciales en el entorno en el que nos movemos.
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El ejemplo consiste en un experimento muy simple: se reúne en una sala a 10 hombres y 10 mujeres, y se les promete 100 euros a cada pareja que acuda al experimentador, con la única condición de que lleven un acuerdo firmado por ambos miembros de la pareja acerca de cómo repartirse ese dinero (y sin ningún "compromiso" más para después...; os preguntaréis, ¿y esto qué tiene que ver con el sexo? Esperad y ved). El resultado, bastante predecible, es que las parejas se forman rápidamente y el reparto es muy equitativo.
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Lo interesante viene cuando se cambian ligeramente las condiciones del experimento. Por ejemplo, eliminando a un hombre (quiero decir, haciendo el experimento con sólo nueve hombres). ¿Qué pensáis que pasará? Pues que, tal como predice la teoría de juegos, las parejas se forman más despacio (indicando que hay un proceso de negociación mucho más largo), y, sobre todo, que el reparto del dinero se hace extraordinariamente favorable a los hombres.
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¿Por qué? La razón es que la mujer que constituye el "exceso de oferta" de mujeres puede ofrecer a un hombre "irse con ella" con un reparto de 70/30 a favor de él, digamos. Esto lo anticipan todas las mujeres, y automáticamente rebajan sus propias demandas en la negociación, lo que aprovechan los hombres para pedir una parte mayor. Harford muestra cómo el mismo mecanismo funciona cuando en una sociedad hay un exceso, aunque sea leve, de los miembros de un sexo: las condiciones del "toma y daca" (y aquí cada uno que recurra a su imaginación, o que se lea el libro) mejoran muchísimo para los del sexo que escasea. En cambio, ninguna explicación "sociológica" o "antropológica" (¿o "filosófica"?) habría podido predecir que la mejora fuese tan poco proporcional a la magnitud del exceso de oferta (de hecho, ese otro tipo de explicaciones difícilmente pueden hacer ninguna predicción sobre la magnitud del efecto). La moraleja del autor es que los motivos psicológicos (e incluso "culturales", tal vez) ciertamente pueden constituir las razones por las que ciertas relaciones se "demandan" más o menos, pero el mecanismo que lleva desde estos deseos hasta ciertas consecuencias sociales (tal vez muy alejadas, y a veces incluso contrarias a esos deseos) pasa sobre todo por la reacción racional de los individuos ante los cambios en las circunstancias.
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Desde el punto de vista filosófico (y mediático), dos situaciones son especialmente interesantes: aquellas en las que los engranajes de las decisiones racionales interconectadas llevan a consecuencias nefastas a pesar de los "buenos deseos", y aquellas en las que dichos mecanismos consiguen alcanzar consecuencias fantásticas a pesar de la "perversidad" de los individuos participantes. En particular, estos análisis son una especie de antídoto contra las "teorías conspirativas" de todo tipo, que pretenden explicar lo malo que hay en el mundo como efecto directo de la maldad de algunos, y también son un antídoto contra las "teorías bienintencionadas", que pretenden instaurar la solución definitiva de algún mal simplemente por decreto.
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¿Y en el caso de la ciencia? Un argumento muy habitual entre los relativistas es el de que el "conocimiento científico" no es "objetivo" porque los científicos no "buscan la verdad" sino "su propio interés", y lo que les interesa por encima de todo es "la fama" y "el control de los recursos disponibles para la investigación". Pues bien, puede mostrarse que un grupo de investigadores motivados de esa manera pueden ponerse de acuerdo (y realidad estarán mejor si lo hacen) en admitir como "ganador de una carrera por un descubrimiento" sólo a aquellos colegas que consigan proponer hipótesis que superen un número de pruebas más alto, y más duras, que aquellas con las que se daría por satisfecho alguien que "deseara encontrar la verdad". Es decir, la competencia entre los científicos por obtener la fama y el control de los recursos hace que se esfuercen más en "encontrar la verdad" que un grupo de "soñadores" que estuvieran "meramente" interesados por un "puro afán por el conocimiento desinteresado". (Ver, para los detalles, los dos últimos textos enlazados, además de éste).

15:38 | gestionado por Jesús Zamora Bonilla | Enviar comentario (0)

"Mercado" es una palabra que no deja a nadie indiferente. Personificación del mal radical para algunos, solución de todos los problemas para otros. Cuando hablamos de las relaciones de la ciencia con el mercado, la cosa se pone aún más caliente. Pues bien, ahora no sólo vamos a discutir si la ciencia está "demasiado contaminada" o "demasiado poco fertilizada" por el mercado, sino algo incluso más radical: ¿es la ciencia misma un mercado?

Naturalmente, la respuesta es “no”. La ciencia no es un mercado: si consideramos que el mercado es un sistema de interacción social cuyos elementos mínimos (sus “átomos”) son cada una de las acciones de compraventa de bienes o servicios, resulta obvio que los “átomos” principales del sistema de interacción social en el que consiste la ciencia no consisten en “comprar” o “vender” nada. Desde luego, hay que comprar muchas cosas para llegar a hacer buena ciencia: hay que equipar laboratorios, contratar investigadores, pagar el recibo del teléfono, satisfacer los royalties empleados, etcétera, etcétera; de la misma manera, antes de poner un producto en el mercado a disposición de los clientes, la empresa que lo produce ha tenido que comprar materias primas, pagar salarios, instalar fábricas, transportar bienes de un lado para otro, pagar impuestos, y mil cosas así. Pero la diferencia esencial entre lo que hace una empresa con los bienes y servicios que ha producido gracias a todos esos recursos, y lo que hace un “agente científico” con lo que ha producido con los suyos, es que la empresa pone en el mercado su producción, es decir, el producto final, un bien o un servicio, está destinado a ser vendido, mientras que el “productor científico” suele regalar sus productos finales: no los vende, sino que los publica –en general sin recibir ninguna compensación monetaria a cambio– en alguna revista especializada, o en un congreso, para que otros “productores” lo conozcan y lo puedan utilizar libremente.

Ya veo delante de mí las numerosas manos que empiezan a protestar, burlándose en muchos casos de la supuesta ingenuidad que transpira el párrafo anterior. “¡Pero si la ciencia de hoy en día está dirigida básicamente a conseguir resultados comercializables, o sea, a conseguir patentes!”, se me dirá, y soy del todo consciente de que ello es así. Cualquiera que haya echado un vistazo a la biografía de la recién nombrada ministra de Ciencia e Innovación, Cristina Garmedia, tendrá esto en la cabeza a estas alturas. Pero no hay que olvidar que, por cada patente que se solicita (unos dos millones al año en todo el mundo) hay muchos más artículos que se publican gratis et amore. Además, en la mayoría de las disciplinas científicas, es rarísimo el que se produzcan resultados patentables, lo que no quiere decir que algunos productos de esas disciplinas no se puedan comercializar con provecho, aunque no el “producto científico final” propiamente dicho, es decir, el artículo (“paper”) y las ideas y datos nuevos que contiene. Otras manos insistirán en que también los artículos, o las revistas que los incluyen, o (no digamos) los libros, son mercancías que se compran y venden, y este mercado editorial es, con toda seguridad, un auténtico mercado. Pero el producto como tal de la investigación científica no es tanto la revista o el libro (estos son más bien “envoltorios”), sino la información que hay en ellos: en el caso de una patente, hay que pagar por utilizar la información revelada por la patente, no por acceder a ella (o no necesariamente), mientras que en el caso de una revista, una vez que uno (o su biblioteca) ha pagado la suscripción, no hay límites para el uso que puedas hacer del “contenido epistémico” de sus artículos.

No es inimaginable un futuro en el que toda la nueva información científico-tecnológica que se produjera fuese “de pago”, es decir, patentables: lo único que haría falta sería un sistema de control lo bastante efectivo como para averiguar quién ha empleado cada “descubrimiento” en su propia actividad investigadora o industrial. De hecho, a mí me han caído buenas broncas por imaginarme (¡que no proponer!) un sistema así (en mi libro Ciencia pública – ciencia privada). Pero el caso es que la ciencia actual, y no digamos la del pasado, aún está dominada cuantitativamente por la práctica de los descubrimientos regalados, si bien es cierto que la financiación de la investigación científica procede, en cada vez mayor medida, de los ingresos que las propias instituciones investigadoras (públicas o privadas) obtienen gracias a las patentes de aquellos descubrimientos que no regalan.

Pero, dicho esto (que la ciencia no es un mercado, aunque está relacionada intensa e intrínseca mente con muchos de ellos), hay que decir también que, por supuesto, la ciencia sí que es un mercado. La paradoja es posible porque, como todo economista sabe bien, la verdad es que el propio mercado tampoco es un mercado. Me explico: el conjunto de realidades sociales a las que nos referimos con la expresión “el mercado” están muy lejos de formar un conjunto homogéneo, pues los procesos de intercambio concretos son muy diferentes unos de otros. Además, lo que tenemos en la cabeza (nuestro “concepto” de mercado) son realmente diferentes modelos específicos de mercado (el mercado de competencia perfecta, el monopolio, y todos aquellos modelos abstractos que los economistas se dedican a desarrollar), ninguno de los cuales suele encajar exactamente con ninguno de los mercados “reales”. Es decir, para entender los mercados (reales) como mercados (modelos abstractos), es necesario “forzar” en cierta medida los primeros para que encajen en las categorías que definen a los segundos. O sea, que la interpretación de una realidad social como “un mercado” es siempre hastsa cierto punto metafórica. Entender la ciencia como un mercado no implica tal vez, por lo tanto, nada más que extender el alcance de la metáfora un poquito más: “vamos a ver qué cosas interesantes podemos decir sobre la investigación científica si la intentamos entender como si fuera un mercado”. Para ello, lo que tendremos que hacer es lo que hacemos con el resto de los mercados (desde el mercado de letras del tesoro, al mercado negro de armamentos, pasando por el mercado de abastos de mi barrio): ajustar nuestras categorías mentales para que encajen con los hechos que deseamos analizar.

Este análisis nos permitirá hacer fundamentalmente dos cosas: por una parte, arrojará alguna luz (o barro) sobre las interacciones en las que en el fondo consiste la actividad social que llamamos “investigación científica” (sección 2), y por otra parte, nos ayudará a enfrentarnos con armas conceptuales más poderosas a la creciente realidad social de la “mercantilización” de la ciencia (sección 3).



(CONTINUARÁ)

15:35 | gestionado por Jesús Zamora Bonilla | Enviar comentario (2)

jueves, 15 de mayo de 2008

Recientes investigaciones confirman que el universo es el producto de la actividad de un Ser Supremo (aunque se trataba de su actividad digestiva).


Además, esta teoría explica por qué hay tantas cosas desagradables en el universo.

18:11 | gestionado por Jesús Zamora Bonilla | Enviar comentario (1)

sábado, 12 de abril de 2008

EL LEGADO DEL INDIO



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Las nubes enmarcando el horizonte
de la inmensa pradera americana.
El águila marcial de testa cana,
sobre el manso rebaño del bisonte.
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El indio noble, desde el alto monte,
ofrenda un sacrificio esa mañana
al águila, al bisonte, y a la plana
meseta donde aún pace el mastodonte.
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Ciento cuarenta siglos conservaron
el legado del indio en su envoltorio,
hasta que unos científicos llegaron
para estudiarlo en su laboratorio;
y de este modo el mundo te recuerda,
¡oh, indígena primero!, por tu mierda.

18:45 | gestionado por Jesús Zamora Bonilla | Enviar comentario (0)

miércoles, 02 de abril de 2008


Hoy he estado discutiendo con mi alumno de doctorado Nico Abadías sobre el concepto de incultura científica, o analfabetismo científico (discusión en el buen sentido de la palabra, claro, y virtual, como es natural en la UNED). Como el tema es muy apropiado también para nuestro barco, he pensado que sería interesante plantear aquí también la cuestión sobre la que discutíamos, y pediros vuestra opinión al resto de los marineros.



El problema es el siguiente: ¿puede considerarse "incultura científica" el hecho de que una persona sea ignorante sobre los procesos, principios y mecanismos "científicos" por los que se gobiernan los múltiples sistemas y cachivaches de los que depende nuestra vida en la sofisticada sociedad contemporánea? Todos admitimos que estos procesos y principios son imprescindibles, y, aquellos que nos consideramos "aficionados a la ciencia" tendemos casi instintivamente a sentir un poquito de disgusto cuando comprobamos que el conocimiento de tales cosas no está tan ampliamente difundido y comprendido como nos gustaría.
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Pero, y aquí surgía mi duda, también es verdad que la sociedad contemporánea ha conseguido alcanzar tan alto nivel de sofisticación y progreso técnico gracias, en buena parte, a la división del trabajo: unos hacen (y aprenden) unas cosas, y otros, otras. Gracias a dios, a la mayoría no nos hace falta saber cómo funciona cada cachivache que utilizamos, pues lo que nos hace falta es sólo saber a quién hemos de recurrir cuando deja de funcionar, o cuando queremos comprar uno. ¿Hay algo de malo en ello? ¿Es una señal de "incultura" el que yo no tenga ni idea de qué quiere decir que una tele de plasma sea "de plasma"? Lo único que me importa es que la tele se vea bien: yo pago por ella para no tener que saber hacerla.
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Naturalmente, también habrá otros conocimientos científicos por cuya ignorancia sí que se me podría tachar de "inculto" (e incluso "analfabeto"). ¿Alguien se anima a hacer una lista?
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Pero incluso dentro de esta categoría, aún podemos distinguir dos grupos de conocimientos:

. 1) aquellas cosas que, si no las sabemos, se nos puede llamar justamente "incultos", pero sin que esta ignorancia tenga ninguna otra consecuencia negativa (esto sería como ignorar la música clásica: lo peor que me pasa es que yo me lo pierdo, ¿no?);
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2) aquellas cosas cuya ignorancia más o menos generalizada por parte de los ciudadanos sí que puede suponer un problema real para el individuo o, aún peor, para la sociedad en su conjunto.
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Creo que cuando se habla de "incultura científica" suelen mezclarse las dos cosas. Y estaría bien tener clara la diferencia. Así que me atrevo a preguntar a los internautas:
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¿qué conocimientos científicos o técnicos colocaríais en la categoría 1, y cuáles en la categoría 2? Y en este último caso, ¿qué problemas reales son los que le produce esa ignorancia al individuo ignorante y a la sociedad en la que éste vive (ojo: lo cual puede depender de qué otros individuos padezcan esa misma ignorancia)?
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Como veis, no son preguntas sencillas. Pero, ánimo..
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P.D. Diréis: leñe, ¿no hemos quedado en que el filósofo eras tú? ¡Pues piensa y responde, jodío, que para eso vivimos en una sociedad con división del trabajo!
Pero yo responderé: es que el blog no es trabajo, y además yo soy un filósofo socrático, al que le gusta más preguntar que responder.
Bueno, sobre todo me gusta criticar respuestas.
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P.P.D. No debe olvidárseme recomendar el maravilloso librito de Robin Dunbar, El miedo a la ciencia, publicado por Alianza, lectura básica sobre este tema.

14:13 | gestionado por Jesús Zamora Bonilla | Enviar comentario (10)

martes, 01 de abril de 2008

Sobre la mejor forma de repartir los escaños, y de nuevo sobre las ventajas de la democracia pluricameral para mejorar la legitimidad del parlamento. De nuevo a partir de un comentario mío en el blog "La mirada del mendigo".




Con respecto a la cuestión de la representatividad:
Tomemos los porcentajes de votos obtenidos por cada partido, y asígnales el número ENTERO de diputados más próximo a ese porcentaje "por debajo" (p.ej., si hay 100 diputados, y un partido tiene un 24,68 % de votos, le damos 24 diputados). Por definición, el ERROR TOTAL que habremos cometido hasta aquí será la diferencia entre el TOTAL DE ESCAÑOS que haya en la cámara (en este caso, 100), y la suma de los escaños que hayamos asignado hasta ahora. Dicho de otra forma: el error total será necesariamente igual a la suma de los restos (decimales) que hemos dejado sin asignar. ¿De acuerdo?

Bien. Lo que yo proponía (no es nada que me haya inventado, aunque ahora no recuerdo de dónde lo saqué) era que los escaños que faltan por asignar se asignen por orden a los partidos que tenían un resto mayor. Es decir, si un partido tiene un 23,67 % de votos, y otro un 37,43 %, se le da un escaño al primero antes que al segundo (pues su resto es mayor).

Y aquí está la gracia: puede demostrarse matemáticamente que este procedimiento hace que la SUMA de las diferencias entre el porcentaje de escaños de cada partido y su porcentaje de votos (o sea, tu noción de "justicia"), sea MÍNIMA. Pues, imagina que no lo fuera; eso querría decir que en algún caso como el anterior, habría que haberle dado el escaño al partido que tenía un resto de 0,43, en vez de al que tenía 0,67. Pero, ¿cuál es el "grado de injusticia total" cometido en cada caso? Si damos el escaño al que tiene un 23,67 % de votos (luego tendrá 24 escaños, y el otro 37) la "injusticia" que provoquemos será de 0,34 + 0,43 = 0,77. En cambio, si hubiéramos dado el escaño al segundo partido, el primero tendría 23 escaños y el segundo 38, y la "injusticia total" será de 0,67 + 0,57 = 1,24.
COROLARIO: el procedimiento de asignación de escaños sobrantes según el principio del resto mayor, es el que minimiza la suma de las diferencias entre los porcentajes de votos y de escaños obtenidos por cada partido.
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SEGUNDO: con respecto a la cuestión de la representatividad de las votaciones, estás partiendo de la hipótesis de que todas las leyes son una mera cuestión de "sí" o "no" (o votas a favor, o votas en contra). Esto es una perspectiva simplista. ANTES de votar las leyes (en el parlamento, en referendum, o donde sea), está algo no menos importante: decidir QUÉ ley es la que se va a votar. Y en cada caso (o sea, para cada problema político que intenta ser resuelto mediante una ley) no hay sólo DOS opciones posibles, sino MUCHÍSIMAS.
Por ejemplo, hay, literalmente, infinitas leyes del IRPF posibles. Supongamos que a cada persona se le pregunta cuál de todas las posibles es la prefiere. ¿De todas las POSIBLES? Desde luego, yo no podría responder a esta pregunta. Necesito que me den MENOS opciones entre las que elegir (no infinitas). Pero aquí nos encontramos un problema: ¿QUIÉN decide cuáles son las opciones entre las que elegiremos? Esto ya es un problema para la democracia directa... pero no lo abordaré aquí.
El problema que sí estoy tratando es que, digamos que se hacen 20 propuestas razonables sobre el IRPF. ¿Cómo hacemos la votación? ¿Una por una? (Para cada una, la gente vota "sí" o "no"). Mecachis: entonces lo más probable es que TODAS salgan que NO (porque, para cada opción, hay más gente en contra que a favor). Es lo malo que tienen los problemas con más de dos soluciones, que no hay ninguna garantía matemática de que una de las opciones vaya a obtener más síes que noes.
Entonces, ¿votamos todas de una vez? (cada cual vota la que prefiere). En este caso, es harto problable que la opción victoriosa lo sea con menos de la mitad de los votos a favor (mayoría simple). Pero claro, si los que están en contra de la ley que ha salido elegida no son unos pardillos, pueden pensar "esto nos ha pasado por defender cada uno de nosotros NUESTRAS OPCIONES PREFERIDAS; ¿por qué no nos ponemos de acuerdo en votar todos UNA MISMA opción, que, aunque no coincida con la que cada uno de nosotros prefiere, sí que tenga la propiedad de que todos nosotros la preferimos a la que ha sido elegida?".
Es decir, los votantes descubren la NEGOCIACIÓN: aceptar una ley que no es la que mejor representa tus deseos, pero que tiene más posibilidades de ser aprobada, porque muchos otros votantes han renunciado a SU ley favorita para apoyar la misma ley que tú.
Y así volvemos a la cuestión que planteaba en el comentario anterior: "representar" la voluntad de los ciudadanos no consiste sólo en aplicar el principio de "los que pierden la votación, se joden", sino sobre todo en conseguir que entre todos se lleguen a proponer leyes que puedan ser aprobadas por una mayoría lo más amplia posible (o sea, el principio, "jodamos al menor número posible").

Moraleja: la REPRESENTATIVIDAD de un sistema legislativo depende de cuánto apoyo tienen POR TÉRMINO MEDIO las leyes aprobadas. Un sistema político que garantiza que, por término medio, las leyes se aprueban con un 80 % de votos a favor (por supuesto, hablamos de votos libremente emitidos y basados en opiniones libremente formadas, no hablamos de dictaduras), garantiza una representatividad mayor que un sistema en el que las leyes son aprobadas por término medio con un 51 % de los votos.

Pregunta: ¿qué propones tú para que las leyes cuenten con el mayor apoyo ciudadano posible?

Salud

14:33 | gestionado por Jesús Zamora Bonilla | Enviar comentario (0)

jueves, 21 de febrero de 2008

La democracia pluricameral es un sistema intermedio entre la democracia directa y la democracia representativa basada en partidos-hipermercado.
Por su carácter ilustrador, reproduzco aquí mis comentarios sobre la democracia directa, la democracia pluricameral, y la ley de D'Hont, en el blog La mirada del mendigo. Perdón si es un poco largo.

LA DEMOCRACIA Y LA LEY DE D'HONT

Mendigo (ya que ignoro tu nombre):

gracias por tus comentarios. En realidad, no estaba "apoyando" la ley de D'Hont, que tiene efectos bastante perniciosos. Simplemente intentaba mostrar que todos los sistemas de votación tienen sus pros y sus contras. De hecho, lo que yo propongo es un sistema proporcional, pero más flexible que el que sugiere la "simple" proporcionalidad.

Veamos: tú afirmas que "cualquier otro sistema de democracia parlamentaria que no refleje con la máxima fidelidad posible (sin necesidad de trocear diputados) los resultados electorales en la cámara de representandes, no es que sea "maligno", sólo que es ILEGÍTIMO."

Bueno, que sea legítimo o ilegítimo no depende de las propiedades que tenga "en sí mismo" el sistema de votación. Lo que hace legítimo a un sistema electoral es que haya una mayoría (constitucionalmente suficiente) que lo apoye. Si la gran mayoría de la población estuviera a favor de un sistema mayoritario, como el que tienen muchos países, pues eso sería lo "legítimo". Incluso aunque a mí no me guste el sistema mayoritario.

Por otro lado, el sistema proporcional tiene una "trampa", que no tiene que ver con la "gobernabilidad", sino con la forma en que DISTORSIONA la voluntad de los ciudadanos. Y es precisamente la trampa que denuncio en la entrada que citaba de mi blog: tú partes de la premisa de que "la gente decide votar IU, o CiU, o PP...", y esas decisiones deberían representarse proporcionalmente en el parlamento. ¡Pero la cuestión es, ¿por qué tengo que elegir entre un partido u otro, si posiblemente habrá cosas que me gusten más de unos y otras de otros?! En realidad, cuando estás votando a un partido (aunque luego la asignación de escaños sea proporcional), YA ha habido una "distorsión" de la opinión de los "votantes", cuando el partido en cuestión ha decidido qué proponer en su programa teniendo en cuenta las opiniones de mucha gente con opiniones MUY distintas.

La verdadera "representación" proporcional es la FALTA total de representación: es decir, que todas las leyes se decidieran mediante referéndum, sin parlamento ni zarandajas. Así no harían falta ni siquiera partidos políticos: los candidatos a presidente del gobierno se presentarían a título particular.

Pero, como es posible que un sistema en el que TODAS las leyes se votaran por referendum fuera un auténtico coñazo (y mucha gente pasaría de votar, y de enterarse de qué va cada ley), es por lo que me parece que la "democracia pluricameral" sería un sustituto razonable. Se elegiría un parlamento (o una sección del parlamento) para cada grupo de temas, y podrías dividir tu voto en función de tu opinión sobre cada tema.

Ten en cuenta que la diversidad de las opiniones no se refleja sólo en la "dimensión" de los distintos partidos (si quieres, imagínatelos en una tabla, uno en cada columna, de izquierda a derecha), sino también en la diversidad de los problemas políticos (las filas de la tabla). Tú (y casi todo el mundo que critica la ley electoral) sólo se fija en la diversidad que viene dada por la dimensión horizontal, pero también hay que tener en cuenta vertical (y yo creo que más, porque es lo que se refiere a los verdaderos problemas de los ciudadanos, de unos más unos, y de otros más otros).

Un saludo


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DEMOCRACIA Y REPRESENTATIVIDAD

Mendigo:

acepto todas las críticas; naturalmente, mi propuesta no me la tomo como una insignia sagrada que, o se acepta íntegramente, o me consideraré ultrajado en mi honor (que es como se suelen presentar las propuestas en este país), sino como una idea para discutir, de la que, con suerte pueden salir otras ideas mejores.
Ya sé que con partidos como los que tenemos ahora (con tendencia omniabarcante), un sistema así no funcionaría, pero creo que una de las virtudes del sistema sería que forzaría un cambio en los partidos.
Por otro lado, el problema de la democracia directa no es sólo cuánto le molesta a la gente ir a votar (creo que a la mayoría nos gusta), sino cuánto nos molesta tomarnos la molestia de sopesar los pros y los contras de cada propuesta que tenemos que votar; creo que el principal peligro de la democracia directa, por tanto, es el que los ciudadanos tenderíamos a votar un poco a lo loco, mientras que un parlamento existe (o debería existir) precisamente como cámara de discusión en la que se piensan y repiensan las leyes. Lo que yo me planteo es: ¿cómo conseguir que las leyes se hagan así -pensándolas y debatiéndolas racionalmente-?

Lo a que a mí no me gusta de los partidos es precisamente el que se ocupen de todo "por obligación". La debilidad del movimiento ciudadano se debe a que los ciudadanos nos movilizamos, si acaso, por un fin concreto, pero los partidos son como "hipermercados" (sólo con marcas propias, eso sí), en los que cada demanda tiene que competir con otras rivales a la hora de hacer un programa unificado. Lo que yo querría es que esos "movimientos sociales" fueran directamente al parlamento, y que hubiera un parlamento estructurado de tal forma que eso fuera posible.

Dices que la representación con la ley D'Hont está mal. Pero está aún peor, posiblemente, si te fijas en la representación de las IDEAS (y eso no lo arregla la representación proporcional). P.ej., ¿cuántos diputados apoyarían una ley de plazos para el aborto? Tal vez muy pocos, o al menos, seguro que los del PP (cerca del 40 %) no. En cambio, tal vez más de un 80 % de la población esté a favor. ¿Y el canon digital? Y así podemos decir con muchas otras cosas. Y repito, eso no se arregla con una representación proporcional, porque tú votas a un partido que apoya el canon (digamos), o rechaza la extensión del aborto, porque el RESTO de sus políticas te parece mejor que las de los rivales, pero "tragas" con muchas cosas con las que no estás de acuerdo.

Y por último, lo de la "justicia" tampoco equivale a la "proporción lineal". Te repito que un sistema mayoritario, en el que cada pueblo o barrio elige a UN diputado, y en donde las minorías desaparecen del todo, puede ser TOTALMENTE justo desde el punto de vista de los ciudadanos del país, si les parece así.

Un saludo

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DE NUEVO LA DEMOCRACIA PLURICAMERAL

Querido Mendigo:

gracias por tus comentarios. En realidad, no estaba "apoyando" la ley de D'Hont, que tiene efectos bastante perniciosos. Simplemente intentaba mostrar que todos los sistemas de votación tienen sus pros y sus contras. De hecho, lo que yo propongo es un sistema proporcional, pero más flexible que el que sugiere la "simple" proporcionalidad.

Veamos: tú afirmas que "cualquier otro sistema de democracia parlamentaria que no refleje con la máxima fidelidad posible (sin necesidad de trocear diputados) los resultados electorales en la cámara de representandes, no es que sea "maligno", sólo que es ILEGÍTIMO."

Bueno, que sea legítimo o ilegítimo no depende de las propiedades que tenga "en sí mismo" el sistema de votación. Lo que hace legítimo a un sistema electoral es que haya una mayoría (constitucionalmente suficiente) que lo apoye. Si la gran mayoría de la población estuviera a favor de un sistema mayoritario, como el que tienen muchos países, pues eso sería lo "legítimo". Incluso aunque a mí no me guste el sistema mayoritario.

Por otro lado, el sistema proporcional tiene una "trampa", que no tiene que ver con la "gobernabilidad", sino con la forma en que DISTORSIONA la voluntad de los ciudadanos. Y es precisamente la trampa que denuncio en la entrada que citaba de mi blog: tú partes de la premisa de que "la gente decide votar IU, o CiU, o PP...", y esas decisiones deberían representarse proporcionalmente en el parlamento. ¡Pero la cuestión es, ¿por qué tengo que elegir entre un partido u otro, si posiblemente habrá cosas que me gusten más de unos y otras de otros?! En realidad, cuando estás votando a un partido (aunque luego la asignación de escaños sea proporcional), YA ha habido una "distorsión" de la opinión de los "votantes", cuando el partido en cuestión ha decidido qué proponer en su programa teniendo en cuenta las opiniones de mucha gente con opiniones MUY distintas.

La verdadera "representación" proporcional es la FALTA total de representación: es decir, que todas las leyes se decidieran mediante referéndum, sin parlamento ni zarandajas. Así no harían falta ni siquiera partidos políticos: los candidatos a presidente del gobierno se presentarían a título particular.

Pero, como es posible que un sistema en el que TODAS las leyes se votaran por referendum fuera un auténtico coñazo (y mucha gente pasaría de votar, y de enterarse de qué va cada ley), es por lo que me parece que la "democracia pluricameral" sería un sustituto razonable. Se elegiría un parlamento (o una sección del parlamento) para cada grupo de temas, y podrías dividir tu voto en función de tu opinión sobre cada tema.

Ten en cuenta que la diversidad de las opiniones no se refleja sólo en la "dimensión" de los distintos partidos (si quieres, imagínatelos en una tabla, uno en cada columna, de izquierda a derecha), sino también en la diversidad de los problemas políticos (las filas de la tabla). Tú (y casi todo el mundo que critica la ley electoral) sólo se fija en la diversidad que viene dada por la dimensión horizontal, pero también hay que tener en cuenta vertical (y yo creo que más, porque es lo que se refiere a los verdaderos problemas de los ciudadanos, de unos más unos, y de otros más otros).

Un saludo

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¿DEMOCRACIA DIRECTA?

Queridos soñadores:

lo de la democracia directa suena bien, y las posibilidades tecnológicas lo facilitan muchísimo más, pero el problema es que, con independencia de estas nuevas posibilidades, a la inmensa mayoría de la gente le atosigaría muchísimo tener que andar comiéndose la cabeza sobre todas y cada una de las discusiones políticas. ¡Pero si todo el mundo nos escaqueamos todo lo que podemos de las juntas de vecinos! (y mira que los temas que se discuten ahí nos afectan directamente, y hacen falta bien pocas "nuevas tecnologías" para discutir y votar).

No se trata sólo de un problema de "pasotismo" o de "alienación". Incluso las personas más entuiastas, activas y preparadas nos preocupamos por, como máximo, un miserable uno por ciento (y estoy exagerando) de las cuestiones que se deciden en los ámbitos políticos día a día. Sobre esos temas estamos deseando que nos dejen decidir, pero, además de que esas ganas no las vamos a tener toda la vida, hay muchísimos otros temas que no nos da la gana molestarnos en pensar.

A esto no podemos responder con la actitud de decir "¡al que no le interese, que se abstenga y punto!", porque no se trata de una cuestión de desinterés: se trata de que todos tenemos derecho a que nuestros valores, necesidades y opiniones sean tenidos en cuenta al decidir las leyes, pero no tenemos la obligación de participar activamente en la elaboración de esas leyes. Es decir, yo quiero tener (porque tengo derecho a ello) la capacidad de influir en el establecimiento de las leyes, pero eso no implica que tenga el deber de estar molestándome en informarme y reflexionar sobre cuestiones enormemente técnicas y/o enormemente aburridas. Por eso tengo derecho a delegar mi capacidad de decisión en personas que se especialicen en la creación de leyes.

Esto además es una simple consecuencia de la división del trabajo: del mismo modo que no todos tenemos la obligación de saber reparar el circuito eléctrico de casa, tampoco tenemos la obligación de dedicar un tercio de nuestras horas de vida a discutir de política (naturalmente, quien quiera, que lo haga, pero un sistema en el que el ciber-ciudadano puede participar directamente en la política no debe quitar el derecho que tienen a delegar su voto aquellos que no quieren vivir en el ágora todo el día).

La democracia directa corre el riesgo de convertirse en una tiranía de los ciberentusiastas,
igual que los sistemas electorales actuales se convierten en una tiranía de los grandes partidos. Aquélla tiene la ventaja de que, como los cibers son muchos y desorganizados, sería más difícil que se dedicaran a trincar a lo bestia. Y tiene la desventaja de que las leyes que surgieran serían seguramente bastante caóticas, e incompatibles entre sí. El sistema actual, naturalmente, tiene las ventajas e inconvenientes opuestos.

De nuevo, el sistema de democracia pluricameral (que se puede complementar con referendums más frecuentes) me parece un equilibrio razonable para satisfacer el deseo de los entusiastas de la democracia directa (pues habría un papel más amplio para los movimientos ciudadanos autoorganizados) y el de los que queremos dedicarnos a lo nuestro, y pensamos que la Atenas de Pericles era como vivir todo el día sometido a la continua vigilancia de un corral de vecinos. La experiencia de la democracia ateniense condujo, sabiamente, a la filosofía del más grande de los sabios de Grecia, Epicuro: late bioseas ("pasa desapercibido toda tu vida").

15:41 | gestionado por Jesús Zamora Bonilla | Enviar comentario (1)

lunes, 18 de febrero de 2008


Tendría que ser obligatorio cambiar la ley electoral cada cierto tiempo. Una de las ventajas de la democracia es que se puede cambiar el partido en el gobierno si a la gente se le pone en las narices, pero también estaría bien que pudieran cambiarse a menudo otras cosas. En particular, las leyes electorales se suelen establecer pensando en una determinada situación, pero cuando la situación pasa, los ciudadanos preferiríamos otras. El problema es que, como la ley se hizo para favorecer cierto tipo de opciones y partidos, los que se benefician con ella no la quieren cambiar nunca. Debería ser una situación muy grave la que llevara a los "grandes" a proponer una modificación de la ley electoral, y a los partidos regionalistas a aceptarla. ¿Hay otra solución?

No voy a machacaros con las ventajas y desventajas de cada sistema, que seguro que ya os las sabéis (y si no, ahí está la wikipedia). Indicaré, a modo de resumen, que hay una tensión entre estabilidad y representación (a mayor proporcionalidad en el reparto de escaños, más difícil es fomar gobiernos, y más inestables son -p.ej., Italia-; a menor proporcionalidad, más sabe cada ciudadano quién en su representante en el parlamento -p.ej., EEUU-). Aquí tenemos un sistema que intenta reunir lo mejor de los dos mundos, pero que puede estar uniendo lo peor de ambos (gobiernos poco estables, debido a mayorías muy exiguas, y representación por los suelos).
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Más que hablar del sistema que tenemos, y de alguna modificación aritmética que lo mejorase, prefiero inventarme uno totalmente distinto. Es lo que llamo democracia pluricameral.
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A ver: si voy a comprar a un híper, no se me obliga a comprar todos los productos de la misma marca; es más, ni siquiera tengo que comprar todo en el mismo esablecimiento. ¿Por qué no pasa lo mismo con la política? Es verdad que el gobierno produce bienes públicos, y que estos (simplificando un poco) deben proporcionarse iguales para todo el mundo. Aquí no hay generalmente nada que hacer, salvo cambiar de país (y según el caso, de comunidad autónoma, aunque a la vista de lo que tenemos, no hay mucha diferencia). Pero la uniformidad a la que me refiero no es la de los bienes públicos: cada uno de estos debe ser homogéneo (una carretera es igual para todo el que pasa por ahí), pero de aquí no se sigue que quien me ofrezca cada bien público deba ser el mismo que ofrece los demás. ¿Por qué tiene que hacer las carreteras el mismo gobierno que hace los hospitales?
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En parte, esta pregunta se responde con el sistema de división de competencias entre las autonomías y el estado (y Europa), pero cada uno de estos agentes políticos tiene, en mi opinión, demasiadas competencias concentradas en la misma unidad de decisión, sin contar con que, más que un reparto de competencias ("ésta para mí, esta para ti"), lo que tenemos es un descuartizamiento de cada competencia individualmente considerada ("sobre la sanidad, yo legislo estas cosas, y tú legislas otras").
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Lo que a mí me gustaría, en cambio, es poder coger los programas electorales de cada partido y decir: de éste me gusta esta propuesta, de éste me gusta esta otra, de aquél me gusta aquello, etc. Dicho así, es seguramente inviable (aunque los expertos en la teoría de la elección pública tendrán algo que decir, espero que no muy negativo), pues los paquetes políticos que resultarían serían en muchos casos bastante caóticos (aunque a lo mejor no estaría tan mal el que lo fueran; seguro que mi amigo Juan Urrutia encuentra más de una virtud en ese caos).
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Pero, puestos a elegir una solución menos drástica, propongo que se divida el parlamento en varias cámaras, no al modo actual (congreso y senado), sino más bien que hubiera, por ejemplo:
1) una cámara de asuntos económicos (finanzas, impuesos, trabajo, industria...),
2) una cámara de asuntos culturales (ciencia, cultura, universidades, formación profesional...),
3) una cámara de asuntos sociales (sanidad, educación primaria y secundaria, pensiones...),
4) una cámara de asuntos relacionados con la seguridad (policía, justicia, ejército...),
5) una cámara de asuntos políticos (cuestiones territoriales, relaciones exteriores, derechos fundamentales...)
Cada año podía elegirse a los miembros de una de estas cámaras consecutivamente, y cada una de ellas podría nombrar la parte del gobierno responsable de ejecutar las políticas de cada área. La cámara de asuntos políticos elegiría también al presidente del gobierno, con una función de coordinar todas las políticas en la medida de lo razonable.
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Téngase en cuenta que la propuesta de la democracia pluricameral es en cierto sentido semejante a la idea de consultar todas las leyes en referendums. Quien piense que las consultas populares masivas son una buena cosa (yo mismo), tiene que aceptar que la democracia pluricameral es mejor que la que tenemos, pues en ella se tendría más en cuenta la opinión verdadera de los ciudadanos acerca de cada proyecto legislativo.

11:49 | gestionado por Jesús Zamora Bonilla | Enviar comentario (0)

lunes, 21 de enero de 2008


UNA MODESTA PROPOSICIÓN
PARA PROMOVER EL ENTENDIMIENTO
ENTRE LAS CIVILIZACIONES

Ahora que por fin se ha celebrado el primer foro de la "Alianza de Civilizaciones", tan deseado por ZP y que ha pasado tan sin pena ni gloria por los informativos (¿no se lo creían ni los organizadores?, ¿o los medios pensaban que al público le mola más la sangre y la carnaza?; en todo caso, Prisa no ha dejado de meter su pullita), quiero aportar mi granito de arena, con una proposición que, no me cabe duda, contribuiría como ninguna al hermanamiento de los pueblos ahora enfrentados por un odio visceral.
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Todos sabemos del gran éxito que ha tenido en la Unión Europea el programa "Erasmus" (también llamado "Orgasmus" por la intensa dedicación al encuentro de culturas de la que dan gala tantos de sus jóvenes beneficiarios). Se trata de permitir a los alumnos universitarios que hagan un curso de su carrera en una universidad de otro país de la Unión mediante una generosa beca (que en un 95 % financian los padres). Las nuevas generaciones de europeos que surjan de esta experiencia erásmica (no me refiero a los que surjan de la experiencia orgásmica, pues, siendo los becarios gente preparada, saben hacer buen uso de los medios anticonceptivos) verán los distintos países de Europa más como regiones diversas de una sola nación que como "el extranjero".
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Pues bien, mi propuesta, para los responsables de la Alianza de Civilizaciones, consiste en que algo parecido se haga con los estudiantes que se preparan para la venturosa, aunque sacrificada vida de mediación entre los hombres y el Altísimo. Me refiero a los heroicos alumnos de seminarios diocesanos, madrasas, escuelas rabínicas y demás (en una segunda fase podía extenderse a los lamasterios y otras instituciones orientales; de momento, los pobres budistas no meten mucho ruido -o, como decía Sabina, "del Tibet a aquí, no llega"-).
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Para futuros curas, pastores (de ganado humano), rabinos, imanes, mulás, y
demás (puede incluirse a los alumnos de universidades del Opus y similares), ¿no se abriría ante ellos una experiencia poderosísima de cercanía a los hijos de Dios si se hiciera obligatorio que, para poder "ejercer" su oficio, tuvieran que pasar al menos tres o cuatro años estudiando en las escuelas de otras religiones y prestando servicios en los templos de éstas? Y si hacen un recorrido un poco más largo, pasando por tres o cuatro subdivisiones de cada religión, mejor que mejor.
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Lo largo del proceso (frente al año escaso de que gozan los becarios Erasmus) se debe, naturalmente, a que la "inculturación" en una mentalidad religiosa distinta de la propia es psicológicamente más difícil, en parte por la dificultad inherente al oficio, que en general suele poner bastantes trabas a la derivación orgásmica del programa para alumnos universitarios (sin contar la estimulación manual, que, salvo ayuda por terceros, suele dar poco juego en lo de la asimilación de culturas ajenas, al contrario que la estimulación bigenital), y en parte porque así tendríamos unos añitos más a los futuros sacerdotes sin ejercer, lo que siempre es muy beneficioso para el rebaño.
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Tanto la idea del programa, como su nombre (Erasmus Dei, ¿cuál si no?) los cedo gratuitamente a los organizadores de la Alianza de Civilizaciones, para que puedan aplicarlos como mejor les inspire el Espíritu Santo (que sea).
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Amén.

8:10 | gestionado por Jesús Zamora Bonilla | Enviar comentario (0)

sábado, 22 de diciembre de 2007

¿QUIÉN LOS HABRÁ DEJADO ALLÍ...?


13:36 | gestionado por Jesús Zamora Bonilla | Enviar comentario (0)

martes, 18 de diciembre de 2007

¡¡¡...Viva el sistema de rehabilitaciones!!!




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5:49 | gestionado por Jesús Zamora Bonilla | Enviar comentario (0)

miércoles, 05 de diciembre de 2007

Al fin se ha descubierto la causa de que siempre salgamos tan mal en el Informe PISA.

7:09 | gestionado por Jesús Zamora Bonilla | Enviar comentario (0)

viernes, 30 de noviembre de 2007


Estamos en una semana grande para esos oscurantistas que se llaman a mismos "provida". La noticia de la obtención de células madre por "marcha atrás" genética, primero, y la redada contra la red de clínicas abortistas sin escrúpulos, hace un par de días, se han juntado con el procesamiento de los científicos del Banco Andaluz de Células Madre por la acusación de una devota oyente de Radio María (que Dios guarde, ¡pero que la guarde donde no la encuentre nadie, por favor!).



La casual coincidencia en el tiempo de las tres noticias ha sido una excusa inmejorable para cometer el pecado favorito de los oscuros: las falacias. En concreto, la falacia de sugerir, o directamente afirmar, que "es lo mismo" el repugnante asesinato de un feto viable de siete meses (caso de que se haya cometido) que la investigación con células embrionarias como las de la foto, o el aborto en casos de embriones cuyas neuronas aún no han establecido conexiones entre ellas.

El mejor ejemplo de esta falacia, publicado sin ningún tipo de pudor en el ABC (el único ave que entra por debajo de las puertas, como se decía) es la infame viñeta de Puebla. Naturalmente, el mensaje de la viñeta es el mismo que el del editorial de este periódico (otras veces tan razonable, según con qué lo comparemos).

El editorialista desliza sin ruborizarse lindezas como "se han podido frenar unos horrores más propios de un campo nazi de exterminio", o "estos actos delictivos presentan una vertiente legal y demuestran hasta qué punto la ley de 1985 se hizo con suficiente ambigüedad", o "hay una cuestión de fondo que la hipocresía de la sociedad actual mantiene en silencio cómplice: el aborto es la muerte dolosa de un ser humano con métodos cruentos", o finalmente "en España se practican al año casi 100.000 abortos; es una cifra terrible, pero también lo es la pasividad con que la recibe la sociedad, porque encierra una concepción nihilista de la vida".
Los antiabortistas no deben ser capaces de darse cuenta de algo tan sencillo como que a mucha gente no nos parece que un embrión sea "un ser humano" de pleno derecho (no un feto, digo, sino un embrión, es decir un conjunto de células que aún no se ha desarrollado lo suficiente como para ser capaz de experimentar sensaciones, y que biológicamente no tiene cualidades distintas de las de un embrión de cualquier otro mamífero, aunque tenga la potencialidad de desarrollarse de manera peculiar). El mismo derecho tenemos nosotros a pensar que eso es así, como ellos a pensar lo contrario, y no somos "hipócritas" por eso.
Y además, ¿qué concepción de la vida es la verdaderamente "nihilista"? ¿La que intenta "echar pa'lante" con el reconocimiento de que en el ser humano no hay más que la materia y su maravillosa organización, o la de quienes basan todo el sentido de su existencia (y el de la de los demás) en la glorificación de algo que NO EXISTE, que sólo puede llamarse una NADA, como es la supuesta "alma" que otro gran no-existente (Dios) habría puesto en el momento de la concepción (que tampoco está claro cuál es)? Creer en algo que no es nada, eso es ser nihilista, y no el tener valor de enfrentarse a la nada cuando se reconoce objetivamente que lo es.

8:06 | gestionado por Jesús Zamora Bonilla | Enviar comentario (13)