Hace apenas un año, el Museo del Louvre inauguró una exposición (14.3-2.6 2008) asombrosa sobre Babilonia. El impresionante catálogo francés
Babylone (1), se vería luego seguido por el no menos asombroso alemán
Babylon. Mythos und Wahrheit (2), que acompañó la exposición (26.6-5.10 2008) de Berlín, y por el británico, que con similar cabecera
Babylon. Myth and Reality (3) ilustraría la tercera y última de las exposiciones, organizada en Londres (13.11.2008-15.3.2009). Clausurada ésta no hace mucho, la vista de tales libros –que al fin y al cabo son lo que queda- y la realidad misma de las muestras, debemos reflexionar sobre las exposiciones en sí mismas y sobre el valor de la historia, la cultura y, por qué no, la misma ética de nuestro mundo.
El redescubrimiento del Oriente antiguo y de la misma Babilonia –un verdadero mito cultural y religioso evocado en las exposiciones- se inició durante el siglo XIX, gracias a pioneros británicos (Cl. J. Rich) y franceses (F. Fresnel, J. Oppert). Pero sólo la ciencia moderna alemana, entre finales del XIX y comienzos del XX (R. Koldewey) conseguiría revelarnos su realidad: la imagen física de una ciudad, Babilonia, y la abrumadora evidencia de la elevada de un imperio. Y así, los museos de Berlín, París o Londres han sido capaces de organizar unas exposiciones sin precedentes, siguiendo cada uno senderos originales e incorporando piezas y estudios diversos en sus catálogos. Sin embargo, a la cita ha tenido que faltar un imprescindible: el Museo Nacional de Bagdad. Los tres museos y los editores de los catálogos han recordado la injusticia del presente y la destrucción del patrimonio de Iraq. Y eso les honra, pues con el gesto ético de su compromiso se restaña en parte la avidez coleccionista del siglo XIX y la barbarie desatada durante la última década del XX. Por caprichos del destino, al tiempo que Londres disfrutaba del mito babilonio, en Madrid se presentaba un libro estremecedor:
Iraq bajo ocupación. Destrucción de la identidad y la memoria (4). Y así, y por mera casualidad, el honor europeo que los científicos alemanes, franceses e ingleses han salvado con su gesto se ha visto acompañado por el entusiasmo de otros profesionales españoles, que dedicados a la literatura, la sociología, la antropología, el periodismo, la biblioteconomía o la historia vienen manteniendo viva la demanda de justicia. En fin y a la postre, si por los libros y las exposiciones comprendemos lo cercanos que estamos a Babilonia, por la vivencia misma de la historia así despertada nos vemos comprometidos en la defensa del honor de la justicia y la validez de la ética.
Libros y exposiciones nos han recordado las maravillas del pasado, como los jardines colgantes de Babilonia, la gran zigurat del templo de Marduk, la Vía de las Procesiones y la Puerta de Istar –éstas dos últimas, parcialmente reconstruidas en el Museo Berlín-: nos han descubierto el hilo que une nuestras creencias religiosas con las del pasado, hasta incluso en festejos tan nuestros como las procesiones con estatuas divinas. Textos y objetos nos han desvelado las raíces manifiestas de la matemática, la geografía, la geometría, el derecho y la medicina, la astronomía, la escritura y la historia, la administración civil, la literatura... Y una historia de la investigación renovada nos hecho recuperar la aventura de los viajeros europeos en busca de Babilonia, como Pietro Dell Valle o Robert Ker Porter: el esfuerzo de los primeros investigadores como Claudius James Rich, Carl Bellino o Jules Oppert, y la titánica empresa de los arqueólogos alemanes con Robert Koldewey a la cabeza. Pero también la íntima relación entre Babilonia y la cultura y el arte a través de las óperas de Rossini y Verdi, los cuadros de John Martin, Eugène Delacroix o Georges Antoine Rochegrosse o incluso el cine, con la celebérrima Intolerance, de D. W. Griffith. Demasiado para no darnos cuenta de que Babilonia y su realidad están entre nosotros. Forman parte de nosotros.
Durante casi un año, tres capitales europeas han ido exhibiendo obras de arte milenarias y testimonios de la cultura, la ciencia y los estudiosos y aventureros europeos en Oriente y Babilonia. La parca relevancia española en la expansión europea del XIX explica sin duda la escasez de fondos mesopotámicos en nuestras colecciones, aunque no la rara presencia de este tipo de muestras en los museos nacionales. Sin embargo, un español como Adolfo Rivadeneyra, es autor de uno de los más curiosos libros de viaje por Mesopotamia y Babilonia de todo aquel siglo, con su Viaje de Ceilán a Damasco (5), en el que nos trasladaba una vívida descripción de su visita enamorada. La recuperación del recuerdo olvidado de nuestros viajeros del pasado que se está llevando a cabo hace años, la creciente implicación científica de España en Oriente y la contundente y reiterada defensa española de los valores éticos en la ciencia histórico-arqueológica en general y, especialmente, en lo que afecta a Iraq, merecen que nuestro país no quede al margen de eventos tan relevantes como el que nos ocupa. Porque Babilonia, también, está en nosotros.
Para saber más:

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1.-
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B. André-Salvini (dir.).- Babylone. Musée du Louvre, Paris 2008
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2.-
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J. Marzahn, G. Schauerte (eds.).- Babylon. Mythos & Wahrheit. Staatliche Museen zu Berlin, Berlin 2008
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3.-
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I.L. Finkel, M.J. Seymour (eds.).- Babylon. Myth and Reality. The British Museum, London 2008
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4.-
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C. Varea, P. Valverde, E. Sanz (eds.).- Iraq bajo ocupación. Destrucción de la identidad y la memoria. Ediciones del Oriente y el Mediterráneo, Madrid 2009
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5.-
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A. Rivadeneyra.- Viaje de Ceilán a Damasco. Edición de Fernando Escribano Martín. Miraguano Ediciones, Madrid 2006
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