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El pasado día 7 de diciembre, diarios españoles de difusión nacional como La Razón o ABC, daban cuenta de una operación de venta llevada a cabo en la Sala Sotheby’s de Nueva York. Una pequeña escultura “mesopotámica”, de apenas 8 cm de altura, propiedad de la familia Martin y depositada temporalmente en el Brooklyn Museum of Art, había sido vendida por 57,16 millones de dólares. En el segundo de los diarios citados, N. Pulido añadía interesantes comentarios a la sorprendente noticia y los más sorprendentes aún beneficios –porque sí, el dato es correcto, 57,61 millones de dólares por una escultura de 8 cm-, señalando además las características de la puja y algunos datos de la “historia” de tan singular pieza, que en 1948 había sido adquirida por el coleccionista Alastair Bradley Martin y su esposa Edith. Y aunque el periodista añadía que el dinero recaudado iba a ser ingresado en un fondo benéfico creado por la familia Martin, el hecho en sí y sus circunstancias me llevan a escribir asombrado por la tranquilidad de Shoteby’s, la buena conciencia de los Martin y la indiferencia con la que asistimos al espectáculo de cierto comercio de antigüedades. Una situación de la que cuando menos cabe afirmar, como bien sugieren los italianos en situaciones semejantes, su agudo manca finezza!

El año 2003, poco después de acabado el asalto estadounidense y británico a Iraq –que produjo incontables pérdidas en los museos, la destrucción de las bibliotecas fundamentales y los archivos del país, así como la apertura de su patrimonio a toda suerte de traficantes y saqueadores-, Philippe de Montebello, director del Metropolitan Museum de Nueva York, inauguraba una gigantesca exposición que bajo el título Art of the First Cities. The Third Millennium B. C. from the Mediterranean to the Indus sacaba a la luz 314 piezas selectas procedentes de museos de todo el mundo y coleccionistas particulares. Sin entrar en la cuestión de la oportunidad de la muestra –cuando aún se contabilizaban las consecuencias del saqueo del Iraq Museum de Bagdad-, cualquiera podría haberse hecho en parte entonces y desde luego hoy, las mismas consideraciones que yo me hago ahora, al ver en el catálogo de la exposición editado por Joan Aruz, en las páginas 44 y 45, varias fotografías magníficas y una ficha escrita por Holly Pittman, sobre la pieza vendida y objeto de esta reflexión: “Standing lioness demon. Magnesite or crystalline limestone. H. 8.8 cm; W. 6.2 cm. Iran. Proto-Elamite, ca. 3000-2800 B. C. On loan to the Brooklyn Museum of Art L. 48.7.9, Collection of Robin B. Martin”. Y es que entonces y ahora, todo es asombrosamente legal y de acuerdo con los sistemas de valores dominantes. Pero a mí al menos, mucho de todo esto me resulta irritante.

La pieza debió ser adquirida legalmente en el comercio de antigüedades de EEUU el año 1948. En la prensa española, la figurita viene señalada como “mesopotámica” -aunque la bibliografía técnica sugiere su procedencia iraní-; pero en aquellos años, la Ley de Antigüedades nº 59 de 1936, vigente en Iraq, mantenía la ilegalidad de la compra y venta de objetos arqueológicos dentro del país y hacia fuera del mismo. El patrimonio arqueológico se consideraba propiedad pública y de la nación iraquí, por lo que una pieza de tal procedencia y salida al mercado habría sido de curso ilegal y por tanto, de necesario escamoteo oscureciendo su origen. Pero si el origen iraní fuera cierto como parece, los datos introducidos en la ficha permiten suponer igualmente su ilegal condición última: es de Irán, está fechada, pero no se indica el sitio exacto de procedencia porque no cabría indicarlo, dado que en Irán sólo podían emprenderse entonces excavaciones bajo una reglamentación protectora de su patrimonio. Así que de acuerdo con la práctica del comercio de antigüedades, un experto occidental tuvo que asegurar su autenticidad y su datación, con lo que la pieza adquirió un valor de mercado. Y vaya si lo adquirió, dada su calidad y su rareza. Pero claro está, como la venta se realizó en el marco legal de un país, en el que su comercio estaba legalizado, la propiedad adquirida resultaba por tanto legal y legítima.

La curiosa sensibilidad de la alta burguesía estadounidense hizo que la pequeña leona fuera cedida en préstamo al Museo de Brooklyn, y que allí fuera adquiriendo fama a los ojos de la ciudadanía del país, sus visitantes y los estudiosos de los países más importantes que la incluyeron en sus libros, repitiéndose por el mundo la ilustración de tan pequeña escultura. De este modo, el bien adquirido venía a ser de dominio público, lo que era algo, ciertamente, pero… La verdadera propiedad era privada. Y como tal, cuando los herederos del primer propietario lo han decidido, la pequeña leona ha sido otra vez vendida en el mercado de antigüedades de una sala de subastas y la pieza ha sido nuevamente adquirida, esta vez por “un comprador inglés que estaba en la sala y que ha preferido mantener su anonimato”. Y ahora a esperar a que vuelva a salir a la luz, puesto que ha sido legalmente vendida en un mercado legal de antigüedades, en un país y una sociedad repleta de derechos, leyes, despachos de abogados y tribunales justos, pero ...

En la época que estamos viviendo, marcada por el escándalo del saqueo y destrucción del patrimonio cultural y arqueológico de Iraq –y de Afganistán, no lo olvidemos-, la ineficacia absoluta de los organismos internacionales y la medrosa conducta de los gobiernos democráticos, la venta de una pieza tal por 57,16 millones de dólares (¡!) es un escándalo. Por mucho que su producto termine en un fondo benéfico. Y la historia toda es un buen ejemplo de los mecanismos que hacen posible la vitalidad del comercio de antigüedades arqueológicas procedentes de Oriente, validando una vez más la presunción, tantas veces señalada y puesta en cuestión, de que el comercio ilegal de antigüedades arroja beneficios superiores al tráfico de drogas. Irónicamente, una operación legal viene a refrendarla. Desde luego, y como tan sutilmente señalaría un italiano, en todo esto manca finezza!




Nota de prensa publicada en el diario La Razón de 7 de diciembre de 2007



Artículo de N. Pulido publicado en el diario ABC de 7 de diciembre de 2007



Joan Aruz (ed.).- Art of the First Cities.
The Third Millennium B. C. from the Mediterranean to the Indus
.
The Metropolitan Museum of Art, New York 2003




Reproducción de la leona vendida en Sotheby’s, Nueva York,
publicada en J. Aruz (ed.), op. cit., p. 44.




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Comentarios

# re: El valor de una estatuilla de Oriente Próximo. A vueltas con las casas de subastas, la propiedad legítima y el tráfico tradicional de obras de arte

18/02/2008 16:04 por Rafa
Es realmente triste el mercado de antigüedades. Usted conoce el mercado proximooriental; pero como sabrá, aquí en la península sucede lo mismo (mucho menos sangrante que los robos de corte colonial, bien es verdad). No entiendo cómo se sigue apoyando el mercado de antigüedades en Occidente; no hay para todos, y no debe ser sólo para los ricos. Lo apoyan las instituciones, universidades, poderes públicos: ¡ES UN ROBO! Perdón, me enciendo. Gracias por su blog

# re: El valor de una estatuilla de Oriente Próximo. A vueltas con las casas de subastas, la propiedad legítima y el tráfico tradicional de obras de arte

17/03/2008 14:17 por inversionenarte@gmail.com
El interés por el coleccionismo y por tanto el mercado de antigüedades es casi tan antiguo como la historia de la Humanidad. Mucho más antiguo desde luego que los museos que tanto nos gusta visitar (a pesar de que no expongan todos los objetos de su colecciones, como esos coleccionistas que se mencionan) y que tienen su origen en colecciones privadas.
El mercado del arte y las antigúedades no se nutre únicamente de piezas majestuosas como a la que se refieren en este artículo. El mercado LEGAL se nutre de numerosas obras de diversas calidades, y gracias a que caen en manos privadas no se pierden pues las Administraciones no podrían hacer frente al coste de su conservación en más fondos de museos.
Es cierto que hay que zanjar ese mercado ilegal de antigüedades que constantemente provoca expolios de yacimientos, pero no por ello hay que acabar con un mercado que ha fomentado el desarrollo del arte desde casi sus inicios. Y menos con coleccionistas que también ayudan a conservar y preservar ese patrimonio.
Se trata de una cuestión de ética, pero el mercado de antigüedades se nutre básicamente de obras que llevan dentro de este circuíto numerosos años. debemos informarnos antes de actuar y hablar en vano
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