El robo de los mapamundis de la Biblioteca Nacional ha estallado en la prensa española como un hecho increíble, inaudito. Craso error.
El relato de los periódicos revela la impunidad del movimiento ilegal de obras de arte y su fácil comercialización en los mercados, en los que hay salida incluso a bienes de propiedad declarada. Pero como el escándalo internacional se ha hecho tan insistente, y afecta a la Biblioteca Nacional de un estado miembro de la Unión Europea y la OTAN, los mecanismos de recuperación y devolución han tenido que moverse -ahora al menos-, con cierta rapidez. Sin embargo, pocos habrán reparado en que la posesión de buena fe –acreditada por una compra legal y en una casa comercial legal de subastas legales (“
porque Bruto es un hombre honrado”)-, requerirá compensación económica. Y si no
ahora, lo es en la mayoría de los casos, convirtiéndose la recuperación de un bien ilícitamente exportado y comercializado, en un costoso e inacabable calvario judicial. Porque la propiedad adquirida en el mercado es legítima, y... “
Bruto es un hombre honrado”.
Leyendo pues de las peripecias sufridas por nuestros mapamundis, que circunstancialmente han unido las ciudades de Madrid, Londres, Nueva York o Buenos Aires en la siempre lozana red del tráfico ilegal de obras de arte, otra noticia me llama la atención: la exposición “
Nínive. El palacio sin igual de Senaquerib”.
Organizada por la Universidad y el Centro de Excavaciones de Turín, la exposición ha recogido en sus salas y en un interesante libro de ciento sesenta y siete páginas (
C. Lippolis, 2007), la historia del descubrimiento del palacio de Senaquerib,
rey de Asiria, la inmisericorde degradación y el saqueo paulatino que sufrió durante los doce años de bloqueo de Iraq, la práctica
liquidación de sus restos
visibles tras la ocupación en el 2003 -gracias a los buenos oficios de furtivos proveedores del mercado occidental y oriental- y, en fin, los trabajos de restauración seguidos contra viento y marea por los científicos de Turín.
En la época del bloqueo y durante la actual ocupación de Iraq también, las instituciones científicas italianas, respaldadas por los sucesivos ejecutivos de Roma, se han destacado en la lucha por la protección del patrimonio cultural de Iraq y su restauración, incluso en las peores condiciones. Estudios detenidos del problema (M. Fales, 2004), una cooperación decidida con el Museo de Iraq y sus especialistas (P. Bianco, 2004), respaldo al control del tráfico con catalogación y salvaguarda de lo decomisado en fronteras (R. Menegazzi, 2005) y reiteración por vía de exposiciones y publicaciones en los esfuerzos por salvar este patrimonio de la Humanidad, honran a la ciencia italiana y a quienes han apoyado este empeño. Pero el saqueo de Iraq, sus sitios arqueológicos y monumentos continúa hoy sin tasa ni medida. El prestigioso periodista Robert Fisk
publica datos de todo punto estremecedores, corroborados por la también periodista y arqueóloga libanesa Joanne Farchakh y el Dr. John Curtis, Conservador del Museo Británico. Con la pérdida de los marcos culturales vigentes desde la creación del mismo Iraq, los yacimientos arqueológicos son pasto del saqueo: por un simple sello cilíndrico, los traficantes pagan a los campesinos hasta 50 dólares. ¿Quién va a perseguir el tráfico de unas antigüedades hasta ahora
desconocidas, porque proceden de excavaciones ilegales?
Pero como un objeto antiguo sólo adquiere valor económico real –de mercado, para entendernos hoy-, cuando un experto garantiza su autenticidad y su época, la presencia en el comercio de piezas arqueológicas de Oriente Próximo sin indicación de lugar preciso de procedencia –un escueto “
III milenio, Mesopotamia”, basta para otorgar precio en el mercado- es por sí misma sospechosa. La publicación en español de la
Lista Roja (2006) –documento de referencia de la UNESCO para ayudar en la identificación
de piezas arqueológicas en tránsito ilegal- no es un esfuerzo excesivo para un país como España. Se deberían hacer muchas más cosas. Se podrían hacer. Pero la historia de los mapamundis de la Biblioteca Nacional tendría al menos que hacernos reflexionar. Porque el Patrimonio de la Humanidad es uno, y todos estamos comprometidos con su custodia y su estudio. Exigimos que se nos restituyan nuestros mapas, y eso está bien. Pero deberíamos trabajar también por la devolución de los bienes robados a los yacimientos arqueológicos y a los museos de Iraq, cooperando todos a fuer de ciudadanos y estudiosos. Y hasta que prevalezca la justicia en ese país, como gentes solidarias que los españoles somos, como científicos comprometidos, mirémonos en el espejo italiano: la voluntad de unos pocos ha hecho más por la justicia que INTERPOL, ICOM, UNESCO y tantas organizaciones llamadas a defender el patrimonio y la ley. La exposición de
Turín es un recuerdo de que la tragedia continúa. Pero también un ejemplo del honor del pueblo italiano. Y aunque sólo sea en estas notas y en la reflexión de quienes pudieran leerlas, resulta que la casualidad hace que hoy se hayan unido, aún simbólicamente, las ciudades de Madrid, Turín y Bagdad, en obligado recuerdo del saqueo inclemente de la historia de un pueblo, y en honor de los que luchan contra la cobardía y el silencio.
Para saber más

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C. Lippolis (ed.).- Ninive. Il palazzo senza eguali di Sennacherib. Torino 2007
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M. Fales.- Sacchegio in Mesopotamia. Udine 2004 (2ª edición, 2006)
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P. Bianco (ed.).- Iraq prima e dopo la guerra. Roma 2004
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R. Menegazzi (dir.).- En Endangered Cultural Heritage. Iraqi Antiquities Recovered in Jordan. Firenze 2005
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Lista Roja de antigüedades iraquíes en peligro. Madrid 2006
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