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miércoles, 11 de julio de 2007

En su número 141 correspondiente al mes de julio de 2007, publica Le Monde Diplomatique un largo artículo de Bernard Müller, que bajo la cabecera A Debate. Patrimonios saqueados y con el título “¿Hay que devolver los botines de las guerras coloniales?” (pp. 26-27) trata el asunto de los bienes culturales expoliados en el curso de las guerras coloniales del siglo XIX y comienzos del XX en África y Asia especialmente. El tema no deja de ser interesante, sin duda, pero su lectura me ha producido –aunque por inducción indirecta- no poca perplejidad, ante el hecho de que sucesos más o menos relevantes del pasado ocupen tan sesudos comentarios y actos de contrición, mientras que la tragedia presente de la cultura y el patrimonio en Iraq o el escándalo del tráfico de bienes culturales –casi en su 99,9% hacia manos privadas- permanezca en un vergonzoso silencio que ya es cómplice. La misma perplejidad que me produce, tras meses de lectura de los comentarios recibidos, la indiferencia que la sociedad española muestra ante dicha tragedia. Y todo eso, en una semana en la que los medios de información han desatado una verdadera pasión por la nueva lista de las “Siete maravillas de la Humanidad”.
Ni la UNESCO, ni los estados signatarios de las convenciones internacionales ni, por supuesto, las tropas de ocupación responsables en última instancia o el agónico “gobierno iraquí”, han querido ni sabido aplicar las leyes y las prevenciones para frenar el saqueo de los yacimientos arqueológicos, la degradación del patrimonio artístico y el tráfico incesante de los bienes culturales. Leo atentamente las revistas de subastas de obras de arte, y me asombra la cuidadosa desaparición de objetos mesopotámicos, cuando es un secreto a voces que el tráfico es tan alto, que los precios han tenido que bajar. La prensa árabe en papel e internet (http://www.azzaman.com) dedica a veces comentarios sobre el tema. Menos ya la occidental. Pero la tragedia continúa, aunque la información escasee entre otras cosas, porque una buena parte de los profesionales iraquíes han sido asesinados o han tenido que emigrar, y los que quedan se ven sin medios y continuamente amenazados.

¿Qué podemos hacer? El artículo de B. Müller me sugiere lo que no debemos: distraernos con sucesos pasados. Bueno es que recordemos la historia para no repetirla. Pero está fuera de lugar reescribirla. Es absurdo pedir perdón por la Guerra de los Treinta Años. Pasó porque su tiempo era así. Lo que hemos de evitar hoy es comportarnos de forma parecida. Y con las antigüedades igual. Los directores de los museos más importantes han firmado una declaración que señala lo improcedente de las restituciones –salvo casos muy especiales y de auténtico latrocinio, claro está (http://icom.museum)-; pero, ¿devolver los relieves de Jorsabad y Nínive hoy en París o Londres? Cuando el gobierno turco desarrolló leyes sobre excavaciones (1869, 1874, 1884 y 1906) las exportaciones masivas cesaron. Y hace mucho que los arqueólogos occidentales son los primeros defensores del patrimonio de los pueblos estudiados. Pero sí debemos, sí podemos hoy luchar contra el tráfico ilegal que lleva la cultura de la Humanidad a las colecciones privadas de magnates egoístas o coleccionistas maniáticos. Entonces, ¿qué podemos hacer? No cejar, defender la propiedad de los pueblos sobre sus bienes, denunciar el comercio ilegal y no favorecer el legal. La cultura y el arte deben ser públicos y abiertos a todos. Y hay que defender en Iraq el derecho y el patrimonio de la Humanidad.

Y en lo concerniente a nuestra sociedad, me asombra la indiferencia sobre la desgracia ajena, al tiempo que señalamos como una injusticia que la Alhambra no haya sido escogida entre las supuestas “Maravillas de la Humanidad”. Reflejo sin duda de una opinión condicionada y conducida es la indiferencia y la ignorancia que revelan la mayoría de los comentarios recogidos hasta ahora en el blog: casi todos pertenecen a estudiantes universitarios (!) que buscan material para sus trabajos con una intención manifiesta: seleccionar y pegar. Ninguna consulta, debate, aportación de ideas ... Y ninguno parece saber lo que es verdaderamente un blog, puesto que le pide aquello que un blog no debe ni tiene que dar. Tanta estolidez, ¿es fruto de la edad, o de un ambiente en el que se esta pervirtiendo lo que deberían ser la ilusión, la generosidad, los ideales de la juventud?. Mas como hablamos de la Humanidad y de sus valores más profundos, debemos continuar la empresa que nos marcamos.

22:34 | gestionado por Joaquín Mª Córdoba | Enviar comentario (0)

El pasado día 3 de julio, la prensa daba cuenta del asesinato en Yemen de varios turistas españoles y de algunos de sus conductores y escoltas yemeníes. La tragedia sufrida por nuestros compatriotas, sus acompañantes yemeníes y las familias de unos y otros ha sido ya reiteradamente tratada en los medios, y creo que no es el caso continuar glosando un dolor sin posible consuelo. Pero quisiera recordar por lo menos, en homenaje y memoria de nuestros viajeros asesinados, que su enamorada contemplación de las ruinas de Marib y su repentina e injusta muerte sucedió en el mismo sitio en el que hace ya varios siglos, otros dos viajeros españoles vieron extasiados y por vez primera respecto a sus contemporáneos y antepasados europeos, los imponentes restos de la ciudad que la leyenda atribuía a la reina de Saba’, supuesta señora de una Arabia que los clásicos llamarían Arabia felix.



Cuando hace ya un año se celebró en el Museo Arqueológico Nacional una exposición sobre “La aventura española en Oriente (1166-2006). Viajeros, museos y estudiosos en la historia del redescubrimiento del Oriente Próximo antiguo”, los recuerdos, libros y rostros de muchos viajeros y estudiosos españoles hasta entonces sólo conocidos por los especialistas se restituyeron a la conciencia de nuestro pasado y nuestra cultura. Desde entonces, cualquier mención a los paisajes, ruinas o modernas ciudades de Oriente casi a diario citados en periódicos, radio o televisión pueden ser asociados con alguno de nuestros compatriotas pasados, que desde el Medievo a los inicios del siglo XX demostraron con sus viajes, libros o pinturas un especial amor por Oriente. Un amor para el que estaban –y nosotros estamos- mejor preparados que otros europeos por una larga historia de convivencia y guerras en nuestra Edad Media, y que como cualquier gran amor cuesta a veces hasta el sacrificio de la vida.

En 1589, dos sabios sacerdotes jesuitas, el madrileño Pedro Páez y el barcelonés de Vich Antonio de Montserrat, fueron capturados en Dhofar de Omán, cuando viajaban hacia Etiopía. El jefe de la ciudad resolvió enviarlos a su rey, y tras corto viaje de cinco días por mar y desembarco en as-Shihr, comenzó un tremendo trayecto forzado por el desierto y los montes del Hadramawt, en el curso del cual conocieron ciudades y gentes, siendo estimados a veces, maltratados otras, pero curiosos siempre de paisajes, costumbres y personas: un hermano del rey les ofreció una bebida desconocida –el café-, de la que Páez escribiría después. Y un día, casi doscientos kilómetros antes de alcanzar la capital del reino en Sana’, ambos jesuitas llegaron a un sitio llamado Melquis “donde había ruinas de grandes edificios y muchas piedras con letras antiguas, que los naturales no sabían leer ni dar razón de ellas”. Era Marib de Saba’. Luego, tras años de aventuras y sufrimientos, ambos sacerdotes serían rescatados por orden de Felipe II. Mayor de edad y muy afectado por las penalidades, Montserrat moriría pronto en Goa, si bien antes pudo acabar de escribir su anterior aventura en Asia Central y el Gran Mogol. Más joven que él, Páez se recuperó y alcanzó al fin Etiopía, descubrió las fuentes del Nilo Azul y escribió sus aventuras en Arabia y la historia del país que adoptó y donde murió en 1622.

A finales del siglo XVI, dos españoles contemplaban admirados las ruinas de Marib. Hace poco, otros españoles enamorados también de las ruinas antiguas, más viajeros que turistas, han muerto en el mismo sitio de esa Arabia felix. Aquellos y éstos, hermanos de nación, espíritu y sentimientos, más allá del tiempo y el espacio entrelazan ya sus manos en la gran cadena de los que sin miedo amaron el saber y a los otros al precio de su vida. Que descansen en paz.


Para saber más

Montserrat Mañé Rodríguez
“El padre Pedro Páez. El primer viajero europeo conocido que cruzó el sur de Arabia”
ARBOR, 711-712 (2005), pp. 595-616.


Pedro García Martín
“Colores de Occidente y perfumes de Oriente: los viajeros hispanos de los Siglos de Oro”
En J. Mª Córdoba y Mª C. Pérez Díe (eds.).- La aventura española en Oriente (1166-2006). Viajeros, museos y estudiosos en la historia del redescubrimiento del Oriente Próximo antiguo. Ministerio de Cultura, Madrid 2006, pp. 73-88.


Josep L. Alay (ed.)
Antoni de Montserrat. Embajador en la corte del Gran Mogol.
Editorial Milenio, Lérida 2006.

1:33 | gestionado por Joaquín Mª Córdoba | Enviar comentario (0)