El pasado día 3 de julio, la prensa daba cuenta del
asesinato en Yemen de varios turistas españoles y de algunos de sus conductores
y escoltas yemeníes. La tragedia sufrida por nuestros compatriotas, sus
acompañantes yemeníes y las familias de unos y otros ha sido ya reiteradamente
tratada en los medios, y creo que no es el caso continuar glosando un dolor sin
posible consuelo. Pero quisiera recordar por lo menos, en homenaje y memoria de
nuestros viajeros asesinados, que su enamorada contemplación de las ruinas de
Marib y su repentina e injusta muerte sucedió en el mismo sitio en el que hace
ya varios siglos, otros dos viajeros españoles vieron extasiados y por vez
primera respecto a sus contemporáneos y antepasados europeos, los imponentes
restos de la ciudad que la leyenda atribuía a la reina de Saba’, supuesta
señora de una Arabia que los clásicos llamarían
Arabia felix.
Cuando hace ya un año se celebró en el Museo
Arqueológico Nacional una exposición sobre
“La aventura española en
Oriente (1166-2006). Viajeros, museos y estudiosos en la historia del
redescubrimiento del Oriente Próximo antiguo”, los recuerdos, libros y
rostros de muchos viajeros y estudiosos españoles hasta entonces sólo conocidos
por los especialistas se restituyeron a la conciencia de nuestro pasado y
nuestra cultura. Desde entonces, cualquier mención a los paisajes, ruinas o
modernas ciudades de Oriente casi a diario citados en periódicos, radio o
televisión pueden ser asociados con alguno de nuestros compatriotas pasados,
que desde el Medievo a los inicios del siglo XX demostraron con sus viajes,
libros o pinturas un especial amor por Oriente. Un amor para el que estaban –y
nosotros estamos- mejor preparados que otros europeos por una larga historia de
convivencia y guerras en nuestra Edad Media, y que como cualquier gran amor
cuesta a veces hasta el sacrificio de la vida.
En 1589, dos sabios sacerdotes jesuitas, el
madrileño Pedro Páez y el barcelonés de Vich Antonio de Montserrat, fueron
capturados en Dhofar de Omán, cuando viajaban hacia Etiopía. El jefe de la
ciudad resolvió enviarlos a su rey, y tras corto viaje de cinco días por mar y
desembarco en as-Shihr, comenzó un tremendo trayecto forzado por el desierto y
los montes del Hadramawt, en el curso del cual conocieron ciudades y gentes,
siendo estimados a veces, maltratados otras, pero curiosos siempre de paisajes,
costumbres y personas: un hermano del rey les ofreció una bebida desconocida
–el café-, de la que Páez escribiría después. Y un día, casi doscientos
kilómetros antes de alcanzar la capital del reino en Sana’, ambos jesuitas
llegaron a un sitio llamado Melquis
“donde había ruinas de grandes edificios
y muchas piedras con letras antiguas, que los naturales no sabían leer ni dar
razón de ellas”. Era Marib de Saba’. Luego, tras años de aventuras y
sufrimientos, ambos sacerdotes serían rescatados por orden de Felipe II. Mayor
de edad y muy afectado por las penalidades, Montserrat moriría pronto en Goa,
si bien antes pudo acabar de escribir su anterior aventura en Asia Central y el
Gran Mogol. Más joven que él, Páez se recuperó y alcanzó al fin Etiopía,
descubrió las fuentes del Nilo Azul y escribió sus aventuras en Arabia y la historia
del país que adoptó y donde murió en 1622.
A finales del siglo XVI, dos españoles contemplaban
admirados las ruinas de Marib. Hace poco, otros españoles enamorados también de
las ruinas antiguas, más viajeros que turistas, han muerto en el mismo sitio de
esa
Arabia felix. Aquellos y éstos, hermanos de nación, espíritu y
sentimientos, más allá del tiempo y el espacio entrelazan ya sus manos en la
gran cadena de los que sin miedo amaron el saber y a los otros al precio de su
vida. Que descansen en paz.
Para saber más
Montserrat Mañé Rodríguez
“El padre Pedro Páez. El primer viajero europeo conocido que cruzó el sur de Arabia”
ARBOR, 711-712 (2005), pp. 595-616.
Pedro García Martín
“Colores de Occidente y perfumes de Oriente: los viajeros hispanos de los Siglos de Oro”
En J. Mª Córdoba y Mª C. Pérez Díe (eds.).-
La
aventura española en Oriente (1166-2006). Viajeros, museos y estudiosos en la
historia del redescubrimiento del Oriente Próximo antiguo. Ministerio de
Cultura, Madrid 2006, pp. 73-88.

Josep L. Alay (ed.)
Antoni de Montserrat. Embajador en la corte del
Gran Mogol.
Editorial Milenio, Lérida 2006.
