A pesar de
que Rumanía y Bulgaria eran desde el 1 de enero de 2007 miembros de pleno derecho
de la
Unión Europea (UE), los ciudadanos de estos
dos países no estaban autorizados a trabajar por cuenta ajena en muchos Estados de la
UE, entre ellos en España. En
virtud de una moratoria contemplada en el Tratado de adhesión a la UE, los
trabajadores de estos dos países eran tratados como ciudadanos
extracomunitarios y, en definitiva, como ciudadanos de segunda.
Por fin,
el Gobierno español, en la sesión del Consejo de Ministros celebrada el 19 de diciembre, ha levantado tales restricciones al empleo y ha decidido no
renovar la moratoria laboral que pesaba sobre los ciudadanos búlgaros y rumanos
desde la adhesión de ambos Estados a la
UE. No cabe duda de que, aunque
tardía, debe aplaudirse esta decisión que pone fin a una situación injusta y
discriminatoria, que daba carta de naturaleza a una inaceptable estratificación
cívica.
El
Gobierno español ha tomado la medida un mes después de que la
Comisión Europea hiciera público un informe
en el que animaba a los Estados miembros a levantar la moratoria. En ese
documento se afirmaba: "La experiencia pone de manifiesto que la movilidad
transfronteriza de la mano de obra tiende a autorregularse, disminuyendo en
épocas de ralentización económica". El ministro de Trabajo e Inmigración,
Celestino Corbacho, declaró ayer mismo al respecto que ahora "ya no tenía
mucho sentido" la moratoria. Pero cabe preguntarse, ¿en algún momento tuvo
sentido esa moratoria?
La
decisión del gobierno español afecta a unas de las comunidades de inmigrantes
más importantes asentadas en España: el pasado agosto, fecha de la que datan
los últimos datos oficiales, residían en el país 715.750 rumanos (conformando
la primera colonia extranjera) y 143.035 búlgaros. Ambas comunidades han
crecido exponencialmente en los últimos cinco años.
Sin duda,
el mantenimiento de la moratoria ha favorecido la economía sumergida, lo que
implica, entre otras cosas, que muchos trabajadores rumanos y búlgaros no han
cotizado a la
Seguridad Social ni han pagado impuestos.
Pero más que este quebranto para las cajas públicas (y de la merma de los
derechos y prestaciones de dichos trabajadores), ha pesado más en la decisión
del ejecutivo español otro tipo argumento más coyuntural, a saber: la
expectativa de que en la situación en que se encuentran Rumania y Bulgaria,
inmersas en un crecimiento económico importante, así como la actual crisis de
la economía española, sea probable que a medio plazo los flujos migratorios se
efectúen en dirección contraria y se produzca un retorno migratorio masivo.
Dicho de otro modo: el Gobierno español – y en esto coincide con los Gobiernos
rumanos y búlgaros – espera que en la actual coyuntura sean muchos los rumanos y búlgaros
residentes actualmente en España que estén interesados en volver a sus respectivos
países de origen. Pero, ¿coinciden estas expectativas con las de los propios
inmigrantes?