Enviado el lunes, 06 de octubre de 2008 8:19
Por Guillermo Toral Martínez
En los últimos meses se ha estado debatiendo mucho sobre la posibilidad de que las personas extranjeras no comunitarias residentes en España participen en las elecciones locales (las de origen comunitario –recordemos– ya pueden hacerlo en las elecciones locales y europeas). Se trata de un debate con un claro contenido democrático, estrechamente vinculado a la definición de los límites de la comunidad política y a los derechos que sus distintos tipos de miembros pueden ejercer, y por ello creo que merece el lugar destacado que ha tenido en este blog.
Las iniciativas y los esfuerzos tanto filosóficos como políticos por lograr la participación de los inmigrantes en las elecciones locales (sin discriminación alguna, como la que se introduciría a través de la firma de acuerdos de reciprocidad únicamente con Estados latinoamericanos) me parecen loables. No obstante, quisiera aprovechar esta oportunidad para expandir los límites del debate planteando algunas cuestiones de fondo.
En primer lugar, parece
oportuno preguntarse por qué se fija el límite de la posible participación de
las personas inmigrantes (comunitarias o no) en la esfera local. Puede
argumentarse que gran parte de las políticas que afectan nuestro día a día, y
en particular el de aquellos que son o somos inmigrantes, se elaboran desde
instancias municipales. Sin negar la trascendencia de la arena política local,
considero que hoy por hoy, con una segunda descentralización pendiente, es en
los ámbitos estatal y autonómico donde se juegan más los intereses de los
extranjeros residentes en España. Las decisiones en torno a ‘extranjería’ y los
grandes componentes del Estado del bienestar se toman en despachos de Madrid y
de las capitales de las Comunidades Autónomas, sin que quepa mucho margen para
la actuación de alcaldes y concejales.
En este punto surge una
cuestión que parece legítimo plantearse. ¿Es jurídica, política y moralmente
justificable limitar la participación electoral de determinadas personas a
aquellos ámbitos donde se juegan sus más directos intereses? ¿No sería
reconocer a los inmigrantes el derecho de voto en las elecciones locales una
manera de hacer patente que no se les considera miembros plenos de la comunidad
política? Parece que el blindaje de la participación electoral en los ámbitos
autonómico y estatal refleja el lugar donde ubicamos el núcleo de la nación,
entendida como pertenencia, y que limitar el voto de los inmigrantes a lo
municipal se fundamenta sobre todo en lo simbólico-identitario.
Por otra parte, debemos
ampliar las reflexiones más allá de lo electoral que, al fin y al cabo, se
realiza y se representa una vez cada cuatro años. Me parece que la posibilidad
de votar tiene sin duda un gran potencial como elemento de integración
bidireccional y de transformación de la concepción del ‘nosotros’, pero creo
que sería reduccionista asumir la ecuación ‘participación política =
participación electoral’. Para entender la participación política en un sentido
más amplio debemos prestar atención a fenómenos como el asociacionismo, sin
caer en aproximaciones que lo reduzcan a pagar cuotas de socios o pertenecer a
la junta directiva de una ONG. Debemos buscar asociacionismo en ámbitos tan
variados como la escuela (AMPAs), la ecología, la defensa del pequeño comercio,
el feminismo, el sindicalismo, el desarrollo y un largo etcétera, y no limitar
el asociacionismo inmigrante a la creación y gestión de organizaciones
corporativas y nacionales de defensa de sus intereses comunes. En este sentido,
conviene permanecer alerta frente a la instrumentalización que los gobiernos y
las administraciones realizan a menudo de las organizaciones de inmigrantes, y
los efectos que sus intervenciones tienen.
En cualquier caso, no es
posible acercarse a la participación política de las personas extranjeras sin
reflexionar sobre la de las personas nacidas en España. Y ello no sólo porque
los inmigrantes además de inmigrantes son trabajadores, madres o comerciantes,
sino también por la manifiesta crisis de la participación política en la
sociedad española. La desvinculación de la esfera identitaria o de pertenencia
de la esfera de la ciudadanía (constituida por derechos y sobre todo por la
participación) a la que el voto inmigrante contribuiría puede ser una gran
oportunidad para que los nacidos en España se impliquen más y participen en los
ámbitos de su interés. ¿No es por tanto la inmigración, desde este punto de
vista, una oportunidad para la reactivación no sólo demográfica y económica,
sino también democrática de la sociedad española?