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jueves, 11 de septiembre de 2008

Por Silvia Marcu

 

En estos días inciertos, envueltos en los primeros temblores de otoño, coincidiendo con nuestra rentrée laboral, hemos pasado, seguramente, más de una vez, por delante de alguna oficina del INEM. Las colas inmensas nos pusieron de manifiesto la crisis económica vivida, que, de hecho, es el reflejo de la crisis europea y mundial. Millones de personas se quedaron sin empleo. En las colas, se ven también inmigrantes… Los que tienen documentación tienen el derecho de solicitar la prestación por el desempleo.

 

En España, actualmente, viven 4.169.086 extranjeros. De ellos, casi la mitad (el 48%) son ciudadanos comunitarios, según datos oficiales a 30 de junio de 2008. La excepción son los rumanos y los búlgaros, clasificados en el mismo régimen pero con una moratoria de trabajo que, tal vez, finalice en enero de 2009. El 58% de los 2,1 millones de extranjeros no procedentes de la Unión Europea que viven en España tiene un permiso de residencia temporal, y de ellos, más de 400.000 no tienen derecho a trabajar.



A los inmigrantes, no se les mira del todo bien, últimamente. Desde siempre, a pesar de la evolución, del cambio de siglo y de las transformaciones que tuvieron lugar en el mapa del mundo, de Europa, en la estructura mental de la ciudadanía, ser de otra parte, y además, llegar de un país pobre, porque no tienes trabajo, porque no tienes poder adquisitivo y necesitas aumentar las ganancias económicas, supuso una amenaza para la sociedad receptora. Parece que esta percepción sobre la inmigración existe todavía arraigada en las sociedades modernas. El tema ocupa multitud de debates y hay mucha controversia en las sociedades de acogida, en lo que se refiere a todos los aspectos de la vida de los inmigrantes: empleo, integración, atención social, acceso al estado de bienestar.

 

 Ahora, le llegó el turno al empleo… que es, de hecho, el objetivo central del proyecto migratorio de cualquier persona que decide cambiar de país para mejorar su vida. En este sentido, el año 2008 no es el mejor para la inmigración. La crisis del capitalismo global,  dejó sin empleo, también en España, a más de 2,5 millones de nacionales,  profesionales, personas de todas las edades, que viven la desesperación laboral en su propio país. Con desconfianza e incertidumbre.

 

La falta de trabajo entre los inmigrantes también se manifiesta. Comenzó en el sector de la construcción donde más se les empleaba, y siguió en otros, en los servicios, básicamente… Muchos decidieron regresar a sus países, o emigrar a otros, acogiéndose o no, a la prestación por el desempleo. Los más emprendedores buscan la vía para hacerse autónomos, aunque el camino implica riesgos.

 

Pero además de los inmigrantes con papeles o los que no lo tienen, pero que viven en España, está el tema de la contratación en origen, regida por convenios, que estos días ha levantado revuelo entre los que defienden o critican la inmigración. Frente a la inicial medida, que parece que no prosperará, de suprimir la contratación de 200.000 trabajadores extranjeros en origen el próximo año, se alzaron las voces críticas de los sindicatos y las asociaciones de inmigrantes.

 

El objetivo inicial era que, dada la crisis, los puestos que ocupan los extranjeros –fundamentalmente, temporeros contratados para la recogida de la fruta - queden disponibles para los nacionales que estén en el paro. No obstante, el problema que encuentra el sector agrario es que un porcentaje muy elevado de los parados “no quieren trabajar” allí. Y puede encontrarse que no haya trabajadores para recoger la fruta… En este caso, las pérdidas se contarán por millones de euros… Y casi lo mismo puede ocurrir en otros sectores como la hostelería… estos sectores relegados en los últimos años a  la inmigración.

 

¿Qué es lo que ocurre? La mayor parte de la población mundial vive en medio de la crisis del (des) empleo, o del empleo precario. Ha habido un importante desarrollo de la globalización en las últimas décadas, que ha hecho que no solamente las mercancías, los capitales, las comunicaciones y los servicios se involucrasen en la intensidad de los circuitos, sino también las personas. Y por más que se alzaran las fronteras, millones de personas huyeron y saltaron lo prohibido. Porque la desesperación no tiene fronteras.

 

Hay una continua movilidad, lo que Portes y Börök llamaban from bellow (1989), un movimiento global incitado por la incertidumbre económica. La movilidad se intensificó, dando origen a múltiples expresiones como la construcción de redes en las que intervienen movimientos sociales, políticos, laborales o culturales. En la faceta laboral de estos movimientos se encuentran los inmigrantes “económicos” que llegan a países desarrollados, en este caso a España, con contrato en origen, porque hay puestos de trabajo que podrán ocupar. Es su esperanza.

 

Si no les será posible quedarse, emigrarán a otras partes porque ya se están abriendo mercados nuevos en países emergentes. En el Este europeo se necesita fuerza laboral para crear y mejorar las infraestructuras, y parte importante de los rumanos, ya se están preparando para el regreso. Muchos ya lo han hecho.

 

Tener un trabajo se ha convertido en un lujo en la sociedad actual, capitalista, desarrollada, del siglo XXI. Es el agotamiento, la fase cíclica de crisis del capitalismo, el neoliberalismo atroz, en el cual, la corrupción de los Estados, la falta de ética, la falta de diálogo, (a pesar de que…vivamos en la era de la comunicación) el silencio como respuesta, crean mundos separados por fronteras difíciles de quebrantar.

 

Por un lado, las ideologías parecen extenuadas, y la mediocridad del poder lo puede destruir todo, sin saber convencer. Por otro lado, en la continua fuga detrás del capital, el mundo vive una grave fractura que corre el peligro de agravarse. La discrepancia entre ricos y pobres es cada vez mayor y, más allá de su nacionalidad, los ciudadanos recorren el mundo en busca de un lugar para vivir o trabajar. Aquí o allí.

 

Con su llegada, los inmigrantes no quitan puestos de trabajo. Cubren los vacíos y están dispuestos a todo, con tal de mejorar sus vidas en sus tierras. Es ésta la realidad.  No se les puede culpar. Ellos viven en su lógica, en su circuito creado por redes que recorren, tejiendo cual Ariadna, sus relaciones humanas, por todo el mundo. Si no se les necesitan aquí, se irán. Ya lo están haciendo.

 

Como la búsqueda de empleo, la permanencia en un puesto de trabajo, se ha convertido para la mayoría de las personas en un constante y despierto caminar global, aunque los tiempos fueran turbios, es importante que mantengamos la esperanza, la fortaleza de la solidaridad. Porque la debilidad puede convertirse en el peligro de la servidumbre. Y lo que hace falta en el mundo es la dignidad. Reconciliar el trabajo digno con la cultura, mediante diálogo. Crear una alianza solidaria, común, en el gran laberinto que es el mundo.

6:56 | gestionado por Juan Carlos Velasco | Enviar comentario (14)