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miércoles, 30 de abril de 2008

Por Silvia Marcu

 

España, primavera del 2008. Con el telón de fondo de la ralentización económica que se empieza a vislumbrar en Europa, y por tanto, en España, miles de inmigrantes del Este europeo, en su mayor parte rumanos, viven la pesadilla del desempleo y de la falta de documentación que les facilite la integración en la sociedad española. Llegados por etapas en los últimos 18 años desde los Cárpatos, la estepa rusa, la conflictiva Transnistria, la desgarrada Ucrania o la Valaquia rumana, los inmigrantes surgidos del frío de la transición poscomunista tuvieron y tienen un único deseo: salvarse de la miseria a través del trabajo, a través de la lucha honesta con los días.

A grandes rasgos, el retrato de este inmigrante en España es el que combina el esfuerzo con el deseo de superación, pero también la marginación, la movilidad circulatoria y, a veces, la delincuencia. A lo largo de los últimos años, en su búsqueda rápida de recursos financieros, parte de los inmigrantes del “Este” vendieron chatarras, robaron, falsificaron tarjetas de crédito, se inventaron una minusvalía o pidieron limosna por los metros. Pero en su mayor parte, trabajaron. Trabajan. Con o sin “papeles”. Se trata de gente honrada, vulnerable, que no ha perdido el Norte, que mantiene los vínculos emocionales con sus países, pero que está situada más allá del muro de cristal de la integración, personas que viven entre dos mundos, dos culturas, dos idiomas, y que, precisamente por ello, tienen la sensibilidad a flor de piel, y por tanto, una mayor facilidad para sentirse fuera de lugar.


Desde 2007, los ciudadanos rumanos y búlgaros forman parte de la UE, pero en cumplimiento estricto de la ley comunitaria, los que no poseen un contrato de trabajo no tienen libertad para trabajar en España. Es la temida moratoria, cuyo final en diciembre de 2008 esperan impacientes los nacionales de estos dos países.

La situación creada en la actualidad es el resultado del caos de las transiciones hacia la democracia y la economía de mercado de los territorios de la Europa Oriental. Y nos referimos, sobre todo a Rumania, país en el cual reinó el desorden, la corrupción y la falta de estrategias de desarrollo que ayudaran a las personas a buscar oportunidades de trabajo en su propio país. Pueblos enteros de Valaquia o de la Moldavia rumana están desiertos. Se fueron para construir en otros países, ellos. O para limpiar, ellas. Muchos de los que lo hicieron, uno detrás de otro, una familia detrás de la otra, no tenían ni los más básicos conocimientos en el ámbito de la construcción, pero aprendieron a la fuerza el oficio. Para salir adelante. Sobrevivir.

            Hay dos cuestiones importantes implicadas en el asunto: por una parte, la desaceleración económica que en España se resiente en el sector de la construcción, y por la otra, la necesidad de mano de obra en países del Este, como el caso de Rumania. Y en el medio, el inmigrante. Está en la frontera y no sabe qué camino escoger.  Derrotado.

La integración es cuestión de idiosincrasia, de la arquitectura de las almas, de los resultados obtenidos en el intento,  - éxito o fracaso - de la trayectoria vital de cada persona. Por ello, a menudo, puede parecer una utopía, una incógnita fundamentada en la nostalgia de cada individuo. En el destino traducido por la “suerte” a la que aluden los protagonistas del proceso migratorio en sus discursos.

Pero antes que la metáfora, hay que lidiar con la realidad.

Desde España, se les invita irse a su país si no tienen trabajo. Frente a la crisis, son los primeros expulsados. Desde Rumania se les llama a casa, con ofertas laborales, pero con unos sueldos de 250-300 € al mes. Menos de 300 personas se han acogido a la intensa llamada. Volverán a la miseria, es lo que piensan. Al fracaso y a la inseguridad.

Dejando de un lado las desastrosas políticas económicas y de empleo del país de los Cárpatos, creemos que no puede haber ninguna diferencia entre trabajadores españoles y extranjeros. Si tienen documentación en regla, tienen derecho a cobrar el paro, a buscar nuevas oportunidades. Porque son ciudadanos. Pensamos que en un país como España, que ha fomentado siempre de un modo ejemplar la integración, el actual gobierno progresista no puede volverse hacia atrás. Se tienen que afrontar políticas de empleo, formación y recolocación, se tiene que negociar con empresarios y sindicatos un pacto por la igualdad real de oportunidades para los inmigrantes, porque no es posible abordar la inmigración unilateralmente, señalando que en tiempos de crisis se fomente el retorno de los inmigrantes. Sería  demasiado restrictivo para este siglo XXI que se supone que es integrador, favorable para toda la sociedad.

 

 

Algunas lecturas recomendadas para profundizar en el tema:

Revista Migraciones, nº 21 (2007) (Monográfico dedicado a la inmigración de rumanos en España)

Pajares, Miguel: Inmigrantes del Este. Procesos migratorios de los rumanos

Marcu, Silvia: Rumania territorio olvidado: procesos de transición e integración: 1989-2005

Viruela Martínez, Rafael: Inmigrantes rumanos en España: aspectos territoriales y procesos de sustitución laboral

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