Que la inmigración está cambiando profundamente las formas de vida y que transmuta muchos hábitos que hasta hacen poco resultaban cotidianos es algo ya bien conocido. Esos cambios afectan a muchas facetas de la vida social y llegan a incidir también en algo tan personal como es el nombre que portan los individuos. Lo cierto es que con la inmigración (y añadimos aquí también el turismo residencial cada vez más frecuente en las zonas de costa) está experimentado cambios significativos el modo de construcción de los nombres, alterándose el repertorio tradicional.
Los nombres de las personas mudan con los cambios generacionales y con las modas. Las migraciones no representan, pues, sino otro factor de cambio más. Y tiene su lógica que esto suceda, pues no se puede exigir a las personas que traen un nombre construido según las reglas legales y estéticas de su país que lo españolicen completamente. No sería, sin embargo, pedir demasiado un cierto grado de aclimatación: el mínimo para que resulte pronunciable desde nuestra propia fonética y para que, en lo posible, adquiera un cierto sentido reconocible para todos. Y de otro lado, tampoco es mucho pedir que todos nos vayamos adaptando a otras fonéticas.