El discurso identitario está ganando terreno en España. Se potencia como una afirmación de lo ‘propio’ ante la llegada de inmigrantes que traen otras costumbres y hábitos culturales. Los musulmanes, en particular, se ven afectados por un creciente clima de desconfianza, cuando no de hostilidad. No es algo que sólo ocurra en España, sino que en diferente medida acaece en la mayoría de los países occidentales (en Francia y en Holanda es especialmente visible en los últimos años) . En algunos comentarios recibidos en este blog se manifiestan también algunos reiterados y extendidos prejuicios sobre el tema. Muchos de ellos responden a la lógica de la esencialización de los grupos sociales: el Islam, y todos sus seguidores, se presenta como un bloque cerrado y estático, impermeable a los cambios. Frente a esta lógica ha reaccionado un asiduo participante en el blog, Antonio Álvarez del Cuvillo, que ha enviado un sugerente comentario, del que extracto a continuación dos párrafos:
“Puedo decir que se destila de algunos mensajes de por aquí una confusión entre, por un lado, la crítica a determinadas pautas islámicas, determinados sectores islámicos, el Islam en general o la religión en general y, por otro lado, el desprecio, el odio y el miedo a las PERSONAS que profesan esa religión. Yo creo que aquí hay un salto cognitivo que me imagino todos captáis: no es lo mismo rechazar el Islam o la religión (algo muy legítimo) que rechazar a los musulmanes o a las personas religiosas.
En cuanto a la cuestión que otro lector menciona de la "reciprocidad", sólo puedo decirle que está trabajando con nociones de "responsabilidad colectiva" que a mi pobre mente educada en el liberalismo y el individualismo moral le suenan bastante tribales. Es decir, en lugar de tratar a las personas en sí mismas, se las trata en función de su adscripción a un grupo, de la etiqueta que llevan, de su colocación en un bloque de gente. Ese mecanismo que todos llevamos dentro está en la raíz de la discriminación. Así es como el Tribunal Supremo estadounidense legitimó que durante la II Guerra Mundial se encerrara a todos los japoneses en campos de concentración, por ejemplo. Es como si a los españoles en Francia y Alemania durante la época de Franco (no hace falta que fueran exiliados políticos), o a los cubanos aquí, si quieres, se les negara la libertad de expresión porque tienen la desgracia de proceder de un país donde no se respeta”.
Y para terminar este ‘post’, y seguir pensando sobre el tema, una frase más, que aunque escrita hace más de cinco años, mantiene aún toda su mordiente:
“El islam y las reflexiones más o menos documentadas sobre él han empezado a ocupar durante los últimos meses un espacio central en el debate democrático de Occidente. Y, sin embargo, a poco que se contemple el fenómeno con detenimiento, se observará que no es sobre el islam sobre lo que se discute, ni sobre el rigor o la flexibilidad de sus disposiciones. En realidad, y mientras se usa el islam como coartada, se lucubra acerca de un asunto que, expresado con toda su crudeza, tal vez repugnaría: el de determinar las excepciones a los principios democráticos que estamos dispuestos a consentir” (José María Ridao: “El islam como coartada”, en El País, 27 de marzo de 2002).