Es una auténtica irresponsabilidad propiciar que la inmigración, que hoy es mucho más que una cuestión de Estado, se convierta en una mera arma electoral. Procediendo de este modo se abre la caja de Pandora y se dejan libres los males de la intolerancia y la discriminación; se penaliza el pluralismo y se obstaculiza la comprensión de la inmigración como una oportunidad para todos, incluyendo aquí también a la sociedad receptora.
Con todo, sería también de agradecer que los políticos dejasen de acusarse de "electoralismo" a cuenta de la inmigración: hace mucho tiempo que nuestros partidos -todos- no se posicionan sobre éste ni sobre ningún otro asunto sin previo cálculo de pérdidas-beneficios electorales. Pero ello no implica que cualquier idea que se ponga encima de la mesa sea igual de juiciosa o de integradora. Lo sensato y perentorio sería abrir, más bien, un debate político y social reposado y pedagógico sobre este importante tema.
La regulación de la inmigración es ineludible, pero siempre que previamente se realice la necesaria tarea de concienciación social para cambiar nuestra mirada sobre este complejo fenómeno social. La mirada sobre la inmigración continúa estando presa de prejuicios y de datos que no se corresponden con la realidad. Y en ese combate contra los estereotipos la responsabilidad no recae tan sólo en los medios de comunicación.
Si desde los partidos políticos se propicia el mensaje de la emergencia social, de la competencia desleal en el mercado de trabajo, de la incompatibilidad cultural o del riesgo para los derechos humanos se favorece la extensión de la xenofobia. Si, por ejemplo, se omiten datos referentes a la contribución de los inmigrantes al relevante incremento del PNB en los últimos años, así como sus aportaciones a la Hacienda pública o a la Seguridad Social, pues cotizan, pagan impuestos y sostienen sectores con déficit de manos de obra, se colabora igualmente a la extensión de la xenofobia.