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lunes, 28 de mayo de 2007

“En nuestros días la libertad de circulación es la excepción; la regulación y la restricción, la norma. La supresión de barreras y la liberalización de flujos que son consustanciales a la globalización no se han extendido a las migraciones internacionales” (Joaquín Arango).

 

El planeta entero está cubierto de cicatrices que los seres humanos trazan para intentar separarse de sus semejantes. Los motivos que se esgrimen para ello son sumamente variopintos, pero en todos ellos subyace el rechazo de lo diferente: hay que trazar fronteras para separarse de otros seres humanos que son de raza, nacionalidad, cultura, religión o ideología política distinta. Con todo, el motivo  más potente, más frecuente y más auténtico es de índole mucho más materialista: pura y simplemente para impedir el acceso de seres humanos que son pobres y que aspiran a escapar de penurias y calamidades sin fin.


No hace mucho tiempo que fueron abatidos el muro de Berlín y el telón de acero que separaban los dos grandes bloques ideológicos durante la guerra fría, pero desde entonces se han levantado otros muros con longitudes muy superiores: miles y miles de kilómetros de nuevas separaciones físicas entre vecinos erigidas con la loca e infundada pretensión de ser infranqueables.

 

Se han levantando así nuevos muros, barricadas, vallas, verjas, fosos y trincheras en muchos lugares del planeta. Prácticamente, en todos los continentes: en Asia, América, África y hasta en Europa. Con todo tipo de materiales: con piedras y arena, con metal y hormigón, con alambre de espino; y sin olvidar las tecnologías más avanzadas para el control fronterizo: cámaras de vídeo, sensores de calor, rayos láser, equipos de visión nocturna, helicópteros, aviones robotizados e incluso campos de minas.

 

Las fronteras vigiladas y los muros militarizados son instrumentos de una política excluyente, de una política de rechazo y discriminación que se contrapone a las corrientes y flujos generados por los procesos de globalización. Los muros son expresión paradigmática de una concepción política radical y absurda puesta en marcha paradójicamente en un mundo que pretende ser cada vez más abierto y más global.

 

Como se ha señalado en posts anteriores, habitualmente se señala la frontera entre Estados y México como el mayor foso mundial de desigualdad entre riqueza y pobreza. Aunque sin duda aún mantiene toda la fuerza del mito, en realidad hoy en día ya no es así, pues la mayor sima mundial en ese sentido es la frontera entre España y Marruecos y, por extensión, entre la Unión Europea y el Magreb y África. Precisamente en esa frontera se erigió hace pocos años un nuevo muro: las vallas reforzadas de Ceuta y Melilla. Y justo a partir del momento en que estas vallas se mostraron eficaces, sobre todo gracias a la cooperación policial con Marruecos, se intensificó espectacularmente otra vía para los movimientos migratorios masivos: la seguida por los cayucos que arriban a las Islas Canarias. Si la corriente humana empujada por la miseria y el hambre está ahí esperando, siempre acabará encontrando una vía de escape, aunque sea por otro lugar. Esta lección no la debería olvidar ningún gobierno.

21:25 | gestionado por Juan Carlos Velasco | Enviar comentario (4)