Pese al imparable avance de los procesos de globalización, las fronteras territoriales siguen estando dotadas en la práctica de una enorme relevancia jurídico-política, pues con ellas se designan a qué derecho está sometida una población, indican qué personas e instituciones ejercen autoridad sobre un determinado territorio y, en definitiva, definen el cuerpo de ciudadanos que integran la comunidad política (véase Will Kymlicka: Fronteras territoriales). Los Estados siguen así empeñados en mantener el control sobre sus fronteras como símbolo fáctico de su soberanía política. Sin embargo, en un mundo en el que se deja paso libre al dinero, pero no a las personas, el control que los Estados ricos ejercen sobre sus fronteras deja un rastro de sospecha. Una sospecha de discriminación que no disminuye por mucho que resulte evidente la ineficacia de los controles fronterizos a la hora de intentar frenar la desesperación que azuza a tanta gente.
En este escenario geopolítico, España está situada en la orilla rica del mundo, esto es, en el lado norte de la frontera que marca el diferencial de bienestar más grande del planeta: entre la rica Europa y la paupérrima África. En concreto, la frontera entre España y Marruecos es la frontera exterior más desigual de toda la Unión Europea, que a su vez es la zona del mundo donde la desigualdad entre fronteras es más reducida debido al proceso de intensa integración económica. La frontera hispano-marroquí es también mucho más desigual que la existente entre Estados Unidos y México, pese a las dimensiones míticas que habitualmente se le atribuyen a ésta. Un solo dato, pero muy significativo: el punto geográfico donde esa sima es más profunda son las Islas Canarias, donde tan sólo el 33% de sus habitantes producen tanto como Marruecos entero.
Esta inmensa sima económica con África continental se encuentra en el origen de las corrientes migratorias hacia Europa. Como ha puesto de manifiesto Íñigo Moré en su reciente libro La vida en la frontera, “ser mucho más rico que el vecino es una fuente de conflictos que se extiende a todas las áreas de la existencia hasta el punto de amenazar con diluir esa riqueza”. De ahí que desde hace al menos una década, el principal reto para España es la creciente desigualdad en su frontera sur.
Más que hablar de un ‘efecto llamada’, resulta mucho más ajustado a la realidad hablar de un ‘efecto salida’. Según el Banco Mundial, el PIB de todos los países africanos juntos no supone más que el 2% del PIB mundial, un peso relativo apenas un poco mayor que el de la economía española en el conjunto planetario, que es el 1,92% del PIB mundial. Para millones de personas del continente africano la emigración es simplemente una estrategia de supervivencia. Por ello resulta compresible afirmar que los inmigrantes africanos no vienen a España, sino que huyen de sus países.
"Huyen de los golpes de Estado, del hambre y de la miseria. A los africanos les basta poner la televisión para saber que enfrente hay sitios donde se come todos los días y no matan a la gente por la calle. Quizás ignoran que viven en la frontera más desigual de la tierra, pero saben que durante los últimos 30 años no han tenido ningún futuro. Y saben también que los que progresan son los que se fueron. La desgraciada realidad que viven estos africanos les hace percibir que su única opción real de mejora es echarse al mar en una barca y esperar en milagro" (Iñigo Moré: "La vida en la frontera").