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martes, 24 de abril de 2007

“Los esquemas clásicos de pertenencia de cada uno a su medio, a su patria, a su nación y a su mundo están cambiado profundamente. […] el interrogante, que en el fondo está marcando una época, en la que las esperanzas colectivas parecen haber desertado de la vida cotidiana, es el de la identidad, el de cómo ser uno mismo en un mundo en plena transformación”.

(Sami Nair: Y vendrán..., Planeta, Barcelona, 2006, pág. 16)

 

Quizás debido al hecho de que el sentido de la propia identidad responda a una necesidad ampliamente compartida – cuya conciencia se agudiza ciertamente en situaciones de desarraigo, como las que padecen con frecuencia los inmigrantes – , la noción de identidad es una de esas palabras comodín sobre las que se pueden generar discursos de muy distintos tenor y oportunidad. La  identidad es una palabra en busca de su significado, siendo objeto de contradictorias interpretaciones y múltiples malentendidos.


Entre estos últimos destaca el frecuente equívoco de vincular el término identidad a una forma de pertenencia única. Al proceder de este modo, se incurre en un grosero desconocimiento de las múltiples pertenencias que todos los seres humanos poseemos y de las mutaciones que en estas pertenencias experimentamos todos a lo largo de la vida. Esa ignorancia afecta al sentido mismo de la noción de identidad tanto en su dimensión individual como colectiva. No se trata tan sólo de un equívoco cognitivo, sino de un desvarío práctico. Mediante ese concepto compartimentado y estanco de identidad se genera un lenguaje nocivo en el que, como bien ha visto Amin Maalouf  en su ensayo Identidades asesinas (Alianza Editorial, Madrid, 2001), predomina el antagonismo violento y sesgado del nosotros frente al ellos.

 

En casos extremos, la pureza atribuida a la forma identitaria de un determinado grupo construida en torno a una única pertenencia sirve de expediente legitimatorio de políticas de autoafirmación y, como contrapartida, de negación del diferente. Ese tenebroso desvarío consistente en enfocar la identidad desde una perspectiva unívoca y excluyente se encuentra sin duda en la mente de quienes impulsan hechos tan repulsivos como la mal llamada limpieza étnica y de la que tan desgarradores experiencias hemos tenido en tiempos recientes. Guerras fraticidas y genocidios han emanado del empozoñado manantial de una identidad así concebida: “Empieza reflejando”, como sostiene Maalouf en el mencionado texto, “una aspiración legítima, y de súbito se convierte en un instrumento de guerra” (págs. 45-46). Esta deriva indeseable es, en todo caso, una posibilidad abierta y desgraciadamente no remota, pero no toda búsqueda de la identidad conlleva esos riesgos.

 

Recientemente, Amartya Sen, Premio Nobel en Economía, en un recomendable libro titulado Identity and Violence, pone en cuestión el concepto de identidad, tratando de mostrar cómo el sentido de pertenencia a una particular etnia o grupo social o religioso, sentido que cualquier persona puede albergar, puede llevarla a desarrollar en ocasiones un comportamiento letal y nocivo. Caer en "la trampa de la identidad" supone un grave riesgo para la convivencia, pues implica adoptar unas lentes distorsionadas que atribuyen a cada ser humano una única identidad e impiden ver las otras identidades que cada persona alberga. Se trata de una burda confusión mental que convierte a seres humanos multidimensionales en seres humanos unidimensionales. Hay algo profundamente perverso en el hecho de empujar a la gente hacia los compartimentos cerrados de la singularidad identitaria. Se ocultan así las múltiples filiaciones que hacen de los seres humanos las complejas e intrincadas criaturas que somos.

6:28 | gestionado por Juan Carlos Velasco | Enviar comentario (4)