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lunes, 12 de marzo de 2007

Los casi 800.000 musulmanes que viven en España se encuentran en una situación sumamente paradójica. Sus múltiples comunidades dispersas por las ciudades y barrios españoles no disponen de otros lugares de oración y encuentro que las denominadas mezquitas garaje, que con frecuencia no son sino locales comerciales, bajos de viviendas e incluso naves industriales. Su existencia levanta reticencias por la imagen de clandestinidad que presentan para los vecinos. Pero, al mismo tiempo, cada vez que un grupo islámico propone un proyecto para la construcción de un gran templo en una localidad, salta la oposición de colectivos vecinales y grupúsculos políticos xenófobos que intentan que el ayuntamiento de turno no conceda los permisos necesarios. Como se ha contado otras veces en este mismo blog, la gente parece que se asusta cuando se dice que se va a construir una mezquita en su barrio.


El Islam no cuenta con una estructura potente y jerarquizada como tiene, por ejemplo, la Iglesia Católica. Eso se traduce en problemas de financiación que hacen que se recurra a capital extranjero para financiar las nuevas mezquitas. Y más aún en los países de Europa Occidental, donde la mayoría de los musulmanes son trabajadores inmigrantes. Para tratar de afrontar constructivamente este problema, Tariq Ramadan, un teólogo renovador del pensamiento islámico, ha formulado esta sugerente propuesta:

“Hay que aplicar la ley sin discriminación alguna hacia los musulmanes. Sin embargo, haría una excepción temporal. No creo que los Estados europeos deba dejar a los musulmanes que se las apañe por su cuenta para practicar su fe. Deben hacerlo con los cristianos y judíos, pero a los musulmanes tendrían que ayudarles a disponer de sus lugares de culto. Mientras no lo hagan, los fieles recurrirán a Estados extranjeros, empezando por Arabia Saudí, para construir sus mezquitas. Y con la financiación llega también la ideología y la de Arabia Saudí no puede estar más fosilizada. Esta excepción en el laicismo es el precio que hay que pagar para que el islam europeo sea independiente. Esta excepción hoy permitiría el día de mañana una aplicación más ecuánime del laicismo” (El País, 30 de noviembre de 2001).

En el caso de Francia habría que hacer una excepción a las normas del Estado laico para hacer posible la propuesta de Ramadan y, como él mismo reconoce, habría que poner en práctica una forma de discriminación positiva. Pero en otros países, como España, Alemania o Italia, no sería preciso ni tan siquiera violar la letra de la legislación existente, que permiten un generoso reconocimiento del hecho religioso. No debe olvidarse además que los ataques más rotundos y constantes al sentido de la aconfesionalidad del Estado constitucional no provienen en las sociedades europeas de la cultura de los inmigrantes musulmanes, sino de las propias fuerzas internas. En el caso español, en particular, vendrían de las potentes organizaciones del integrismo católico. En realidad, en España, como sucede también en Italia, la laicidad del Estado es muy imperfecta. Al respecto, Giovanni Sartori, un intelectual conocido por sus diatribas contra el multiculturalismo, sostiene, sin embargo, lo siguiente:

"Especialmente en Italia, la Iglesia reclama cada vez más una escuela privada reconocida y financiada por el Estado [...]. Pero si el Estado italiano acaba por sucumbir a la demanda católica, ¿cómo podrá oponerse después a una demanda análoga de los musulmanes?" (G. Sartori, La sociedad multiétnica).

11:30 | gestionado por Juan Carlos Velasco | Enviar comentario (29)