No constituye ninguna novedad afirmar que el Islam no goza de buena prensa en Europa. Su presencia suscita inquietud y se siente como si constituyera una amenaza para la convivencia. De manera creciente se contempla el Islam como sinónimo de mezcla –insoportable– de violencia social y de cuestionamiento insidioso de los valores e instituciones occidentales. Según esta perspectiva, los musulmanes serían irreductiblemente diferentes, incapaces y, por otra parte, renuentes a encontrar su lugar en el seno de las sociedades que les acogen y en las que se despliega su práctica religiosa.
Aparte de la valoración que pueda merecer, el hecho indudable con el que hay que contar es que la presencia musulmana en el seno de la Unión Europea resulta ya considerable: más de diez millones. Hoy en día viven en Alemania y Francia tres millones de musulmanes en cada uno de esos Estados; en el Reino Unido, un millón y medio; en Holanda, medio millón, por tan sólo nombrar los cuentan con mayor presencia. En España, el número asciende también a alrededor de medio millón. Ya no cabe hablar de una inmigración temporal, sino de una presencia permanente: los musulmanes forman parte de la sociedad europea. Esta presencia masiva y permanente es una ocasión para tomar conciencia y reflexionar sobre el marco legal que regula la libertad religiosa, así como sobre la pluralidad y diversidad de las sociedades europeas.
Una cuestión que merece la pena plantearse es la relativa a qué papel juega la pertenencia a una comunidad cultural y religiosa - como puede ser el Islam- cuando el individuo se traslada a un medio que le obliga a reinterpretar su universo simbólico a la luz de la nueva situación. Si admitimos que la libertad religiosa alcanza también a la dimensión comunitaria de fenómeno religioso, debemos admitir que las prácticas tengan una presencia en la esfera pública (no en la estatal). Así, se requiere permisos administrativos para la construcción de mezquitas, la distribución de comida halal o el uso del velo en lugares públicos (escuelas, hospitales, centros administrativos, etc.). El velo, por ejemplo, no puede considerado sin más como un instrumento de proselitismo religioso; sólo si demuestra una actitud agresiva por parte de las que lo llevan cabría pensar en su prohibición.
En este blog ya se ha tocado de alguna manera el tema de la presencia del Islam en Europa, en general, y en España, en particular, sobre todo a raíz del caso de la construcción de un centro islámico en Talayuela (Cáceres). No es el único, pues recientemente se ha abierto otro conflicto en Badalona (Barcelona). El Ayuntamiento de esta población ha emprendido políticas activas de integración con respecto a la población inmigrante de religión musulmana (que profesan más de 10.000 vecinos). En particular, ha ofrecido terrenos públicos no en el centro de la ciudad, sino en un polígono, para la construcción de una mezquita, tal como hacen casi todos los ayuntamientos de España para la construcción de iglesias católicas. Esta actitud, sin embargo, ha sido contestada por una parte de la población: 20.000 firmas se presentaron este mismo mes en el registro del ayuntamiento de Badalona en rechazo a la construcción de la mezquita. Sobre este caso, recomendamos la lectura del siguiente artículo: Derecho a la mezquita.