Enviado el viernes, 05 de enero de 2007 16:24
En este blog se reciben con relativa frecuencia comentarios de personas que de alguna u otra manera se sienten ‘conmocionados’ por la marcha del proceso migratorio en España. Uno de los colaboradores habituales de este blog, Antonio Álvarez del Cuvillo, ha realizado una interesante reflexión en respuesta a quienes comparten dicha sensación. Sin más, se reproduce a continuación:
Por Antonio Álvarez del Cuvillo
La sensación de los "conmocionados por la inmigración" es que no hay control de fronteras en España, pero sí que los hay; la sensación es que se deja entrar a todo el mundo, pero las restricciones son enormes, sólo que son bastante ineficaces; la impresión es que debe haber una manera fácil de canalizar los flujos migratorios, pero no la hay.
Ahora le voy a proponer un ejercicio. Por un momento imagínese que no hay españoles ni rumanos ni marroquíes ni latinoamericanos, sino seres humanos. Todos podemos tener esta experiencia, aunque al mismo tiempo podemos tener otras. Nuestras categorías provocan diferenciaciones en la percepción, que son así, pero podrían ser de otra manera: "yo" soy un "español"; "tú" eres un "rumano" y me extraña que "tú" tengas derechos siendo un forastero y que yo no me sienta que los tenga, siendo un "autóctono" y estando por tanto moralmente legitimado para reclamarlos. Lo que está detrás de estas categorías no son realidades objetivas, sino una ideología (una identidad colectiva, una conciencia de grupo) construida sobre determinados factores. Yo le propongo que para algunas cosas, esa ideología nos está resultando poco útil, incluso nos está haciendo daño.
¿Y si probamos con las viejas categorías? Definamos a la gente por su situación material, económica, por su posición en las redes de poder. Llamémosnos, por ejemplo trabajadores, parados, precarios, empleados, lo que alguna vez se llamó "conciencia de clase". Olvidémonos por un momento que alguien un día nos colgó una nacionalidad. Descubriremos entonces que por la posición socioeconómica en la que nos encontramos, tenemos intereses comunes, intereses que no podemos defender separados o disgregados, porque la única fuerza de la que disponemos es el número. Descubriremos entonces que esas ideologías de la diferencia nos estaban disgregando fatalmente. Luchar contra esas segregaciones de la conciencia y tratar de unir fuerzas es algo extremadamente difícil, pero merece la pena.
Opino que una inyección extra de esa conciencia de clase, dado que se lleva bien con los migrantes le vendrá bien. No le resolverá la vida, pero le dejará en una mejor posición (consciente) para afrontarla.
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