LoginRSS 2.0 Feed

miércoles, 16 de agosto de 2006

Tras analizar las palabras que se usan habitualmente para referirse a la inmigración, resulta sumamente aleccionador examinar también los efectos que dicho discurso puede acarrear sobre el fenómeno migratorio. Las palabras son las herramientas que disponemos para entender la realidad, para explicarnos qué es lo que sucede. Las palabras crean el mundo y, sobre todo, condicionan la forma de percibirlo. Esto también vale, por supuesto, para el mundo de la inmigración y las leyes que lo regulan. Las leyes también son artefactos verbales que pretender configurar el mundo de una determinada manera. Al respecto, cabe afirmar que, en realidad, el "efecto llamada" de las leyes de emigración, generalmente denominadas leyes de extranjería, sea el siguiente: una llamada subliminar a los miedos atávicos y desordenados, y, con ella, a la discriminación entre los nacionales o autóctonos y los inmigrantes pobres; una llamada a los instintos xenófobos, incluso en muchas personas que han sido inmigrantes, hijos o nietos de inmigrantes, pero que han dejado de considerarse extranjeros en el país en que viven.


El efecto, de producirse, sería realmente paradójico, pues la palabra inmigrante debería tener connotaciones relativamente positivas para la mayoría de la población de este país. Muchos de nosotros, seguramente la mayoría de las personas en nuestra sociedad actual, hemos sido inmigrantes o hijos de inmigrantes o hijos de matrimonios mixtos. Millones de personas, españoles, portugueses, italianos, griegos, podrían reconocerse todavía en las experiencias recientes que esa palabra evoca.

Cuando uno es interpelado por la singularidad de la cultura que porta, no resulta fácil explicarse. La pregunta, sin embargo, es común en la experiencia intercultural de la emigración, en la vivencia del encuentro cultural realizado. Quien pregunta eso está buscando con frecuencia dar con la diferencia radical y puede sentirse decepcionado con la respuesta: en el fondo, ellos son "exactamente como nosotros" en la mayor parte de las cosas que importan para una vida humana sensible y digna. A pesar de ello, para muchos resulta más fácil mecerse en la selva de los tópicos y de los estereotipos, de las palabras mil veces repetidas y nunca pensadas.

Por mucho que el discurso público sobre la inmigración se revista en ocasiones de una capa de humanitarismo solidario, lo cierto es que responde cada vez más a criterios de seguridad nacional y de interdependencia negativa. Esto es, los criterios justificativos de la cooperación con los países de donde proceden los inmigrantes son criterios de autointerés, de protección frente a los crecientes riesgos provenientes del mundo pobre y que cada vez tienen una mayor visibilidad social negativa. En consecuencia, el discurso público, incluso también el bienintencionado, sigue transmitiendo con mucha más frecuencia de la deseable una concepción negativa del fenómeno migratorio.

7:29 | gestionado por Juan Carlos Velasco | Enviar comentario (6)