Enviado el miércoles, 26 de julio de 2006 13:31
Los procesos de regularización de inmigrantes no tienen una incidencia significativa en la aceleración del proceso migratorio en España.
La población extranjera en España no deja de crecer. El número de personas empadronadas en España alcanzó los 44,39 millones a 1 de enero de 2006, de los cuales 3,88 millones son extranjeros, lo que supone el 8,7 por ciento del total. La población ha experimentado un aumento de 287.000 personas, según el avance del padrón municipal presentado el 25 de julio de 2006, que no contabiliza a casi 493.000 extranjeros debido a que no han renovado su inscripción padronal. Hay quienes ya responsabilizan al gobierno de este aumento al que no se le ve final alguno. ¿Resulta razonable tal imputación?
La política supuestamente permisiva de regularización de inmigrantes llevada a cabo en España no genera ningún ‘efecto llamada’. No existe ninguna constatación empírica de que quienes, por ejemplo, se aventuran a la mar en pateras y cayucos tengan noticias de los procesos de regularización puestos en marcha por los gobiernos españoles de diferentes color político desde al menos el año 2000. Quienes han podido tener acceso directo a tales inmigrantes, afirman, por el contrario, que no tienen ni idea de todo eso. Lo que sí saben dichos inmigrantes es que al sitio al que van existen oportunidades de las que carecen en sus países de procedencia. Pero más allá de eso, lo que le empuja a arriesgar su vida es la experiencia en carne propia de una vida sin horizontes. O, más precisamente, el insoportable contraste existente entre los niveles de riqueza de los distintos países del planeta.
Desde el punto de vista de los países emisores de emigración. Aunque sea escasa la atención que prestamos a lo que sucede en África, es fácil descubrir las razones por las que se producen masivos movimientos migratorios desde esta zona del planeta. Las televisiones de los países desarrollados, que en la era de la globalización llegan hasta los más recónditos lugares de la tierra, muestran cada día, con impudicia, imágenes del despilfarro consumista del mundo de la abundancia, y, junto a ellas, otras de la lacerante pobreza que asola los países africanos. No es difícil entender que aquellos que sólo tienen miseria y escasez, arriesgan ese nada que poseen con la esperanza de hacerse un pequeño hueco entre las sobras del inmenso festín que nos estamos pegando. Cabe entonces así afirmar, sin exageración alguna, que el primer factor que explica el constante incremento de inmigrantes sea nuestro propio modo de vida.
Desde el punto de vista de los países receptores de inmigración (como, por ejemplo, España). La pujanza de la economía sumergida, que no deja de reclamar mano de obra indocumentada, se encuentra en el verdadero origen del llamado ‘efecto llamada’. El reclamo principal para la inmigración no es la regularización de inmigrantes que decide el Gobierno, sino la certeza de que existe en España una demanda de trabajadores que ejecuten determinadas tareas poco cualificadas.
En cualquier caso, no debe dejar de valorarse una importante virtud de los procesos de regularización puestos en marcha: sin legalidad no es posible la integración de los inmigrantes; o, dando la vuelta a la misma idea: la inmigración clandestina impide la integración efectiva.