Espoleados por las iniciativas legislativas que pretenden convertir la inmigración ilegal en un delito y privar de la ciudadanía estadounidense a los hijos de inmigrantes indocumentados nacidos en Estados Unidos, el pasado 1 de mayo centenares de miles de hispanos ocuparon masivamente el espacio público en los Estados Unidos bajo el lema «un día sin inmigrantes». Este lema declara, no sin ironía, que la ausencia de los trabajadores inmigrantes es una forma de mostrar su inmenso poder. No es una huelga, ni un paro: es una presencia ausentada. Sugiere también la idea de que “sin nosotros, el país puede menos”.
El Primero de Mayo, el Día Internacional del Trabajador –jornada que, aunque tiene su origen en los Estados Unidos, no se celebra en el aquel país– fue la fecha simbólica escogida para una gigantesca jornada de protesta. Millares de tiendas cerradas, fábricas paralizadas, aulas desiertas, restaurantes vacíos, transportes públicos parados y millones de personas en las calles.
Tras más de un mes de protestas contra la reforma de la ley de inmigración, la población hispana de los Estados Unidos está renovando las formas de participación en el espacio público de este enorme país al hacer de su presencia masiva en las calles un ejercicio de elocuente imaginación. Este movimiento social se debe en gran medida a las redes de intermediación social, que permite configurar una noción clásica de la política como acción comunitaria. Con una fresca energía celebrante -que, sin embargo, no oculta su profunda carga reivindicativa- están poniendo en ejercicio precisamente esa noción de ciudadanía que tantos legisladores estadounidenses les quieren negar.