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miércoles, 30 de abril de 2008

Por Silvia Marcu

 

España, primavera del 2008. Con el telón de fondo de la ralentización económica que se empieza a vislumbrar en Europa, y por tanto, en España, miles de inmigrantes del Este europeo, en su mayor parte rumanos, viven la pesadilla del desempleo y de la falta de documentación que les facilite la integración en la sociedad española. Llegados por etapas en los últimos 18 años desde los Cárpatos, la estepa rusa, la conflictiva Transnistria, la desgarrada Ucrania o la Valaquia rumana, los inmigrantes surgidos del frío de la transición poscomunista tuvieron y tienen un único deseo: salvarse de la miseria a través del trabajo, a través de la lucha honesta con los días.

A grandes rasgos, el retrato de este inmigrante en España, es el que combina el esfuerzo con el deseo de superación, pero también la marginación, la movilidad circulatoria y, a veces, la delincuencia. A lo largo de los últimos años, en su búsqueda rápida de recursos financieros, parte de los inmigrantes del “Este” vendieron chatarras, robaron, falsificaron tarjetas de crédito, se inventaron una minusvalía o pidieron limosna por los metros. Pero en su mayor parte, trabajaron. Trabajan. Con o sin “papeles”. Se trata de gente honrada, vulnerable, que no ha perdido el Norte, que mantiene los vínculos emocionales con sus países, pero que está situada más allá del muro de cristal de la integración, personas que vive entre dos mundos, dos culturas, dos idiomas, y que, precisamente por ello, tiene la sensibilidad a flor de piel, y por tanto, una mayor facilidad para sentirse fuera de lugar.


Desde 2007, los ciudadanos rumanos y búlgaros forman parte de la UE, pero cumpliendo con la ley comunitaria, los que no poseen un contrato de trabajo no tienen libertad para trabajar en España. Es la temida moratoria cuyo final en diciembre de 2008, esperan impacientes los nacionales de estos dos países.

La situación creada en la actualidad es el resultado del caos de las transiciones hacia la democracia y la economía de mercado de los territorios de la Europa Oriental. Y nos referimos, sobre todo a Rumania, país en el cual reinó el desorden, la corrupción y la falta de estrategias de desarrollo que ayudaran a las personas a buscar oportunidades de trabajo en su propio país. Pueblos enteros de Valaquia o de la Moldavia rumana están desiertos. Se fueron para construir en otros países, ellos. O para limpiar, ellas. Muchos de los que lo hicieron uno detrás de otro, una familia detrás de la otra no tenían ni los más básicos conocimientos en el ámbito de la construcción, pero aprendieron a la fuerza el oficio. Para salir adelante. Sobrevivir.

            Hay dos cuestiones importantes, implicadas en el asunto: por una parte, la desaceleración económica que en España se resiente en el sector de la construcción, y por la otra, la necesidad de mano de obra en países del Este, como el caso de Rumania. Y en el medio, el inmigrante. Está en la frontera y no sabe qué camino escoger.  Derrotado.

La integración es cuestión de idiosincrasia, de la arquitectura de las almas, de los resultados obtenidos en el intento,  - éxito o fracaso - de la trayectoria vital de cada persona. Por ello, a menudo, puede parecer una utopía, una incógnita fundamentada en la nostalgia de cada individuo. En el destino traducido por la “suerte” a la que aluden los protagonistas del proceso migratorio en sus discursos.

Pero antes que la metáfora, hay que lidiar con la realidad.

Desde España, se les invita irse a su país si no tienen trabajo. Frente a la crisis, son los primeros expulsados. Desde Rumania se les llama a casa, con ofertas laborales, pero con unos sueldos de 250-300 € al mes. Menos de 300 personas se han acogido a la intensa llamada. Volverán a la miseria, es lo que piensan. Al fracaso y a la inseguridad.

Dejando de un lado las desastrosas políticas económicas y de empleo del país de los Cárpatos, creemos que no puede haber ninguna diferencia entre trabajadores españoles y extranjeros. Si tienen documentación en regla, tienen derecho a cobrar el paro, a buscar nuevas oportunidades. Porque son ciudadanos. Pensamos que en un país como España, que ha fomentado siempre de un modo ejemplar la integración, el actual gobierno progresista no puede volverse hacia atrás. Se tienen que afrontar políticas de empleo, formación y recolocación, se tiene que negociar con empresarios y sindicatos un pacto por la igualdad real de oportunidades para los inmigrantes, porque no es posible abordar la inmigración unilateralmente, señalando que en tiempos de crisis se fomente el retorno de los inmigrantes. Sería  demasiado restrictivo para este siglo XXI que se supone que es integrador, favorable para toda la sociedad.

 

 

Algunas lecturas recomendadas para profundizar en el tema:

Revista Migraciones, nº 21 (2007) (Monográfico dedicado a la inmigración de rumanos en España)

Pajares, Miguel: Inmigrantes del Este. Procesos migratorios de los rumanos

Marcu, Silvia: Rumania territorio olvidado: procesos de transición e integración: 1989-2005

Viruela Martínez, Rafael: Inmigrantes rumanos en España: aspectos territoriales y procesos de sustitución laboral

13:16 | gestionado por Juan Carlos Velasco | Enviar comentario (5)

jueves, 24 de abril de 2008

El fenómeno de la inmigración padece una densa metaforización. La forma en que se piensan y se tratan los actuales movimientos migratorios es, en gran medida, cosa de metáforas.

 

Las metáforas más recurrentes a la hora de referirse a las migraciones son, sin duda, las hídricas. Las migraciones se asemejan a flujos, corrientes y olas. Y cuando se alude a ellas de manera amplificada toman el carácter de oleadas, mareas, avalanchas y riadas. Y más recientemente, incluso se emplea el nuevo y desgraciadamente famoso término tsunami, resaltándose con ello el carácter incontenible de la llegada de migrantes.


Estos giros retóricos no sólo señalan, exagerándolos, el gran número de inmigrantes que llegan, sino que refuerzan también, al introducirse en el lenguaje ordinario, la idea de la siempre presupuesta hostilidad natural o cultural de los extranjeros y de lo nocivo de su influencia.

 

Esta colonización del lenguaje mediante metáforas hostiles al fenómeno migratorio no facilita el establecimiento y menos aún la consolidación de una sociedad integrada. Si se pretende conseguir este objetivo resultaría  preciso contrarrestar estas representaciones y legitimaciones xenófobas, contestándolas y desmontándolas una a una. A nadie se le escapa que, lamentablemente, esta infinita tarea se presenta como digna de un Sísifo.

 

Lectura recomendable: el artículo de Enrique Santamaría, De metáforas e inmigración

13:41 | gestionado por Juan Carlos Velasco | Enviar comentario (2)

martes, 15 de abril de 2008

Por Noelia González

 

El debate sobre el derecho al voto de los inmigrantes ya es recurrente en este blog. Y es una cuestión crucial no sólo porque plantea problemas de legitimidad del sistema democrático sino porque sin reconocer el derecho de sufragio a los nuevos miembros se impide su total integración. La realidad actual es que los extranjeros residentes disfrutan de determinados derechos civiles, políticos y sociales, mientras que el derecho de sufragio sigue estando reservado a los nacionales. Concretamente, en el caso español, la Constitución sólo prevé la participación de los extranjeros residentes en las elecciones locales en el caso de que exista un tratado de reciprocidad con su Estado de origen. En la práctica sólo los ciudadanos de la UE pueden votar en las elecciones municipales porque los tratados de reciprocidad que se han establecido con Chile, Argentina, Uruguay, Colombia y Venezuela no han sido acompañados de los tratados complementarios que les hagan efectivos. En definitiva, los inmigrantes siguen siendo, como afirma Massó Garrote, “víctimas de un estatuto asimétrico, sujetos sin ser ciudadanos, o ciudadanos de segunda clase”.


Entre las razones por las que se considera que reconocer el derecho de sufragio activo a los extranjeros residentes es una tarea urgente se podrían destacar las siguientes:

 

  • En primer lugar se considera que el acceso a la participación política ha de entenderse como una prerrogativa para la posterior integración del inmigrante y no al revés. No se debe establecer el derecho al voto como un premio o retribución a la integración, sino como un medio para alcanzarla.
  • En segundo lugar, hay que tener en cuenta que si no se otorgan derechos políticos a los extranjeros se dificulta la posibilidad de llevar a cabo una garantía efectiva de los derechos que les corresponden. Sin derecho al voto el poder de presión que poseen frente al gobierno disminuye de forma muy notable. Lo que es fundamental a la hora de exigir que se cumplan las políticas que les atañen especialmente, como son educación, integración, empleo, etc.
  • En tercer lugar, es una exigencia del principio democrático que se reconozca a los integrantes de la sociedad como titulares del derecho de sufragio activo. Para que una comunidad pueda proclamarse como democrática deben coincidir al máximo la esfera de quienes establecen las normas y la esfera de los afectados por las mismas. Aunque es necesario puntualizar que uno de los factores que se deben de tener en cuenta a la hora de determinar si una persona puede participar en la vida política de un Estado es viendo si las circunstancias de su vida, sus derechos fundamentales, a largo plazo dependerán de la protección que le brinde dicho Estado. Esto significaría reconocer el derecho al voto a los extranjeros tras un período de residencia que quedaría por determinar.
  • Por último, si se niega la representación política a importantes segmentos de la población, en realidad se está impidiendo la realización del pluralismo, pues sólo se encontrarían representados en la vida pública los intereses de los nacionales. Las consecuencias de este fenómeno no pueden ser ignoradas por las democracias, porque este proceso podría llegar a poner en entredicho la legitimidad de dicho sistema  que ya no cumpliría con los ideales de igualdad y de participación que lo inspiraron.

En definitiva, se considera que la medida de generalizar el derecho al voto de los extranjeros ha de ser planteada como un objetivo a corto-medio plazo y que sería adecuado incluirla dentro de una batería más amplia que persiga la promoción de la igualdad entre los miembros de la sociedad a través de una progresiva equiparación de todos los derechos de los nacionales y los extranjeros residentes.

5:58 | gestionado por Juan Carlos Velasco | Enviar comentario (3)

jueves, 10 de abril de 2008

Aunque no parece que haya acuerdo entre los diferentes analistas respecto a la gravedad de la actual situación económica y de si se trata de una simple desaceleración del crecimiento o de una severa crisis, lo cierto es que la incidencia en el mercado de trabajo ya se ha empezado a notar. Y ello afectará también, y quizás en una proporción mayor, a los inmigrantes. En esta nueva situación, los inmigrantes requerirán mayores prestaciones sociales, empezando lógicamente por las de desempleo, pero no sólo. La invitación al retorno a sus países de origen, con el abono del paro al que tengan legalmente derecho (capitalizando, por ejemplo, el conjunto de la prestación) es una salida, pero sólo si se respeta escrupulosamente la voluntariedad de la decisión. No cabe pensar, con todo, que se produzca un retorno masivo.


Si hay servicios sociales saturados por el aumento de población, como sucede en la educación y la sanidad con anterioridad a la presente situación económica, la respuesta más consecuente del Estado consistiría  en incrementar los medios y la correspondiente dotación económica, nunca en reducir los derechos de los ciudadanos extranjeros. Se trata, por tanto, de adecuar los servicios públicos básicos al aumento de la población y a la nueva coyuntura. En una sociedad de inmigración como la española, es crucial para la convivencia la insistencia en la igualdad de derechos entre nacionales y extranjeros. La integración es, entre otras cosas, un proceso de equiparación de derechos. No debe hablarse de preferencia nacional (entiéndase, a favor de los nacionales), como defienden algunos partidos ultraderechistas europeos, sino de una preferencia por aquellos que están en una situación de necesidad, con independencia de cuál sea su origen. Es una cuestión de justicia y de solidaridad.

Una política de integración de la inmigración, que como tal no puede tener otro objetivo que construir una sociedad integradaDicho de otro modo: se trataría de evitar la conformación de una sociedad fragmentada, compuesta por sociedades paralelas. Para ello se ha de propiciar que todos los individuos que habitan en el territorio del Estado disfruten de las mismas expectativas y las mismas posibilidades, pero también que estén sometidos a las mismas exigencias y los mismos deberes. Fundamental para alcanzar esta meta es, sin duda, evitar la competencia directa entre los inmigrantes y la población autóctona por unos recursos sociales limitados.

Especialmente en una época de vacas flacas, adquiere aún mayor sentido el reforzamiento de los servicios públicos más básicos, como son la sanidad y la educación, e impedir así que éstos pierdan calidad para todos. Una responsabilidad inexcusable de los gobernantes es la de crear las condiciones para que los más desfavorecidos no desarrollen actitudes de resentimiento o incluso de rechazo hacia los inmigrantes. En cualquier caso, las repercusiones sociales negativas de la coyuntura económica deben ser absorbidas por todos y no por un único grupo social.

Tampoco ahora en tiempos de desaceleración debería olvidarse que los inmigrantes han contribuido, como los que más, al crecimiento económico de la sociedad española en la última década. Por eso esperemos que no surjan ahora voces que culpen de todos los males de la recensión económica y de los reajustes capitalistas - el desempleo, la subidad de los precios, el aumento de la delincuencia, la precariedad de los servicios sociales, etc. - a la presencia de los inmigrantes.

 

Publicado posteriormente, en una versión ampliada, en el EL PAIS, 26-IV-2008

9:43 | gestionado por Juan Carlos Velasco | Enviar comentario (1)

miércoles, 26 de marzo de 2008

Que la inmigración está cambiando profundamente las formas de vida y que transmuta muchos hábitos que hasta hacen poco resultaban cotidianos es algo ya bien conocido. Esos cambios afectan a muchas facetas de la vida social y llegan a incidir también en algo tan personal como es el nombre que portan los individuos. Lo cierto es que con la inmigración (y añadimos aquí también el turismo residencial cada vez más frecuente en las zonas de costa) está experimentado cambios significativos el modo de construcción de los nombres, alterándose el repertorio tradicional.


Los nombres de las personas mudan con los cambios generacionales y con las modas. Las migraciones no representan, pues, sino otro factor de cambio más. Y tiene su lógica que esto suceda, pues no se puede exigir a las personas que traen un nombre construido según las reglas legales y estéticas de su país que lo españolicen completamente. No sería, sin embargo, pedir demasiado un cierto grado de aclimatación: el mínimo para que resulte pronunciable desde nuestra propia fonética y para que, en lo posible, adquiera un cierto sentido reconocible para todos. Y de otro lado, tampoco es mucho pedir que todos nos vayamos adaptando a otras fonéticas.

8:27 | gestionado por Juan Carlos Velasco | Enviar comentario (2)

lunes, 10 de marzo de 2008

Por Ester Massó Guijarro

“Yo no sé de dónde soy;

mi casa está en la frontera”

(Jorge Drexler)

 

            Uno de los aspectos que más parecen preocupar al discurso sobre la “inmigración” en nuestro país es lo que podríamos llamar la “cuestión adaptativa”: en qué medida las gentes que vienen pueden, saben, deben (o podrán, sabrán y deberán, so pena de ser expulsados del paraíso) adaptarse a nuestra cultura y nuestro modus vivendi -si es que hay un único que pueda predicarse de todos los ciudadanos del Estado español, y en que en aquel discurso plano parece ser dado por hecho-. No voy a cuestionar aquí la necesaria asunción y el respeto preciso de ciertas normas de convivencia y ciertos criterios de derecho elementales del sistema, pero el elemento más discutible que, a mi entender, subyace al “discurso sobre la adaptación”, a saber, el cultural, y la presentación de la “cultura occidental” y los “valores occidentales” como modelo supremo, y además justo, indiscutible, históricamente ético, pertrechado de toda la legitimidad de la unanimidad secular a las espaldas… todo ello, digo, creo que es otro cantar.

Parece que todo lo que no es occidente tiene problemas de identidad; parece que todo lo que no es occidente desarrolla “relaciones anómalas” con el pasado…


Resulta interesante la comparación, por sus potentes puntos de conexión a mi entender, entre los análisis actuales occidentales (o generados desde la intelectualidad autóctona endoculturada en occidente) en torno al llamado “mundo árabe” (cfr. Kassir 2006) y los realizados en torno a África. Estas reflexiones pueden contribuir, cuando menos, a cuestionar en algo el discurso “adaptacionista” que comentábamos, y acaso limar ciertas asunciones populares que considero, a la luz de todo ello, genuinamente inicuas.

Son comparables (o susceptibles de analogía, como mínimo) ideas tales como la importancia de la consideración del fenómeno emigratorio como “enlace” para repensar las relaciones culturales entre el “mundo árabe” y el “mundo occidental” (idem con el “mundo africano”), o el crucial reconocimiento de que no ha sucedido una revolución individualista en el mundo árabe (y su correlato de que el individualismo puede devenir un disolvente de valores), clave igualmente en los análisis africanistas.

O la identidad resentida (tras la dominación explícita colonial, la menos explícita –a veces- neocolonial, etc), que fundamenta la categoría del resentimiento, de la humillación y, por ende, la noción de una “patología” en la comprensión de la propia identidad que puede partir, en efecto, de la falta de reconocimiento y que puede entenderse, también, como un duelo fallido respecto al pasado, un pasado idealizado, falseado incluso, que opera como parapeto frente al presente.

O el énfasis en el espíritu de la asimilación, los sueños de panarabismo (panafricanismo) o las funciones de la violencia –yihadista- o la resistencia –palestina- (con sus diáfanas analogías en Fanon en torno al poder catártico y liberador de la violencia, para el caso de África).

O la importancia de recuperar la historia, el rigor de un enfoque histórico más allá de las reducciones “exoticistas” (peticiones de Bayart para con África); la carencia de “naturalidad geográfica” de las fronteras; el interés de occidente en estas regiones por motivos geológicos: oro negro –petróleo-, coltan; la sistemática manipulación occidental en conflictos autóctonos para su propio provecho geoestratégico y económico; la persistencia del esquema del súbdito frente al ciudadano; la falta de confianza en las propias instituciones.

            Hasta en lo que gracias a la globalización nos llega, en términos más positivos, a occidente del mundo árabe, como por ejemplo la industria musical (Kassir 2006: 119), podemos equiparar lo poquito que de bueno “nos llega” de África: en efecto, la música, la formidable, electrizante y fascinante música negra, los sones guineanos, la voz cobriza de Cesárea Évora descalza que nos transporta a la sensualidad isleña caboverdiana… el intimista tañido keniano de Ayub Ogada en largometrajes como “El jardinero fiel” o incluso las dulces cadencias senegalesas de Ismaël Lo en ciertos filmes de Almodóvar… Literatura, aún poca y salvada con pinzas, y ello a pesar de ciertos premios, Mahfud o Pamuk como árabes; Coetzee, un sudafricano, sí, pero blanco y afrikáaner, no lo olvidemos… no posee el color de Soyinka, y el color en África ha significado tantas cosas…

            Cuando se denuncia -desde occidente- el rechazo observado –al propio occidente- en el “mundo árabe” o el “mundo africano”, parece sugerirse que los africanos no “aceptan” el desarrollo porque no pueden (incapacidad por ingenuidad, ignorancia, estulticia…), mientras que los árabes no lo hacen porque no quieren (deliberada malevolencia: porque son “malos”, la condición que les otorga Huntington en su análisis en clave de “choque de civilizaciones”; no comparto estos términos absolutistas de descripción de la realidad, porque las nociones absolutistas nunca explican nada ni dicen verdad). La clave de la manipulación ideológica está clara. En ello hallamos también otra cierta verdad histórica: África, para occidente, fue siempre vista como un gran recurso mas nunca como rival; oriente, en cambio, sí constituyó un rival crucial de civilización, aparte de un recurso o fuente de recursos.

            Es probable que muchas de estas analogías aquí pergeñadas puedan realizarse también de otros “mundos”, como China y el Sudeste Asiático o, desde luego, América Latina. Todo esto nos conduce, al fin, a nuestra intuición inicial…

Parece que todo lo que no es occidente tiene problemas de identidad; parece que todo lo que no es occidente desarrolla “relaciones anómalas” con el pasado y hace “fantasmas” de su pasado glorioso. Parece que a todo lo que no es occidente cabe realizársele un psicoanálisis cultural, al más puro estilo freudiano, porque no sabe habérselas con su dolor, su dolor cultural, su sangre histórica y carnal, presente.

¿No será que la historia la siguen escribiendo los vencedores, a su manera, y eso hace que a los vencidos siempre les cueste más desarrollar una relación sana con su pasado, no humillante o reducida, en efecto?

14:07 | gestionado por Juan Carlos Velasco | Enviar comentario (2)

lunes, 03 de marzo de 2008

Con el intenso ritmo de crecimiento de la población extranjera en España se han ido registrando problemas de integración, que nadie de manera sensata puede negar. La carencia de un modelo adecuado de acogida y la amplitud de los procesos de llegada dan lugar a que muchos inmigrantes se vean abocados a procesos de precarización y exclusión social que en un futuro podrían cristalizar en bolsas de marginalidad. Con independencia de cómo se desarrolle esta cuestión, es una realidad que ya no es posible desconocer. De ahí que, conscientes de que la inmigración se ha convertido en una de las principales cuestiones sociales, en períodos electorales algunos partidos políticos creen encontrar en este tema un auténtico filón de votos.

 

Entre las propuestas sobre políticas migratorias formuladas durante esta larga campaña electoral, sin duda la que mayor eco ha encontrado en la opinión pública sea la presentada por el PP. Y en ello está quizás su mayor mérito: en la capacidad para poner el tema sobre la mesa. Me refiero obviamente a la idea de exigir un contrato de integración a los inmigrantes que deseen adquirir un permiso de residencia de más de un año o renovar el permiso de residencia inicial, por el que se comprometerían a cumplir las leyes, respetar las costumbres españolas, aprender la lengua, pagar los impuestos, trabajar activamente para integrarse en la sociedad española y regresar a su país si durante un tiempo no encuentran trabajo.

 


Lo primero que llama la atención de la propuesta del PP es la elección de la terminología empleada. A la hora de afrontar la compleja cuestión de la integración social de la inmigración, no se propone un conjunto de medidas más o menos articuladas de intervención ni tampoco se anuncian una previsión de gastos con los que poner en marcha determinadas políticas, sino que se pone todas las bazas en el establecimiento de un compromiso jurídico entre los inmigrantes y el Estado bajo la cobertura de un contrato. A nadie se le oculta que en esa figura jurídica se dan cita de una manera sumamente confusa las concepciones contractualistas de la filosofía política clásica, por una parte, y las obligaciones entre particulares contempladas en el Código Civil, por otra. No ésta la única consideración que cabe formular. Veamos algunas otras:

 

a)      El fundamento del deber general de sometimiento a la ley no es, ni puede ser, un contrato privado. Y menos aún por obra y gracia de un contrato privado puede instaurarse un nuevo status social, diferente al común de los ciudadanos. Por eso no se comprende muy bien porque se denomina a ese contrato de inclusión, cuando en realidad se trata de un contrato pensado para diferenciar y, por ende, para excluir. En todo caso, será por ley, y no por un contrato privado, por lo que se podrá expulsar del país a un extranjero. Ha de saberse además que para expatriar a cualquier persona se ha de contar con el acuerdo del país de origen.

b)      Un contrato de ese tipo consagraría dos raseros normativos diferenciados y separados: un régimen jurídico para españoles y otro para extranjeros. Por un lado, los españoles, estarían sometidos a las leyes generales; por el otro, los extranjeros estarían sujetos no sólo a esas mismas leyes, sino que además se verían obligados a seguir unas costumbres, aunque éstas por definición sean siempre indeterminadas y cambiantes. Y la distinción entre ley y costumbre no es banal: los españoles tenemos, p.ej., la obligación legal de pagar impuestos, pero no puede decir que tengamos siempre la costumbre de hacerlo (por lo menos, a nadie se le niega la condición de español por eludir esta obligación).

c)      El contenido del contrato propuesto por el PP es o bien redundante, pues ya está recogido en las leyes vigentes, o bien discriminatorio, pues impone nuevas obligaciones a un grupo particular.

d)      La propuesta del PP da a entender que la integración social se puede promover a golpe de contrato. Olvida que la integración es un proceso dinámico que, como mínimo, es bilateral, de doble vía, pero nunca unilateral, que comprende la acomodación recíproca por parte tanto de los inmigrantes como de los nacionales. Sin embargo, ese contrato impone obligaciones de adaptación tan sólo a una de las partes, que además es la más débil.

e)      Si no se desea consolidar una sociedad injusta, debe apoyarse, en primer lugar, el principio básico de que a las mismas obligaciones, los mismos derechos; y, en segundo lugar, que todos los individuos han de tener los mismos derechos y obligaciones. El derecho de voto es el mejor de los antídotos contra la exclusión. Si los inmigrantes votasen, determinadas propuestas no se formularían.

f)        Sin legalidad no hay integración posible. La situación de irregularidad en la que trabajan muchos inmigrantes, al margen de la legalidad laboral y sin poder disfrutar con plenitud de los derechos ciudadanos, pero también exentos de  obligaciones, constituyen un factor cierto de exclusión social.

g)      La propuesta olvida también que la inserción real de los inmigrantes no es posible sin incrementar los gastos sociales de acuerdo a las cuantiosas contribuciones fiscales que ellos mismos realizan, de modo que no caiga sobre ellos la responsabilidad de un sistema de protección pública cada vez más debilitado. Sin inversión de recursos no es posible promover realmente la integración. Resulta en todo caso crucial asegurar a los inmigrantes un adecuado acceso a la red de bienes y servicios públicos.

h)      Las políticas de integración no buscan privilegiar a los inmigrantes, detrayendo recursos para la población autóctona más desfavorecida, sino garantizar la igualdad de todos en el acceso a políticas y bienes colectivos, lo que en determinadas situaciones implica actuaciones singulares dirigidas hacia el colectivo inmigrante. Han de perseguir el acceso igual de todos a los derechos de ciudadanía.

i)        El aprendizaje de la lengua del país de acogida es, en todo caso, algo esencial para los inmigrantes a la hora de que puedan establecer lazos personales interculturales o disfrutar en igualdad de condiciones de las oportunidades del mercado laboral. Debe, por tanto, articularse programas especiales de enseñanza que posibilite el aprendizaje de la lengua. Quedaría abierta, no obstante, la cuestión de si la lengua que se ofrece sería el castellano o la propia de la Comunidad Autónoma donde los inmigrantes se instalen.

 

En suma, se trata de una ocurrencia de ingeniería social revestida con traje jurídico; en realidad, no pasa de ser más que una propuesta disparata, que, en lugar de estar destinada a integrar, como su nombre indicaría, busca la exclusión de los inmigrantes. Incurre en una clara irresponsabilidad política ante una cuestión tan multidimensional y angulosa como es el fenómeno de la inmigración.

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lunes, 25 de febrero de 2008

Por Ester Massó Guijarro

"Que el mundo habla haciéndolo en muchas lenguas, y que constantemente hay que aprenderlas"

(Kapuscinski, Ebano, 2007: 219)

Parece un hecho incontestable hoy que no existen sociedades "puras" ni, por tanto, sistemas puros de organización social (política, económica). Probablemente nunca hubo sociedades puras, incontaminadas, sin mezclas ni relatos de viajeros avezados que transformaran lentamente las percepciones colectivas de la realidad, y por tanto su construcción; sin embargo, esa impureza hoy ha alcanzado lo que se considera hasta la fecha su cota máxima. El clima peculiar de la globalización convierte toda sociedad en intrínsecamente híbrida; los lenguajes, el relato colectivamente pergeñado en torno a la realidad, las costumbres, los valores y, en todo ello, por supuesto, los modos de vivir esa cosa que llamamos "ciudadanía", no existen en un solo paradigma, en un universo único.

Los desafíos, por tanto, para los analistas y sobre todo para los actores sociales en sí mismos, son tan notables como atractivos.


Los desafíos, por tanto, para los analistas y sobre todo para los actores sociales en sí mismos, son tan notables como atractivos.

Uno de los fenómenos que, sin duda, viene transformado en mayor medida nuestro paisaje social hoy es el de las migraciones transnacionales, y cómo están modificando los contenidos de los mapas económicos e incluso políticos del mundo. La llegada de tantas personas de otros lugares, otras culturas, otras lenguas y otras sensibilidades constituye un aporte de riqueza neto, por supuesto económico pero también, en lo referente a la mencionada hibridación, de mestizaje cultural (acaso la vía más genuina que nos quede para resolver los problemas de incomprensión y distancia interculturales).

Parece, sin embargo, que el advenimiento a nuestras "culturas occidentales" (con toda la heterogeneidad que tal aserción deba contener) de estos colectivos ingentes de personas "otras", de otros "mundos de comprensión", son percibidos con frecuencia como peligro más que como riqueza, como problema más que como solución, como rompimiento de un (dudoso a mi juicio) statu quo previo y como, desde luego, portadores de una carga de transformación no siempre sencilla o comprensible.

Todas las sociedades han evolucionado siempre durante la historia a fuerza de encuentros y desencuentros, dificultades y constantes trocamientos de statu quo que iban sucesiva y sistemáticamente escandalizando al establishment de cada tiempo. Tal vez la única "regla" histórica verdadera sea la de que nada hay constante; es decir, la del cambio. Las cosas cambian, y el corazón de las personas (donde suceden las verdaderas revoluciones, las capaces de realizar aquellas externas), y con ellas las sociedades, los valores.

Es de considerar, pues, históricamente "natural" y propio de la evolución social de los colectivos humanos este encuentro, a veces teñido de desencuentro, que está sucediendo en los países ricos del norte entre los que vienen "de fuera" y sus actores sociales autóctonos, imbuidos en mayor o menor medida de la cultura político-democrática occidental, cultivadora de una cierta noción de ciudadanía y desde un paradigma generalmente asumido de los derechos (y, por supuesto, de los derechos humanos). Los Estados (pluri) nacionales de cierta antigüedad, con democracias parlamentarias (indirectas) de variante antigüedad, y con una indefectiblemente trasformadora experiencia de la Modernidad ilustrada (la revolución francesa, la caída del Antiguo Régimen, el rechazo del derecho de sangre) a sus espaldas.

Finalmente, seamos francos: las "ciudadanías" otras que nos resultan "difíciles" de asumir o encajar, las que nos "dan problemas" o nos hacen sentir incómodos, no son precisamente las de los "inmigrantes vip" (ni siquiera les llamamos inmigrantes), por supuesto no si vienen de Europa –porque, además, si son europeos ya traen ese bagaje tranquilizador y familiar que mencionaba-, pero tampoco si son blancos ricos que vienen de, pongamos, Australia (aunque todo su bagaje democratizador sea el que se concentra en un sombrero de piel de cocodrilo y un látigo con dudosos fines). Los que nos escaman son los que vienen de los países del llamado Tercer Mundo, y la cuestión que subyace es, de nuevo y en última instancia, bendito sea Marx, económica.

"Tercer Mundo" suele considerarse hoy, desde ciertos ámbitos, un término cuestionable, que incluso infravalora los países a los que se asigna, ya que se interpreta en un sentido de grado: terceros, porque hay primeros, y por ende los válidos, y éstos son los ricos.

Nada más traer a colación ese otro sentido de "tercero", más ajustado y genuino en realidad, para reivindicar en un solo movimiento tanto el término en sí "Tercer Mundo" cuanto esas procedencias de ciudadanos y ciudadanas otros que son los que incomodan, y llamar a la necesidad de conocer –y reconocer- su modo de vivencia de lo político (pertenencia a una comunidad política, modo de ser ciudadano, valores involucrados, etc) para alcanzar la posibilidad real de una convivencia desde la paz (la paz positiva, la pro-positiva, la que se construye).

Traer a colación, decía, aquel sentido crítico y reivindicativo original que le otorgó el geógrafo francés Alfred Sauvy cuando lo usó por primera vez en 1955: Tercer Mundo como fue tercero el "Tercer Estado" de la revolución francesa, que clamó y triunfó por su dignidad, tan largamente negada. Ese "Tercer Mundo" que es el "Tercer Estado" que mencionaba el Abate Sieyès cuando preguntaba, en su proverbial texto de 1789 "¿Qué es el Tercer Estado?": "¿Qué ha sido el Tercer Estado hasta ahora? Nada. ¿Qué queremos que haga? Llegar a ser algo. ¿Qué queremos que sea a partir de ahora? Todo".

Son estas palabras tan proverbiales que están grabadas a fuego en el imaginario crítico occidental. Seamos honestos, pues, con ese tercer mundo-tercer estado que toca a nuestras lujosas puertas, con todo el derecho que otorgan siglos de explotación a sus espaldas, y el hecho simple de pertenecer a la especie homo sapiens sapiens.

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miércoles, 20 de febrero de 2008

Por Cristina Sánchez-Carretero

 

Los debates que han surgido en estos días sobre el llamado “contrato de integración” de los inmigrantes traen a un primer plano cuestiones esenciales que es necesario vincular con los modelos de gestionar la “diferencia” en el marco de los procesos migratorios. En lo que se viene llamando “la integración” de los inmigrantes hay varios procesos que no se cuestionan porque “son así” y que suponen un grave riesgo a la hora de apoyar sobre ellos modelos políticos que pueden tener importantes consecuencias en la sociedad. La primera idea sobre la que me gustaría incidir es que los discursos que se elaboran sobre la integración, como han demostrado las investigaciones de la socióloga Sandra Gil Araujo, dicen más sobre los políticos, los países de recepción, sus miedos y forma de relacionarse con “los otros” que sobre las poblaciones “integrables”. El uso del término "integración" en la propuesta de Rajoy refleja más el miedo a una posible falta de cohesión dentro de su modelo de construcción nacional, que a la propia realidad social.


 

Actualmente, las investigaciones en temas de integración, están proponiendo un giro en los modelos para dejar de hablar de integración y pasar a hablar de igualdad y ciudadanía. Siguiendo esta línea, el Plan Estratégico de Ciudadanía e Integración 2007-2010 se ha desarrollado en el triple eje de igualdad, ciudadanía e interculturalidad, en el que garantizar la igualdad es el primer objetivo.

 

Partimos de una posición privilegiada que nos permite aprender de modelos que en otros países llevan décadas aplicándose. Por eso, es esencial apoyar las propuestas políticas en investigaciones sólidas sobre ciudadanía y modelos de convivencia. Desde luego, sería temerario proponer como modelo el “contrato de integración” tan alejado de formas de gestión de la pluralidad que partan de la igualdad de todos los ciudadanos. Esta propuesta, que carece de una base teórica sostenible, muestra el intento del Partido Popular de legislar las costumbres y creencias.

 

Hace mucho tiempo que se han superado los modelos teóricos que proponían la definición de las tradiciones de un grupo para acreditar legalmente la pertenencia o no a esa comunidad, que es la base, por ejemplo, de los institutos de Volksunde en la Alemania nazi. En España, ya existen leyes que debe ser aplicadas con igualdad a todos los ciudadanos. El "contrato de integración" habla más de los miedos que produce la diferencia cultural que de un proyecto de construcción de una sociedad más justa.

 

Una versión ampliada de este artículo se encuentra en “¿De qué hablamos cuando hablamos de integración?”

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domingo, 03 de febrero de 2008

La población europea es el resultado de migraciones masivas. Y no me estoy refiriendo aquí tan sólo a la Europa del último siglo. Desde tiempo inmemorial, oleada tras oleada de personas salieron de las estepas del Asia Central y se unieron a otras provenientes de inmigraciones anteriores en las penínsulas meridionales, surorientales y particularmente en esas penínsulas occidentales de Asia que denominamos Europa, dispersándose a continuación. De hecho, excepto en las últimas décadas, Europa ha sido durante el último medio milenio fundamentalmente un continente de donde partían millones de emigrantes hacia las demás partes del planeta.


El resultado de tantos movimientos migratorios está a la vista: un mosaico lingüístico, étnico y cultural marcado por un profundo mestizaje. Europa conforma un multiverso que nos invita a aprender de las diferencias y no sólo a respetarlas. De ahí la urgencia de que Europa se convierta en una escuela de tolerancia positiva y activa, esto es, una tolerancia no meramente pasiva como la que se permite el superior que "perdona la vida" a sus inferiores.

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viernes, 05 de octubre de 2007

Una de las cuestiones tratadas con mayor asiduidad en este blog es la referente a la integración de la inmigración, mejor dicho, a cómo conformar una sociedad integrada en la que convivan personas y grupos dispares que portan religiones, lenguas e historias diferentes. Seguramente, para ello sería conveniente alcanzar, con carácter previo, un acuerdo torno a qué entender por ‘integración’ de los inmigrantes. Personalmente me decanto por un concepto de “integración” entendido como proceso bidireccional y dinámico de adaptación mutua y reconocimiento recíproco, que, como objetivo último, contemple la equiparación de derechos y deberes de las personas inmigrantes con las personas autóctonas.

 

El incremento de la inmigración en España pone encima de la mesa la apremiante necesidad de asegurar la cohesión social. Se está generado una nueva sociedad en la que debemos adaptarnos todos, los autóctonos y los recién llegados. Y para conseguir una sociedad integrada nadie duda del papel fundamental que debe desempeñar la educación común. Ahora, que nos hemos convertido por la fuerza de los hechos en una sociedad de inmigración, es más importante que nunca que contemos con un sistema educativo que transmita unos valores mínimos, pero comunes para todos. Fundamentalmente estos sólo pueden ser los derechos humanos y los principios del Estado democrático de derecho. De esto precisamente es de lo que versa la asignatura denominada ‘Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos’ que está empezando a impartirse en este curso en algunas Comunidades Autónomas.

 

Sobre esta nueva asignatura y la polémica generada en torno a ella se han referido muchos lectores de este blog en sus comentarios. Entre ellos, se recoge a continuación los vertidos por Margarita Lema:

 


1ª) Si se entiende por adoctrinamiento el que los estudiantes conozcan los Derechos Fundamentales y sus correlativos deberes, así como los demás mandatos constitucionales, tengo que expresar mi apoyo a ese "adoctrinamiento". Es FUNDAMENTAL conocer los derechos, libertades y deberes de un estado social y democrático de derecho para poder vivir en democracia.


2ª) La moral pública (normas y parámetros de convivencia democrática que adquieren carácter jurídico en un momento concreto) es un elemento del denominado "orden público". La definición de moral pública la ha ofrecido el Tribunal Constitucional (una vez más que quede claro que es el órgano supremo que interpreta la Constitución) en su STC 62/1982 de 15 de octubre (Fundamento Jurídico 3.b): "es el elemento ético común de la vida social, susceptible de concreciones diferentes según las distintas épocas y países" y también la refiere como el "mínimum ético acogido por el Derecho". El TC matiza que cuando la moral pública opera como límite, "ha de rodearse de las garantías necesarias para evitar que bajo un concepto ético, juridificado en cuanto es necesario un mínimum ético para la vida social, se produzca una limitación injustificada de derechos fundamentales y libertades públicas, que tienen un valor central en el sistema jurídico (art.10 de la Constitución)". Creo que con lo que dice el TC queda claro.

 

3ª) En relación a la pregunta "¿Por qué hay tantas personas, partidos políticos y asociaciones que se oponen?", una posible explicación que yo le doy (por mi experiencia personal de leer no sólo la LOE y lo que dicen los decretos de desarrollo de la LOE sobre la Educación para la Ciudadanía, sino también las notas de prensa de la Conferencia Episcopal sobre la misma) es que, en numerosas ocasiones, se opina sin haber leído nada o apenas nada, de oídas. Indudablemente digo esto por la decepción que me ha supuesto ver el contenido de ciertas notas de prensa de la Conferencia Episcopal que me han hecho cuestionarme en serio si alguna vez habían tenido acceso o se habían molestado en saber realmente en qué consiste la asignatura.


4ª) Cualquier materia, especialmente si pertenece a la rama de Humanidades, podría, en manos de un docente falto de conocimientos y escrúpulos, ser "manipulada". Lo que no entiendo es por qué con otras asignaturas, como "Historia" y "Ética", también susceptibles de manipulación, no se ha levantado este revuelo. (Honestamente tengo mi teoría, que ya he explicado en este foro, acerca de la amenaza al monopolio de la moral que cree tener la Iglesia Católica en España).

 

5ª) Finalmente,  acerca de que sean los padres quienes eduquen a sus propios hijos en lo que está bien y en lo que está mal. Es una de las funciones de la paternidad y la maternidad responsables. Sin embargo no habría que olvidar, como dice el maravilloso poeta libanés Jalil Gibrán en El Profeta, lo siguiente:

 

"Vuestros hijos no son vuestros hijos. Son los hijos y las hijas del anhelo de la Vida, ansiosa por perpetuarse. Por medio de vosotros se conciben,  mas no de vosotros. Y aunque estén a vuestro lado, no os pertenecen. Podéis darles vuestro amor, no vuestros pensamientos: porque ellos tienen sus propios pensamientos. Podéis albergar sus cuerpos, no sus almas: porque sus almas habitan en la casa del futuro, cerrada para vosotros, cerrada incluso para vuestros sueños. Podéis esforzaros por ser como ellos, mas no tratéis de hacerlos como vosotros: porque la vida no retrocede ni se detiene en el ayer. Sois el arco desde el que vuestros hijos son disparados como flechas vivientes hacia lo lejos. El Arquero es quien ve el blanco en el camino del infinito y quien os doblega con Su poder para que Su flecha vaya rauda y lejos. Dejad que vuestra tensión en manos del arquero se moldee alegremente. Porque así como Él ama la flecha que vuela, así ama también el arco que tensa".

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viernes, 21 de septiembre de 2007

Los movimientos internacionales de población tienen como uno de sus efectos más destacados el aumento de la diversidad étnica y cultural en los países en donde se asientan los inmigrantes. Cada vez son más las sociedades de este tipo que se ven a sí mismas como culturalmente diversas y que reaccionan institucionalmente ante dicho fenómeno. Indudablemente los problemas son muchos e inevitables en una sociedad de inmigración como la nuestra: ¿Qué hacer, por ejemplo, con algunas prácticas religiosas (o, mejor dicho, prácticas sociales con refrendo religioso) de los inmigrantes que son defendidas por algunos colectivos en nombre del derecho a la libertad de libertad religiosa, pero cuyo contenido choca radicalmente los propios fundamentos del Estado Democrático de Derecho y por ende, con la laicidad? Sobre estas cuestiones, con el tema de la poligamia de fondo, recientemente Margarita Lema (M.L.) y Antonio Alvarez del Cuvillo (A.A.C.), han debatido en este mismo blog, un interesante contraste de opiniones que se recoge a continuación de manera sintética:


M.L. No son tantas las prácticas religiosas (o amparadas en supuestas doctrinas religiosas) de los colectivos inmigrantes que sean contrarias a los fundamentos del Estado de Derecho, pero tampoco se puede obviar que algunas existen. Me preocupan especialmente las relativas al Derecho de Familia de algunos países islámicos, pues al tratarse de Estados teocráticos, las interpretaciones religiosas se traducen en leyes civiles de obligado acatamiento. Entre esas instituciones de Derecho de Familia que chocan contra ese mínimo común denominador del que hablaba se encuentran, por poner un par de ejemplos, la poligamia o el repudio "talaq" (unilateral, a instancia únicamente del varón). Las soluciones tampoco son sencillas en la inmigración, porque aunque indudablemente la respuesta fácil es la prohibición tajante y absoluta de las prácticas que vulneren los Derechos Fundamentales, en ocasiones esa misma prohibición puede provocar un perjuicio mayor (por aclarar este punto y sobre todo dejar constancia de mi completo rechazo a las prácticas discriminatorias contra la mujer: si se descarta un repudio desde el principio sin tener en cuenta las circunstancias de cada caso, y no se reconoce por contravenir en el país de inmigración las mínimas garantías jurídicas de un proceso y los derechos de la esposa, nos podemos encontrar con que ésta sigue vinculada matrimonialmente con su "ex-marido" y no podría contraer nuevas nupcias). Insisto: son temas complejos y mi opinión es que a la hora de la justicia material, sin perjuicio del obligado respeto de los Derechos Fundamentales, habrá que acudir a un estudio caso por caso. Se trata de atender al caso concreto, pero sin defender ningún tipo de "relativismo cultural", porque no estoy de acuerdo con que "todo valga" o con la idea de que "todas las culturas son igualmente respetables". Creo firmemente que todas las culturas tienen aspectos enriquecedores y de los que es posible aprender y creo con la misma firmeza que hay prácticas culturales execrables e intolerables en cualquier Estado democrático y de Derecho.

 

A.A.C. Sólo quería hacer alguna matización. El término "poligamia" se refiere al matrimonio múltiple y por tanto incluye la "poliginia" (matrimonio con varias mujeres) y la, mucho menos común, "poliandria"; estas pautas de parentesco aparecen dispersas en pueblos muy diversos y alejados entre sí, y seguramente se explican mejor con criterios "materialistas" (formas de parentesco y organización social en la explotación de unos recursos determinados para la supervivencia) que haciéndose derivar automáticamente de pautas ideológicas o "religiosas". La "poligamia" parece, de momento, poco adaptada a la vida "moderna" y mi percepción es que está en retroceso. Ahora bien, la crisis del "matrimonio" tradicional como modelo único de convivencia supone que en el futuro las formas de convivencia familiar se van a diversificar y quién sabe si en el futuro lejano algunas formas polígamas de convivencia con relación sexual por medio terminarán generalizándose y siendo reconocidas por la ley. No tengo ni idea.


Hoy en día, es difícil disociar la "poliginia" real, al margen de esas posibilidades futuras, del "patriarcado" y de una relación de dominio de los hombres sobre las mujeres; ha surgido en sociedades patriarcales y se ha adaptado muy bien a este patriarcado. Esto es muy cierto, pero hay que tener cuidado de volvernos muy dogmáticos al respecto, centrándonos en las formas más que en el fondo. El matrimonio monogámico ha sido tradicionalmente una institución al servicio del dominio masculino, y hoy por hoy es posible encontrar matrimonios donde la igualdad entre hombres y mujeres. De hecho, puesto que todas, o la mayoría de las sociedades humanas conocidas han sido, desgraciadamente dominadas a grandes rasgos como mínimo por los varones, la "poliandria" no es una manifestación de "hembrismo"; probablemente, la "poliandria" real se haya asemejado más a una "propiedad compartida" que a un dominio femenino (y esto nos da la pista de que no es el número de contrayentes el fundamento último del desequilibrio).

De momento, lo que es delito es el matrimonio múltiple (con independencia de si son hombres o mujeres y de si el matrimonio es homosexual o heterosexual), pero no la convivencia de más de dos personas con elementos sexuales, que éstas simbólicamente pueden reconocer o no como "matrimonio" al margen de la regulación legal. Todo esto nos da una pista de que el bien jurídico protegido no puede ser el art. 14 de la Constitución.


En otro orden de cosas, en el imaginario hispánico, poliginia e Islam están intimamente ligadas de un modo exagerado, por lo que es inevitable que se nos deslicen referencias acerca de una hipotética justificación religiosa de la poliginia que a mi juicio no tienen fundamento. El Islam no IMPONE la poliginia; ni siquiera la RECOMIENDA; sólo la PERMITE o TOLERA, que no es lo mismo, incorporando algunas restricciones (número de esposas y teórico trato igual a todas). Por lo tanto, en este caso no existe ningún conflicto (siquiera hipotético y fácil de resolver) entre libertad religiosa y orden público español (en su caso, prohibición de discriminación, más bien, forma legalmente sancionada hoy por hoy de "matrimonio"). De la misma manera que si el Derecho Canónico católico permite el matrimonio de adolescentes, como ha hecho tradicionalmente (con correcciones de las conferencias episcopales) y el Derecho Civil exige una edad más avanzada, no hay ningún conflicto entre la religión y la norma pública: sencillamente, algo que la religión en principio permite no es admitido por las leyes de un Estado laico. La laicidad, efectivamente, es un elemento clave para entenderlo.


De hecho, en algunos países musulmanes la poliginia está "permitida pero un poco mal vista, algo objeto de cotilleo" (me contaba un amigo argelino). Debe ser el equivalente a casarse aquí con alguien 25 años más joven, pero adulto: algo legal, no del todo prohibido, pero objeto de cotilleo, y que suelen hacer los ricachones. No creo que el derecho canónico prohíba esto último, pero tampoco podemos decir que la libertad religiosa de los católicos entra en un hipotético conflicto con unas eventuales medidas que restringieran las diferencias de edad entre los contrayentes.

  

M.L. Gracias por las precisiones terminológicas poligamia-poliginia-poliandria. Permíteme, eso sí, que en esta respuesta vuelva a utilizar el término poligamia para la poliginia, simplemente porque en el lenguaje cotidiano es la palabra (por inexacta que sea, como bien pones de relieve) con la que se identifica.


Como bien dices, el Islam no impone la poligamia, sino que la permite o tolera. De hecho uno de los avances de Mahoma fue el limitar el número de esposas que podía tener un varón a 4 (en la época preislámica los hombres podían tener un número ilimitado de mujeres), y con esas condiciones que indicas (que las pueda mantener y les otorgue un igual tratamiento). Concretamente en la Sura 4, 3, El Corán dice: "Si teméis no ser equitativos con los huérfanos, entonces casaos con las mujeres que os gusten: dos, tres, cuatro. Pero si teméis no obrar con justicia, entonces con una sola o con vuestras esclavas". La segunda parte de la aleya, "si teméis no obrar con justicia entonces con una sola", ha sido interpretada por algunos modernistas como una prohibición implícita de la poligamia, porque es imposible -se aduce- que un varón pueda tratar afectiva, económica e imparcialmente por igual a sus esposas.


De hecho, dependiendo de las escuelas de interpretación coránicas que existan en un país islámico, es posible encontrar códigos de familia inspirados en El Corán y la sunna del Profeta con prescripciones radicalmente opuestas. A modo de ejemplo: Túnez tiene prohibida y sancionada por ley la poligamia, y la última reforma de la Mudawana (Código de Familia Marroquí) pone tantas condiciones a cumplir para que el varón pueda desposar a una segunda mujer que la hacen prácticamente inviable. Sin embargo, esto no rige en la mayor parte de los códigos de estatuto personal del resto de países islámicos, que permiten la poligamia y donde la situación jurídica de la mujer es totalmente inferior frente a las prerrogativas del varón (en cuestiones de herencia, custodia de los hijos, repudio, por citar algunas).

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martes, 18 de septiembre de 2007

El discurso identitario está ganando terreno en España. Se potencia como una afirmación de lo ‘propio’ ante la llegada de inmigrantes que traen otras costumbres y hábitos culturales. Los musulmanes, en particular, se ven afectados por un creciente clima de desconfianza, cuando no de hostilidad. No es algo que sólo ocurra en España, sino que en diferente medida acaece en la mayoría de los países occidentales (en Francia y en Holanda es especialmente visible en los últimos años) . En algunos comentarios recibidos en este blog se manifiestan también algunos reiterados y extendidos prejuicios sobre el tema. Muchos de ellos responden a la lógica de la esencialización de los grupos sociales: el Islam, y todos sus seguidores, se presenta como un bloque cerrado y estático, impermeable a los cambios. Frente a esta lógica ha reaccionado un asiduo participante en el blog, Antonio Álvarez del Cuvillo, que ha enviado un sugerente comentario, del que extracto a continuación dos párrafos:


 

“Puedo decir que se destila de algunos mensajes de por aquí una confusión entre, por un lado, la crítica a determinadas pautas islámicas, determinados sectores islámicos, el Islam en general o la religión en general y, por otro lado, el desprecio, el odio y el miedo a las PERSONAS que profesan esa religión. Yo creo que aquí hay un salto cognitivo que me imagino todos captáis: no es lo mismo rechazar el Islam o la religión (algo muy legítimo) que rechazar a los musulmanes o a las personas religiosas.

En cuanto a la cuestión que otro lector menciona de la "reciprocidad", sólo puedo decirle que está trabajando con nociones de "responsabilidad colectiva" que a mi pobre mente educada en el liberalismo y el individualismo moral le suenan bastante tribales. Es decir, en lugar de tratar a las personas en sí mismas, se las trata en función de su adscripción a un grupo, de la etiqueta que llevan, de su colocación en un bloque de gente. Ese mecanismo que todos llevamos dentro está en la raíz de la discriminación. Así es como el Tribunal Supremo estadounidense legitimó que durante la II Guerra Mundial se encerrara a todos los japoneses en campos de concentración, por ejemplo. Es como si a los españoles en Francia y Alemania durante la época de Franco (no hace falta que fueran exiliados políticos), o a los cubanos aquí, si quieres, se les negara la libertad de expresión porque tienen la desgracia de proceder de un país donde no se respeta”.

 

 

Y para terminar este ‘post’, y seguir pensando sobre el tema, una frase más, que aunque escrita hace más de cinco años, mantiene aún toda su mordiente:

 

“El islam y las reflexiones más o menos documentadas sobre él han empezado a ocupar durante los últimos meses un espacio central en el debate democrático de Occidente. Y, sin embargo, a poco que se contemple el fenómeno con detenimiento, se observará que no es sobre el islam sobre lo que se discute, ni sobre el rigor o la flexibilidad de sus disposiciones. En realidad, y mientras se usa el islam como coartada, se lucubra acerca de un asunto que, expresado con toda su crudeza, tal vez repugnaría: el de determinar las excepciones a los principios democráticos que estamos dispuestos a consentir” (José María Ridao: “El islam c