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miércoles, 13 de agosto de 2008

En los últimos años la diversidad cultural ha sido encumbrada como asunto digno del más detallado escrutinio en los debates públicos. Se ha sometido a una nueva y atenta mirada el papel y las relaciones de muchos sectores sociales con distintas culturas: pueblos originarios, comunidades de inmigrantes, grupos que se identifican por su preferencia sexual, su género, su religión o su nacionalidad. En el contexto de la globalización y de la sociedad del conocimiento, la reafirmación y la reivindicación de la identidad cultural ha pasado a ocupar un lugar preferencial. Y ha sido justo a partir del declive histórico de los grandes relatos emancipatorios, y, en particular, de la caída del muro de Berlín como acontecimiento emblemático, cuando han arreciado las demandas de reconocimiento de los diferentes grupos nacionales y minorías culturales hasta lograr focalizar algunos de los debates más vivos de nuestro tiempo.

La retórica de las raíces identitarias, del sentido de pertenencia y de la singularidad grupal ha logrado un protagonismo que hasta entonces le era negado de manera sistemática por los lenguajes ideológicos dominantes. Las discusiones políticas en torno a la categoría de «identidad», sobre todo en su dimensión colectiva, han convertido a la «cultura» en un auténtico campo de batalla. En particular, las lenguas y las religiones se utilizan a diario como arietes en la contienda política. Su ubicuidad se ve facilitada en gran medida por el hecho de que las luchas por la distribución se han visto desplazadas por la primacía mediática de los conflictos de reconocimiento, pese a las dificultades que existen en muchos casos para distinguir entre ambas cuestiones. En los países más desarrollados, que son también quienes disponen de mayor capacidad para exportar los debates teóricos, se ha aminorado la intensidad de las luchas diarias por la distribución de recursos escasos. Y aunque esta circunstancia dista mucho de poder ser universalizada al conjunto del planeta, se ha ido configurando un nuevo entorno político-social en el que la cuestión de los derechos culturales ha podido saltar a la palestra, dando así una proyección pública a aspectos simbólicos de la vida humana que hasta entonces permanecían casi invisibles.

Los derechos culturales pueden ser englobados bajo la prestigiosa figura de los derechos humanos, aunque no precisamente con la dimensión colectiva con la que se suelen formular. El artículo 27 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (DUDH), que proclama el derecho que le asiste a toda persona “a tomar parte libremente en la vida cultural de la comunidad”, así como el conjunto de la Declaración, obedece fundamentalmente a una filosofía de corte individualista. Es por ello que la letra de este artículo no ampara directamente las reivindicaciones culturales formuladas por grupos y/o comunidades. Del mismo tampoco se deduce la protección de contenidos culturales determinados, a modo de un «conservacionismo» cultural, sino exclusivamente la promoción de un espacio público que haga posible la libre generación de las diferencias culturales. Por lo demás, la noción de «cultura» se presenta en la DUDH de una manera oscura, que se ve empañada además por la mención de “las producciones científicas, literarias o artísticas”, cuya inclusión abona una interpretación elitista de tal noción.

En un debate público, más que partir de aproximaciones académicas, lo más adecuado sería acudir a algún documento normativo que goce de amplio reconocimiento. Por su carácter universal y no partidista, tal como corresponde a la institución que la impulsó, puede servir como punto de arranque la “Declaración Universal de la UNESCO sobre la Diversidad Cultural”, adoptada por unanimidad en 2001 por la Conferencia General de la UNESCO. Esta Declaración es, pese a su limitado alcance jurídico, un instrumento novedoso que eleva la diversidad cultural a la categoría de “patrimonio común de la humanidad” y erige su defensa en imperativo ético indisociable de la dignidad de la persona. En su preámbulo se encuentra una caracterización comprensiva de la «cultura» que conecta con el objeto de los debates  desarrollados últimamente: “La cultura debe ser considerada como el conjunto de rasgos distintivos, espirituales y materiales, intelectuales y afectivos, que caracterizan una sociedad o grupo social y que abarca, además de las artes y las letras, los modos de vida, las formas de conciencia, los sistemas de valores, las tradiciones y las creencias”.

Si se parte de la idea de que la variación cultural forma parte del patrimonio de la humanidad, tal como se proclama en el documento de la UNESCO, y de manera implícita en el artículo 27 de la DUDH, los Estados que lo suscriben deberían desarrollar una política articulada en torno a tres principios: el reconocimiento por parte del Estado y de la mayoría cultural que lo controla de la diversidad cultural existente en el seno de la sociedad civil; la reducción de los obstáculos que impiden la participación social y política de los grupos culturales marginados; y el apoyo a los diferentes grupos para que reproduzcan sus culturas. La puesta en marcha de una política como la esbozada en el párrafo anterior no está, sin embargo, exenta de controversia. Y tampoco lo está la omnipresente apelación a la «cultura», que sale a relucir de manera recurrente tan pronto como se abordan fenómenos como la inmigración y los problemas de integración generados por ella o el auge de los nacionalismos minoritarios en el seno de Estados con una tradición unitaria aparentemente sólida.

La «culturización» de la esfera política, gracias al uso de un lenguaje de identidad de grupos, es un proceso en constante avance que se plasma en dos direcciones en cierta manera confluyentes: por un lado, se trazan políticas públicas que diferencian los derechos de los ciudadanos de acuerdo con su afiliación étnica y, por otro, se anteponen las demandas étnico-culturales (particularmente, de índole religiosa y lingüística) a las reivindicaciones de clase. Es más, estas cuestiones y los conflictos provocados por los intereses materiales y las diferencias ideológicas se obvian como si hubieran sido superados por arte de magia. La antigua lucha materialista por la equidad acaba siendo sustituida por múltiples batallas en pro de la diferencia identitaria. Lo étnico-cultural se entroniza como la división primordial, origen y motor básico de la movilización política y de la acción colectiva.

Un ejemplo paradigmático de este fenómeno nos los ofrece el modo con el que se suele abordar las políticas migratorias.
No deja de resultar sorprendente que el análisis cultural se presente como la perspectiva decisiva para afrontar esta cuestión. Se incide especialmente en el riesgo que la misma implica para mantener la identidad y la esencia de la sociedad receptora. Se aborda la cuestión, pues, en términos eminentemente culturalistas y esencialistas, dejando fuera de consideración el análisis económico del fenómeno, justo lo contrario de como se procede con la mayoría de las cuestiones en las que se hallan en juego intereses sociales divergentes. Si se mira bien, la cuestión de la inmigración está más relacionada con lel miedo a perder cuota en el reparto de los recursos sociales disponibles que con el temor de que los nuevos rasgos culturales de los inmigrantes diluyan la identidad local. No obstante, se «culturiza» lo social, es decir, se tratan desde un enfoque cultural los problemas que no interesan abordar en términos de justicia política. Se sublima como problema cultural lo que no es sino una diferencia de condición social. Si se desea evitar que la diversidad cultural se erija en una nueva fuente de discriminación y desigualdad social, ni la cultura, ni la ascendencia étnica ni la procedencia nacional han de convertirse en marcador de distinción social y menos aún en factor decisivo de nuevas formas de exclusión. En definitiva, el alcance de los derechos culturales ha de estar siempre acotado por el conjunto de los derechos humanos.

Con algunas modificaciones, este post ha sido publicado en la Revista Contrastes, nº 52

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martes, 22 de julio de 2008

Por Margarita Lema

(Universidad Carlos III de Madrid)

 

   El pasado día 18 de junio el Parlamento Europeo aprobó la Directiva relativa a procedimientos y normas comunes en los Estados miembros para el retorno de los nacionales de terceros países que se encuentren ilegalmente en su territorio. La bautizada como “Directiva de la Vergüenza” tiene sobrados motivos para sacar los colores a más de uno, y quizás especialmente a los eurodiputados socialistas españoles, quienes votaron a favor de la norma (con la excepción de Josep Borrell y Raimon Obiols, que votaron en contra) y al Gobierno español en su afán de justificar una norma que restringe derechos y garantías.

 

   ¿Qué contempla esta Directiva que la hace tan criticable? Sin ánimo de ser exhaustivos, se pueden señalar las siguientes notas:


 

1)      La norma permite a los estados miembros de la Unión Europea retener en centros especiales a los ciudadanos de terceros países (extracomunitarios) que se encuentren de forma irregular mientras se procede a su expulsión del país. Este internamiento puede ser decidido tanto por las autoridades administrativas como por las judiciales y por un tiempo de hasta 18 meses -6 meses iniciales más una posibilidad de prórroga de 12 meses más-. (art.15).

 

2)      La expulsión puede ser adoptada por una decisión administrativa, resolución judicial o actos independientes (art.7.3). Es decir, se permite a la Administración dictar una orden de expulsión, en vez de restringir (y garantizar) que sean los tribunales únicamente los que se encarguen de valorar la posibilidad de expulsión. Es más, cabe la posibilidad de recurrir las decisiones relacionadas con el retorno, pero no sólo ante la autoridad judicial, sino que se permite que puedan conocer de estos procedimientos de recurso “la autoridad administrativa u otro órgano competente compuesto por miembros imparciales y con garantías de independencia”, tal y como mantiene el art.13.1.

 

3)      Los menores no acompañados pueden ser expulsados a un país distinto de su país de origen, puesto que las únicas garantías que se establecen son que dicha persona menor de edad ha de ser entregada a un miembro de su familia, a un tutor designado previamente o “a unos servicios de recepción adecuados en el Estado de retorno” (art.10.2).

 

4)      Los menores no acompañados también pueden ser internados, aunque se matice que “como último recurso y por el menor tiempo posible”. No se concreta un tiempo máximo. (art.17.1).

 

5)      Los Estados europeos no tienen la obligación de traducir por escrito u oralmente  las decisiones de retorno a las personas que hayan entrado de forma ilegal en el país (art. 12.3).

 

  Esta Directiva tiene un plazo de 2 años para que sea adoptada por los Estados miembros. La Directiva permite a los Estados aplicar o mantener disposiciones más favorables, pero con la condición de que sean compatibles con la Directiva (art.4.3). Es necesario tener esto en cuenta para evitar equívocos como los que se han venido escuchando que sostenían que España no estaba obligada a adoptar la Directiva. España, como Estado miembro de la Unión Europea, está obligada a trasponer en su ordenamiento jurídico esta norma, porque el Derecho Comunitario forma parte del ordenamiento jurídico español, y de no hacerlo en el plazo estipulado se podría abrir un expediente. Otra cosa distinta es que España no explote, por el momento, todas las posibilidades que otorga la Directiva; dicho con otras palabras: el Gobierno de Zapatero ha anunciado que el plazo de internamiento en los denominados “CIES” (centros de internamiento de extranjeros) va a ser aumentado de los 40 días actuales a un máximo de 60. Esta decisión es compatible con la Directiva, que no obliga a un internamiento de 18 meses, sino que lo permite y posibilita. No obstante esto también significa que si en un determinado momento el actual Gobierno u otro decide cambiar su política y agotar las posibilidades de esta norma, (como poner un plazo de internamiento más largo, con el tope del año y medio) va a poder hacerlo sin ningún problema.

 

   Las justificaciones al voto masivo favorable de los socialistas españoles a la Directiva se han apoyado en el hecho de la necesidad de una norma común europea en materia de inmigración y que la norma establecía un plazo máximo de internamiento (lo que era una garantía puesto que algunos países de la Unión Europea no tenían límite máximo de retención de los “sin papeles”). Discrepo profundamente, al punto del rubor, cuando las escucho. Se trata de una norma que brilla por su ausencia de garantías, que se encuentra llena de términos jurídicamente “indeterminados” y que, a pesar de algunas reiteradas apelaciones a que se respeten los Derechos Humanos y la dignidad de las personas, termina criminalizando una situación administrativa irregular (que no constituye delito), como es no tener permiso de residencia. Supeditar la justicia y garantías de las normas al hecho de alcanzar un acuerdo común es demasiado sacrificio. Contemplar a un gobierno socialista iniciar esta política de inmigración (y digo inicio, puesto que el Ministro de Trabajo e Inmigración ha anunciado una próxima modificación de la Ley de Extranjería para limitar la reagrupación familiar de los inmigrantes) es de vergüenza.

7:19 | gestionado por Juan Carlos Velasco | Enviar comentario (1)

lunes, 16 de junio de 2008

Por José A. Zamora

 

El próximo 18 de junio de 2008 será presentado y debatido en el Parlamento Europeo el proyecto de Directiva sobre la detención y la expulsión de las personas extranjeras de la Unión Europea, cuya propuesta inicial se remonta a septiembre de 2005. El objetivo es armonizar a nivel europeo la legislación en cuanto a la retención y la expulsión de las personas en situación irregular. Una vez más se pretende realizar una armonización a la baja, es decir, no ratificando las mejores prácticas sino sancionando las normas mínimas de los Estados miembros. Es muy significativo que se trate de la primera vez que se aplica un procedimiento de co-decisión entre el Parlamento Europeo y el Consejo de Ministros. El dictamen del Parlamento tendrá el mismo carácter vinculante que tienen las decisiones del Consejo.

 

De entrada esta Directiva, calificada por las organizaciones de inmigrantes y de defensa de los derechos humanos de Directiva de la Vergüenza, afecta aproximadamente a unos ocho millones de extranjeros sin papeles que residen en el territorio de UE. Así pues, con el respaldo del Parlamento Europeo, se pueden poner las bases legales y administrativas para hacer posible una deportación masiva sin precedentes, independientemente de que materialmente pueda llevarse a efecto de modo completo o no:


·        Prevé un encierro de los extranjeros en situación irregular de entre 6 y 18 meses. Lo que significa que aumenta la duración de internamiento, que es actualmente de 40 días en España, hasta al menos los 6 meses. Pudiéndose prolongar hasta 18 meses en caso de obstrucción en el curso del procedimiento de expulsión.

·        Prevé una prohibición de entrada en el territorio europeo de 5 años para las personas expulsadas, lo que equivale a criminalizar y excluir a estas personas.

·        Los menores ya no se beneficiarán de la protección que les es concedida, hasta ahora, por el Convenio sobre los Derechos del Niño, que todos los Estados de la Unión han firmado. De hecho, los menores, estén o no acompañados, podrán en adelante ser retenidos/detenidos en centros de internamiento y expulsados como adultos, en violación del principio fundamental del interés superior del niño.

 

 

Al analizar el proyecto de Directiva se aprecia que disminuyen las garantías de protección para colectivos más vulnerables protegidos por convenciones de derechos humanos (asilo, menores, vida privada y familiar, etc.) ratificadas por UE y los Estados miembros. También que aumentan las medidas de control y aislamiento de poblaciones señaladas como indeseables, pues lo que se va a permitir es un internamiento administrativo con privación de libertad, sin base penal, absolutamente desproporcionado a la infracción cometida y se lo va a transformar en una norma europea. Teniendo en cuenta que los procesos de expulsión materializables están durando aproximadamente 10 días, está claro que la ampliación del plazo de internamiento a 18 meses significa una criminalización institucionalizada de los inmigrantes sin papeles en Europa.

 

En el caso Español esta directiva resulta todavía más preocupante, pues los Centros de Internamiento para Extranjeros (CIEs) españoles acaban de sufrir una dura denuncia, concretamente, de la Comisión de Libertades Civiles, Justicia y de Interior del mismo Parlamento Europeo en un Informe Público de marzo de 2008. Sobre la base de una visita a cinco centros (Fuerteventura, Madrid, Barcelona, Málaga y Algeciras) la citada Comisión acusa al Estado Español de vulnerar gravemente los derechos fundamentales de los extranjeros. Por razón de una situación administrativa irregular se encuentran detenidos en centros de carácter penitenciario, en condiciones lamentables y con ausencia de todo control externo sobre la gestión de dichos centros.

 

Este Informe viene a confirmar todas las denuncias que los grupos pro-derechos humanos vienen realizando desde hace años, reclamando insistentemente su cierre inmediato. De modo generalizado:

  • Falta de transparencia de lo que sucede en el interior de los CIEs. No se concede la posibilidad de que las ONGs se entrevisten con los extranjeros.
  • Existe hacinamiento y malas condiciones de salubridad.
  • Los hijos de los extranjeros son separados de sus padres y llevados a centros de acogida de menores.
  • Las visitas están sometidas siempre a vigilancia y sin posibilidad de contacto físico.
  • A diferencia de las cárceles, no hay un cuadro de sanciones (leves, graves y muy graves) lo que genera mucha arbitrariedad sobre lo que es sancionable o no y su pena.
  • No hay servicio medico regular.

La proliferación de estos Centros de Internamiento, que más bien deberían llamarse cárceles administrativas, dado que el tratamiento que reciben los internos es de carácter carcelario (presencia policial, cámaras de vigilancia, revisión de los efectos personales, reclusión en celdas, etc.), y la forma como se aplican las políticas de repatriación en la UE constituye una lacra inaceptable para la sociedad europea. Los procedimientos administrativos de expulsión están basados en el castigo preventivo, el debelitamiento, cuando no la imposibilitación material del ejercicio de derechos fundamentales recogidos en los textos legales y en las convenciones internacionales, unas condiciones degradantes e humillantes que representan un atentado a la dignidad de las personas extranjeras, etc. Se trata de políticas represivas y supuestamente disuasorias que están contribuyendo a institucionalizar una cultura político-administrativa que crea espacios sustraídos en la práctica a la tutela judicial efectiva y aumenta desproporcionadamente el grado de discrecionalidad de las autoridades policiales y de las fuerzas de seguridad. No resulta exagerado, como vienen señalando los sectores implicados, calificar estas cárceles administrativas de verdaderos agujeros negros en un Estado de Derecho.

 

Es más, a aquellos que resulta imposible averiguar el país de procedencia o no existe convenio de repatriación con el mismo, se les entrega una orden de expulsión y se les pone en libertad, con lo que en realidad más que del país se les expulsa del sistema de garantías jurídicas y se les coloca en una situación de total desamparo legal. Podría decirse que estas instituciones actúan de facto como creadoras de extranjeros a-legales y marginales.

 

Ante esta realidad es necesario reaccionar y defender los derechos de los inmigrantes sin papeles, actuar contra una cultura político-administrativa que supedita la garantía de los derechos a supuestos objetivos de seguridad y bienestar de la población autóctona.

 

Firmar contra la Directiva Europea

Firmar las 12 medidas urgentes por la dignidad de las personas migrantes

Escuchar los testimonios de personas retenidas en el Centro de Carabanchel (Madrid) 

 

¡ESTAR EN SITUACIÓN IRREGULAR EN UN TERRITORIO NO ES UN DELITO!

 

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martes, 03 de junio de 2008

Por Liliana Suárez

 

La distorsión que plantean cientos de miles de residentes legales sin derecho al voto al modelo democrático no admite dudas. Segmentos muy amplios de la clase menos privilegiada no puede votar y por tanto sus intereses colectivos no son representados en el sistema democrático. Para que el sistema siga rigiéndose por el ideario democrático es preciso incorporar a esta población también en el ámbito político. Actualmente, la adquisición de derechos políticos en el caso de los extranjeros no comunitarios está condicionada a la adquisición de la nacionalidad y esta nacionalización implica en algunos casos la pérdida de la nacionalidad de origen. Aunque no hay datos concluyentes al respecto, no podemos asumir que de forma mayoritaria esta población desee sacrificar la ciudadanía de origen a cambio de la de destino, por mucho que ésta última sea mucho más generosa en los beneficios sociales y más democrática en los cauces de participación. El aspecto simbólico de la nación y la ciudadanía juegan un importante rol en este fenómeno.


 

Pero, por otra parte, es innegable que la inestabilidad legal y otros factores presentes en los procesos migratorios actuales (dificultad para la reagrupación familiar, planteamientos de retorno temporal, etc.) llevan a algunos inmigrantes a optar por la nacionalización. Ante la evidencia de este proceso, los países emisores han intentado retener los vínculos de pertenencia de las comunidades de expatriados, cuya importancia económica y sociopolítica es cada vez más reconocida y potenciada. Lo que algunos teóricos han denominado nacionalismo desterritorializado se traduce en la presencia de agentes representantes de los estados de origen en los lugares de asentamiento de las colonias de sus ciudadanos expatriados. Este fenómeno de desplazamiento de la construcción de la nación no sólo se manifiesta en prácticas económicas transnacionales potenciadas por los incentivos para la inversión y el turismo. De manera fundamental, la creciente importancia de las comunidades asentadas fuera del país ha producido además cambios normativos en el derecho de nacionalidad que están normalizando cada vez más el mantenimiento de una doble ciudadanía.

 

Aunque los datos publicados al respecto no son concluyentes, es patente una transformación en el modo en que tanto las administraciones públicas, como la sociedad civil, como los propios migrantes gestionan el vínculo de los residentes y ciudadanos con la comunidad política. El cambio en las grandes normativas de ciudadanía y nacionalidad son un síntoma decisivo e incontrovertible de la transformación del modelo de ciudadanía nacional.

 

Un desarrollo de estas ideas, así como bibliografía adicional, se encuentra en el artículo de la autora titulado Ciudadanía e inmigración: ¿un oxímoron?

18:00 | gestionado por Juan Carlos Velasco | Enviar comentario (1)

miércoles, 30 de abril de 2008

Por Silvia Marcu

 

España, primavera del 2008. Con el telón de fondo de la ralentización económica que se empieza a vislumbrar en Europa, y por tanto, en España, miles de inmigrantes del Este europeo, en su mayor parte rumanos, viven la pesadilla del desempleo y de la falta de documentación que les facilite la integración en la sociedad española. Llegados por etapas en los últimos 18 años desde los Cárpatos, la estepa rusa, la conflictiva Transnistria, la desgarrada Ucrania o la Valaquia rumana, los inmigrantes surgidos del frío de la transición poscomunista tuvieron y tienen un único deseo: salvarse de la miseria a través del trabajo, a través de la lucha honesta con los días.

A grandes rasgos, el retrato de este inmigrante en España es el que combina el esfuerzo con el deseo de superación, pero también la marginación, la movilidad circulatoria y, a veces, la delincuencia. A lo largo de los últimos años, en su búsqueda rápida de recursos financieros, parte de los inmigrantes del “Este” vendieron chatarras, robaron, falsificaron tarjetas de crédito, se inventaron una minusvalía o pidieron limosna por los metros. Pero en su mayor parte, trabajaron. Trabajan. Con o sin “papeles”. Se trata de gente honrada, vulnerable, que no ha perdido el Norte, que mantiene los vínculos emocionales con sus países, pero que está situada más allá del muro de cristal de la integración, personas que viven entre dos mundos, dos culturas, dos idiomas, y que, precisamente por ello, tienen la sensibilidad a flor de piel, y por tanto, una mayor facilidad para sentirse fuera de lugar.


Desde 2007, los ciudadanos rumanos y búlgaros forman parte de la UE, pero en cumplimiento estricto de la ley comunitaria, los que no poseen un contrato de trabajo no tienen libertad para trabajar en España. Es la temida moratoria, cuyo final en diciembre de 2008 esperan impacientes los nacionales de estos dos países.

La situación creada en la actualidad es el resultado del caos de las transiciones hacia la democracia y la economía de mercado de los territorios de la Europa Oriental. Y nos referimos, sobre todo a Rumania, país en el cual reinó el desorden, la corrupción y la falta de estrategias de desarrollo que ayudaran a las personas a buscar oportunidades de trabajo en su propio país. Pueblos enteros de Valaquia o de la Moldavia rumana están desiertos. Se fueron para construir en otros países, ellos. O para limpiar, ellas. Muchos de los que lo hicieron, uno detrás de otro, una familia detrás de la otra, no tenían ni los más básicos conocimientos en el ámbito de la construcción, pero aprendieron a la fuerza el oficio. Para salir adelante. Sobrevivir.

            Hay dos cuestiones importantes implicadas en el asunto: por una parte, la desaceleración económica que en España se resiente en el sector de la construcción, y por la otra, la necesidad de mano de obra en países del Este, como el caso de Rumania. Y en el medio, el inmigrante. Está en la frontera y no sabe qué camino escoger.  Derrotado.

La integración es cuestión de idiosincrasia, de la arquitectura de las almas, de los resultados obtenidos en el intento,  - éxito o fracaso - de la trayectoria vital de cada persona. Por ello, a menudo, puede parecer una utopía, una incógnita fundamentada en la nostalgia de cada individuo. En el destino traducido por la “suerte” a la que aluden los protagonistas del proceso migratorio en sus discursos.

Pero antes que la metáfora, hay que lidiar con la realidad.

Desde España, se les invita irse a su país si no tienen trabajo. Frente a la crisis, son los primeros expulsados. Desde Rumania se les llama a casa, con ofertas laborales, pero con unos sueldos de 250-300 € al mes. Menos de 300 personas se han acogido a la intensa llamada. Volverán a la miseria, es lo que piensan. Al fracaso y a la inseguridad.

Dejando de un lado las desastrosas políticas económicas y de empleo del país de los Cárpatos, creemos que no puede haber ninguna diferencia entre trabajadores españoles y extranjeros. Si tienen documentación en regla, tienen derecho a cobrar el paro, a buscar nuevas oportunidades. Porque son ciudadanos. Pensamos que en un país como España, que ha fomentado siempre de un modo ejemplar la integración, el actual gobierno progresista no puede volverse hacia atrás. Se tienen que afrontar políticas de empleo, formación y recolocación, se tiene que negociar con empresarios y sindicatos un pacto por la igualdad real de oportunidades para los inmigrantes, porque no es posible abordar la inmigración unilateralmente, señalando que en tiempos de crisis se fomente el retorno de los inmigrantes. Sería  demasiado restrictivo para este siglo XXI que se supone que es integrador, favorable para toda la sociedad.

 

 

Algunas lecturas recomendadas para profundizar en el tema:

Revista Migraciones, nº 21 (2007) (Monográfico dedicado a la inmigración de rumanos en España)

Pajares, Miguel: Inmigrantes del Este. Procesos migratorios de los rumanos

Marcu, Silvia: Rumania territorio olvidado: procesos de transición e integración: 1989-2005

Viruela Martínez, Rafael: Inmigrantes rumanos en España: aspectos territoriales y procesos de sustitución laboral

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jueves, 24 de abril de 2008

El fenómeno de la inmigración padece una densa metaforización. La forma en que se piensan y se tratan los actuales movimientos migratorios es, en gran medida, cosa de metáforas.

 

Las metáforas más recurrentes a la hora de referirse a las migraciones son, sin duda, las hídricas. Las migraciones se asemejan a flujos, corrientes y olas. Y cuando se alude a ellas de manera amplificada toman el carácter de oleadas, mareas, avalanchas y riadas. Y más recientemente, incluso se emplea el nuevo y desgraciadamente famoso término tsunami, resaltándose con ello el carácter incontenible de la llegada de migrantes.


Estos giros retóricos no sólo señalan, exagerándolos, el gran número de inmigrantes que llegan, sino que refuerzan también, al introducirse en el lenguaje ordinario, la idea de la siempre presupuesta hostilidad natural o cultural de los extranjeros y de lo nocivo de su influencia. Curiosamente sólo se aplican a los inmigrantes desfavorecidos y no a otra categoría de personas que llegan todos los años en un volumen muchísimo mayor a nuestro territorio: los turistas. Pero, claro, los turistas son una categoría de interés y de valor económico, de modo que sería de mal gusto referirse a ellos con las referidas expresiones metafóricas.

 

Esta colonización del lenguaje mediante metáforas hostiles al fenómeno migratorio no facilita el establecimiento y menos aún la consolidación de una sociedad integrada. Si se pretende conseguir este objetivo resultaría  preciso contrarrestar estas representaciones y legitimaciones xenófobas, contestándolas y desmontándolas una a una. A nadie se le escapa que, lamentablemente, esta infinita tarea se presenta como digna de un Sísifo.

 

Lectura recomendable: el artículo de Enrique Santamaría, De metáforas e inmigración

13:41 | gestionado por Juan Carlos Velasco | Enviar comentario (2)

martes, 15 de abril de 2008

Por Noelia González

 

El debate sobre el derecho al voto de los inmigrantes ya es recurrente en este blog. Y es una cuestión crucial no sólo porque plantea problemas de legitimidad del sistema democrático sino porque sin reconocer el derecho de sufragio a los nuevos miembros se impide su total integración. La realidad actual es que los extranjeros residentes disfrutan de determinados derechos civiles, políticos y sociales, mientras que el derecho de sufragio sigue estando reservado a los nacionales. Concretamente, en el caso español, la Constitución sólo prevé la participación de los extranjeros residentes en las elecciones locales en el caso de que exista un tratado de reciprocidad con su Estado de origen. En la práctica sólo los ciudadanos de la UE pueden votar en las elecciones municipales porque los tratados de reciprocidad que se han establecido con Chile, Argentina, Uruguay, Colombia y Venezuela no han sido acompañados de los tratados complementarios que les hagan efectivos. En definitiva, los inmigrantes siguen siendo, como afirma Massó Garrote, “víctimas de un estatuto asimétrico, sujetos sin ser ciudadanos, o ciudadanos de segunda clase”.


Entre las razones por las que se considera que reconocer el derecho de sufragio activo a los extranjeros residentes es una tarea urgente se podrían destacar las siguientes:

 

  • En primer lugar se considera que el acceso a la participación política ha de entenderse como una prerrogativa para la posterior integración del inmigrante y no al revés. No se debe establecer el derecho al voto como un premio o retribución a la integración, sino como un medio para alcanzarla.
  • En segundo lugar, hay que tener en cuenta que si no se otorgan derechos políticos a los extranjeros se dificulta la posibilidad de llevar a cabo una garantía efectiva de los derechos que les corresponden. Sin derecho al voto el poder de presión que poseen frente al gobierno disminuye de forma muy notable. Lo que es fundamental a la hora de exigir que se cumplan las políticas que les atañen especialmente, como son educación, integración, empleo, etc.
  • En tercer lugar, es una exigencia del principio democrático que se reconozca a los integrantes de la sociedad como titulares del derecho de sufragio activo. Para que una comunidad pueda proclamarse como democrática deben coincidir al máximo la esfera de quienes establecen las normas y la esfera de los afectados por las mismas. Aunque es necesario puntualizar que uno de los factores que se deben de tener en cuenta a la hora de determinar si una persona puede participar en la vida política de un Estado es viendo si las circunstancias de su vida, sus derechos fundamentales, a largo plazo dependerán de la protección que le brinde dicho Estado. Esto significaría reconocer el derecho al voto a los extranjeros tras un período de residencia que quedaría por determinar.
  • Por último, si se niega la representación política a importantes segmentos de la población, en realidad se está impidiendo la realización del pluralismo, pues sólo se encontrarían representados en la vida pública los intereses de los nacionales. Las consecuencias de este fenómeno no pueden ser ignoradas por las democracias, porque este proceso podría llegar a poner en entredicho la legitimidad de dicho sistema  que ya no cumpliría con los ideales de igualdad y de participación que lo inspiraron.

En definitiva, se considera que la medida de generalizar el derecho al voto de los extranjeros ha de ser planteada como un objetivo a corto-medio plazo y que sería adecuado incluirla dentro de una batería más amplia que persiga la promoción de la igualdad entre los miembros de la sociedad a través de una progresiva equiparación de todos los derechos de los nacionales y los extranjeros residentes.

5:58 | gestionado por Juan Carlos Velasco | Enviar comentario (4)

jueves, 10 de abril de 2008

Aunque no parece que haya acuerdo entre los diferentes analistas respecto a la gravedad de la actual situación económica y de si se trata de una simple desaceleración del crecimiento o de una severa crisis, lo cierto es que la incidencia en el mercado de trabajo ya se ha empezado a notar. Y ello afectará también, y quizás en una proporción mayor, a los inmigrantes. En esta nueva situación, los inmigrantes requerirán mayores prestaciones sociales, empezando lógicamente por las de desempleo, pero no sólo. La invitación al retorno a sus países de origen, con el abono del paro al que tengan legalmente derecho (capitalizando, por ejemplo, el conjunto de la prestación) es una salida, pero sólo si se respeta escrupulosamente la voluntariedad de la decisión. Con todo, y teniendo en cuenta lo sucedido con otras experiencias similares (como las iniciativas que Francia y Alemania lanzaron tras la crisis de 1973 para estimular el regreso de sus inmigrantes), no cabe pensar que se produzca un retorno masivo.


Si hay servicios sociales saturados por el aumento de población, como sucede en la educación y la sanidad con anterioridad a la presente situación económica, la respuesta más consecuente del Estado consistiría  en incrementar los medios y la correspondiente dotación económica, nunca en reducir los derechos de los ciudadanos extranjeros. Se trata, por tanto, de adecuar los servicios públicos básicos al aumento de la población y a la nueva coyuntura. En una sociedad de inmigración como la española, es crucial para la convivencia la insistencia en la igualdad de derechos entre nacionales y extranjeros. La integración es, entre otras cosas, un proceso de equiparación de derechos. No debe hablarse de preferencia nacional (entiéndase, a favor de los nacionales), como defienden algunos partidos ultraderechistas europeos, sino de una preferencia por aquellos que están en una situación de necesidad, con independencia de cuál sea su origen. Es una cuestión de justicia y de solidaridad.

Una política de integración de la inmigración, que como tal no puede tener otro objetivo que construir una sociedad integradaDicho de otro modo: se trataría de evitar la conformación de una sociedad fragmentada, compuesta por sociedades paralelas. Para ello se ha de propiciar que todos los individuos que habitan en el territorio del Estado disfruten de las mismas expectativas y las mismas posibilidades, pero también que estén sometidos a las mismas exigencias y los mismos deberes. Fundamental para alcanzar esta meta es, sin duda, evitar la competencia directa entre los inmigrantes y la población autóctona por unos recursos sociales limitados.

Especialmente en una época de vacas flacas, adquiere aún mayor sentido el reforzamiento de los servicios públicos más básicos, como son la sanidad y la educación, e impedir así que éstos pierdan calidad para todos. Una responsabilidad inexcusable de los gobernantes es la de crear las condiciones para que los más desfavorecidos no desarrollen actitudes de resentimiento o incluso de rechazo hacia los inmigrantes. En cualquier caso, las repercusiones sociales negativas de la coyuntura económica deben ser absorbidas por todos y no por un único grupo social.

Tampoco ahora en tiempos de desaceleración debería olvidarse que los inmigrantes han contribuido, como los que más, al crecimiento económico de la sociedad española en la última década. Por eso esperemos que no surjan ahora voces que culpen de todos los males de la recensión económica y de los reajustes capitalistas - el desempleo, la subidad de los precios, el aumento de la delincuencia, la precariedad de los servicios sociales, etc. - a la presencia de los inmigrantes.

 

Publicado posteriormente, en una versión ampliada, en el EL PAIS, 26-IV-2008

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miércoles, 26 de marzo de 2008

Que la inmigración está cambiando profundamente las formas de vida y que transmuta muchos hábitos que hasta hacen poco resultaban cotidianos es algo ya bien conocido. Esos cambios afectan a muchas facetas de la vida social y llegan a incidir también en algo tan personal como es el nombre que portan los individuos. Lo cierto es que con la inmigración (y añadimos aquí también el turismo residencial cada vez más frecuente en las zonas de costa) está experimentado cambios significativos el modo de construcción de los nombres, alterándose el repertorio tradicional.


Los nombres de las personas mudan con los cambios generacionales y con las modas. Las migraciones no representan, pues, sino otro factor de cambio más. Y tiene su lógica que esto suceda, pues no se puede exigir a las personas que traen un nombre construido según las reglas legales y estéticas de su país que lo españolicen completamente. No sería, sin embargo, pedir demasiado un cierto grado de aclimatación: el mínimo para que resulte pronunciable desde nuestra propia fonética y para que, en lo posible, adquiera un cierto sentido reconocible para todos. Y de otro lado, tampoco es mucho pedir que todos nos vayamos adaptando a otras fonéticas.

8:27 | gestionado por Juan Carlos Velasco | Enviar comentario (2)

lunes, 10 de marzo de 2008

Por Ester Massó Guijarro

“Yo no sé de dónde soy;

mi casa está en la frontera”

(Jorge Drexler)

 

            Uno de los aspectos que más parecen preocupar al discurso sobre la “inmigración” en nuestro país es lo que podríamos llamar la “cuestión adaptativa”: en qué medida las gentes que vienen pueden, saben, deben (o podrán, sabrán y deberán, so pena de ser expulsados del paraíso) adaptarse a nuestra cultura y nuestro modus vivendi -si es que hay un único que pueda predicarse de todos los ciudadanos del Estado español, y en que en aquel discurso plano parece ser dado por hecho-. No voy a cuestionar aquí la necesaria asunción y el respeto preciso de ciertas normas de convivencia y ciertos criterios de derecho elementales del sistema, pero el elemento más discutible que, a mi entender, subyace al “discurso sobre la adaptación”, a saber, el cultural, y la presentación de la “cultura occidental” y los “valores occidentales” como modelo supremo, y además justo, indiscutible, históricamente ético, pertrechado de toda la legitimidad de la unanimidad secular a las espaldas… todo ello, digo, creo que es otro cantar.

Parece que todo lo que no es occidente tiene problemas de identidad; parece que todo lo que no es occidente desarrolla “relaciones anómalas” con el pasado…


Resulta interesante la comparación, por sus potentes puntos de conexión a mi entender, entre los análisis actuales occidentales (o generados desde la intelectualidad autóctona endoculturada en occidente) en torno al llamado “mundo árabe” (cfr. Kassir 2006) y los realizados en torno a África. Estas reflexiones pueden contribuir, cuando menos, a cuestionar en algo el discurso “adaptacionista” que comentábamos, y acaso limar ciertas asunciones populares que considero, a la luz de todo ello, genuinamente inicuas.

Son comparables (o susceptibles de analogía, como mínimo) ideas tales como la importancia de la consideración del fenómeno emigratorio como “enlace” para repensar las relaciones culturales entre el “mundo árabe” y el “mundo occidental” (idem con el “mundo africano”), o el crucial reconocimiento de que no ha sucedido una revolución individualista en el mundo árabe (y su correlato de que el individualismo puede devenir un disolvente de valores), clave igualmente en los análisis africanistas.

O la identidad resentida (tras la dominación explícita colonial, la menos explícita –a veces- neocolonial, etc), que fundamenta la categoría del resentimiento, de la humillación y, por ende, la noción de una “patología” en la comprensión de la propia identidad que puede partir, en efecto, de la falta de reconocimiento y que puede entenderse, también, como un duelo fallido respecto al pasado, un pasado idealizado, falseado incluso, que opera como parapeto frente al presente.

O el énfasis en el espíritu de la asimilación, los sueños de panarabismo (panafricanismo) o las funciones de la violencia –yihadista- o la resistencia –palestina- (con sus diáfanas analogías en Fanon en torno al poder catártico y liberador de la violencia, para el caso de África).

O la importancia de recuperar la historia, el rigor de un enfoque histórico más allá de las reducciones “exoticistas” (peticiones de Bayart para con África); la carencia de “naturalidad geográfica” de las fronteras; el interés de occidente en estas regiones por motivos geológicos: oro negro –petróleo-, coltan; la sistemática manipulación occidental en conflictos autóctonos para su propio provecho geoestratégico y económico; la persistencia del esquema del súbdito frente al ciudadano; la falta de confianza en las propias instituciones.

            Hasta en lo que gracias a la globalización nos llega, en términos más positivos, a occidente del mundo árabe, como por ejemplo la industria musical (Kassir 2006: 119), podemos equiparar lo poquito que de bueno “nos llega” de África: en efecto, la música, la formidable, electrizante y fascinante música negra, los sones guineanos, la voz cobriza de Cesárea Évora descalza que nos transporta a la sensualidad isleña caboverdiana… el intimista tañido keniano de Ayub Ogada en largometrajes como “El jardinero fiel” o incluso las dulces cadencias senegalesas de Ismaël Lo en ciertos filmes de Almodóvar… Literatura, aún poca y salvada con pinzas, y ello a pesar de ciertos premios, Mahfud o Pamuk como árabes; Coetzee, un sudafricano, sí, pero blanco y afrikáaner, no lo olvidemos… no posee el color de Soyinka, y el color en África ha significado tantas cosas…

            Cuando se denuncia -desde occidente- el rechazo observado –al propio occidente- en el “mundo árabe” o el “mundo africano”, parece sugerirse que los africanos no “aceptan” el desarrollo porque no pueden (incapacidad por ingenuidad, ignorancia, estulticia…), mientras que los árabes no lo hacen porque no quieren (deliberada malevolencia: porque son “malos”, la condición que les otorga Huntington en su análisis en clave de “choque de civilizaciones”; no comparto estos términos absolutistas de descripción de la realidad, porque las nociones absolutistas nunca explican nada ni dicen verdad). La clave de la manipulación ideológica está clara. En ello hallamos también otra cierta verdad histórica: África, para occidente, fue siempre vista como un gran recurso mas nunca como rival; oriente, en cambio, sí constituyó un rival crucial de civilización, aparte de un recurso o fuente de recursos.

            Es probable que muchas de estas analogías aquí pergeñadas puedan realizarse también de otros “mundos”, como China y el Sudeste Asiático o, desde luego, América Latina. Todo esto nos conduce, al fin, a nuestra intuición inicial…

Parece que todo lo que no es occidente tiene problemas de identidad; parece que todo lo que no es occidente desarrolla “relaciones anómalas” con el pasado y hace “fantasmas” de su pasado glorioso. Parece que a todo lo que no es occidente cabe realizársele un psicoanálisis cultural, al más puro estilo freudiano, porque no sabe habérselas con su dolor, su dolor cultural, su sangre histórica y carnal, presente.

¿No será que la historia la siguen escribiendo los vencedores, a su manera, y eso hace que a los vencidos siempre les cueste más desarrollar una relación sana con su pasado, no humillante o reducida, en efecto?

14:07 | gestionado por Juan Carlos Velasco | Enviar comentario (2)

lunes, 03 de marzo de 2008

Con el intenso ritmo de crecimiento de la población extranjera en España se han ido registrando problemas de integración, que nadie de manera sensata puede negar. La carencia de un modelo adecuado de acogida y la amplitud de los procesos de llegada dan lugar a que muchos inmigrantes se vean abocados a procesos de precarización y exclusión social que en un futuro podrían cristalizar en bolsas de marginalidad. Con independencia de cómo se desarrolle esta cuestión, es una realidad que ya no es posible desconocer. De ahí que, conscientes de que la inmigración se ha convertido en una de las principales cuestiones sociales, en períodos electorales algunos partidos políticos creen encontrar en este tema un auténtico filón de votos.

 

Entre las propuestas sobre políticas migratorias formuladas durante esta larga campaña electoral, sin duda la que mayor eco ha encontrado en la opinión pública sea la presentada por el PP. Y en ello está quizás su mayor mérito: en la capacidad para poner el tema sobre la mesa. Me refiero obviamente a la idea de exigir un contrato de integración a los inmigrantes que deseen adquirir un permiso de residencia de más de un año o renovar el permiso de residencia inicial, por el que se comprometerían a cumplir las leyes, respetar las costumbres españolas, aprender la lengua, pagar los impuestos, trabajar activamente para integrarse en la sociedad española y regresar a su país si durante un tiempo no encuentran trabajo.

 


Lo primero que llama la atención de la propuesta del PP es la elección de la terminología empleada. A la hora de afrontar la compleja cuestión de la integración social de la inmigración, no se propone un conjunto de medidas más o menos articuladas de intervención ni tampoco se anuncian una previsión de gastos con los que poner en marcha determinadas políticas, sino que se pone todas las bazas en el establecimiento de un compromiso jurídico entre los inmigrantes y el Estado bajo la cobertura de un contrato. A nadie se le oculta que en esa figura jurídica se dan cita de una manera sumamente confusa las concepciones contractualistas de la filosofía política clásica, por una parte, y las obligaciones entre particulares contempladas en el Código Civil, por otra. No ésta la única consideración que cabe formular. Veamos algunas otras:

 

a)      El fundamento del deber general de sometimiento a la ley no es, ni puede ser, un contrato privado. Y menos aún por obra y gracia de un contrato privado puede instaurarse un nuevo status social, diferente al común de los ciudadanos. Por eso no se comprende muy bien porque se denomina a ese contrato de inclusión, cuando en realidad se trata de un contrato pensado para diferenciar y, por ende, para excluir. En todo caso, será por ley, y no por un contrato privado, por lo que se podrá expulsar del país a un extranjero. Ha de saberse además que para expatriar a cualquier persona se ha de contar con el acuerdo del país de origen.