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domingo, 28 de septiembre de 2008

autor: Miguel Vicente

A la feria “Madrid es Ciencia”, organizada por la Comunidad de Madrid a través de su Dirección General de Universidades e Investigación, se le ha concedido el premio “Ciencia en Acción 2008” por ser, según el jurado, “una iniciativa que implica: el acercamiento de la ciencia a la ciudadanía y la difusión de la cultura científica, así como la participación de alumnos, profesores e investigadores en la comunicación de la ciencia” Todo parece muy bonito, les doy la enhorabuena, pero la cuantía del premio enfría el entusiasmo,  son 1500 Euros, sí mil quinientos. La difusión científica, y de rebote nuestro sistema educativo, quedan así encasilladas en las actividades mileuristas.



Paul Newman, fallecido el viernes pasado, protagonizó en 1963, con Elke Sommer la película "El Premio". El premio Nbel, que concede la Academia Sueca de las Ciencias, une a su prestigio un honorario de un millón de Euros en 2008.


¿Y eso para qué sirve?: la difusión científica
Como última etapa de la investigación, la difusión adopta diferentes formatos según la audiencia a la que se dirige. Desde la publicación en una revista especializada, hasta una feria de la ciencia su objetivo es dar a conocer los resultados del trabajo de los científicos. Este objetivo sirve en el primer caso para comunicar la investigación a otros científicos y se realiza siguiendo unas pautas en las que prima la precisión en la exposición, el detalle experimental y la discusión de los resultados a la luz de las hipótesis de partida. Emplea un lenguaje técnico adecuado al conocimiento científico que se supone ha de tener el destinatario, que pertenece por regla general a un limitado número de científicos expertos previamente interesados en el tema que se expone.
La difusión al público, dirigida a audiencias no especializadas y frecuentemente no interesadas, exige no solo utilizar un lenguaje, escrito y visual, asequible, sino que debe incluir un fuerte componente de entretenimiento  para atraer la atención del destinatario. Uno de los errores que frecuentemente cometen los científicos cuando intentan comunicarse es pensar que su relato tiene interés en sí mismo y es atractivo para el público. Malo sería que el científico no estuviera convencido de que su trabajo es interesante, pero no por eso ha de dar por sentado el interés para los demás. Para comunicar suele ser útil pararse a ver con qué otras cosas se compite y resaltar los aspectos más atractivos del mensaje para que la audiencia decida emplear su tiempo en recibir nuestra información con preferencia a muchas otras.

¿Son malos los transgénicos? ¿Los marcianos se nos aparecen?
La difusión de los resultados del trabajo de investigación dentro del circuito profesional, ya sea por su publicación o por medio de seminarios y comunicaciones a congresos, sin duda es el modo de hacer avanzar el conocimiento científico. Difundir la ciencia al público tiene un valor no por diferente menos esencial. Las personas necesitamos aumentar nuestros conocimientos y satisfacer la curiosidad. Además de servir para aplicaciones prácticas, los resultados de la investigación contestan a los interrogantes sobre el mundo que nos rodea y sobre nosotros mismos. Aún más importante es disponer de información científicamente contrastada sobre muchos de los problemas que afrontamos en nuestra vida. Desde el consumo de alimentos transgénicos hasta el derecho a evitar el sufrimiento, hay muchas decisiones que no podemos dejar las tomen por nosotros. La difusión científica debe contribuir a formar a los ciudadanos para elegir las opciones que más les satisfagan. Por otro lado es preciso poner en su justo lugar a un sinfín de informaciones no científicas, desde medicinas milagrosas hasta apariciones maravillosas, que se presentan de forma muy amena y que pretenden tener, sin demostrarlo, una base científica.  

¿Quién tiene que contar la ciencia?
Ser buen científico no coincide exactamente con ser buen comunicador, y por lo común las publicaciones científicas, además de ser muy difíciles de comprender para el no iniciado, son bastante aburridas, como igualmente lo son las comunicaciones a congresos, incluso para los científicos que no trabajan exactamente en la especialidad de sus contenidos. También es difícil encontrar conferencias impartidas por científicos que brillen lo mismo por su amenidad y claridad de exposición que por el entusiasmo, indudable, del conferenciante. Ser buen comunicador no asegura por su parte ni ser buen científico ni guiarse por los mismos criterios de exactitud y precisión en el lenguaje que precisa la difusión de la ciencia. Resulta por todo ello difícil encontrar buena divulgación, muchos científicos se quejan de que los periodistas interpretan erróneamente la investigación. Por contra, los periodistas, y el público con ellos, suele encontrar al científico bastante pedante, arrogante y hermético. Posiblemente todos tienen razón y faltan profesionales que se especialicen en facilitar la difusión científica a todos los niveles y no solamente en la divulgación. Muchos trabajos científicos podrían contarse de una forma más comprensible, ya se nota una tendencia hacia ello en algunas revistas, sin perder precisión, exactitud y contenido, solo se necesita dar a la comunicación la importancia que merece.

¿Salir de la torre de marfil?
Para los profesionales de la comunicación la valoración de las actividades de difusión debería estar clara, es su trabajo. Pero para el investigador, fuera de las publicaciones científicas especializadas, no existe una valoración clara de su contribución a la difusión. Los sistemas de evaluación agrupan las actividades de difusión en el cajón de sastre titulado “otras actividades” y el peso concedido a su posible valoración es ínfimo. También suele pedirse al científico que participe en actividades de difusión sin ser remunerado, por amor al arte, es peor se le regala un bolígrafo. La difusión en alguna de sus facetas dirigidas al gran público no es barata y acaba por ser la primera partida a eliminar de los presupuestos cuando se aprieta el cinturón.  Si bien todos los responsables de la ciencia, empezando por la Comisión Europea, insisten en la importancia de comunicar los resultados de la investigación a la sociedad, se hace poco por valorarlo, por lo que no debiera sorprendernos que, en su mayoría, el investigador acabe refugiado en esa mítica torre de marfil.


17:22 | gestionado por Miguel Vicente | Enviar comentario (8)