Enviado el domingo, 08 de octubre de 2006 11:08
¿Cómo navegar por las procelosas aguas de la vida? Es aparente que el ser humano ha buscado siempre una guía. Al principio la guía era la familia, los padres, la tribu, el maestro artesano. Cuando la tribu se hizo demasiado grande se hizo necesario impartir mandamientos de obligado cumplimiento, leyes de comportamiento.
¿Es un hecho que solo se puede navegar siguiendo las leyes que otros han establecido? Las leyes fijan a las sociedades en esquemas inmutables, en la repetición exacta del mismo proceder. La única actividad de esas sociedades inmutables es la conquista del territorio del vecino, para volver a perderlo al cabo de unos años o de unos siglos. Leamos sobre la historia de las sociedades dogmáticas: Israel, los califatos, España en la Edad Media, la España de la Inquisición, la Francia de Luis XIV. Avances y retrocesos sin cambio alguno. Los israelitas conquistan Canaan, lo pierden, lo reconquistan, lo pierden,... Siempre igual, sin cambio alguno.
¿Debe ser la vida una repetición eterna de la misma actividad? ¿No ofrece la vida nada distinto al comportamiento de una manada de cebras?
Desde la más remota antigüedad siempre ha existido el lobo solitario, el explorador de nuevos caminos, el que abre posibilidades de progreso. Los seres humanos vivían recibiendo diariamente su ración de dogma. Una visita a la ciudad medieval de Zamora deja esto bien claro. En la Zamora vieja hay una iglesia para cada 100 habitantes. Todos los días se recibía la ley a la que no podía escapar nadie.
Pero un día, lejos de allí, en la Toscana, un ser humano descubrió que era posible negar el dogma, y que esa posibilidad abría al ser humano infinitos caminos de libertad. Galileo descubrió la ciencia, el esquema mental contrario al dogma, el sistema de duda permanente que sin embargo permite vivir infinitamente mejor que el sistema dogmático, porque permite explorar constantemente nuevas avenidas de comportamiento. De estas avenidas, algunas serán ciegas, y el ser humano las abandona. Pero otras florecen con posibilidades sin cuento. El ser humano puede avanzar hacia nuevos mundos.
El sistema de la duda, el escape de la certeza es peligroso y exige valor y trabajo. El sistema del dogma es tranquilizador en su estulticia. Dentro de la manada las cebras pastan sin agobio. Las grandes masas que imponen sus deseos exigen seguridad y tranquilidad. El esclavo vende su libertad a cambio de pan todos los días. Dentro de la cerca no hay sobresaltos. Todos conocen las órdenes del dueño, y nadie acepta que otro las ponga en duda, pues eso les obligaría a reaccionar.
El dogma es seguro y estulto, y sobre todo, exige la inquisición que reclamaban los pueblos castellanos a sus reyes: Nadie puede ser distinto, porque si hay solo uno distinto el sistema estalla.
Y sin embargo la duda se alza siempre triunfante sobre el dogma. En la Castilla inquisitorial Colón parte hacia América. En la Italia dogmática Galileo puede publicar sus trabajos. En la Francia borbónica Rousseau puede abrir los ojos a los franceses. Alrededor de la dogmática Nueva Inglaterra hay terreno de sobra para que los exploradores avancen escapando de los clérigos de Salem.
La lucha es amarga, pero el triunfo es seguro. El ser humano es ser humano porque la manada no es omnipotente. Si no fuera así seguiríamos pastando en las sabanas de África. Siempre se puede avanzar, con dificultad, con resistencia, con excomuniones y cárceles, pero al fin se avanza por el camino, sin dogma, sin seguridad, sin certeza, pero con libertad.