Estimada Silvia,
No tenga dudas que no estoy desinformado sobre los diferentes modos de vida que hay, no sólo en Europa, sino en todo el mundo. La pobreza, la miseria o los niveles de vida se encuentran en todos los países del mundo, en diferentes grados de gravedad. Pero es el promedio de ingresos de los niveles medios de la sociedad los que indican el estado de bienestar de ellas. Por ejemplo, en Cuba el ingreso medio de los empleados allí es de $10 dólares, de acuerdo a un informe publicado por una página de ultra izquierda en:
http://www.i-sis.org.uk/OrganicCubawithoutFossilFuels.php
donde intentan mostrar a la isla prisión como un verdadero paraíso socialista que es necesario imitar. Según ellos, la agricultura orgánica ha impulsado la “riqueza” de los cubanos, especialmente en La Habana, donde se han creado granjas urbanas orgánicas que proveerían de los alimentos necesarios para esa ciudad de poco más de 2 millones de habitantes. Los “dueños” (en realidad “permisionarios”) de esas granjas obtienen con esa actividad unos $500 dólares al año, es decir, apenas más de $41 dólares mensuales. La página web (en inglés, por desgracia para algunos) muestra que el compromiso de Fidel Castro con la ecología rabiosa (nada de consumismo, nada de pesticidas, nada de fertilizantes, nada de petróleo, etc) ha producido un boom de prosperidad en la sociedad cubana.
Desgraciadamente para los pobres cubanos, Cuba ha dependido siempre de la caridad de la Rusia Soviética para sobrevivir, y cuando ésta desapareció con la caída del Imperio Soviético, Cuba tuvo que recurrir desde hace unos 10 años a la caridad del petróleo de Chávez. Cuando Chávez desaparezca el problema se hará gravísimo, porque deberán salir a comprar el petróleo y pagarlo de contado. Cuando ese momento llegue, el dinero obtenido del tráfico de drogas que practica Castro y su camarilla (proveniente de las FARC de Colombia y su intermediario Chávez), quizás alcance para mantener a la isla funcionando algunos meses más. Luego, veremos.
Un país rico en recursos naturales de toda índole, como es el mío, Argentina, llegó a en 2003 a tener un nivel del 50% de su población por debajo de la línea de pobreza, y un 25% de la población en la calidad de indigentes. La proporción de estos últimos siempre se ha mantenido más o menos igual, aunque se ha incrementado bastante desde que los gobiernos populistas y demagógicos están gobernando de manera esquiciada al país. Los indigentes están en su mayoría en las regiones norte del país, y se trata de indígenas (Tobas, Wichis, Matacos y Guaraníes), que todavía siguen viviendo en las mismas condiciones culturales que sus ancestros, practicado el mismo tipo de estilo de supervivencia ancestral: la caza, la pesca y la recolección. Su agricultura es y seguirá siendo del tipo “orgánico”, sin pesticidas, fertilizantes, el desmalezado, la siembra, la cosecha (de magros resultados) es realizada totalmente a mano, sin maquinaria de ninguna clase. Sólo pico, pala y azadón (y a veces el antiquísimo “palo de cavar”), con el que hace un hoyito para plantar una semilla.
Por supuesto, esta pobre gente no está para nada interesada en las prácticas “ecologistas”, porque esas prácticas ya la hacen: nada de consumismo, nada de energía (aunque queman gran cantidad de biomasa para cocinar sus alimentos, y grandes extensiones de bosques para abrir espacio para sus pobres cultivos). Esa pobreza, nacida de el ancestral estilo de vida de los indios, se extiende a casi toda la población indígena de Sudamérica y América central. Hay, sin embargo, comunidades indígenas que han sabido salir de ese estado, como los indios Kaingang, del estado de Santa Catarina de Brasil, que hoy son los principales productores de trigo y soya del Brasil.
Pero sus cultivos los realizan mediante los adelantos tecnológicos más recientes, tractores, sembradoras, cosechadoras, etc, con control satelital, uso de especies transgénicas que han multiplicado el rendimiento de sus cosechas y han reducido al mínimo el uso de herbicidas y pesticidas, la rotación permanente de cultivos que eliminan el uso de fertilizantes a gran escala, y en especial, el uso de la llamada “siembra directa”, que abandona el tradicional arado a 35 centímetros de profundidad y lo reemplaza por una rastra que abre surcos de entre tres y cinco centímetros, que son sembrados (con la misma máquina que ara) en una sola operación, ahorrando una enorme cantidad de combustible. Los costos se han reducido, los rendimientos han aumentado (con la misma superficie cultivada), y los beneficios han aumentado de manera increíble, sobre todo con la enrome alza de los precios en los “commodities” (en especial la soya, el maíz, el girasol y el trigo) gracias a la demanda de China y la India, los principales compradores de la producción agrícola de Sudamérica. El precio de la soya, por ejemplo, pasó en un solo año de $500 pesos argentinos la tonelada a los $940 actuales, y el girasol está hoy a más de $1300 la tonelada cuando hace un año su precio era de menos de $600 pesos (un dólar es igual a 3 pesos).
Los estudios sociológicos que indican que mientas más rico se es más infeliz se hace uno, no han incluido en su análisis a los señores Rockefeller, a George Soros, a Bill Gates, a Al Gore, a los Bush, y los cientos de miles de ultra felices millonarios del mundo. Si bien el dinero “no hace la felicidad” tengo entendido que hace una fuerza enrome en ese sentido. La felicidad del indigente reside en la resignación, y resignarse no es precisamente una muestra de felicidad.
La infelicidad de los habitantes burgueses de los países ricos se origina en el “stress” al que la vida moderna les somete. Las urgencias por adquirir los medios económicos para sobrevivir, y en gran medida las noticias pesimistas y catastróficas que se le inyecta diariamente a los ciudadanos. Una persona con miedo es una persona estresada. Y su salud se resiente porque el estrés deprime al sistema inmunológico y lo deja víctima de cualquier virus y bacteria que hay en el ambiente. Pero eso es archisabido y está archi comprobado.
No creo que la gente pobre en los países industrializados haya caído en cuenta de que es “millonaria en servicios públicos.” Basta unos pocos centavos enviar una carta al otro extremos del mundo, o un email, cuando antes los reyes europeos tenían que enviar un mensajero que demoraba a veces meses en llevar el mensaje. Sólo es necesario entrar a un hospital público para hacerse un tratamiento, o una operación, que los millonarios Rothschild del siglo 19 debían desembolsar gran cantidad de dinero para obtener una cura que hoy es gratis. Transportes públicos, servicios de cloaca, de barrido y limpieza de las calles, iluminación, educación desde la infancia, entretenimientos, radio, TV, cines, viajes de vacaciones pagas, jubilaciones, pensiones, retiros de la vejez, y cientos o miles de cosas más que la gente no se para a analizar y reconocer en sus vidas diarias. Se vive hoy de una manera que nuestros abuelos jamás soñaron.
Y no crea usted que confundo necesidades básicas con lujos. En mis expediciones en el Amazonas entre 1971 y 1997, para mí era un lujo tomar una limonada con azúcar, o echarle sal a la carne. Ni hablar de una cama con sábanas limpias o de un retrete al que sólo es necesario oprimir un botón para olvidarse del asunto, o un repelente para mosquitos, y a veces una aspirina.
Dice usted que el estrés, el hacinamiento, la depresión, los “accidentes de tráfico” (de “tránsito” es el término correcto), también acaban con nuestras vidas, en “el sentido literal de la palabra.” En los países pobres lo que acaba con la vida son la malaria, la fiebre amarilla, el dengue, el tifus, el cólera, la desnutrición, los tigres, leones, jaguares, panteras, elefantes, hipopótamos (el animal que más muertes causa en África!), búfalos, serpientes, escorpiones, arañas, parásitos de toda clase y tamaño, cosas que en los países ricos son casi totalmente desconocidas.
Cuando la gente se de cuenta cuán afortunados son al vivir en esos países ricos, dejará de preocuparse y estresarse y ser infeliz. Por ello sigo insistiendo que lo primero que los países pobres necesitan es DEJAR DE SER POBRES. Después verán si les conviene adquirir las neurosis que los ecologistas les han metido en la cabeza a los habitantes de los países ricos.
Perdón por la extensión de la respuesta.
Quizás me olvide de muchas cosas, pero no quiero hacerla más larga a mi respuesta.