Enviado el viernes, 07 de diciembre de 2007 5:13
He estado leyendo hoy
sobre los problemas que tenía Boltzmann con los que le
rodeaban, incluso con los científicos de su tiempo, que no
conseguían entender sus ideas acerca de la entropía. El
problema era, entonces como ahora, que hay quienes piden demasiado a
la ciencia. El ser humano ansía seguridad. Los amantes se
dicen ”¿Me quieres realmente?¿Me querrás
siempre?”, los empleos deben de ser para siempre, las ideas no
pueden cambiarse. El triunfo de las religiones es que ofrecen dogmas
fijos, “verdades” eternas. La ciencia, por otro lado, solo
ofrece un método de trabajo, una progresión hacia la
realidad, pero no ofrece nunca seguridad. Esto, que es la inmensa
belleza de la ciencia, es su mayor desventaja ante los ojos de
quienes quieren otra cosa.
En un sistema de muchas
partículas (por ejemplo, de 10**20 partículas (**20
indica “elevado a 20”)) el número de posibilidades de que
la energía esté repartida casi por igual entre ellas es
de 10**(10**20): un número mayor que cualquier otro en el
universo, mayor que su tamaño en picometros, mayor que su edad
en picosegundos, mayor que el número de quarks que pueda
tener. Pero no es infinito. Es posible que en una fracción de
picosegundo toda la energía se concentre en una única
partícula y que las demás queden, durante ese
picosegundo, paradas. Es una posibilidad, altísimamente
improbable, pero es una posibilidad y no podemos rechazarla. La
ciencia no habla de seguridades como la religión, solo puede
darnos probabilidades.
Pero al hacer ésto,
hace mucho más que cualquier otro esquema posible de
pensamiento: nos ofrece una seguridad máxima, no infinita,
pero si máxima, acerca del mundo que somos nosotros y que nos
rodea. Es máxima porque cualquier otro esquema de pensamiento
no hace más que engañarnos: Al postular seguridad y
verdades eternas está, de manera evidente, produciendo un
error en nuestras mentes, puesto que es claro que ni seguridad ni
eternidad existen.
La ciencia, con todas sus
limitaciones, es el único esquema, con el arte, que nos dice
algo real, inseguro pero real, acerca del mundo.
El problema de los
escépticos sobre el cambio climático,
de los escépticos convencidos, no de aquellos que lo niegan
por intereses económicos, es que ansían una nueva
religión, una seguridad que la ciencia no puede dar. Niegan la
realidad que se abre ante sus ojos sencillamente porque en vez de
seguridad solo ofrece probabilidad.
Pero ¡qué
mundo tan aburrido sería ese que ofreciera seguridad sobre
todo lo que hay en el! El mundo real ofrece aventura,
búsqueda, investigación. Ofrece inseguridad.
¡Estudiémoslo!