Aparece hoy una noticia sobre la subidad e precios de productos agrarios.
Es evidente que todos queremos que nuestra vida sea la mejor posible, y
en el colmo del idealismo, nos gustaría ganar un millón de euros al mes
sin dar ni clavo, y sobre todo que no lo ganaran otros, para poder
comprar sus servicios.
Pero si bajamos al mundo real, parece más razonable esperar que las
cosas tengan un precio, el precio real de la energía que precisan para
su producción. Durante 50 años hemos estado pagando de los combustibles
fósiles solo la necesidad de energía para su extracción, transporte y
refino, añadiendole el precio correspondendiente para pagar los lujos
de los dueños de los pozos de petróleo y las empresas distribuidoras.
Pero no hemos pagado el precio de polucionar el planeta con los gases
sulfurosos, los óxidos de nitrógeno y el CO2.
Esta subida de precios de los productos agrarios es una primera señal de que los precios reales se están empezando a ajustar.
Podemos seguir viviendo igual de bien que antes, si por vivir igual de
bien aceptamos tener los mismos lujos, pero es claro que para ello
tendremos que pensar más y trabajar más, lo cual no solo es bueno, sino
que es inmejorable en una sociedad que se estaba dejando ir por la
pendiente irreal del "dolce far niente", un hacer nada que a la larga
acaba pasando una factura terrible, como se vió en los imperios romano,
español y chino.
Trabajar y pensar son buenos, no solo porque nos mantienen en forma,
sino porque solo así podemos afrontar los desafíos siempre cambiantes
del sistema natural.