Estamos enfrentados a un
cambio climático de magnitud inimaginable. Es por esto por lo
que es tan peligroso, porque es muy difícil que la masa de la
población sea consciente de él.
En el último año
he dado entre una y dos conferencias semanales sobre este riesgo al
que estamos enfrentados. Las audiencias acaban convencidas, pero la
gran masa de la población, aquella sobre la que se apoyan los
políticos para mantener la estructura de sociedad tribal que
necesitan, queda fuera del alcance de las charlas. Detener el cambio
climático exige innovación, innovación
energética y sobre todo, innovación social. Es preciso
cambiar, muy poco, pero radicalmente, nuestra idea de vida.
Las sociedades tribales
rechazan la innovación: De hecho, es lo que rechazan de forma
básica. La idea de la tribu es que cualquiera tiempo pasado
fue mejor, que el código de conducta correcto se emitió
hace cientos de años, o ciento cincuenta años, y que
nuestro papel en la Tierra es comer para procrear y morir: Nada más.
Es la animalidad en estado puro.
¿Es posible la
innovación en España? Tras unos años de
esperanza la sociedad española deriva con fuerza hacia un
esquema tribal del que casi salió en un momento mágico,
momento que finalmente rechazó. No hay más que ver el
comportamiento de nuestros estudiantes en la universidad o en la
secundaria: Su esfuerzo es por encontrar su sitio en la tribu, no por
salirse de la misma, no por descubrir nuevos mundos, nuevas formas de
vida. En la tribu el deber es para con ella misma, para sus jefes
designados. El esquema es jesuítico: El ser humano pierde la
libertad y trabaja por la “Orden”, vive por la orden y sube en la
orden si se porta según las reglas establecidas. En la
sociedad tribal el labrador muere como labrador, sin poder salir de
su posición en la vida, a no ser que el señor quiera
exaltarlo. El esfuerzo personal no sirve de nada y todo deriva del
deseo del cabecilla y de su consejo de gobierno.
El año pasado
ejercí como jurado de un premio a la innovación en
España. Era uno entre 30, y evidentemente estaba allí
de más. A pesar de mi rechazo el premio se otorgó a
personas ya mayores que habían trabajado en la inseminación
artificial, en la pasteurización de la leche y en hacer
puentes colgantes. Actividades todas útiles a la sociedad,
pero cuyo carácter innovador es nulo. El problema no eran
estas personas, que habían hecho lo que la sociedad pedía
de ellas. El problema era los que defendían y votaban a estas
personas: Eran jurados convencidos de que estaban votando por la
innovación. Para ellos innovación es pasar del teléfono
negro a teléfonos de colores, pero siempre teléfono de
mesa.
Hace unos días se
otorgó por una institución otro premio substancial a la
transferencia de conocimiento a la sociedad: El premio se dio a un
trabajo sobre aguas residuales. De nuevo, una investigación
sin el menor alcance científico, que supone nula innovación,
y que como mucho ayuda a la tribu a seguir emitiendo sus aguas
fecales porque hay un proceso de limpieza de las mismas.
Hace unos meses un grupo
de científicos propusimos un sistema de investigación
sobre el cambio climático en España: Se trataba de
cooperar entre una seria amplia de grupos, mediante el desarrollo de
nuevos modelos basados en hipótesis realistas. La sociedad lo
rechazó: Era demasiado innovador. El organismo que paga la
investigación en España rechaza de plano toda aquella
que sea esencialmente nueva, porque “no tiene garantía de
éxito”. La investigación que se financia es aquella
inconexa, que llevan a cabo dos o tres pequeños grupos
descoordinados de los demás en España. Una
investigación que se limita a poner los puntos sobre las ies y
los palos a las tes. Una investigación de la cual jamás
se recogen los resultados, que quedan dispersos en las revistas en
que se publicaron. Una investigación sin objetivos. Una
investigación tribal.
La tribu no permite el
cambio.
Conseguiremos detener el
cambio climático, pero en vez de afrontarlo cómo lo
hizo la aristocracia inglesa, incorporando a la nueva burguesía
a sus filas, lo haremos de forma sangrienta y dolorosa, a la manera
de la tribu aristocrática francesa que se resistió como
gato panza arriba y acabó en la guillotina antes de aceptar la
innovación de la nuevas burguesías comercial y
financiera.
La tribu, y la orden
jesuítica de sus jefes, no puede tolerar el trabajo por libre,
la innovación real. Acepta una jeringa modificada para
introducir el semen en la vagina de la vaca, acepta un nuevo método
para hacer yoghures, unos nuevos tensores para los puentes colgantes,
un sistema de depuración de aguas fecales. Pero no puede
aceptar un nuevo esquema de generación de energía, ni
una nueva teoría económica, ni un nuevo modelo para el
clima ni para las olas extrañas.
La tribu se rehace una y
otra vez, porque ofrece una seguridad mísera frente a una
libertad arriesgada pero gloriosa.
Nos hicimos “sapiens”,
pero mantuvimos aun muchísimo del “homo” tribal de las
sabanas.
¿Seremos capaces
algún día de realmente dejar atrás la tribu?