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sábado, 07 de julio de 2007

Estamos enfrentados a un cambio climático de magnitud inimaginable. Es por esto por lo que es tan peligroso, porque es muy difícil que la masa de la población sea consciente de él.
En el último año he dado entre una y dos conferencias semanales sobre este riesgo al que estamos enfrentados. Las audiencias acaban convencidas, pero la gran masa de la población, aquella sobre la que se apoyan los políticos para mantener la estructura de sociedad tribal que necesitan, queda fuera del alcance de las charlas. Detener el cambio climático exige innovación, innovación energética y sobre todo, innovación social. Es preciso cambiar, muy poco, pero radicalmente, nuestra idea de vida.

Las sociedades tribales rechazan la innovación: De hecho, es lo que rechazan de forma básica. La idea de la tribu es que cualquiera tiempo pasado fue mejor, que el código de conducta correcto se emitió hace cientos de años, o ciento cincuenta años, y que nuestro papel en la Tierra es comer para procrear y morir: Nada más. Es la animalidad en estado puro.

¿Es posible la innovación en España? Tras unos años de esperanza la sociedad española deriva con fuerza hacia un esquema tribal del que casi salió en un momento mágico, momento que finalmente rechazó. No hay más que ver el comportamiento de nuestros estudiantes en la universidad o en la secundaria: Su esfuerzo es por encontrar su sitio en la tribu, no por salirse de la misma, no por descubrir nuevos mundos, nuevas formas de vida. En la tribu el deber es para con ella misma, para sus jefes designados. El esquema es jesuítico: El ser humano pierde la libertad y trabaja por la “Orden”, vive por la orden y sube en la orden si se porta según las reglas establecidas. En la sociedad tribal el labrador muere como labrador, sin poder salir de su posición en la vida, a no ser que el señor quiera exaltarlo. El esfuerzo personal no sirve de nada y todo deriva del deseo del cabecilla y de su consejo de gobierno.

El año pasado ejercí como jurado de un premio a la innovación en España. Era uno entre 30, y evidentemente estaba allí de más. A pesar de mi rechazo el premio se otorgó a personas ya mayores que habían trabajado en la inseminación artificial, en la pasteurización de la leche y en hacer puentes colgantes. Actividades todas útiles a la sociedad, pero cuyo carácter innovador es nulo. El problema no eran estas personas, que habían hecho lo que la sociedad pedía de ellas. El problema era los que defendían y votaban a estas personas: Eran jurados convencidos de que estaban votando por la innovación. Para ellos innovación es pasar del teléfono negro a teléfonos de colores, pero siempre teléfono de mesa.

Hace unos días se otorgó por una institución otro premio substancial a la transferencia de conocimiento a la sociedad: El premio se dio a un trabajo sobre aguas residuales. De nuevo, una investigación sin el menor alcance científico, que supone nula innovación, y que como mucho ayuda a la tribu a seguir emitiendo sus aguas fecales porque hay un proceso de limpieza de las mismas.

Hace unos meses un grupo de científicos propusimos un sistema de investigación sobre el cambio climático en España: Se trataba de cooperar entre una seria amplia de grupos, mediante el desarrollo de nuevos modelos basados en hipótesis realistas. La sociedad lo rechazó: Era demasiado innovador. El organismo que paga la investigación en España rechaza de plano toda aquella que sea esencialmente nueva, porque “no tiene garantía de éxito”. La investigación que se financia es aquella inconexa, que llevan a cabo dos o tres pequeños grupos descoordinados de los demás en España. Una investigación que se limita a poner los puntos sobre las ies y los palos a las tes. Una investigación de la cual jamás se recogen los resultados, que quedan dispersos en las revistas en que se publicaron. Una investigación sin objetivos. Una investigación tribal.

La tribu no permite el cambio.

Conseguiremos detener el cambio climático, pero en vez de afrontarlo cómo lo hizo la aristocracia inglesa, incorporando a la nueva burguesía a sus filas, lo haremos de forma sangrienta y dolorosa, a la manera de la tribu aristocrática francesa que se resistió como gato panza arriba y acabó en la guillotina antes de aceptar la innovación de la nuevas burguesías comercial y financiera.

La tribu, y la orden jesuítica de sus jefes, no puede tolerar el trabajo por libre, la innovación real. Acepta una jeringa modificada para introducir el semen en la vagina de la vaca, acepta un nuevo método para hacer yoghures, unos nuevos tensores para los puentes colgantes, un sistema de depuración de aguas fecales. Pero no puede aceptar un nuevo esquema de generación de energía, ni una nueva teoría económica, ni un nuevo modelo para el clima ni para las olas extrañas.

La tribu se rehace una y otra vez, porque ofrece una seguridad mísera frente a una libertad arriesgada pero gloriosa.

Nos hicimos “sapiens”, pero mantuvimos aun muchísimo del “homo” tribal de las sabanas.

¿Seremos capaces algún día de realmente dejar atrás la tribu?

16:45 | gestionado por Antonio Ruiz de Elvira | Enviar comentario (8)