Este blog no tiene mucho
que ver con el Medio Ambiente, pero es una reflexión que
quiero compartir aquí. Ayer me acerqué al Museo del
Prado para intentar ver la exposición de Tintoretto. La cola
tenía pinta de durar un par de horas, y evidentemente desistí.
Hace años que no voy a los conciertos, que voy a pocos teatros
y a casi ninguna exposición. Tampoco subo al monte ni voy a
esquiar y las horas de playa son un pequeño tormento, solo
aliviado porque la masa de la humanidad española no sabe
nadar, de manera que cuando avanzo 100 metros mar adentro puedo nadar
un par de kilómetros sin chocar con nadie. Es claro que en
cuanto salgo a la arena me retiro al apartamento.
Hoy el ocio es lo más
parecido al trabajo que puede haber. Es preciso planificarlo,
estudiarlo, reservarlo, sufrirlo.
El ocio debería
ser eso, ocio: Una actividad espontánea, una -diversión-,
un placer inesperado. Cuando el ocio se convierte, como en las noches
del viernes de los jóvenes, en algo obligado, en algo
rutinario, en algo incómodo, deja de ser placer y se convierte
en obligación. Cuando para pasear por el monte hay primero que
coger el coche y desplazarse 400 km, y aun así se encuentra
uno como en la Puerta del Sol a las seis de la tarde, cuando para
esquiar hay que pedir paso en medio de una muchedumbre, cuando para
ver unos cuadros debe uno esperar un par de horas, el ocio pierde
todo su encanto.
Desde hace tiempo monto
en bicicleta los domingos por las calles de Madrid: No hay gente, no
hay aglomeración, estoy mas solo que en cualquier montaña
o carretera. Los cuadros los veo en internet, la música la
escucho en el salón de casa, y mi ocio es realmente mi
trabajo.
¿Es agradable un
ocio trabajado?
Esta vida de aglomeraciones que hemos
elegido, ¿Vale la pena?