En la última semana de Noviembre, 2006, asistí a tres reuniones semi-científicas. En la primera de ellas se trataba de pensar en los escenarios posibles para la energía, en España en los próximos 23 años. En la siguiente se trataba de debatir con el público sobre el papel de la universidad en la sostenibilidad. En la tercera se trataba de asistir a la entrega de unas medallas de oro a la innovación en España.
Los resultados de las tres fueron similares. La imaginación, la capacidad de innovación, las nuevas ideas son, en España, limitadas. Ante el reto del cambio climático, ante el reto de una vida con escasez de combustibles fósiles y con estos combustibles contaminando el ambiente (llevo tres meses tosiendo sin parar, y pienso que es alergia al gasóleo) a la mayoría de los “expertos en energía” solo se les ocurría insistir en buscar nuevas formas de utilizar el petróleo y el carbón. Ante la propuesta de “Vamos a buscar nuevos caminos en la energía” la respuesta fue “No puede ser”, en vez de “¡Probemos!”
En la reunión sobre sostenibilidad, el papel de las universidades no era, para cuatro de seis ponentes, el de dirigir el pensamiento hacia nuevas ideas, hacia un bienestar sostenible en vez de hacia un imposible desarrollo sostenible. Para esos cuatro ponentes el papel de la universidad era poner cubos de residuos y plantar 400 árboles. No era lanzar ideas a la sociedad. Era hacer cositas en vez de lanzar ideas. Era, centradas las universidades en si mismas, como los cortijos romanos en la decadencia del imperio, plantar romero en sus patios.
En la entrega de medallas, se escucharon panegíricos sobre la maravillosa labor de los premiados. Estos habían contribuido al progreso de la humanidad en cosas tan esenciales como la inseminación artificial de las vacas, los yogures o los puentes colgantes. Cosas todas necesarias, pero, no sé como decir, carentes de la fuerza que necesitamos para cambiar el paradigma social.
Conducía estos días por Madrid. Veía a las señoras acercarse al mercado, a las chicas mirar los escaparates, a los señores correr de semáforo en semáforo apartando coches para pararse unos metros más adelante. Pensamos que somos algo especial, pero visto desde lejos hacemos exactamente lo que hacen las hormigas de un hormiguero.
Solo en la creación, en los libros, en las partituras de Bach, de Händel, de Mahler, de Wagner, en los cuadros, en las esculturas, en los edificios singulares, en la ciencia, solo en ello somos algo distinto de las hormigas de un hormiguero. Pero la mayoría de las hormigas no apoyan el trabajo creativo. Quizás los que lean estos blogs decidan seguir con mayor fuerza de con la que ya lo hacen su labor esencialmente humana, esencialmente lejos de las hormigas, su labor de creación. Deben saber que lo harán sin apoyo, es más, con el rechazo del hormiguero. Pero deben hacerlo, y pueden hacerlo. El rechazo es parte del esfuerzo. Es inherente al mismo. Las hormigas tratarán de alejar del hormiguero, incluso tratarán de eliminar, a aquellos que quieran ser humanos. Pero solo en la creación seguiremos siendo humanos en vez de decaer de nuevo, como en aquella decadencia romana, hacia una vida puramente animal.