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lunes, 27 de noviembre de 2006

La historia de la España de los siglos XVII, XIX y XX es la historia de una stasis. Incluso en la región más dinámica, Cataluña,  lo único que evoluciona, la economía, lo hace basada en un esquema de proteccionismo total, de garantía arancelaria que la hace producir un desarrollo sin casi evolución, un desarrollo estático.


 

¿De donde puede derivar esta stasis esencialmente social? Ya desde los arbitristas del siglo XVII está la pregunta en el aire, con escasa o nula respuesta, o por mejor decir, con miles de respuestas que se revelan  generalmente como incompletas.

 

España era un imperio poderoso que se mantuvo bastante más que otros muchos,  a pesar de problemas crónicos de su economía, problemas que produjeron la escasez de los ejércitos y una armada a todas luces insuficiente. La única razón posible para este mantenimiento frente a las dificultades económicas es el adoctrinamiento constante y machacón que forzaba la stasis en el pensamiento y en la acción.  La Inquisición no era un instrumento de control moral o religioso, era un perfecto instrumento de control político mediante el cual se mantenía la disciplina de la sociedad sin el gasto de un ejército o de un cuerpo de policía. Mientras que en Inglaterra, por ejemplo, se permitía  (y ¿qué podían hacer los gobiernos para impedirlo?)  el disentimiento, la duda sistemática,  la exploración de nuevas avenidas, en España la sociedad en general reprimía lo singular, y solo permitía la generalidad mediocre, la vida en tribu donde todos se miran constantemente y se corrigen sin parar, pues la salvación de cada uno deriva de que los demás se comporten de la forma aceptada como correcta.

 

En el libro de Gabriel Tortella, “El desarrollo de la España Contemporánea”, aparecen, desde el siglo XVIII, toda clase de intentos de cambio que se diluyen a poco de ser propuestos. Esto solo puede ocurrir porque como las semillas que caen sobre suelo rocoso, mueren por falta de alimento a poco de germinar. Así las variadas desamortizaciones, cuyo objetivo no es cambiar el esquema social sino obtener un dinero líquido cambiando la propiedad de manos sin cambiarla de estructura. (Tortella, ibid. pag. 49) .

 

La educación se reforma en su localización, pero se toma mucho cuidado en que la educación no quiera decir innovación. Las escuelas de ingeniería se desarrollan bajo un régimen militar, que deja paso poco a poco a un sistema de cuerpos elitistas (¿clubes pseudo-militares?)  que perdura hasta la actualidad. La enseñanza en las escuelas de ingeniería en el año 2006 no solo no promueve la innovación (salvo en muy contados casos) sino que fuerza la aceptación del método establecido, de los conocimientos fijos e inmutables. Así los ingenieros que realmente copan los escalones de control en la sociedad y la administración españolas son los de Caminos, un cuerpo pseudo-militar que insiste en hacer carreteras, canales y puertos de manera esencialmente similar a como ya se hacían en el siglo XIX.

 

Expone Tortella (ibid. pag 66 y sig.)  el desarrollo de la industria textil algodonera en Cataluña. Esta  industria, que debería haber abierto la vía innovadora en la sociedad española, se cierra en si misma como el resto de los intentos realizados en nuestro país. Las máquinas que utiliza son todas importadas, y consigue mantenerse a flote vía el monopolio que le otorgan las leyes proteccionistas de los gobiernos españoles. Los esfuerzos de Goyeneche para desarrollar una industria cerámica en Nuevo Baztán, del  Marqués de Sargadelos, quemado y mutilado en su propio pueblo por haber puesto en marcha algo nuevo como eran altos hornos y una fábrica de cerámica, y de algunos otros, fracasaron a poco de empezar.

 

El problema no acabó ni en el siglo XIX, ni siquiera en el siglo XX, sino que se perpetúa hoy en los comienzos del siglo XXI. Se puede ver sin más que asomarse a las cafeterías de las facultades universitarias, sin más que ver los curricula de los nuevos profesores que acceden a la docencia,  a las iniciativas de los rectores universitarios, y, sobre todo, a los nuevos púlpitos, las pantallas de los televisores desde donde se predica la nueva/vieja doctrina del conformismo, de ser exactamente iguales a los demás, del rechazo a la originalidad, del elogio de la mediocridad.  Se ve sin más que observar que las empresas innovadoras (Gamesa, por ejemplo) son compradas por grandes constructoras, que empresas con ideas, Gas Natural, por ejemplo, quieren integrarse en  dinosaurios energéticos como Endesa (que basa su negocio en algo tan innovador como las centrales de carbón y nucleares de hace 30 años).  

 

Los memes no perdonan. Y no perdonan porque no son explícitos. Cuando una nueva secretaria, un nuevo ingeniero llegan a cualquier empresa española, no hay nunca escrito un código de comportamiento. Para saber como se actúa  en cualquier empresa lo que se hace es preguntar a los veteranos: “Aquí, ¿cómo se hace esto o aquello?”. La respuesta es oral. Al no existir código alguno, no puede rechazarse ese código no existente, y las cosas siguen eternamente iguales a si mismas. 300 años de adoctrinamiento no pueden derrocarse mediante ninguna revolución, porque no hay realmente nada concreto contra lo que rebelarse. En la Inglaterra de Carlos I, o de Jaime II se podía luchar contra los reyes. En la Francia feudal de Luis XVI  los nuevos ricos podían exigir la caída de los privilegios. Pero en la España actúal, donde la riqueza se obtiene haciendo las mismas casas que hace 50 años, ¿contra qué nos rebelamos?

7:19 | gestionado por Antonio Ruiz de Elvira | Enviar comentario (11)