Una de las preguntas que se ha hecho el ser humano desde que tenemos noticia de su pensamiento es ¿Qué es la vida? y otra ¿Somos distintos del resto de los seres vivos?
Las respuestas han sido variadas, por decir algo, y, como he dicho en estos blogs, es claro que nunca podremos llegar a una explicación total y cierta de la vida, pero, como también he dicho, podemos ir acercándonos a ella poco a poco.
¿Qué es lo que hacen todos los seres vivos? No tenemos más que abrir la ventana al amanecer y mirar los vencejos y los aviones persiguiendo como rayos el plancton aéreo, como ya he explicado un par de veces en estos blogs. Los seres vivos somos máquinas que precisamos energía. Podíamos llegar a decir que somos máquinas cuyo objetivo es conseguir energía. Las máquinas más al uso que conocemos utilizan la energía para moverse, pero se mueven por muy diversos motivos, mientras que los seres vivos se mueven esencialmente para seguir consiguiendo esa energía. O, ¿Qué hacemos en nuestra vida humana? Cuando salimos de casa, ¿para qué salimos? Una parte importante de nuestra actividad diaria se emplea en conseguir dinero que inmediatamente cambiamos por energía en el desayuno con churritos, en la comida de “negocios” (para poder seguir consiguiendo energía), en la gasolina que metemos en el coche.
Y ¿Para qué se lanzan los vencejos en esas trayectorias acrobáticas que ningún paracaidista deportivo puede ni siquiera imitar? ¿Para qué necesitamos comer cada X horas?
Todos los seres vivos estamos formados por células La energía que capturan las células les permite adicionalmente capturar materia que convierten en elementos celulares, creciendo sin parar, hasta el momento en que se dividen en nuevas células que repiten el proceso. El esquema es imparable. Es como uno de esos juguetes que en cuanto reciben luz empiezan a moverse.
¿Se necesita algún artificio para comenzar ese movimiento continuo de duplicación con errores? No lo sabemos, pero podemos investigarlo. El ensamblaje de moléculas complejas es tan automático como el ensamblaje de protones y neutrones para formas los elementos de la tabla periódica. El ensamblaje de moléculas patrón, como el ARN y posteriormente el ADN no parece ser tampoco inmensamente complicado. Podemos deducir que las bases de la vida son aceptablemente posibles.
Cuando una célula captura energía, crece, y se divide en otras, las copias no pueden ser nunca exactamente iguales, por el mero hecho de que hay muchas combinaciones de átomos que implican moléculas parecidas pero levemente distintas con un esquema energético y de fuerzas similares entre sí. Si las copias no son exactamente iguales, habrá algunas que puedan colonizar ambiente en las que las primeras no podían capturar energía. Células distintas pueden soportar, por ejemplo, distintos grados de acidez en su entorno. Una vez que tenemos células diversas, todo el espectro vital es posible, incluso nosotros mismos, con nuestra capacidad de imaginar y por tanto, de crear.
Aquí está la posible contestación a la segunda pregunta. Somos distintos del resto de los seres vivos porque somos el primer organismo vivo lo suficientemente complejo como para poder recombinar imágenes grabadas en los circuitos neuronales, y por tanto, para poder crear, en la mente, y a partir de la mente, en la realidad, cosas absolutamente nuevas en el universo. Una cantata de Bach es algo que no existía en parte alguna de nuestro universo antes del acto de creación. La creación no es, evidentemente, no del sonido, ni de cada nota individual. Lo que somos capaces de crear los humanos son combinaciones nuevas de elementos existentes. El pensador de Rodin, el David de Miguel Ángel, la catedral de Chartres, la teoría electromagnética de Maxwell, la teoría de la relatividad de Eistein, por ejemplo, son creaciones del ser humano, distintas de las combinaciones atómicas, moleculares o celulares que hasta esos momentos habían aparecido en el mundo.
Y aquí, en la creación, está uno de los posibles objetivos, no de la “vida”, sino de nuestras vidas particulares.
Nuestras vidas individuales son finitas y razonablemente cortas, y está bien que así sean, pues si el mundo es ya un pequeño horror con 6.000 millones de personas, ¿Cómo sería si no muriésemos? Y envejecer acaba siendo otro horror, aunque no sea más que por la inmensa acumulación de memorias que, dadas las capacidades de nuestro pequeño cerebro, acaban produciéndonos un agotamiento mental que, muy probablemente, sea una de las causas de las muertes “naturales”.
Cada uno de nosotros somos finitos y mortales, pero, en escalas “humanas” de unos 100 años, nuestra especie es muy longeva, e incluso cuando desaparezca, como han desaparecido todas las especies vivas que en el mundo han sido, desde trilobites, hasta dinosaurios, hasta Neandertales, la especie o especies que nos reemplace será o serán nuestras herederas.
Por tanto la vida individual tiene un posible sentido, y es un sentido que depende solo de nosotros, sin necesidad de indemostrables agentes externos, y adicionalmente es un sentido digamos “democrático”: Nuestra vida es un eslabón en una cadena muy larga que no acaba con nosotros. Nuestra obra, nuestra creación, mayor o menor, genial o humilde, es la heredera de lo que nuestros antepasados construyeron, y es la garantía de lo que harán nuestros hijos, la humanidad que nos siga. En vez desintegraciones nirvánicas, en vez de problemáticas “salvaciones” o condenas individuales, vivimos en una comunidad global hoy, que deriva de una comunidad que viene de muy lejos y que debe alcanzar muy lejos en el tiempo. Nuestra creación individual es imprescindible para la vida actual de nuestras especie y del resto de los seres vivos, hoy y a lo largo de todo el futuro.
Aceptar esto es aceptar el punto de vista de la ciencia, en la medida en que la ciencia afirma que la vida es una construcción constante, que no hay nada fijo ni finito, que podemos ir conociendo cada vez más de nuestra realidad, y que ese conocimiento se basa no en afirmaciones gratuitas de algunos seres humanos, incomprobables por el resto, sino en la experiencia diaria de cada uno de nosotros, que podemos dejar caer un par de bolas del mismo diámetro, una de plomo y la otra de madera de sáuco, y ver, todos, que llegan ambas al mismo tiempo al suelo, sin necesidad de que nadie nos diga nada de ellas antes de dejarlas caer.
¿Elegimos la -casi- segura ciencia o la no-probable revelación?