Estoy pasando unos días en un pueblo de pescadores de Andalucía. Hace una semana apareció una noticia que indicaba que según la Junta de Andalucía en esta comunidad autónoma hay unos dos millones y medio de pobres, de entre ocho millones de habitantes. Es curioso que un gobierno que lleva 16 años en el poder confiese que tras esos años de gestión su población sigue en un alto porcentaje en la pobreza, que un gobierno confiese un fracaso tan monumental.La única explicación que se me ocurre es que el mismo gobierno sabe que no está diciendo la verdad. En el pueblo donde estoy todo son barcos, motoras, Mercedes, BMWs, Audis y motos por todos lados, las peñas carnavaleras no parecen tener ningún problema económico y los bares y restaurantes están llenos. Quizá la pobreza está en los pueblos de la Sierra, pero no es creíble que el 30% de la población de Andalucía viva en esos pueblos, tan pobres ellos.
Enfín, que yo pienso que en vez de pobreza lo que hay es riqueza, quizá riqueza oculta (y eso dice mucho acerca de un gobierno que no sabe lo que tienen sus ciudadanos) pero riqueza al fin y al cabo. Y aquí empieza mi reflexión más o menos científica.
Los albañiles de la obra de un hotel que están haciendo cerca de la playa, frente a donde yo estoy estos días, se bajan de Audis y BMW's. Es decir, tienen dinero para comprar esos coches. Ese dinero lo reciben de los promotores del hotel que a su vez lo recibirán de vuelta en su día de los huéspedes de ese mismo hotel que, muy probablemente, serán entonces albañiles de otro hotel que se estará construyendo en algún otro punto de la costa.
A mí me paga la Comunidad Autónoma de Madrid con el dinero que los ciudadanos le prestan, un dinero que esos ciudadanos han recibido antes de otras personas que lo han cobrado antes de otras personas, entre ellas de mí mismo, que les he pagado por alguna reparación, por la comida que he comprado, por los libros que he adquirido, etc., etc.
La economía (la real, no la ciencia económica) es así un flujo continuo. Como flujo, en él ni se crea ni se destruye nada, solo se traslada de sitio.
Sin embargo, día a día, año tras año, la riqueza aumenta, testigo esos BMWs de que disfrutan hoy los albañiles y que ayer disfrutaban en exclusiva los notarios (por hablar de un grupo de personas tradicionalmente ricas).
Esa riqueza no puede salir del flujo anterior, ni venir de otros países, pues la riqueza aumenta en general en todos los países del mundo, o al menos entre una parte muy substancial de la población humana.
Para ver de donde viene esa riqueza, (que implica simultáneamente un incremento substancial de la población) no tenemos más que fijarnos en la fecha en la que comenzaron ambos incrementos en todo el mundo: alrededor de 1800.
Se suelen asignar ambos incrementos a la “revolución industrial”, pero la aparición de las máquinas y la generalización de su uso no implican más que flujos, de nuevo. Por definición una máquina no es más que un elemento transformador de energía, que debe quedar, al final de su actividad, en el mismo estado, ni más rica, ni más pobre, que al principio.
Lo único realmente distintivo que ocurrió alrededor de 1800 es la captura masiva de energía a través del carbón, algo que comenzó en Inglaterra y que se extendió rápidamente a todo el mundo, y que se completó en 1859 con la puesta en marcha de la extracción masiva de petróleo. Aquí hay algo radicalmente distinto de los meros flujos, y es distinto porque, aunque en escalas geológicas la energía procedente del carbón y del petróleo es de nuevo un flujo, a escala humana es esencialmente una fuente: Los yacimientos de carbón y petróleo significan algo que sacamos, utilizamos, y una vez utilizado, desaparece de nuestro esquema económico.
Es evidente que la revolución industrial diseñó métodos para utilizar esa energía, y es evidente que la educación profesional, la media y la superior, el comercio, la agricultura, y otras actividades, son métodos para utilizar y repartir la energía disponible, pero, para que aumente la riqueza, debe ocurrir que aquello que se reparte sea cada vez mayor, que exista en mayor cantidad. Es evidente que una parte de la riqueza en España deriva de la construcción, pero esa construcción solo es posible si hay energía para llevarla a cabo, desde el alimento para los trabajadores hasta el fuego para la fabricación del cemento y la cocción de los ladrillos.
Si miramos solo un país, o una economía limitada, es claro que podemos equivocarnos y creer que la riqueza deviene de la capacidad de utilizar la energía. Es claro que en un país atrasado, sin capacidad técnica, como la España de los años 50, se podían depositar en gigantescos almacenes millones de toneladas de petróleo, sin que esa riqueza bruta pudiese ser repartida a cada persona individual. Es claro que para que exista el flujo debe existir educación, debe existir comercio, que para que exista turismo deben construirse aeropuertos, carreteras y hoteles. Pero es claro que nada de eso, ni educación, ni construcción, ni comercio, es posible sin energía.
Es pues importantísimo distinguir, en economía, entre flujos y fuentes, y esta distinción no está clara ni entre los economistas teóricos ni entre los prácticos, es decir, entre los gestores sociales, alias políticos. La enorme preocupación de éstos, el 99% de su actividad práctica (dejando aparte la actividad privada de ganar votos para satisfacer una muy humana ambición de poder) se dedica a la gestión de los flujos, dejando la gestión de la fuente más o menos al azar. Para la gran mayoría de la humanidad, incluyendo en ella a los gestores sociales y los economistas teóricos, las fuentes son actos de Dios, algo que se recibe o no sin la intervención humana.
Esto era así antes de 1800, pero la mente humana es reacia a aceptar la realidad. Hoy las fuentes deben de ser y son, controlables por el ser humano. La energía no algo que esté escondido en las minas de carbón y en pozos de petróleo que se encuentran distribuidos al azar. Hoy las fuentes de energía no son actos divinos como la lluvia, que cae o no fuera del capricho del ser humano (pero cambiaremos eso). Hoy la fuentes de riqueza, que son las fuentes de energía, son tan controlables como los flujos, y deben ser, o más bien, es imprescindible que sean, parte esencial de la gestión social.
Hoy tenemos en nuestras manos la capacidad de obtener energía de manera continua, sistemática e ilimitada, directamente a partir de un reactor nuclear de fusión, que sin proyecto ITER ni más desarrollos, la proporciona constantemente en forma de radiación electromagnética, de radiación solar, que podemos capturar mediante fotosíntesis, (biomasa y biocombustibles), mediante el viento (molinos y olas), mediante el uso del calor devuelto en forma de radiación infrarroja por el suelo calentado por la radiación visible, o empleando esa radiación visible en las celdas fotovoltaicas.
El problema básico es de educación. No de educación profesional, no de educación de la población, sino de educación de los economistas teóricos y de los economistas prácticos, de los gestores sociales: Es preciso educarles en la realidad de que al menos la mitad de lo que deben gestionar es la fuente, al tiempo que deben seguir gestionando, como el otro 50% de su ocupación, lo que hoy es el 99% de la misma: los flujos.
La fuente de energía debe llegar a ser algo tan usual en la gestión como hoy lo es el flujo.
¿Conseguiremos esa educación para nuestros gestores?