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miércoles, 22 de febrero de 2006

Vengo de dar una vuelta en bici tras una clase. Son las 6 de la tarde de un día de invierno en Alcalá. Hace frío, pero es soportable. Mi bicicleta es algo corriente, sin aditivos. Monto con un chandal corriente, y unas zapatillas de deporte normales. Me he cruzado con un ciclista con una "bicicleta", algo fino de ver. Iba el hombre con unas mallas contra el rozamiento, gafas, zapatos especiales con los cuales solo puedes dar a los pedales, pues andar con ellos, si te apetece un momento, es una tortura.


 

Ayer estaba el el aeropuerto de Bruselas y mientras esperaba el avión había una pantalla en donde se mostraba a unos extraterrestres compitiendo en una pista de hielo. Llevaban unas mallas de teflón que deben presentar resistencia cero al aire, gafas extra-supra especiales, unos patines que se desprendían del zapato para mantener siempre el contacto con el hielo. Avanzaban por éste con unos movimientos maquinales, analizados a la décima de milímetro y la milésima de segundo en unos ordenadores especiales para sugerirles las mejores posturas, ritmos de respiración, posición del cuello, movimiento del codo. Todos los que competían habían sido, evidentemente, aleccionados por el mismo programa de ordenador, pues todos repetían los gestos de los demás como clones perfectos. Todo ello ¿para qué? Quizá para rebajar en una centésima de segundo un "record".

 

El deporte es magnífico. Es magnífico que 22 personas se reúnan una tarde cualquiera en un trozo de suelo y den unas patadas a un balón. Es magnífico respirar el aire en una vuelta en bici, o en un paseo por la montaña. Entra oxígeno, se mueven los músculos, el cuerpo se tonifica.

 

Pero, ¿qué estamos presenciando? Gente que se depila el cuerpo para conseguir una centésima de segundo menos en una carrera de natación o ciclista, que se ponen mallas espaciales que anulan el frío que es parte del ejercicio, que usan la tecnología más sofisticada para sentirse ¿mejores deportistas?

 

Y a eso debemos añadir el ejercicio comercial que se ve en el magnífico "deporte" de la fórmula 1, cuya consecuencia más evidente es emitir millones de toneladas de CO2 a la atmósfera para beneficio de unas empresas comerciales, o el deporte de recorrer el desierto, no como Lawrence de Arabía, o como Stanley y Livingstone, sino rodeados de todos los lujos del mundo también para mayor gloria de algunas empresas comerciales, de nuevo.

 

Leía ayer en el avión "El tercer chimpancé" de Jarred Diamond. Cuenta cómo los animales han exagerado algún tipo de exhibición para atraer a machos o a hembras. Los humanos hacemos lo mismo, pero la razón última de la atracción ha quedado olvidada en el más mohoso baúl de los recuerdos. Es posible que el gran atleta que era capaz de correr mas que los demás fuera elegido por las hembras para garantizar una prole que fueran de nuevo grandes cazadores.

 

Pero hoy el máximo de descendientes lo consiguen no los grandes atletas, sino aquellos que miden con cuidado las fechas de la menstruación y copulan de acuerdo con ello para conseguir proles de 8 a 12 descendientes.

 

Un estímulo desarrollado para la supervivencia de la especie se ha exagerado hasta el absurdo para una conquista sexual pasajera y la supervivencia de las marcas comerciales.

 

¡Viva el deporte, el de verdad!

21:33 | gestionado por Antonio Ruiz de Elvira | Enviar comentario (6)