A mí la historia me apasiona tanto como la ciencia: Saber, o intentar saber cual ha sido la secuencia que nos ha conducido hasta aquí y de ella deducir, o intentar deducir, la que podremos seguir en el futuro.
En contra de mis preferencias, que son acostarme pronto y levantarme más pronto aún, decidí hacer lo que para mí es "trasnochar" y para otros el comienzo del día, y me quedé a ver un capítulo de esta serie. Quería ver algo de la historia de Roma, y lo que empecé a ver fue una serie de televisión americana, ambientada en algo que podía ser Roma, con bastante imaginación. Eran historias de amoríos, y ni siquiera amoríos interesantes, sino pequeñas peleas sobre si "te gusto, me gustas, me disgustas"
Me retiré con placer a la cama a los diez minutos, sintiéndome liberado de un deber penoso.
Me pasó lo mismo con la serie "Cuentame". No da un análisis de lo que pasó en España durante los años 60-70, sino historias de todos los días. ¿Cual es el interés de estas historias? Son repeticiones clonadas de los mismos temas, de la vida tal y como transcurre igual a si misma desde hace milenios.
De niño iba a la iglesia, y en el colegio rezaba el rosario con la clase, una hora antes de terminar las lecciones. Dejé de ir, pues la repetición eterna de las mismas palabras me hacía descoyuntar la mandíbula de puro aburrimiento.
Me gusta la música clásica porque sus ritmos son variados, al contrario que la música "clásica" moderna, que no tiene ritmo, o la "moderna" a secas, que solo tiene uno.
El hecho es que quizá los científicos hagamos ciencia por aburrimiento. Es muy posible que la gran mayoría de la población sea inmune a este virus, y sea capaz de encontrar interés en la repetición continua de las mismas historias, de los mismos ritmos, de los mismos ritos.
Un científico desea encontrar algo nuevo todos los días, encontrar las razones ocultas y, por tanto, nuevas, de las cosas que le rodean, o que son el o ella misma, descubrir nuevos mundos, nuevas formas, hacer que la vida de hoy sea distinta de la vida de ayer, progresar en ese progreso que muchas personas y muchos pensadores declaran falso, pero que es la razón de ser de la vida.
La ciencia es, así, lo contrario al rito, a la rutina, lo más opuesto al dogma que pueda encontrarse en la actividad humana.
Aparece estos días la noticia de que un juez americano ha emitido, por fin, un juicio realista contra la estupidez de la enseñanza del diseño inteligente, es decir, del dogma. El dogma pueden elegirlo los que se sienten cómodos en la inacabable repetición de peticiones renovadas semana a semana, e incumplidas durante los siete días que discurren entre peticiones, pero no es de recibo enseñarlo como se enseña la ciencia, porque son cosas tan distintas como estar parado o desplazarse en AVE.
La realidad de la evolución indica que la vida cambia, qué, aunque las bacterias siguen siendo hoy lo que fueron hace miles de millones de años, hoy hay vida distinta de las bacterias, y que esa vida va haciéndose cada vez más compleja. Es el cambio de los seres vivos lo que hace de la historia de la vida algo entretenido e interesante, en comparación con la monótona repetición de doctrinas propuestas ahora ya hace miles de años.
Algunas de esas doctrinas o dogmas indican que el ser humano debe ser dueño de la Tierra, y debe crecer y multiplicarse hasta llenarla (de lo que no andamos tan lejos), pero no dicen qué debemos hacer cuando ya no quepamos aquí. Ahora bien, si el ser humano es dueño de todo lo que hay en la Tierra, debe ser dueño también, por ejemplo, de las ballenas, para hacer con ellas lo que quiera, por ejemplo, exterminarlas. ¿Qué sentido puede tener esto?
Podemos, por otro lado, investigar qué pasaría si en vez de ser señores de la tierra y tener el dominio sobre todas las criaturas que la pueblan, fuéramos unos más, sin dominio, compartiendo el planeta unos y otros, y tratando de encontrar el posible orden que nos permitiera vivir sin robar a otros su alimento, sin matar, sin exterminar especies, por ejemplo. Porque el esquema de lo que vemos, bien sea creado, bien surgido por azar y evolución, es realmente cruel: Lo que vemos es que unos seres vivos, para conseguir la energía que necesitan para mantener y propagar la vida, deben matar a otros seres vivos, o robarles sus fuentes de energía. Si fuera diseño, ¡buen diseño sería! ¡realmente inteligente!
Es mejor pensar que es producto del azar y que, siendo azar, podemos cambiarlo, con estudio y esfuerzo.