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martes, 01 de noviembre de 2005

La sociedad antigua y los nuevos desafíos.


Leyendo la prensa, escuchando la radio y la televisión, obtiene uno la impresión de que vive rodeado de ancianos.  La gente es antigua, los políticos huelen a naftalina.

 

Tenemos un mundo al borde de un cambio radical. Hemos destrozado el medio ambiente en el que vivimos y las sociedades jóvenes y emergentes nos están empujando con fuerza. Pero, ¿cuales son las preocupaciones que nos rodean?  En España, un gestor sugiere ofrecer pisos de 30 m² a los jóvenes, y lanza el globo sonda de las expropiaciones. No es ésto lo que me interesa: Me interesa que ese gestor, que tiene en sus manos una de las soluciones al problema del cambio climático, si es que es capaz de forzar una construcción racional, se interesa por algo tan viejo como proporcionar pisos a los jóvenes. Los jóvenes son personas con empuje, con capacidad de trabajo, con ganas de comerse el mundo, o si no lo son no son jóvenes. No necesitan que nadie se ocupe de buscarles piso. Si lo necesitasen es que serían viejos de espíritu, que carecerían de la capacidad de aventura, del ansia de innovación, del fuego que se come el mundo. No es de recibo una sociedad que pide que le resuelvan los problemas individuales. La sociedad debe resolver los problemas colectivos. Los individuales los resolvemos cada uno de nosotros.  

 

En un país con sequía y con lluvias torrenciales, con incendios forestales, y con la ingente presión de la emigración, el interés y preocupación de la clase política es en qué lugar se pone cada cual cuando hay un funeral por el Papa.

 

Ante el problema de la escasez de energía y del calentamiento global, otro gestor no muestra la menor preocupación ni el menor interés por estos dos temas, y sugiere algo tan antiguo como volver a la energía nuclear, para salir del paso y volver a lo que le interesa, el juego del poder. Poder no para mejorar las cosas, sino para mandar sobre los demás. 

 

La sociedad en su conjunto no exige soluciones a los problemas acuciantes que nos rodean. La única forma de sobrevivir en un mundo altamente competitivo, donde 2000 millones de personas quieren disfrutar de lo que ya disfrutamos nosotros, y están dispuestas a que nosotros trabajemos para ellas, es poder estar siempre un paso por delante en la ciencia y la técnica. Pero la sociedad, caduca, quiere hospitales y carreteras, casas en las playas, 100 canales en la televisión y menos horas de trabajo.

 

Cuando llegaban el oro y la plata de América, España estaba, ya entonces, vieja. El botín se invertía en bienes raíces y festejos, mientras que los holandeses invertían lo que nos robaban en barcos y aventuras comerciales. Holanda era entonces y es ahora un país joven, mientras que España era entonces y es ahora un país viejo, cuyo máximo interés son los "puentes" y el jolgorio.  

 

 

Un intelectual inglés escribe en El País que se debe potenciar la investigación, y se le ocurre la antigua idea de concentrar algo de esa investigación en un edificio en Estrasburgo. La investigación no se hace en edificios, sino con jóvenes que quieren resolver desafíos trabajando 12 horas al día, siete días a la semana. No exigen buenos salarios, pero exigen sueldo, infraestructura y apoyo en su esfuerzo.

 

Europa está lanzada a proteger su "bienestar". Pagamos 1000 millones de euros para mantener una minería de un carbón inútil y perjudicial para el medio ambiente: Una tecnología del siglo XIX. Cuando es de sobra conocido que la solución del problema de la pobreza del tercer mundo pasa por abrir nuestras fronteras a sus productos, España y Francia quieren seguir manteniendo las subvenciones agrícolas, con la solución proteccionista del siglo XVIII. Pescadores, agricultores, transportistas y demás colectivos quieren subvenciones para poder ganar dinero: Es decir, quieren que otros les paguen sus gastos. En vez de la alegría joven que busca el triunfo en el trabajo de la vida, buscan, como en la residencia de ancianos, que un estado paternal les ayude a malvivir.

 

Necesitamos resolver los problemas a los que nos enfrentamos: Los problemas del agua, de la desertificación, del cambio climático. Necesitamos bosques y necesitamos la tecnología más avanzada para capturar energía del Sol y almacenarla como hidrógeno. Necesitamos lanzar a nuestros jóvenes al triunfo en la vida, a la aventura y la alegría de vivir.

 

Somos un país viejo, una sociedad anciana.

 

Pero podemos volver a ser jóvenes. Podemos volver a amar la vida. Nos basta con dejar atrás el musgo y las telarañas y salir al mundo con la cara recién lavada y todo el entusiasmo de la juventud, olvidar las fiestas y poner, por encima de todo, el trabajo y la aventura de la vida. Tenemos ideas nuevas, ideas que pueden comerse el mundo. Tenemos que apoyar esas ideas, desarrollarlas, avanzar en la aventura de la ciencia y de la técnica. Podemos hacerlo.  

 

La alternativa es la residencia de ancianos. 

 

 

21:45 | gestionado por Antonio Ruiz de Elvira | Enviar comentario (0)

Nadal, Alonso y el deporte de competición versus la ciencia

 

 

 

Hace unos días ha triunfado Nadal en el Master de Tenis de Madrid. Hace un par de  viernes dieron a Alonso su premio Príncipe de Asturias del Deporte. Tenemos deportistas de élite, gente que gana premios.

 

Son premios por competir. Se trata de que unas personas ganen a otras. Pero, ¿Cuanto duran los triunfos? ¿Qué aportan a la sociedad?

 

Un campeón es substituido por otro tras unos años, no muchos. Indurain gano 5 Tours, y fue substituido por Armstrong que será substituido por  otro y así indefinidamente.  ¿Qué sacamos los demás miembros de la sociedad de sus triunfos?  Somos del Madrid, del Barça, del Sevilla o del Valencia, o de otros muchos clubs.  Los clubs ganan y pierden en una secuencia aburrida por lo repetida. ¿Que sacamos cada uno de nosotros por las victorias del club? O ¿no son esas victorias como las estatuas de piedra de la Isla de Pascua que llevaron a la sociedad de esta isla a la muerte por inanición? 

 

Hay otras actividades, esencialmente las de la ciencia y la técnica, en donde a la competición se le añade la cooperación,  el trabajo colectivo, no solo persona a persona, pues en ellas también existe la disputa por el premio, pero sí en un  trabajo de acumulación, donde el descubrimiento de uno se añade a los descubrimientos de otros muchos en una integración positiva, que va produciendo, poco a poco, una mejora substancial del conocimiento y del nivel de vida.  Los triunfos de la ciencia son beneficio para toda la sociedad. O ¿ por qué vivimos hoy en el lujo en que vivimos?

 

El primer puesto del master de tenis de Madrid lo ocupará otro dentro de unos años, el campeonato del mundo de fórmula 1 lo recogerá otra persona dentro de pocos años. ¿Qué habrá quedado de esos  triunfos?  Las voleas de las bolas de tenis serán esencialmente las mismas, como mismas serán las vueltas que el siguiente campeón dé al mismo circuito donde ha corrido Alonso y donde ya corrió Fangio en su tiempo.

 

La agricultura se hacía con técnicas repetidas hasta la revolución científica. La vida era una inmensa repetición sin sentido hasta la llegada de la ciencia. El único sentido de vivir para morir es el interés que tienen los genes para reproducirse, un interés ciego y sin valor. O si se mantiene que vivimos para llegar a otra vida, el proceso parece más bien tonto y podíamos ahorrarnos ésta y pasar directamente a la otra.

 

¿Cual es el interés que arrastra a la sociedad a contemplar en masas de decenas y centenares de miles de personas los esfuerzos inútiles de pequeños equipos en competición deportiva?  Lo más probable es un esquema de identificación con el triunfador, una identificación que es inmediata, pues casi todos sabemos pegar una patada a un balón, o montar en bicicleta, o pegar un golpe a una pelota de fibras. El deporte es rápido: En una hora o en unas pocas horas se deciden los partidos, y es una actividad comprensible. Es inútil, pero entra por los ojos. La ciencia es difícil, es muy lenta y obscura.  Es útil, pero no se ve.

 

El ser humano es capaz de despreciar el esfuerzo sostenido y elevar a lo más alto el placer de unos minutos.  Es nuestra parte animal que puede sobre la racional. 

21:36 | gestionado por Antonio Ruiz de Elvira | Enviar comentario (4)