La mujer y el hombre de hoy ven al conjunto de la actividad científica como un medio, que ha de ser eficaz e inmediato para resolver sus problemas cotidianos y contribuir a aliviar su angustia existencial. El pensamiento antiguo o el primitivo eran capaces de dar una interpretación de lo que los ojos asombrados podían contemplar y esa explicación contribuía a dar una identidad personal y cultural a la tribu, también a calmar la intranquilidad y el desasosiego. Pero la extraordinaria parcelación actual del conocimiento técnico-científico nos aleja de una concepción unitaria, asequible y que se pueda llegar a asumir, del significado de nuestro sentido personal frente a una naturaleza inmensa y complejísima. La necesidad de ofrecer una idea unitaria que resuma los aspectos esenciales del pensamiento científico de nuestra época, la conveniencia de concebir un nuevo paradigma de la explicación universal de las cosas, es uno de los muchos retos filosóficos y educativos que piden hoy una respuesta.
En cierta ocasión una alumna de selectividad, y al tratar en filosofía el tema del estructuralismo, señaló que Claude Lévi-Strauss – el famoso antropólogo estructuralista- había escrito un libro que se llamaba “El pensamiento y la salvaje”, confundiéndole con su verdadero título: “El pensamiento salvaje” (La pensée sauvage. 1962). Ignoro qué extrañas fantasías se habían acumulado en su mente, si se había acordado de repente de la compañera de Tarzán o si simplemente se trataba de uno de esos lapsus calami de la vida cotidiana que tanto le interesaban a S. Freud y que tan entretenida hacen la lectura de su “Psicopatología de la vida Cotidiana”.
Hoy recordando la anécdota, una de tantas que ilustraban las “antologías del disparate”, pienso en el pensamiento humano y pienso en la salvaje situación científica a la que le enfrentamos. Salvaje no por primitiva sino por descomunal, exagerada e inasequible. Salvaje no por expresión sustantiva sino adjetiva.
Porque esa es la primera imagen que descubrimos de la ciencia de nuestro tiempo: su inmensidad inconquistable. La imagen que ofrecían las selvas primitivas a sus primeros pobladores o a sus arriesgados exploradores y aventureros.
No obstante estamos en tiempos de renovación y esperanza para la sociedad y para la ciencia. De entusiasmo y valor decidido ante el reto del saber. Tiempos, además, complicados, de grandes movimientos sociales migratorios, multiculturalismo, postcolonialismo, fundamentalismo y globalización, en los que nos resulta difícil encontrar esa identidad necesaria entre el ser humano y la diversidad de las obras de la ciencia de su tiempo.
Tiempos, en definitiva, de ganas de hacer y de solidaridad, de exigir a los científicos lo utilizable para el progreso y el bienestar de todos. Pero de inseguridad y con cierta dificultad para que los individuos se perciban a sí mismos en condiciones aceptables en su relación con el pensamiento científico.
Avanzamos sí, pero tenemos la sensación de ser una sociedad cada vez más vulnerable. Cuantos más conocimientos tenemos a un alcance relativo más inseguros parece que nos sentimos. Y es que a la ciencia le pedimos que nos garantice una respuesta segura a nuestros temores, para apartarlos para siempre de nuestras agoreras perspectivas, pero ya no le pedimos que nos ayude a clarificar nuestra identidad ni que nos ofrezca una visión armónica del universo de las cosas.
Si pensamos lo pequeño que es nuestro mundo, en un universo que se amplía sin cesar…¡ qué pequeño puede resultar nuestro mundo cultural científico!
Por ello, en los momentos actuales, como desde hace ya años, la transmisión de los contenidos y su articulación en una concepción globalizadora y unitaria es uno de los problemas básicos de la educación y de quienes tienen a su cargo su planificación y divulgación científica.
Pensemos como en el siglo XV todo el saber podía compilarse en unos diez mil volúmenes, pocos procedían de seres vivos en ese momento y la gran mayoría de ellos pertenecía a la sabiduría clásica.
Pero no podemos negar que se desprendía de ellos algo importante: una cosmovisión, un concepto del mundo: el del ser humano como medida y centro del universo.
Además un sabio renacentista podía almacenar en su cerebro una síntesis básica de todos los conocimientos científicos de su momento histórico; podía ser teórico y experimental a la vez y sobrarle incluso tiempo para merecer con justicia el nombre de sabio ya que podría ayudar a las gentes a tratar de comprender el sentido de las cosas.
Hoy casi la totalidad de los conocimientos científicos aplicables a la realidad social y tecnológica se deben a personas de nuestro tiempo. El número de revistas científicas y técnicas supera con mucho las 100.000, con millones de artículos de interés cada año.
En la actualidad, no hay nadie capaz de abarcar sino una diminuta parcela del saber. Un especialista, aún minimizando el ámbito específico de su experiencia, no podría abarcar más que una pequeña parte de todo lo que se publica sobre el sector especializado del conocimiento que cultiva. Y desde luego nadie diría de esa persona que es sabia, a no ser que fuera capaz de transmitirnos una visión trascendental de la realidad que abarcara a la intuición de la totalidad y de la que se desprendiera una enseñanza ética para la vida.
Nuestra actual civilización se ha enriquecido con un enorme volumen de conocimientos, pero cada persona concreta sólo tiene acceso a una fracción mínima de ellos. Se nos ofrece, de esta manera, el contraste de una civilización tecnológicamente avanzada, extraordinariamente sabia en términos generales, pero poblada de una gran multitud de ignorantes. Y esa brecha entre la sabiduría colectivamente disponible y lo que cada uno de sus miembros sabe va a seguir forzosamente aumentando a un ritmo imparable.
Pero si por salvaje consideramos al pensamiento primitivo habría que señalar que al fin y al cabo éste era capaz de organizar el mundo real como una red de sistemas, de signos y significados, que podía llegar a satisfacer las necesidades de identidad, de ofrecerles a los miembros de la tribu un sentido en relación a lo incomprensible. Un sentido del que ahora no disponemos.
Los seres primitivos podían así disponer de estructuras mentales que les servían para interpretar el mundo y relajar su angustia ante lo inconmensurable.
Nuestro pensamiento “cultivado”, que representa el ideal de la ciencia moderna, trata de organizar el mundo real con una red de propiedades físicas cuantificables, la cuantificación del mundo exterior en términos de propiedades físicas es la base para la transformación necesaria de la realidad material que ha de ser sometido a los objetivos del progreso técnico, pero - por otra parte - cada vez nos alejamos más de una comprensión de totalidad, que necesitamos, para aliviar nuestra zozobra existencial.
No obstante ambos modalidades persisten en nuestra vida social, y a medida que se va haciendo más grande la distancia entre individuo y conocimiento científico, tanto más vuelve el sujeto a reencontrase con ese pensamiento mítico, totémico, silvestre…
Es este un punto de vista erróneo pero, al fin y al cabo, el pensamiento mágico es un modo más de codificar la realidad y hacer compatible la inquietud humana con el misterio de lo desconocido. Cuando la distancia se va haciendo inasimilable se renuncia a iniciar la travesía del conocimiento científico.
Necesitamos comprender el mundo pero cuando el pensamiento normal no llega a comprender sus mecanismos exige que las cosas le entreguen su sentido, el pensamiento normal sufre siempre de un déficit de significado mientras que el pensamiento mágico, que en nuestro tiempo adquiere la dimensión de pensamiento patológico - cuando éste se impone como el único camino admisible de comprensión de la realidad -, puede proporcionar, sin duda, un gran número de significados satisfactorios para una mente poco exigente.
Pero, si no podemos saber ni dominarlo todo, ni siquiera en un campo especializado del saber, ¿Qué es lo que podemos y debemos saber?
Desde luego eso que debemos saber estará condicionado por las exigencias y necesidades del tiempo que nos corresponde vivir, por las de la supervivencia de nosotros mismos, en tanto que individuos y colectividad social, y por las expectativas que se abren en el horizonte de nuestro futuro más inmediato y que exigen un desarrollo de la investigación en los ámbitos de las ciencias medioambientales, la energía, la estructura de la materia viva e inorgánica, la astrofísica, la astronomía, la física nuclear y de partículas, las ciencias de la vida y biomédicas, las ciencias sociales y humanidades, además, entre otras cosas, de los conocimientos exigibles en el campo del tratamiento de datos y de la computación, para que la bestia pueda, en cierta medida ser sometida al pensamiento, al científico no al mágico.
Pero también, y para satisfacer nuestra exigencia de intuición humana simple de la realidad compleja, tendremos que esforzarnos por ofrecer una imagen de unidad de la ciencia.
La unidad de la ciencia que muchos filósofos y científicos han reivindicado como posible sigue siendo un ideal, deseado, trabajado y en cierta parte conseguido. Logrado cuando la interdisciplinaridad se convierte en exigencia y único camino posible para el avance en el conocimiento, cuando no podemos separar la robótica de la informática o de la biotecnología, cuando la ingeniería abarca también el campo de la genética o cuando la arqueología necesita de la física….
Einstein decía que el fin de la ciencia es, de un lado, la comprensión más completa posible de la conexión entre las experiencias sensibles en su totalidad; y, de otro, la consecución de tal fin, con el empleo de un mínimo de conceptos primarios y de relaciones.
Y, en cualquier caso, convendría recordar y tener presente una reflexión antigua que jamás perdió actualidad: “la verdadera sabiduría no consiste en saber muchas cosas sino una fundamental que las resume a todas”.
Esto es lo que Heráclito de Éfeso nos enseñó, cuatrocientos años antes de nuestra era: que sólo entendiendo la norma central de las cosas puede un ser humano llegar a ser sabio y plenamente eficiente.
Esta fue la verdadera moral de su filosofía y en ella estuvieron, por vez primera en la historia de la humanidad, enlazadas de manera interdisciplinaria la ética y la física. Como en los buenos tiempos del neopositivismo.