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domingo, 06 de abril de 2008

Una de los más grandes misterios de la neurociencia cognitiva, que pervive en nosotros agazapándose en el fondo de nuestra conciencia, es el de esa extraña dualidad que forman el olvido y el recuerdo. Recordar exige suprimir información, pero ¿qué tipo de información?: ¿irrelevante?, ¿superflua?, ¿innecesaria?, ¿reutilizable?, ¿reciclable? ¿Qué pasa con ella, por donde circula y donde se queda, cuando la echamos a la papelera de nuestro sistema de conciencia? ¿Por qué necesita el esfuerzo de recordar eliminar otros contenidos de la memoria? Pero ¿realmente mueren?, ¿se desactivan?, ¿se aminoran?, ¿se ensombrecen?, ¿se minimizan? A mí me da la impresión de que en el cerebro, al contrario que en nuestra propia existencia social y laboral,  nada resulta prescindible. ¿Podría pensarse nuevamente, cuando se trata de obviar informaciones irrelevantes, que es una cuestión de ahorro de energía de las células neuronales implicadas en ese tipo de procesos? ¿Será ese el motivo por el que se pasean recuerdos por la mente, presencias incontroladas de un pasado remoto, cuando el cerebro muestra signos de agotamiento de sus recursos energéticos? Sin duda las nuevas técnicas de visualización de las funciones cerebrales podrán contribuir a dar respuesta a estas preguntas.

 

 


Nuestra conciencia es en realidad un complejo almacén de recuerdos, pero poco sabemos cuáles son los protocolos, las acciones mentales necesarias, para localizarlos con precisión, colocarlos, rescatarlos, revivirlos incluso, o enviarlos a los rincones menos accesibles. Porque lo peor de todo es que parece que no tenemos ningún poder para controlar el orden de ese complicado tinglado. Y quizá no lo sepamos hasta que no podamos “retratar”, o al menos diseñar, un nuevo modelo lógico-matemático, a escala accesible de integración, del inmenso proceso de conexiones de nuestra circuitería cerebral.

 

¿No sería maravilloso poder revivir en el recuerdo, con plena intensidad y lucidez los momentos más hermosos y placenteros de nuestra vida? ¿Merecería la pena, incluso, poder ofrecer a cambio la reactualización vívida en nuestra mente de los peores momentos?  ¿Por qué hay olvidos cómplices que nos ayudan a salir adelante eludiendo los desalentadores caminos de la depresión? ¿Por qué los hay que nos hacen daño precisamente, como descubriera S. Freud,  porque no los podemos sacar de su escondite y minan nuestro comportamiento? ¿Qué es lo que sabemos de todo esto? ¿Cómo se acumulan nuestros recuerdos? ¿Por qué se pierden o desdibujan? En otro momento trataremos la cuestión de por qué, a veces, creemos haber vivido momentos que se repiten, en un instante del presente.

 

            Parece que la actividad comprometida con la inhibición de recuerdos, no sabemos si realmente innecesarios, se desarrolla en la zona de la corteza prefrontal.

           

De nuevo la Resonancia Magnética Funcional, que nos ofrece imágenes del aumento del aporte de oxígeno en la sangre en regiones especialmente activas, o la magneto encefalografía, capaz de detectar los cambios magnéticos producidos en la superficie del cuero cabelludo por la actividad neuronal, podrían darnos alguna clave de lo que realmente pasa con nosotros y con el rastro de la presencia del pasado cuando se activan las regiones vinculadas con la actividad de recordar. Recordemos que el electroencefalograma, que detecta las ondas de la actividad eléctrica general del encéfalo, se obtiene mediante electrodos que se colocan sobre el mismo cuero cabelludo.

 

Hay también otras técnicas de investigación biopsicológica que tienen como objeto visualizar las señales de la acción cerebral, como la Tomografía por emisión de positrones, que dado su carácter invasivo se utiliza solamente en pacientes que presentan algún tipo de patología. En este caso se inyecta una sustancia similar a la glucosa que sirve de energía al cerebro (la 2-desoxiglucosa radioactiva) en la arteria carótida que irriga el hemisferio homolateral. Esta sustancia es absorbida inmediatamente por las neuronas que muestran un determinado patrón de actividad, poniéndose éste al descubierto. También la por el momento arriesgada estimulación magnética transcraneal que, mediante la actuación de un campo magnético situado bajo una bobina que se coloca sobre el cráneo, bloquea una parte del cerebro para ver en qué medida ese “apagón” influye en la cognición o la conducta, se suma al desarrollo incesante de esas nuevas técnicas de neuroimagen funcional.

 

Todos estas técnicas que, más allá de su carácter de diagnóstico de posibles disfunciones, sirven para poner al descubierto el rastro de nuestras funciones cognitivas o de aprendizaje se están convirtiendo en un gran recurso para que, desde la neurociencia cognitiva, podamos llegar a obtener un amplio archivo de imágenes de funciones cerebrales, que nos abrirán el camino para descubrir los procesos que nos permiten aprender, sentir, recordar…Lo que ya parece bastante evidente es el paralelismo entre la actividad cerebral y la cognitiva, su mutua interacción y dependencia en todos los aspectos posibles, la mayoría de ellos, quizá, por descubrir.

 

            Sabemos que la memoria a largo plazo, como los “buscadores de la red” funciona mediante el socorrido recurso de la asociación de ideas o de palabras.  Y como los “buscadores” generalmente nos rescatan cosas importantes pero también un torbellino de evocaciones semejantes. Y nuestro neocortex tiene que hacer un esfuerzo de selección y de elección. Cuando queremos hacer el esfuerzo ordenado de rescatar un recuerdo preciso, reconstruimos el teatro mental en donde se produjeron los hechos que se relacionan con el dato deseado.

 

Los actuales métodos de estimulación y de diagnóstico mediante imágenes nos podrían permitir ya “visualizar” la actividad bioelectrica, rítmica, que se produce en nuestro cerebro cuando realizamos ese intento de reconstrucción del  pasado. Descartando información reducimos la activación, y para seguir con el necesario ahorro de energía de las conexiones neuronales, esa información “apartada” se olvida, se desactiva, mediante un proceso, aún no suficientemente conocido, en beneficio de sus competidoras.

 

Pero no sabemos realmente cuáles pueden ser las consecuencias de ese proceso de reducción fenomenológica de los recuerdos, lo que sí podemos es “ver” en las imágenes obtenidas por resonancia magnética que los intentos de olvidar o recordar alguna palabra, frase, número o escena, presentada a sujetos sometidos en una prueba experimental, sucede en la corteza prefrontal.

 

De ahí que una lesión en esta zona pueda producir amnesia.

 

De todos modos parece no haber un lugar específico para cada dato concreto.  

 

Lo que sabemos de todo esto, hasta el momento, nos conducen a pensar que más bien los recuerdos se almacenan de manera difusa en todas y cada una de las estructuras cerebrales que participaron en la experiencia vital originaria. Que los diversos elementos sensoriales que componen un recuerdo se archivan de manera fragmentada, en un lado los sonidos, en otro los colores, en otro las emociones que se vinculan a sonidos o colores…, por ejemplo,  y que en un momento determinado el cerebro, en su conjunto y con el concurso de la activación de las diferentes áreas especializadas, procede a realizar una “gestalt”, una estructura dotada de sentido y de conciencia, con esos “materiales” que nos permitirán reconstruir las experiencias y aprendizajes del pasado.

 

 

15:16 | gestionado por Tomás de Andrés. Prof. Titular del Dptº. de Psicol | Enviar comentario (4)