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lunes, 29 de octubre de 2007

Las neurociencias y las teorías psicológicas sobre la mente  son dos puntos de vista complementarios para comprender los fundamentos de la actividad psíquica. Pero también la Filosofía de la Ciencia se encuentra legitimada para plantearse cuestiones cuyo sentido puede hallarse en la investigación y en los resultados más actuales. De este modo, hoy día, no resulta tan descabellada la siguiente pregunta: ¿Podríamos llegar a  servirnos de las indiscutibles condiciones de plasticidad cerebral para llegar a controlar los procesos destructivos o degenerativos de nuestro Sistema Nervioso Central? Las dos cuestiones fundamentales que en mi opinión, tendríamos previamente que resolver desde una contemplación científica claramente multidisciplinar, son, por un lado el desciframiento de los códigos de comunicación entre neuronas, de manera semejante a como se están ya aclarando algunos aspectos del código del genoma humano y animal, y, por otro, el problema energético celular. En esta imagen nos acercaremos a la segunda.

 

 


La experiencia deja sus huellas en la red neuronal y modifica la transferencia de información. La plasticidad permite que las redes de comunicación cerebrales se encuentren en continua modificación y transformación, lo que contribuye a que el cerebro, en definitiva, cambie y se transforme. La naturaleza estimular de la experiencia, su capacidad de impacto o su continuidad en el tiempo transforma la naturaleza de la estructura cerebral, a partir de la especialización de sus conexiones neuronales, contribuyendo, de esta manera, a la creación de un nuevo cerebro en atención a la funcionalidad de sus redes comunicacionales. El cerebro de un niño de la actual era de la información y de la comunicación es, desde este punto de vista, progresivamente bien distinto al de uno de hace cien años. No olvidemos que los cambios se producen tanto a nivel funcional como estructural.

 

El cerebro es un órgano evolutivo complejo, aún prácticamente desconocido, que se nos presenta como un sistema biológico dinámico, tanto desde su perspectiva biogenética como ontogenética. Su constitución biológica ha dependido, en este sentido, tanto de su encuentro con la naturaleza medioambiental como de sus propios hechos psíquicos. Estos dos factores han determinado siempre la dirección de la actividad de los sujetos.

 

La estructura y funcionalidad del cerebro depende, desde luego, de la programación genética que nos aporta el grado de evolución, en cuanto especie, pero el ser humano actual se encuentra en condiciones científicas y técnicas para conseguir que su fuerza psíquica y la intención de su propio pensamiento, adquiera una función determinante para tomar, a partir de este momento, el control.

 

La relación entre lo psíquico y lo orgánico permitiría, de este modo, una nueva reinterpretación. Los avances en el conocimiento de los mecanismos celulares y moleculares, que explican  el funcionamiento cerebral desde la perspectiva de la plasticidad, nos acercan a la comprensión de los procesos sinápticos de transmisión nerviosa de la información, de sus errores o interrupciones y, en consecuencia, de las causas de la destrucción de las redes neuronales que conducen a las diversas formas de patologías accidentales o degenerativas, tales como el envejecimiento evitable del sistema.

            Muchas observaciones ofrecidas por los recientes avances de la investigación neurocientífica nos llevan a considerar que el cerebro en desarrollo es una estructura extraordinariamente plástica y con una gran capacidad de adaptación. El cerebro posee, pues, una gran capacidad para reorganizarse, en respuesta a influencias externas o en respuesta a una lesión localizada. Se encuentra, por tanto, cada vez más capacitado para realizar un esfuerzo adaptativo que optimice sus posibilidades de control y de respuesta.

 

El Sistema Nervioso en crecimiento, desde su fase prenatal, se comporta de forma inteligente, acomodándose a la variabilidad múltiple de las condiciones internas o externas.

 

Por otra parte, toda célula viva requiere de la energía necesaria para mantener, sin agotarla, sus funciones básicas. Por tanto, precisa conservar y ahorrar esa energía para poder consumirla poco a poco y distribuirla de acuerdo con las necesidades que su desarrollo y funciones le va a imponer. Tras obtenerla, la acumula y debe de conseguir que, en la respuesta a las exigencias de sus tareas, el gasto sea mínimo. El problema energético es, por ello, uno de los más importantes que tiene que resolver una célula nerviosa.

           

La célula nerviosa podría solucionar este problema dando una respuesta continua pero de este modo se produciría un rápido agotamiento. Por ello su sistema de respuesta  ha de ser necesariamente discreto y rítmico. Ya sabemos que, desde la perspectiva de la Teoría de Sistemas, el concepto “discreto” implica al discontinuo. Esto no quiere decir que el resultado final de una acción cerebral vaya a ser intermitente, sino que cualquier movimiento continuo será el resultado de la acción conjunta de muchas células o grupos celulares que, en sí mismos, sí funcionan rítmica o intermitentemente.

           

En la actualidad podemos seguir el rastro rítmico hasta el interior de la célula y descubrir esos cambios cíclicos en el contenido del ácido ribonucleico (ARN). Sabemos que la actividad eléctrica cerebral, aún en condiciones de reposo, es incesante. Durante el sueño es la propia actividad rítmica, creando una especie de estado auto-hipnótico, la que limita o desciende el nivel de conciencia. La existencia de esta actividad rítmica, o de modulación energética, es, por lo tanto, inherente a la vida.

 

En la naturaleza, cualquier tipo de onda (sonora, electromagnética, nerviosa...) tiende a atenuarse, como sucede con la vibración de la cuerda de una guitarra o  con la oscilación del péndulo de un reloj. Para mantener constante en el tiempo una oscilación, hay que compensar la dispersión de la energía, administrar correctamente el ahorro de la energía, “recargando” el proceso. Como hacemos con las baterías recargables.

La actividad bioeléctrica cerebral se manifiesta, por tanto, de forma rítmica.

 

La primera pregunta parece entonces evidente: ¿podrían tener algo que ver las alteraciones en los ritmos con las disfunciones cerebrales?

 

O, dicho de otra manera, ¿podría darse alguna situación en la que, por causas aún por definir, la respuesta continua sustituyera - quizá por mal funcionamiento - a la respuesta rítmica o discreta, conduciendo de este modo a una rápida y destructiva pérdida energética que deteriorara rápidamente el sistema?

 

¿Podríamos intervenir en la restauración de los ritmos?

En física, el oscilador, inventado por Heinrich Hertz a finales del XIX, era un instrumento que compensaba la dispersión de energía de las ondas electromagnéticas, manteniendo constante el ritmo de oscilación: ¿Podríamos llegar a descubrir una especie de “oscilador nervioso” que, si nos permitiera mantener un ritmo adecuado constante, impidiera desajustes y desequilibrios en la cadena de información neuronal, en los casos de lesión o disfunción nerviosa?

 

            La reflexión sobre la ciencia puede legítimamente conducir a preguntas como éstas, cuyas respuestas podrían desencadenar una larga serie de acciones experimentales conducentes no sólo a un mejor conocimiento de la actividad cerebral sino también a la mejora de sus capacidades de supervivencia que son, precisamente, las nuestras.

 

Tomás de Andrés.

tomandre@edu.ucm.es

16:19 | gestionado por Tomás de Andrés. Prof. Titular del Dptº. de Psicol | Enviar comentario (9)